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Acabo de hallarme muerto. El cadáver yace de costado sobre la línea del asfalto, a los pies de la camilla con ruedas de la Cruz Roja. Todavía dos paramédicos insisten en electrocutarme.

Rueda una perla de aire con basura y me levanta la solapa.

Tratan de parar la hemorragia. Aunque es un charco, nada fluye.

Enjuagan los grumos, pero es inútil.

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6. Horizontal: Perturbación atmosférica que se manifiesta por variaciones en la presión ambiente y por fuertes vientos, acompañados a menudo de truenos, lluvia o nieve.

Pasé una hora resolviendo el cuaderno de crucigramas hasta que una palabra detuvo mi escritura. Aún lo recuerdo. Vocablo de diez letras, horizontal: percibir la existencia sin los sentidos. Ninguna letra vertical que me ayudara a encontrar los pedazos de esa idea. Los vacíos en la cuadrícula me dieron asco. Ni siquiera entendía los flujos de las palabras cercanas como nidos de serpiente.

¿Atinar o acertar?

Se acercaba la hora de la cita médica. El café de la plaza era espléndido. Con el pretexto de mi chequeo anual, salí de la oficina con tiempo de sobra. Podría resolver crucigramas. Pensar.

La palabra.

Percibir la existencia sin los sentidos.

¿Tenía sentido la vida sin las palabras?

Afiné la mirada en el papel revolución. Vi correr las manecillas del reloj. Habían transcurrido apenas quince minutos desde que llegué a la sala de espera con la bala en el abdomen.

Esperaba.

Era un rasguño.

Un calambre.

Una cuita de sangre.

7. Vertical: Carencia de compañía.

Salí para que me diera el aire en la cara y me estrellé con las luces sepia de la ciudad en el descampado donde estacionan las ambulancias. Observé las estrellas lejanas cubriendo la ciudad con una cúpula de piedra y lodo. Cayendo de tristeza, procuraba armar el crucigrama de mi existencia, o mínimo de ese presente finito. Me tocaba el estómago y el agujero de la bala dejó de escupir borbotones de sangre. Estaba lúcido, aunque no conseguía encontrar la palabra de diez letras que demandaba el juego.

Con la muerte tan lacia me tensaba la vida.

Mi mano sostenía el cuaderno de Autodefinidos.

Pasaron dos enfermeras. Al verme sangrar se acercaron; vieron la herida y, sin preocupación, me dijeron que me atenderían “en un momento”.

Un tiempo que ya no quería matar con los crucigramas.

Llegó el policía que me había tomado la declaración cuando todo se echó a perder. Me puso la mano en el hombro y me dijo que pronto me pasarían. Se ajustó la pistola en el cinto. Caminó pesadamente y se perdió entre las camillas y los pasa sueros.

Aspiré la noche y miré las nubes cenizas sobre un fondo azul marino. El escenario preparado para una lluvia torrencial. La pierna derecha comenzó a adormecerse, como si un plomo líquido pasara por las venas. Entonces volví a la sala de espera. Estaba una mujer que vestía un poncho de colores y con él cubría a un niño. El hedor a maíz tostado y mierda de vaca volaba por todas partes. Apenas reparó en mí. Vio la sangre. Me cubrí con la mano.

Ella arropaba al infante dentro de un montón de aire muerto bajo su poncho. Tres grandes surcos le atravesaban la frente, pero no era vieja. Lo noté en su mirada. Apenas rebasaba quizá los veinte años. Mascullé un “buenas noches” que respondió con alegría. Le pesaban los dolores. Los de la criatura. Un chillido sofocado salió de sus ropajes apestosos y me vino un mareo. Me senté en la silla de plástico azul. Reconocí las baldosas de cuadritos blancos como si fueran una pesadilla recurrente. Un mismo ingeniero diseñó todos los hospitales públicos. Cuadros blancos. Cuadros apostados unos junto a los otros con una monotonía salvaje.

Los pies de la mujer estaban enfundados en unas chanclas de hule. Chanclas todoterreno; desvencijadas por la serranía y los cerros pelones del Bajío. Machacados por las piedras y los caminos con relieves salvajes. Insondables. Pies caminados a marchas militares por los columpios de montañas y valles. Pies con manchas de un lodo ya seco, ya cinerario. Se escuchó otro chillido como de gato. La mujer meció de un lado a otro el bulto que estaba dentro de esa cápsula de tela y el silencio nos encontró en la sala.

Tomé la revista. Volví a toparme con esas diez letras que me faltaban. Un rayo iluminó de pronto una parte de mi memoria que estaba debajo de las llaves perdidas y unas notas olvidadas de las doce del mediodía. Lo sentí.

Abrí la puerta de la recámara principal de la casa para orearla. Como todos los días, había despertado en un charco de saliva. Me integré a la mañana como un astronauta que salta de una nave directo a una laguna de lava ardiente, y la inercia de todos los días me llevó hasta donde estaba la cafetera. Tomé la taza y en el primer trago de cafeína penetraron los colores en mis ojos y empezaron a darme una primera escena en tecnicolor.

No era lo que conocía como mi casa, pero sentía que sí. Las cosas se hallaban movidas, sin embargo, se parecían a un estanco exhumado de la memoria. La ventana miraba a un lugar familiar, pero estaba fuera de ángulo. La torre de la basílica acariciaba el cielo. El campanario, que habitualmente podía casi tocarlo, lo veía lejano.

Tenía años sin beber ni una gota de alcohol, y en un supuesto inicial creí que, borracho, me había metido a la casa de junto. La lógica me gobernaba. Era posible, porque la colonia donde habito es una de esas hileras de calcetines negros colgadas en un gancho, y todo parecía un equívoco divertido.

Quedaba la impronta de la noche anterior, resaltando que llegué a casa, me quité los lentes, las botas, los pantalones y la camisa, en ese estricto orden, y me había tendido en mi cama. Acto seguido miré la techumbre y quedé en mi charco de saliva con el que había amanecido. Pero algo estaba mal.

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1. Horizontal: (prono. pers. col.) El que habla, yo. (Se utiliza con el verbo en 3.ª persona).

Regresé hasta la recámara, excitado por las reminiscencias que me daban claves para sentir sin los sentidos. Oí, en lo que supuse era el baño, el sonido de agua cayendo de la regadera. Alguien se bañaba. Con la taza de café en la mano fui hasta un espejo alto, rectangular. Cuando observé la figura que quedó al frente, una corriente eléctrica pasó por mi estómago. Levanté el brazo y aquel reflejo imitaba mis movimientos; era un hombre sin panza, con el costillar expuesto, langaruto, de ojeras largas y una melena que llegaba hasta los hombros. Era, en el fondo, alguien muy parecido a mí, o por lo menos alguien soñado en alguna noche que, como titiritero, reproducía a voluntad mis movimientos.

Tardé en comprender que estaba en un cuerpo que no era el mío.

Sin embargo, ese figurín pensaba igual que el menda de la noche previa. O así lo quería creer. Mi mente era firme, el cuerpo, de otro. Todo indicaba que era una pesadilla. Cesó el ruido de agua. Me quedé en la posición del café, con el codo doblado, la taza a tres dedos de distancia de la boca, esperando a la efigie que iba a salir del baño.

Era una mujer gorda, de cabello corto y azul. Bonachona. Me vio como quien ve a alguien muy familiar. Pasó de largo y se quitó la toalla. Sacó del tocador un cepillo de cerdas finas y comenzó a cepillarse con un quiebre de lado, desde la frente hasta la nuca. “Buenos días”, masculló, como si de pronto hubiera aparecido en su vida.

Mugí.

Se acomodó en una silla y se puso los calzones y las medias. Cubrió con un vestido ceñido su cuerpo fofo y poco a poco, con la pericia de un relojero, fue pintando su rostro hasta dejarlo tapizado de colores ocres.

Volvió su mirada hacia mí y me advirtió: “no se te olvide ir por el paquete”. Encendió un cigarro y llenó de humo la habitación. Yo veía de reojo el cuerpo nuevo en el que habitaba y lo tomaba como una broma de mi pesadilla. Me acomodaba de perfil, de tres cuartos, de frente, como si un fotógrafo estuviera a punto de iniciar conmigo una sesión de modelaje. Alguna vez quise manipular los sueños y me lo tomé muy en serio. Antes de acostarme concentré mi mente en un punto fijo y salió un deseo para soñarlo. Alguna vez lo logré. O logré sugestionarme. Por lo pronto me gustaba lo que veía.

¡Me voy, Esteban!”, me avisó, y salió dándome una nalgada. Esteban era mi nombre. Volví a enfrentarme con el espejo ya con el nombre de Esteban a ver si coincidía con la carrocería que presentaba. Regresó sus pasos y en la puerta de la habitación me dijo que no se me olvidara ir a recoger el paquete “en la tintorería del chino, el de la vuelta”.

El portazo que escuché nuevamente fue el de la ambulancia que llegaba a la Sala de Urgencias. La mujer del niño se levantó y se santiguó. Sentí en la mano un goteo de sangre que venía otra vez del hoyo del balazo. Estaba caliente. La embarré en la pierna y dejé un rastro con los cinco dedos de la mano. Comprendí que la mujer no estaba allí para ser atendida, sino que esperaba la llegada de un familiar que traían en la ambulancia. Arrastró las chanclas azules y se arrimó hasta donde unos camilleros empujaban un cuerpo tendido y ensangrentado. Otra vez la sangre. Entraron con prisa y detrás de los paramédicos se fue desdibujando la mujer.

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3. Vertical: Extinción de la vida.

Me levanté ya con frío y quise protestar, pero en seguida llegó un camillero y me sentó en una silla de ruedas; la empujó por un pasillo largo y azul, hasta que me dejó con una doctora que me ayudó a subirme a una camilla. La luz de un quirófano es igual a la de las naves de los alienígenas cuando intentan llevarse a los humanos por abducción.

Blanca.

Fuerte.

Cegadora.

Comenzó a darme frío. Sentí los pinchazos de las agujas del suero introducirse a la vena del brazo. Sentí que unas tijeras recortaban el pantalón, el cinto, la camisa. Muchas manos me arrancaban la ropa y me dejaban apenas con una sábana blanca. Los tapabocas parecían un pelotón de fusilamiento. Un hombre de voz melodiosa me miró desde el cenit y me dijo que contara hasta diez.

Uno. Mis dedos dejaron de apretarse. Sentí entonces un piquete en el abdomen. Una lanza que rasgaba la piel y que en unos segundos iba haciéndose dura. La morfina. La lidocaína, la anestesia, comenzaron a hinchar mis órganos. Ya no sentía dolor en mi cuerpo, pero sentía jalones. Escuchaba chasquidos. Jirones de piel quebradizos.

Dos. La mujer prieta que se desvanecía entre los árboles de su casa, los huisaches, los cerros pelones, la callosidad de su pie izquierdo.

Tres. La palabra de diez letras que no pude contestar en el crucigrama. La asunción errónea a otro cuerpo. A otra casilla de los crucigramas.

Cuatro… blanco.

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5. Vertical: Conducto musculoso que conecta la matriz de las hembras de los mamíferos con el exterior y que interviene en la cópula.

Desemboqué en la antesala de las turbinas de una tintorería. En el sueño no importa el antecedente, sólo la acción que ocurre en ese presente cansado. No tenía el paquete. Era importante hallarlo. Caminé por el túnel de luz y fui a dar a una orilla humeante de un establecimiento que suponía era una tintorería. El ruido de la turbina era enloquecedor, paralizante. Caminé como si supiera a dónde había que ir. De frente estaba el mostrador y pasé por una hilera de mujeres que planchaban largas mantas amarillas con máquinas de rodillo caliente. Metían sábanas por una hendidura y del otro lado salía un lienzo plano. Corrió el sudor por la frente. El calor era un tributo por unos cuantos pesos. Al llegar al mostrador estaba un chino de barriga fofa y zapatos de charol. Me regaló una sonrisa y acto seguido me señaló la caja registradora. Suponía que él me iba a dar el paquete, pero me dejó pasar para quedarme al frente del negocio y se metió a comer, y yo no sabía quién me lo iba a entregar. Quise hablar con el chino, pero la única palabra que creía salir de mí era como un gruñido.

Un hombre entró al negocio y me miró de arriba a abajo. Sonrió y lució un hueco entre los dientes. Le faltaba el canino. “¡Hola, chula!”, saludó, y puso sobre el mostrador un par de trajes de lana.

Miré en todas direcciones. El hombre chimuelo también siguió la dirección de mi mirada aguardando que alguien apareciera. No había nadie cerca. El chino estaba en el fondo de la tintorería. Me agaché y fue entonces cuando vi unas piernas torneadas enfundadas en una falda que llegaba hasta las rodillas. El busto era protuberante. Lo disimulaba una blusa cerrada, sin escote. Al rascarme la cabeza noté que el cabello me llegaba hasta media espalda. Mis manos sudaban. Por ningún lado había un espejo.

Dejé al hombre en el mostrador y tomé los trajes. Mis piernas se movían a pesar de mis órdenes mentales. Llegamos al baño. El horror se abrió paso a empellones. Las paredes de pintura azul cielo, la taza de baño, crema, y un espejo pequeño me instaló en un lugar inédito. Mis ojos rasgados, orientales; unos labios delgados y una cara redonda, circular, con pómulos crecidos, me dejaron sin aliento. Toqué con miedo una vagina. ¡Mi vagina! Quité de inmediato las manos.

Abrí el grifo y mojé la cara. Entonces entró el viejo.

Sin hablar, me tomó por la cintura y circuló su mano callosa por la espalda hasta que jaló mi pelo. Vi mi rostro oriental con una expresión de placer, a pesar de que tenía asco y miedo. Mugió vocablos incomprensibles y me empujó de la cabeza hasta que mi cuerpo pequeño quedó doblado en un ángulo de noventa grados. Presentí lo peor.

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2. Vertical: Asesino a sueldo.

Cuando el chino husmeaba debajo de mi falda, escuchamos un grito que lo hizo recular. Espantado, detuvo los escarceos.

Me incorporé, me acicalé y arreglé el cabello.

Él alisó su camisa de cuello Mao y abrió la puerta. Salí detrás. En el mostrador estaba el cliente chimuelo que se hizo a un lado y, para mi sorpresa, la gorda con la que había amanecido esa mañana y su pelo azul. Junto a ella, un hombre colosal tensó unos brazos enormes, peludos y fuertes sobre la melanina del mostrador.

Querían el paquete.

El chino hizo una reverencia y la gorda, sin mediar palabra, golpeó al chimuelo en la nariz. El hombre gigante lo remató de una cachetada. El chino volvió a hacer una reverencia y dijo que en un momento más se lo entregaría, sólo que, por los nervios, habló en mandarín. Yo lo había entendido sin problemas. La gorda, no. Cuando el guardaespaldas estaba a punto de reventar el local, hice la traducción en voz alta.

—Apúrate —ordenó la gorda.

El chino volvió a inclinarse y se metió a la trastienda. El musculoso me observaba. La gorda escupía una baba blancuzca y comenzó a temblar. Era un perro rabioso. Lo que escupía era bilis, nervios, coraje. Escupía y se incorporaba a un estado demencial como si en ella entrara una legión de perros salvajes. El chimuelo quedó en fuego cruzado en el rincón de la barra de la tintorería.

Regresaba el chino dando pasos pequeños como si pisara brazas calientes. Traía una bolsa de plástico gris. Se detuvo y dijo en mandarín: “aquí está su paquete, blancos hijos de perra”. La gorda sonrió confundida, igual que el hombre que la acompañaba. Repitió la frase dos veces más y la gorda extendió las manos.

Pude ver entonces la punta de un revólver que abría fuego contra la mujer que iba de la mano del chimuelo. El humo y las balas dieron un concierto de pólvora. El musculoso repelió el ataque con un tiro que se atrancó en el abdomen. Ya la gorda de pelo azul estaba muerta, tendida en el mostrador. Sólo me incliné y cubrí la cabeza.

El chino cayó a un lado con un agujero en la frente.

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10. Horizontal: Violación de la fidelidad o lealtad que se debe.

Concluyó el alboroto y abrí los ojos. Escurrían en mis mejillas lágrimas negras, pintadas de delineador. Intenté levantarme, pero mis piernas estaban partidas a la mitad por las balas que cruzaron las rótulas. Escuché quejidos del otro lado del mostrador. De varios agujeros de balas asomaba una acequia de luz que se plantaba en el cuerpo. Pequeñas partículas de polvo flotaban en las nubes de pólvora quemada. Por la hendidura astillada de la barra vi cómo se incorporaba el chimuelo con un impulso tenaz por salir de ese lugar. Extendió su cuerpo sobre el mostrador y apareció su rostro asomándose cuidadosamente por el borde. Los ojos verdes se enfocaron en las heridas de mis piernas. Sonreí y extendí las manos para pedir ayuda. Su cara desapareció y en unos segundos más reapareció con un revólver en su mano derecha, y sólo pude escuchar el tráfago mortal sobre mi cuerpo. No sé qué tan rápido iba a morir luego de la balacera, pero alcancé a verlo entrar por el paquete y lanzar la pistola al suelo.

Luego una luz blanca.

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11. Vertical: Seguir a la persona o animal que va huyendo con ánimo de alcanzarle.

Abrí los ojos y estaba en un callejón. Un olor a basura sobrevivía en el ambiente. Abrí los ojos y me toqué la ingle. Allí estaban unos testículos y un pene flácido acurrucado en los calzones. Me sentí mejor. Puse las manos en el contenedor de basura y mi calavera hizo un estruendo orquestal. Me ardían los muslos por el ácido láctico. Estaba sudoroso y el aroma a basura orgánica me incomodaba. Al sostenerme en pie, miré un riachuelo de sangre que despedía un miasma y rayaba con líneas de fuego la mezclilla azul. Cerré los ojos. Los abrí. Me chupé los labios y tragué el aire por las hendiduras de mis dientes. Pasé la lengua por la corona dental y en seguida noté que me faltaba el colmillo. Levanté el paquete gris del suelo y lo escondí bajo el saco.

En el norte del callejón, una nube negra dialogaba con los edificios. Pensé en salir de allí. Ir a cualquier lugar dónde poder esconderme. Seguí mis pasos, de sobra por la inercia de mis latidos, que no habían sido las mejores, pero más que un zombi, me movía por una extraña cibernética de los acontecimientos. Caminé con esfuerzo por la herida que sangraba de la pierna. Parecía una rozadura porque las articulaciones se movían libremente.

Salí del callejón y me topé con una avenida principal de la ciudad. Los autos se movían como si fuesen trenes enloquecidos. Vi una botica, un supermercado y un banco. Ningún terrícola caminaba sobre las banquetas, lo que me convertía en un blanco fijo. Un anuncio espectacular en la carretera de un desierto. Como estaban las cosas, ya tenía nombre la bala que me mataría, y por instinto de conservación, sólo podía regatear mi mala suerte.

Entré por una calle que desembocó en un lugar que minutos más tarde reconocería. Al cruzar por los ventanales de un banco, me observé ya sin sorpresa. Vestía un traje gris; mis ojos, verdes, y estaba chimuelo. Aturdido más por la herida que por la confusión, miré una plaza a un lado del edificio. Pensé que estaba del lado de ningún bando y eso me aterrorizó. Estaba de mi lado y, calculando la suerte, estaba jodido. Si mi memoria no me fallaba, el estúpido chimuelo había tirado la pistola al lado de la china. Para más señas, estaba desarmado y era, a la sazón, un cobarde.

Unos comensales me miraron como quien mira a un apestado, pero siguieron en lo suyo. Acomodé el paquete en el saco, pero no me atreví a sacarlo para descubrir el contenido. Presioné mi pierna que seguía dejando salir la sangre en hilitos discontinuos.

Se había nublado.

No me acostumbraba a sentir la falta de un diente. Fue entonces cuando apareció un hombre, como un fantasma, luego de una carrera veloz de la que se tarda en frenar. Después de un vistazo, sin titubear, me increpó con obscenidades.

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8. Vertical: De color de nieve o leche. Es el color de la luz solar, no descompuesta en los colores del espectro.

Cuando lo vi, sentí que todas las fronteras del mundo se desvanecían. Ya creyéndolo todo, era Esteban; era el otro yo de la mañana. El hombre flaco, de pelo largo, que se había levantado con la gorda. La rabia en sus ojos me lo dijo todo. El pelo grasiento ondulaba de un lado a otro. Temblaba de miedo como yo, pero estaba decidido a cumplir con su cometido.

El paquete.

¡Dame el paquete, chimuelo cabrón!

La china había alcanzado a decirle que yo era el responsable. Sólo siguió el rastro de sangre y me halló sin problema.

Siguió mi destino.

Pero algo me hizo negarme a darle el sobre. Me levanté para mi última batalla y lo mandé a la mierda. Tenía que seguir la caracterización. Salvar una vida que no me pertenecía. Arriesgarla en un último desquite del pánico.

Sentí el primer volado de derecha. El flaco tenía dinamita. Pegaba duro. Lo recibí sin defenderme. Los comensales estaban apenas atisbando la pelea. Comían. Reculé. Volvió a rehacerse en una escaramuza de golpes y patadas. Resbalé sin caerme, y el reflejo fue correr. En un ángulo abierto, el flaco disparó a mansalva. Tiros por doquier, hasta que llegó el proyectil con mi nombre y fecha de defunción. Escuché los gritos y los comensales se levantaron de sus mesas. Gritos. Caí de bruces y quedé tendido mirando el asfalto gris, que en segundos se pintó de blanco… Rodó el paquete.

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9. Horizontal: Recibir sensaciones a través de los sentidos.

La tempestad volvió a mi corazón. Había pasado una hora resolviendo el libro de crucigramas. Era una palabra de diez letras, horizontal: percibir la existencia sin los sentidos. No había ninguna letra vertical que me ayudara a encontrar los pedazos de una idea. Los huecos del cuadriculado me derritieron los sesos.

Había pedido el tercer café cuando escuché los gritos de dos hombres que peleaban. Miré de reojo el zafarrancho como una situación clónica. Ya vendría la policía, ya habría sangre, ya sería un ajuste de cuentas, ya sería el día común. Me bastaba seguir colocando letras. Pasó un mesero para ponerse en primera fila y contemplar una pelea de hombres pránganas. Le pedí mi café, pero no hizo caso. Me sentí seguro dentro de la valla de macetas que rodeaba el restaurante.

Oí el barullo de las palabras del hombre, de las ficciones del hombre, de un hueco en el crucigrama donde no me atreví a escribir la última palabra. Diez letras. Oí entonces el espasmo, que me imaginé eterno, y me diluí en un presente finito, dispuesto, a duras penas, a dejarme ir en el otro que recibe las bofetadas, a la otra casilla. 4. Horizontal. Diez letras.

4. Horizontal. Sensación general de la existencia y del estado del propio cuerpo, independiente de los sentidos externos, y resultante de la síntesis de las sensaciones, simultáneas y sin localizar, de los diferentes órganos y singularmente los abdominales y torácicos.

En cámara lenta, vi caer a una anciana que llegaba al café, al capitán de meseros, a un vendedor de boletos de lotería. Caían como gotas de lluvia. Sólo sentí como si me mordiera una serpiente en el estómago. Un hormigueo caliente. Tomé mi libro de crucigramas y me tiré al suelo como todos, como los mismos, y sólo quise huir. Y apareció la palabra como una pesadilla que tarda en llegar, como la ficción que nos hace evitar la duda y el vacío.

Cenestesia.

Luego una chispa blanca.

  • Ilustración: Arturo Rivera