En una serie prosística de unas cuantas páginas, en la que da cuenta de su andanza por Europa, Tomás Segovia habla de una forma inmediata de conocimiento más significativa que la de cualquier tratado, y cuya cercanía con el objeto es mayor que la del concepto.

Esta ha de entregarse a quien esté dispuesto a encontrarla en los pliegues rocosos de Chartres o en las latencias cálidas del mármol en las ruinas de Roma. Si el lugar hace posible la revelación es porque opera de una manera similar a la del mito, en tanto que pertenece a todo aquel que quiera hacer suyos sus prodigios, lo común se vuelve algo propio. Florencia, París, aunque tópicos en la imaginería general del hombre, han de decir también sus confidencias secretas en una suerte de sentirse elegido, sentimiento homólogo al que ejerce la cortesana, dice Tomás Segovia.

Esa búsqueda ha de ser fundamentalmente propia del viajero con todas sus letras, de aquel que, no conforme con recorrer los ángulos interiores de la alcoba, espera escuchar en los sonidos del mar “la orquesta de Dios”.

Enrique González Rojo es un viajero que, en la primera mitad del siglo XX de las letras mexicanas, ha de formar parte del fenómeno mejor conocido como Contemporáneos, uno de los grupos más comentados hoy en día

Hecho que hace más notoria la ausencia de éste en los estudios especializados, síntoma no sólo de nuestros tiempos, pues aun en vida no goza de la atención debida de la crítica o de sus compañeros, quienes paradójicamente no dudan en incluirlo en las listas de nombres de los integrantes de la generación, casi siempre marchando entre las primeras filas.

La revisión de su breve corpus literario ha caído casi siempre en las manos de aquellos que comparten su línea de sangre, y con la cautela de no revelar falta de objetividad propiciada por ese hecho, se limitan a hacer meras observaciones que rara vez llegan a rebasar más de una página, aunque observaciones muy puntuales, verbigracia las contenidas en el Museo Poético de Salvador Elizondo, donde distingue la gran habilidad de Enrique González Rojo para el manejo de las formas métricas.

Del otro lado están quienes desvirtúan la obra de este escritor, acaso motivados por el comentario de índole lapidario que Xavier Villaurrutia dice a propósito de la obra de aquél, como Guillermo Sheridan quien no duda en clavar el ataúd poético del Contemporáneo con comentarios como éste: “La poesía de González Rojo no aporta una nota singular a la poesía mexicana moderna”.

Más que por esta situación, el autor se diferencia del grupo debido a sus anhelos de infinita movilidad, mientras que ellos abogan por el viaje inmóvil como una medida contra el tedio en donde la mirada se vuelca hacia adentro en los alrededores de la habitación, Enrique González ha de embarcar para sentir en carne propia las aventuras de la dupla Ulises-Simbad, así lo atestiguan sus dos libros escritos curiosamente durante su estancia en otros países, El puerto y Espacio.

El primero abre con una serie de once composiciones en donde se muestran los prodigios del océano, sin caer en lo descriptivo puesto que el paisaje toma, como arguye el romántico, la característica de ser un estado del alma. Por su parte en las últimas secciones de Espacio, el viajero da cuenta de sus impresiones desde otro molde, en donde “el pensamiento se anticipa // a la mirada”.

Línea que continúan y perfeccionan sus Elegías Romanas, resultado de sus experiencias de viaje por la capital de Italia al lado del doctor Bernardo Gastélum, a quien dedica estos apenas ocho poemas. Poemas que logran un efecto de claridad no sólo a través del tema con alusiones a la blancura como el mármol o la hostia, si no además gracias a la expresión desprovista de una carga retórica excesiva, cosa que aprende de Juan Ramón Jiménez.

Enrique González Rojo logra una poesía casi desnuda, pura en su ideal de luz

Luz que es símbolo de la revelación de la inteligencia, aun en versos anteriores a este conjunto: En la capilla de los Médicis/ la luz entra y se posa/ como una mano fraternal/ en la dolida frente pensadora.

La imagen ha de sonar familiar para quien lea Pausa en las Elegías Romanas: Rayo de sol que se hiela/ sobre una estatua desnuda./ Pausa de oro,/ pausa en el tiempo madura.

Esa pausa a la que hace alusión el poema se antoja indescifrable hasta que se compara con el árbol que deja caer sus frutos en el momento preciso, metáfora que en Enrique González Rojo ha de significar el instante mismo en el que el poeta da con la palabra que busca: Espera, pule, labra… En un confín distante/ la darás cuando llegue la quietud del instante/ en que el árbol henchido deja caer sus frutos…

Ese primer hemistiquio, perteneciente a Madurez, uno de sus sonetos de juventud, es la traducción del verso Sculpte, lime, ciséle propio del simbolista Théophile Gautier, de quien toma no sólo la analogía entre la labor poética y la escultórica, sino también la concepción de esas dos disciplinas como una forma de permanencia.

Dos de las características presentes con mayor viveza en Elegías Romanas, en donde el momento eternizado en el mármol se asemeja al sueño de Ariana. Este personaje de la mitología se le representa normalmente siendo dejado atrás por Teseo mientras duerme, su inmovilidad no resulta en una suerte de tragedia para Enrique González Rojo, antes bien ello le permite ensalzarla como heroína, vencedora del tiempo ni siquiera ha de percatarse de la fuga del viajero en su sueño eterno: Dormida,/ cada pliegue es eterno hasta tus plantas,/dormida,/ el viento ya dejó de ser caricia/ desde tu cabellera hasta tu garganta./ Dormida ya, dormida,/nunca sabrás nada./ En sueño frente al mar, eternamente/ dormida Ariana

En Sueño desde el pincio, esa inmovilidad es la de la palabra poética al ser finalmente elaborada, atrapada en el momento preciso también ella se entrega a ese estado para la posteridad: Resbala ya, madura,/Cuajada en el tiempo, fiel, perfecta./Ahora que suspende la colina/ Su viaje al sol, abajo se dilata/ Su rumor de silencio y de reposo./¡Déjala ya, que está dormida, déjala!/ Clara en su desnudez, pura en su gracia./ ¡Déjala ya, que está desnuda y sueña!

Si el poeta ve en el trabajo del mármol la luz de su propia búsqueda, entonces al recorrer la ciudad antigua despierta con más ahínco la conciencia de su voz y su destino

Ve en ella el símbolo de unión con lo que fue y lo que será, el hombre es en la medida de su palabra, capaz de abrir brechas en las piedras: “(…) Si te dijera, // se fugarían los pájaros de las ruinas”. Enrique González Rojo muestra en sus Elegías Romanas cómo su búsqueda vital permite darle un timbre particular a su poesía.

Sin embargo, ha de descubrir que el viaje termina siempre en los espacios abiertos de la interioridad.

 

  • Ilustración: Adolphe Bouguereau