En estas notas, escritas con la punta del lápiz, se ha de hablar numerosas veces de la vida nacional.

Notará el lector que cada vez que ello ocurra, el dócil instrumento de escritorio cambiará de índole, tomando el duro y necesario carácter de bisturí.

La razón de ello viene dictada por los hechos nacionales que hoy sobrellevamos después de un largo escamoteo de nuestra efectiva realidad. Si se hubiese de escoger un vocablo que espume, que sintetice en su última verdad nuestro presente, el de la “dislocación”. Lo haría sin aspaviento alguno, austeramente como si se tratase de una radiografía del cuerpo patrio.

Nadie que quiera enterarse real, efectivamente, de lo que ocurre en el contorno nacional, puede escamotear el hecho de que cada vez resulta menos posible la confrontación debida y adecuada de nuestra realidad con las ideas a su respecto circulantes.

En verdad, los hombres que por ocupación deberían ser los “encargados” del esclarecimiento de esa realidad –los políticos–, no han hecho sino confundirlos y desgreñarlos, anonadarlos en un magno mar de consideraciones “doctrinarias”, de dudosa cientificidad y de pavorosa frivolidad intelectual.

Pesa, hoy, como en el ayer inmediato, sobre las cuestiones más graves y radicales de la existencia nacional, un unánime y pusilánime silencio

Nadie –parece– desea exponerse en una consideración radical de la vida chilena en lo que tiene de ella de problemática e inmatura. Nadie osa meter sus manos en las íntimas fibras del alma, de temple fundamental de nuestro pueblo. Por ello, falta hoy un repertorio de verdades elementales, sumarias sobre nuestra realidad social que nos permitan orientarnos entre nuestros posibles futuros colectivos.

Más aún: amplios sectores sociales han perdido el “interés” por las cuestiones públicas que gravitan sobre ellos mismos. Han preferido renunciar a la acción inmediata sobre el cuerpo nacional, para practicar la nefasta operación, que ha denominado felizmente un amigo, el “inversionismo” político.

Es decir: se han limitado a concurrir con sus medios económicos a la formación y difusión de las llamadas “cajas electorales”, hábito comercial que atenta, no sólo contra la veracidad y autenticidad de los comicios electorales, sino que viene a falsificar la vida nacional toda entera.

Como este hecho –escándalo, para cualquier conciencia reglada enérgicamente por los principios democráticos–, son muchos los fenómenos de la vida chilena que exigen reemplazar el lápiz por el bisturí.

*N. del Ed. (El Lápiz y el Bisturí, fue publicado originalmente el martes 28 de Mayo de 1957, sección Punta de lápiz, vespertino La Gaceta, Santiago de Chile).

  • Ilustración: Especial

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