Yo cabeceaba de sueño en la sala de la casa de mi madre mientras José Luis, El Papeles, sentado en el otro sillón, me contaba qué ha sido de su vida los últimos diez años. Nos habíamos visto ese día porque otro amigo, muy amigo de esos tiempos, nos invitó a su boda. Veníamos de la fiesta, nos habíamos olvidado ya de la corbata y los zapatos, y esperábamos esa calma del fin de fiesta, como si viniéramos a los sillones a contemplar ese momento silencioso, el después de una tormenta de muchas emociones. 

Al Papeles lo conocí en el Seminario. En realidad fue antes. No fue en la preparatoria donde vivimos en la misma casa, sino un par de años atrás. Cuando parecía un mártir tarsiciano fue después, pero en la secundaria, siendo adolescentes que asistían a encuentros religiosos y ejercicios espirituales, reuniones de algo que se conocía como seminarista en familia todavía no se le notaba ningún talante sufrido. En esa época él parecía un niño salido de alguna historieta de vida de santos. Me hacía pensar en aquellos chamacos que siguen a San Juan Bosco en todas las estampillas que dan en los templos; o en el mismo Dominguito Savio, un símbolo de la hagiografía, de los más populares por acá. En la preparatoria, cuando éramos ya internos, lo pude ver así: ingrávido, meditabundo. Miraba hacia el cielo con cierta ternura impostada al hablar. Le daba un efecto aflautado a la voz cuando repetía las lecciones de sagrada escritura. Siempre tenía uno la impresión de ver a un modelo de devoción: juntaba las manos frente al regazo, ladeaba un poco la cabeza, con sutileza, se jorobaba un poco y engloba, sufriente, sus palabras. Mi imaginación me juega malas pasadas pero podría asegurar que alguna vez le vi una aureola luminiscente en la cabeza y pensé que con eso se probaba la existencia de algo.

Decía que lo recuerdo, empero, con cara acongojada ya en el bachillerato, cuando vivíamos en el internado y lo topaba a diario en los pasillos, en las clases, en la capilla o en el comedor. Había ido modificando su aspecto de personaje de hagiografía, con aura de mística calma, por la de un mendicante. Ostentaba un síndrome de Marga López que exponía desde el rictus de angustia en el rostro hasta los pantalones roídos o la camisa arrugada. Puedo verlo arrastrar los pies calzados en unos viejos zapatos, un poco rotos, uno o dos números más grandes que su medida. Los chacualeaba al momento de dar pasos. Esa imagen que conservo lo muestra sin peinar, luce el cabello lacio y cenizo. Daba la impresión de haber salido apenas de una alberca, pero de donde en realidad regresaba era de los lavaderos. Veo de nuevo sus labios gruesos secos, como si viniera de una caminata extenuante, de haber participado en un desfile. Dedicaba sus tiempos de descanso, sus horas libres y de deporte, a lavar la ropa de sus compañeros. Les rogaba que le permitieran buscar la santidad: lavaba ajeno como una penitencia de algún pecado que él no había cometido. Seguía las encomiendas de la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis y lavaba las culpas de los otros. Necesitaba sentir el dolor del mundo, vivir de mártir o de virtuoso estigmatizado, el más pequeño de entre sus hermanos, decía él. Y lo hacía con vehemencia y silencioso recato. 

Siempre me pregunté qué merecía tal flagelo, qué causa suscita tal payasada. Esta noche, quizá debido a mi ensueño, creo saber por qué. Fue una epifanía, una revelación. Supe que cargaba con la culpa de nuestros formadores, pedía perdón por sus abusos y sus malas decisiones, por el extravío. Sublimaba el coraje y la rabia y la transformaba en una especie de represivo pago personal, por otros. Confiaba, tenía fe en que sus sacrificios servirían de algo para el perdón de los pecados. Hablaba con su Dios aunque los pecadores por los que rezaba y sufría ni se enteraban; aunque nunca nada cambió por más que sus rezos eran fervientes. 

Al final, lo corrieron del seminario y nunca supimos muy bien por qué. O se fue del seminario y nunca supimos por qué. Esta noche, luego de la boda, me ha contado por qué. No lo hubiera imaginado, pero tiene tanto sentido que, irónicamente, nos quedamos ambos con la sonrisa a medias de quien ve revelada la ruina y lo cutre de aquellos tiempos donde El Papeles aspiraba a la santidad.

LA DECEPCIÓN

No me di cuenta cuándo se fue. Al hacer memoria juntos, esta noche, descubrí que no había sido el único en irse. Me refiero a dejar el internado. Recordaba que esos días de su partida se fueron otros más, como un castillo de naipes que se derrumba, tuvieron que huir, víctimas de una cacería. Exagero posiblemente. No es que hubiera una persecución sino que hubo alguien que tuvo la facultad de tomar medidas. Lo que no sabíamos o nunca supimos con alguna certeza fue por qué. 

Quiso dejar en claro que no se había rajado, que no abandonó el seminario. Hizo sonar esa estruendosa carcajada que todos le recordábamos, una matraca ahogada o algo así, y afirmó que lo habían echado. Sí, que sólo le pidieron que se retirara y él no supo bien qué estaba pasando. Es enfático, más bien beligerante, al decir ‘Me corrieron, cabrón’. Presume que se fue sin decir algo ni reaccionar ante aquel mandato porque estaba contrariado y era un tipo obediente además. También, yo creo, por lo que dice, se fue porque estaba decepcionado y, ya se sabe, sea cual sea el desengaño, cuando estalla en el rostro ese azogue del desencanto uno se pasma o huye, desaparece o se convierte en un fantasma; no es propiamente todavía una pena la que lo dirige a uno, ni una cuña que le pica las costillas, sino un desinterés que parece indiferencia o impasibilidad, pero que ahora lo distinguiría como un nocáut. Sí, uno va como un muerto viviente, sin reacción, en un limbo en donde todavía no hace por patalear ante el ahogo. Me imagino que El Papeles estaba en esa situación de cuando uno se desmaya con los ojos abiertos, como en esas películas en las que el protagonista se desconecta de sí mismo luego de una impresión y ya no ve al mundo ni vive, y más que penar, vagabundea casi sin sentido. Así lo vimos. Nos resultaba notorio que se estaba pirando, pero ni nos preocupaba ni sabíamos qué hacer. Éramos púberes, pusilánimes, algo tontos y egoístas como todo joven que, naturalmente, sólo se preocupa por sí mismo. Lo veíamos arrastrar los pies y podría afirmar que él no se daba cuenta, que no se enteró de esos meses en los que anduvo como alma en pena. Supongo que vivió un episodio traumático como el de los excombatientes o de los que apenas dejan una adicción, y eso les sirvió de pretexto a los formadores (los que no sabían qué le pasaba) para cuestionarlo y sentir que era por su bien eso de mandarlo a casa, prescindir de él. 

Y dice que no hizo algún aspaviento de sorpresa cuando lo llamaron para avisarle que, en una reunión a las que nosotros burlonamente nombramos Sanedrín, es decir, reunión de sacerdotes, algo importante donde se solían tomar decisiones fuertes, su caso había sido el motivo y se había tomado la decisión de darle un tiempo de descanso cerca de su familia. Aunque él había hecho, empero, todo lo posible con el afán de quedarse, no opuso algo que se pudiera llamar resistencia. No obstante considerar que irse luego de saber lo que sabía le daba la sensación de que se iba como un cobarde, asumió con resignación lo que le mandaban porque, ya lo dije, era dócil. Incluso, cuando quería ver si la gracia divina, por medio de sus constantes oraciones, tenía algún efecto, acató. Aun cuando había decidido pagar silenciosamente la culpa de saber lo que no hubiera querido ni imaginar ni descubrir ni olfatear y esperara un milagro como los de las historias de vidas de santos, no lo hubo, y no se quedó para corroborarlo. No cambiaba nada. Antes, al contrario, parecía que aquello se desvirtuaba como si el escenario dantesco fuera la normalidad. 

JONÁS Y LA BALLENA

Se fue. No guardo una imagen de él yéndose del seminario, estaba yo muy apartado, como ensimismado en mi propia historia. Tengo que aludir aquí a estampas de película en blanco y negro donde un vagabundo se despide con su itacate a la espalda, cansino y arlequinesco, riendo para no llorar, pero con toda la tristeza que puede presumir un joven reflejada en unos ojos negros y pequeños. Así lo imagino: el Papeles caminando hacia el portón sobre el pasillo largo de aquella casa ahora jardín para eventos, todavía arrastrando los pies. 

Como ya he dicho, no supe qué fue de él durante un tiempo. Había oído rumores años después de que se había ido a la Ciudad de México, que primero ingresó a un seminario allá, una congregación de los centenares que hay, cerca de Iztapalapa, pero nunca pude corroborarlo; tampoco me importó. 

El tiempo fue haciendo lo suyo con las vidas, unos continuaron en el seminario, otros, como el Papeles o como yo, fuimos parte de una diáspora. A mí, por ejemplo, me mandaron a mi casa. Me dieron razones que no vienen al caso, pero recuerdo que me liberaron. Es decir, ese junio, casi para terminar un ciclo escolar, los formadores le comunicaron a mis padres, en el escenario silencioso y algo lóbrego de un teatro donde habían colocado sillas para tener pequeñas reuniones, la decisión que yo no me atrevía a tomar. Ese domingo, cuando supe que sólo me quedaba una semana de seminarista, estuve contradictoriamente contento. Recuerdo, o alguien me recuerda y me cuenta, que parecía yo un joven que convivía tan amablemente con el rechazo que daba algo de ternura. 

Pero el caso de Papeles hace pensar en un profeta. Yo lo comparo ahora con una historia bíblica en la que el pueblo es sordo a los ruegos y a las noticias del elegido. Me parece que es Jonás y el pueblo es Nínive. No lo tengo claro ahora, pero pienso en ese pasaje en el que un iluminado se exilia, se pierde y es devorado por una ballena. Y parece que así fue. No me dijo mucho de su inmediato periodo después de irse. Pero me cuenta, otra vez como mostrándome una historia babilónica o de hombre viajero, un Ulises o un Marco Polo demacrado, que ingresó en una congregación un tiempo, que estuvo un par de años, pero que sufrió otro desencuentro que le trajo consecuencias como de un personaje de Luis Buñuel. Lo volvieron a correr. Estaba lejos de su casa, estaba en la gran ciudad, su ballena, y él estaba particularmente alejado. No tuvo el valor o tenía demasiado orgullo, no sé, pero no volvió. Dice que vivió en la calle, que recorría, errante, la ciudad buscando limosnas, donde le dieran un trabajo para sacar la comida del día. Recuerda que pasaron semanas y se perdió, no sabía dónde se encontraba. 

Puedo imaginarlo en esa urbe veneno, pero no me alcanza para lo que él pudo vivir esos días. Sospecho que fue una vida de milagro, como de sobrevivencia, pudo ser su desaparición. No sabríamos nada ya de él, formaría parte de esa miseria que se va desvaneciendo en las cloacas, lo que ya no cuenta.

Un día, en la frontera de la cordura quizá, se metió a un templo, se aplastó en una de las bancas y, en medio del silencio y el olor a manzanilla o a crisantemos, comenzó a berrear y a repudiar y a preguntar a Dios por qué estaba en este cepo parecido a la historia del manso Job ¿Quién reprocharía a ese muchacho apenas mayor de edad, sin idea de la vida que lo estaba devorando y lo arrastraba a una oscuridad, los alegatos contra dios en una capilla desconocida, dudando de su fe y pensando, en algún momento, que su arrogante santidad lo había llevado al límite de la locura? 

Y, entonces, alguien, una mujer con aires de Carmen Montejo, se le acercó. 

ESPERANZA

Te lo juro’, me decía, ‘es el momento más desolador ¿Me imaginas ahí, con todas las creencias en las manos, dudando de todo? Me ardían las plantas de los pies, estaba fatigado. Tenía las manos negras de mugre, lo pasaba buscando sobras en los contenedores de basura desde hacía unas semanas ¿Te imaginas eso?’, me decía y se acercaba a mí. Me puso una de las manos sobre el hombro, como quien busca complicidad o comprensión, apelaba a que entendiera lo que él recordaba en voz alta. Quería hacerme ver lo que evocaba mientras cerraba los ojos y se ponía las manos en la cara frente a la aparición del recuerdo. Sorbió un vaso con jugo de manzana como para hacer una pausa y, luego, continuó contándome: ‘sentía una decepción del tamaño de la torre de Babel’, dijo. ‘Nada tenía sentido y, además, yo era un chamaco, éramos unos mocosos, pues. Llegué a ese templo y nunca pensé que me podían sacar por mi pinta de pordiosero, por ejemplo. Ahora lo pienso y, de verdad, como es la gente, me hubieran confundido con un ladrón o con un vago, que lo era, y que, también, pensaba en si no era mejor robar, engañar ya. Me preguntaba si era la hora de mandarlo todo a la mierda y portarme como quienes veía que perdían los escrúpulos y hacían lo que fuera con tal de salir del paso. Pero no tenía fuerzas. Me sentía un ajusticiado. Sí, sentía impotencia. También estaba hambriento y mi espíritu estaba desfigurado. Ya casi había dejado de pensar en por qué estaba ahí, orillado a la miseria. No pensaba casi en que sabía el secreto de algunos. Cuando pensaba en eso me lamentaba. Me decía, ¿Por qué me tuve que enterar, por qué tuvieron que saber que yo sabía también? Pienso que estaba cerca de la muerte, pero esa misma pulsión de hambre me hacía buscar alimento, era una cosa rara, pues, porque tenía el desencanto en el corazón pero los instintos en las entrañas decían que debía volver, porque tenía pensamientos suicidas, de finitud, de ya irme, pero, luego, me asaltaban pensamiento asesinos, de ir por los que hicieron mal y caparlos o sodomizarlos o hacerles cumplir la penitencia que debían tener los simoniacos y los abusivos según el Antiguo Testamento, según la Biblia’. 

Yo creo que alucinaba ya’, continuó, ‘porque sentía ganas de llorar pero de gritar al mismo tiempo, me sentía incontrolable ¿Sabes cómo? Como la vez que te encontré en la capilla a moco tendido y que no podías parar y que parecía que un demonio te estaba poseyendo y que no sabías si llorabas de alegría o de tristeza, de coraje o de alguna otra cosa, y que sólo se trataba de soltarte, de purificarte, de romper esa membrana que nos mantiene a todos contenidos aún sin derrotarnos ni vencernos ni dejarnos vulnerables como a un niño que le falta todo y estira los brazos hacia alguien que lo saque de la cuna. Como esa vez creo que estaba yo. Así como tú esa ocasión, yo creo, incitaba a la compasión. Yo pienso que por eso se acercó esa señora y tuvo la caridad para hacer lo que yo hice contigo, sólo sentarse al lado y esperar a que me calmara ¿Te acuerdas cuánto tardaste en dejar de llorar y de babear y pudiste por fin gobernarte y hallar la cordura en medio del lagrimeo? ¿Recuerdas que pasó tanto tiempo que no alcanzamos a cenar y que, cuando ya estabas más quietecito era hora de volver a los últimos rezos del día? Imagino que así me tardé y la señora se quedó todo el tiempo. No me dijo una palabra, sólo se sentó a cuidarme. Entonces mis dudas comenzaron a disiparse y esa duda se transformó en esperanza o en algo parecido’. 

ZALAMEROS

La duda, pues, la duda existencial me hacía preguntarme si no era mejor dejarme llevar, echarme a la puerta de algún sitio y sólo esperar a que me llegara la hora. Imaginaba que llegarían paramédicos o algún transeúnte y daría aviso al SEMEFO y sería yo un cuerpo para que ensayaran conmigo los practicantes de medicina de la UNAM. Pensaba en qué dirían mis padres de mi desaparición. No entendía ni qué carajos estaba pasando ni cómo salir de eso. Me había pasado lo que al Conde de Montecristo pero no veía cómo volver. No sabía ni siquiera que me interesara la revancha. No entendía por qué ser testigo de iniquidades me convertía en el culpable, me orillaba al silencio y al destierro. No comprendí qué renglones torcidos me estaba tocando leer de mi vida. En las historias de santos siempre había alguien que, enviado por Dios, distinguía la desgracia del vituperado, de quien había caído en las garras de la inquina de los corruptores. Esperaba ser salvado y ya no creía en que eran pruebas del Señor. Me empezaba a considerar un desgraciado y como tal pensaba en que así debía ser.

No distinguía ni siquiera cómo acercarme a León, de donde había salido con pocas posibilidades de volver, porque, al dejar el seminario, caí en una casa que ya no reconocía y que se había ido transformando y cobrando tintes de degradación que no comprendí. Volví a casa y la única descripción que pensé fue la de estar en donde todos tenían ya una vida menos yo. Me fui de esa casa sin adaptarme nunca, convertido en un intolerante y quizá en un mojigato o cadete de la moral que se encargaba de distinguir defectos y fallas y pecados en todos. Era insufrible. Desaté conflictos y no comprendí los dilemas de mis padres y de mis hermanos. Me había ido al seminario y la vida de ellos había seguido sin mí y no me di por enterado. Me fui a la nueva congregación con la soberbia disfrazada de vocación sacerdotal. Juzgué un poco a mi padre por sus conflictos y su vida a la edad que él tenía entonces. Como todo sabelotodo castrante no entendía que me iba a tragar mis palabras cuando me llegara el tiempo. 

No hallaba entonces el camino. No sabía cómo volver y avisar que estaba vivo al menos. Sentía que a mi familia no le importaba, que el mundo estaba mal. Y no es que no lo esté, está de la chingada, todo mundo roba y transa, abusa y se colude para hacer pedazos la dignidad de los demás, todo mundo va diciendo que pretende ser bueno y que lo importante es hacer el bien sin mirar a quien y yo veía algo que se parecía muy poco a eso. Veía más bien que el chingón era el triunfador, que el corrupto y el que se saltaba las trancas, el que no hacía fila era el que ganaba todo; el que, además, iba a presumirnos que así se hacían las cosas y que eso que hacía yo o pensaba que era lo correcto, era para ingenuos o pendejos, para lentos, para los fracasados que no iban a avanzar. Notaba que los que se acercaban a ser zalameros y se mostraron solícitos eran los que recibían privilegios, los que se transformaban pronto en cómplices y encubridores, solapadores de esa abusiva faunalia de la que yo me había enterado por equivocación, participaban del secreto que, en este caso, era el enigma que unía a una legión de sátrapas. 

No es que yo pensara que ser servicial era algo malo o algo que pudiera juzgarse. Al contrario, yo era un ferviente del servicio a los demás, pero a todos, al Tropezón, el compa más humilde del grupo, ¿Lo recuerdas?’, me preguntaba el Papeles ya instalado en una biografía que contaba con elocuencia como si la estuviera escribiendo para mí, ‘ese morro que llegó con un lazo que le mantenía el pantalón en la cintura, haciendo las veces de cinturón, un joven que debía caminar horas para llegar a su rancho y que, no sabemos muy bien cómo, había llegado al seminario; ese muchacho con dermatitis, medio tartamudo y bizco que quién sabe dónde terminaría, yo siempre creí, merecía los mismos servicios que cualquiera de nosotros. Pero no sucedía así. A él no le tocaba que lo cuidaran y le dieran ciertas dádivas que a otros que vi buscarse un poco a conveniencia la mirada del formador o del superior. No me parecía justo que mis compañeros anduvieran de lamebotas con los que les convenía: con el ecónomo, con el rector, con los obispos’. 

SERVILISMO

Ahora te lo digo, pero en ese momento ni lo supe ni tenía idea. Ahora lo sé, o más o menos lo distingo. Creo que yo era ingenuo y servicial. Servicial y fascinado. Tenía en muy alto valor serlo. Recuerdo una imagen que podría usar de razón para creer eso que alimentó mi comportamiento hasta hace muy poco, incluso hasta ahora, ya sabes, siempre veo maneras de no ser mezquino a pesar de los toletazos que se lleva uno. Ser considerado con el otro es un gesto conmovedor todavía ¿o no? A veces me pregunto si todavía se usa eso de ayudar, ¿Si? ¿No? ¿Qué dices? ¿Estoy equivocado? Ya ni sé, carnal. Pero en ese tiempo me parecía algo necesario. Ya lo sabía pero cuando entré al seminario fue como una especie de epifanía. Te acordarás de el Vecino ¿Si te acuerdas de él? ¿Moreno, con un lunar en el cachete?¿hermanas guapas?¿de San Pancho? A él le debo que el servicio, la consideración por el otro, me importaran tanto, creo. Quizá él ni lo supo ni lo considera, seguro que no lo recuerda y tampoco le importa pero siempre pensé que verlo ese mediodía de agosto de no sé qué año me formó. Me refiero a que su consideración por mí, sin conocerme, sin haberme visto nunca antes, que me tratara con tal fraternidad sólo porque estaba ingresando a la comunidad, me pareció un gesto noble y quise imitarlo. Quise hacer sentir a todos que éramos hermanos; no compañeros ni camaradas, ni colegas ni seminaristas, sino hermanos. La sensación de estar entre hermanos, sin ninguna otra intención que la que tú y yo sabemos, pues, me emocionaba. Qué franciscano fui, por no decir otra cosa. Pero quería ayudar. 

Y es que recordaba la vez que llegué al seminario. Lo recuerdo, al Vecino, porque cuando entré por el pasillo de la casa, él esperaba al interior, se adelantó unos pasos y me pidió que lo dejara ayudarme con las maletas. Me conmovió tanto y suscitó en mí la certeza de que llegaba a un sitio real y evangélico como si estuviera yo en la escena del Lavapiés y los apóstoles. Yo dubitativo, más bien atolondrado recorrí el pasillo sin saber ni entender a dónde debía buscar el dormitorio cuatro y la cama siete. Pero en ese momento apareció el Vecino. Ya sabes: el otro se pone para que te apoyes, el otro se entrega, el otro muestra bondad y a ti lo que te queda es dar muestras de reciprocidad. Pienso que esa primera impresión me puso un escudo de ingenuidad y me vistió de iluso. Quizá por recordar ese momento ecuménico me preservé, tozudo y tonto, necio y ciego, como un fervoroso de la fraternidad y del servicio a los hermanos.

Porque no hablo de servilismo, esa realidad viciada por los intereses y lo lacayo que nos sale frente al poder. Hablo más bien de generosidad, esa palabra estéril, sin sentido, que se perdería conforme nos fuimos demeritando en adultos. Pero en ese tiempo me parecía imposible, no entendí que la vida fuera de otro modo, que no hubiera nada de hermandad mendicante y pobre sino esa ansiedad de tomarse la foto al lado del pudiente, del fariseo que pagaba las cuentas, un bienhechor amigo de Dios, y que tomarse esa foto significara un trofeo o una puerta por abrirse. Pero así es, como lo vemos ahora, que somos adultos y hemos tragado un poco de tierra por tontos, deberle a quien convenga o no deber, una empresa, pues, la del arribismo’. 

“DIOS PROVEE”

Esa señora con aspecto calmo, como de un sigilo consolador, me ofreció de comer. Apenas recuerdo algo de ella. Para mí sería la definición de misericordia o de providencia, o de las dos juntas ¿Quién en esos días podría atreverse a recoger a un morro desconocido, darle de comer, dejarlo que platique su historia y, prácticamente, adueñarse de éste como de un hijo para profesar la compasión que yo creía inexistente, al menos para mí? 

Es un milagro el que te cuento. Me recogió del templo, me salvó. Era una mujer con aire de Santa Mónica. Me sentí San Agustín o algún leproso, un pobre al que consuela Francisco de Asís. Era yo como una oveja herida que necesitaba cuidados nada más, un pájaro agotado y herido que necesitaba reposo y algo de descanso. Pero me urgía salir de ahí, me angustiaba encontrarle sentido a las cosas. Mis debates existenciales importaban como algo trascendente, como si se fuera la vida en ello, como si valiera la pena esa congoja de un joven buscando el futuro, un engaño por donde se le vea. Luego he pensado en cuánto se preocupa uno o se empelota todo con tan poco, ¿el futuro? ¿Quién puede controlar algo nunca?’ 

El recuento fue accidentado, pero lo inició diciendo, ‘Conseguí chamba. Ya bañado y con menos cara de muerto de hambre pude al menos ordenarme y buscar. Es como si ese acto de misericordia me hubiera devuelto la fe y mi espíritu se volviera a encender, esperanzado, para hacer algo más que vagar con la ingravidez de un autómata mugriento. Eso fue, creo. Y sentí el toque de un nuevo comienzo. Fui pizzero, abonero y, luego, ya más establecido, la hice de valet parking, todavía sin licencia de manejo, otro prodigio que le debo a la señora, pues me metió ahí luego de hacerme una pregunta a la que respondí que sí. Dije que sí sabía conducir y eso bastó. Un poco después ya coordiné a la cuadrilla de frenéticos estacionadores de coches en un restaurante. Junté lana para rentarme un cuarto de azotea, mantenerme sin ahorcarme del todo. Comía en el restaurante lo que me daban y ayunaba por obligación. Tener empleo me permitió pensar en cosas, me dio realidad como si tocara las cosas y las pudiera medir. Trabajar me ayudó a asentarme, a dejar de ver la santidad como la veía, como de hagiografía, como esa ilusa tentación de ser más bueno que cualquiera, una altura moral que sólo me había acarreado trompicones y patadas. Esos con los que trabajaba me curtieron y me daban piso, me atemperaron un poco el débil carácter; me ayudaron a dejar de poner la otra mejilla a lo pendejo. Sin saber muy bien cómo ocurría, me fui convirtiendo en un habitante de mi ballena, la gran ciudad. Como si cada día fuera un entrenamiento, fui habilitándome. Me convertí en un ciudadano más hasta olvidarme de esa tentación de ser un santurrón que anduviera levitando. La realidad me obligó a ser práctico y avispado, a andar con el cuchillo entre los dientes, al tiro, pues. Luego de haber limpiado parabrisas o haber recolectado sobras de los botes de basura, conseguir y conservar el empleo era otra cosa. Me mantuve ahí, servicial, y las propinas me ayudaron a inscribirme en la escuela ¿Cómo llegué a la escuela? ¿Qué tuvo que suceder para que yo entrara en una facultad luego de andar merodeando la miseria? No recuerdo. Creo que en alguna plática con un compañero o con algún cliente fue que me enteré de cómo hacerlo. Me metí a psicología en la UAM. Era otro mundo. Apenas y pensaba en los momentos en los que anduve de mendigo. Me cuesta trabajo distinguir cómo fue que sucedió eso de estudiar y de crecer e irme convirtiendo en un adulto. Pero la carrera me provocó una avidez, o despertó en mí la avidez por comprender qué había sucedido conmigo o con los otros. Nunca tuve un momento de rencor o de odio tan irremediable, siempre fue incomprensión; las lecturas, los casos, las terapias y lo que descubrí, fueron haciendo más digerible la vida en el Seminario, de lo que era un sobreviviente.

Terminé la carrera con un ritmo de quien se esfuerza sin dudar. Desde esa época no me permito parar. Me acerqué por fin a León. Fui metiéndome de nuevo en el ritmo de mi familia. Ellos me acogieron como si sólo me hubiera ido de vacaciones. Yo entendí que así debía ser, respetuoso y servicial, pero sobre todo comprensivo con las vidas de los otros. Estudiar psicología me valió para muy poco en el asunto laboral porque terminé metiéndome muy pronto en esta aseguradora. En lugar de dar terapia u organizar ambientes laborales lo paso de guardia esperando a que la banda llame a un ajustador de siniestros automovilísticos. Pero entendí que la realidad supera a los principios y que de esto se iba a tratar todo, de encontrar la manera de olvidarse de lo que nos mortifique porque si no uno se atraganta o se desquicia. Olvidarlos o hablarlos o encontrar cómo hacer para que no se le trepen a uno como lozas. Al final da lo mismo qué sabe uno o quién quiera ser uno. Lo que toca es la discreción de la vida menor buscando siempre. Me cuelgo de esa providencial aparición que me dio un empujón para curarme. Me curé de mis misticismos tocando la vida, en la calle. Y aquí estamos, mi estimado “Bola” ’, me dijo, ͑contándonos cosas que ni importan sólo por el gusto de que no acabe un día feliz, sólo por las ganas de distinguir qué ha sido de la vida después del seminario. 

Le vi el fondo a mi vaso de whisky con hielos, cogí mis zapatos en una mano con los dedos anular y medio, me acerqué a abrazar al Papeles. Le sonreí luego de decirle, buenas noches, mi queridísimo Papeles, qué gusto volverte a ver.

*Este cuento forma parte el libro Yo fui un chico cursi, publicado por Ediciones El viajero inmóvil (2018).

  • Ilustración: José de Ribera