—Siento que desaparezco —dijo Laureana. Luego entró al estudio sin tocar la puerta y miró a su sátiro moderno: Benicio, medio cuerpo de hombre y de la cintura para abajo las cuatro patas de la silla. Aquello ya se había vuelto la costumbre de todos los jueves por la tarde.

—Beni, tenemos que hablar.

El de la silla tecleaba en la PC.

—Beni… —dijo ella, y avanzó sus piernas pesadas, las caderas describiendo ochos, hasta tocarle el hombro con su palma y dejando caer luego las uñas de gel decoradas.

—Orita no —dijo Benicio. Miró hacia un punto imaginario entre ambos. No quería escuchar las justificaciones con las que ella decía No al divorcio.

—Beni… —insistió la mujer, poniéndose donde pudiera ser vista—. Siento que desaparezco cuando estás en esa computadora, en tu ese “#Jueverotic” o leyendo tus libros, o cada que sales.

—Laure, Laure… —Beni aquietó las manos y las mantuvo abiertas arriba del teclado—. ¿Lo platicamos mañana? —Cerró los ojos; tenía una idea para teclear en el LibreOffice y no tenía que ver con intentar, de nuevo, convencerla del divorcio.

—Pues, a ver si me encuentras aquí mañana —dijo ella. Benicio se levantó y le tendió los brazos.

—Tú sabes que tengo un proyecto muy importante, chiquita, no puedo distraerme.

—Ni siquiera me has contado qué es.

—Ven, mi amor, vamos a la cama, te contaré. —Y sólo la última palabra pudo llevar a Laureana hasta la recámara.

Benicio la recostó y así, con su camisón blanco, Laureana parecía un objeto tan emparentado con las sábanas que Benicio la imaginó retornando a su elemento.

—Este proyecto es para ti. —Le puso una mano en la pierna, en la frontera con el camisón—. Por eso todavía no puedo contarte mucho, ¿sí?

—¿Para mí?

—Sí, chiquita.

—¿Pero eso qué tiene que ver con que te alejes de mí?

—Es muy absorbente.

—Sí, Beni, pero me descuidas, y cuando estamos juntos ya ni me tocas.

—Es porque el proyecto es sobre eso mismo, muñeca.

Laureana inclinó el cuerpo hacia él, la boca abierta.

—No te puedo contar pero te daré una pequeña demostración.

La mano del hombre volvió a la pierna de Laureana y subió, enredadera de hervores, por el muslo. Ella lo contrajo, pero dejó a medio camino la maniobra de un rechazo.

Benicio llevó la boca hasta la rodilla de Laureana. Ella quiso cerrar los ojos, pero seguía esperando una respuesta que también pudiera ver. El hombre seguía aplicando su lengua por toda la pierna, por la parte interna como una costura. Cuando llegó a las ingles, ella le sujetó la cabeza para acariciarle el cabello. Iba a interrumpirlo, pero su piel le hacía sentir que Benicio tenía por lengua una flor asoleada.

—Quítate las pantaletas —dijo Benicio. Le gustaba que fuera la mujer siempre quien se deshiciera de la ropa interior.

Ya sin la prenda, la mujer se reclinó de nuevo en la cama. Benicio chupó la parte interna y superior de los muslos, la parte que Laureana solía rozarse cuando trotaba por las mañanas. El hombre mordisqueaba la periferia de la vulva. Laureana jadeaba un poco.

—¿Este es tu proyecto? —dijo y quiso pausar la actividad del hombre—, ¿o nada más quieres callarme por hoy?

—Todavía no empiezo, ya relájate.

Benicio tentó la entrada de la vagina con la punta de la lengua. Se trajo un hilito como de telaraña y lo depositó en el clítoris que había descobijado con los dedos. Entonces empezó lo que Laureana definiría como: la magia.

El hombre puso la boca sobre el montículo de piel, como una cúpula, y emitió una vibración. Primero un ronroneo que luego se alternaba, se modulaba hasta lograr una resonancia, una comunión entre contracciones y pulsos. Laureana sentía como si Benicio estuviera canturreándole a su clítoris algo que no lograba viajar al exterior para ser entendido.

Experimentó una marejada de estremecimientos, pequeños pero sincronizados. Benicio comandaba unas acciones sin precedentes en la historia de ambos. Sus manos ora recorrían la cadera, ora se aventuraban piel arriba en invasión de sus senos; pero con algo que a Laureana le pareció no una coreografía sensual aleatoria, sino un ritual exacto y premeditado, una rutina que le hizo sentir que masajeaba las sensaciones que le mandaba desde abajo, antes de que llegaran a su cabeza. Los ojos cerrados ensoñaban un patrón acústico estimulado por las entonaciones en su sexo. El sonido viajaba bajo su piel como lo que pensaba era un enjambre de palabras mágicas, ensalmos para hechizar un complejo valle de puntos ge satelitales, despertados al fin.

Benicio abría y cerraba los labios aplicados a la vulva, boqueaba como un pez que ensayara una opereta. Laureana gemía, sus pulmones se aferraban al aire de la habitación, a la cantidad de humo disuelto con los aromas, licuado aéreo de sudor dulce parecido al betún con sal sobre un trozo de madera que llevara años mojado por el sereno de las madrugadas. Las evoluciones de la boca de Benicio en sus genitales le producían aromas yuxtapuestos a los que creía reales, y se aderezaba esa realidad, a ojos de su conciencia alterada, con las palabras circulares que él iba haciendo retumbar en el clítoris.

Imaginaba estar bajo los efectos de una droga de estreno que su propio cuerpo inventaba y segregaba, sobre la marcha, en respuesta a la ejecución oral de Benicio, un tipo de hechizo con los modales de una sesión de suave jamming de jazz o de calipso, esa música que Laureana escuchó en Barbados mirando a las parejas restregarse. Entre los berridos involuntarios de su boca, descubría a Benicio como un músico experto en ese instrumento ignoto llamado Laureana. Benicio, bajo esa percepción tocaba ya un riff arrebatado, interpretaba una marejada de ecos que hacía ir y venir como si fuera la pelota en un juego llamado balonlengua.

Benicio hizo una pausa, un entretiempo para descansar, o quizá para combinar el silencio como una parte activa, como un contratiempo en aquella sonata para genitales. En ese momento Laureana se recuperó un poco de los estremecimientos:

—¿Dónde aprendiste a hacer esto? —Lo que en lenguaje de mujeres podría significar: ¿qué mujer te enseñó esto?

Benicio pareció no haberla escuchado. El cunnilingus siempre le sabía al pollo a la naranja de los chinos. En su boca lucía un rubor transferido de la comunión con aquellos otros labios escarpados de Laureana. El hombre los agitaba un poco y temblaban como aún en sintonía con las contracciones minúsculas del interior de la vagina. Laureana sintió que también la vulva le había practicado sexo oral a la boca de él. La palabra “sexo coral” le vino a la mente.

—Esto nada más era una hipótesis de mi investigación —pudo al fin decir el hombre, sabedor de que la práctica del método tendría gran repercusión en el asunto del divorcio.

Laureana apretó la boca para retener una palabra. El escepticismo de mujer se desperezaba entre la tormenta bioquímica de placeres que tenía en la cabeza. ¿No me querrá distraer con esto? ¿Con sexo oral aprendido de una revista Playboy?

Benicio rompió la pausa y metió la lengua entre las chimpas púbicas. Las manos de Laureana sujetaron suaves la nuca del amador, como escoltando sus vaivenes unas veces, y otras reforzando los embates en los que él metía la punta de la lengua, pero dotándola con los temblores de un diapasón.

¿Beni es en realidad un sexólogo de clóset y no el escritorsucho que dice ser? ¿Y para qué será esta investigación? ¿Publicará esto en la Cosmopolitan, la Maxim o en la Ruletarusa.mx con el título de Cantasutra? Apenas si podía hacerse estas preguntas entre la lluvia de endorfinas en su cabeza, cabeza que improvisaba un nuevo hemisferio en la parte baja del cuerpo, uno sólo dedicado a sentir placer.

El hombre tomó unos tragos de aire y descansó. Laureana después pensaría que incluso el aire que él tomaba provenía de su vagina, como si recibiera una respiración de boca a boca. Benicio tensó su cuerpo y se balanceó un poco como la amenaza de un ariete mientras retomaba el recital de esa suerte de mantras vulvares. Laureana pareció hallar el espejismo acústico de una pieza de bossa nova insertándose también en los meneos de su cuerpo. Una síncopa le sugería un ritmo afroamericano muy familiar, demasiado.

Laureana apretujó la sábana. Gritaba y gemía de una forma que se le antojaba como la respuesta a las palabras que le metía Benicio. Él pensó también que se producía una dialéctica.

Ella se agitaba mientras una sola parte de su mente trataba de racionalizar aquello como un milagro tántrico. Por fin sus ojos vieron una gran chispa blanca que también se sentía en su pelvis. Algo que se le antojaba como la coalición del Qi, el prana, el Elán vital, el orgón, el id y todas esas cosas que escuchó alguna vez y nunca tuvo claras.

La sacudida fue violenta pero breve. Un chorro de calor condensado brotó de su entrepierna. Bautismo a escondidas de una lengua antigua. Nunca se creyó capaz de experimentar algo así. Hubo uno o dos chisguetes más que alimentaron la chispa que se presentaba como un fosfeno ante sus ojos.

El divorcio ya era indudable.

Atrajo a Beni hacia sus brazos mientras su cuerpo estremecido iba amortiguando los espasmos de las notas finales de aquella magia. Laureana fue reconociendo la música de fondo, las corcheas continuas de los timbales, imitación del pandeiro en la samba, los golpes ligeros en el aro, en un ritmo de dos compases, el primero golpeado a contratiempo y el segundo a tiempo, desmintiendo la alucinación auditiva, acusando al ejecutante en un teléfono celular vibrando en otro rincón dentro de un bolso de mano.

Beni permaneció con los ojos abiertos y el cuerpo inmóvil. Laureana dejó sonar el teléfono, sabía quién marcaba; quizá mañana viernes iría por fin a pedirle el divorcio a su marido; pero hoy no, hoy era un jueves magnífico. Mientras, seguía abrazada a Benicio. Entre suspiros veía con los párpados cerrados que se iba apagando la gran chispa blanca como si fuera un atardecer hecho con la luna.

  • Ilustración: Chiara Ghigliazza⁣