El poemario ‘Barranca‘ de Diana del Ángel es un libro que nos lleva de la mano y nos invita a echar la mirada hacia abajo –como quien acepta el arte de perder las cosas decididas a extraviarse– para contemplar lo profundo, lo de adentro.

Figurando un pozo, los versos de este libro nos exigen necesariamente el gesto de asomarse desde el brocal y asumir que dentro, en la incertidumbre de la “pupila líquida”, estará la memoria o el dolor o la añoranza.

Las piedras –seniles constituyentes de la barranca– aparecen en diferentes poemas como el símbolo que da conformidad y cohesión del terreno poético; son el sitio al que uno recurre cabizbajo a sabiendas de que sin conocer qué, algo se ha de encontrar.

La evocación a la mirada infantil, la violación de lo inocente, la imagen de la mujer acechada y el cuerpo mutilado son algunos ecos que resuenan en la atmósfera del poemario. Hay en él paisajes inauditos que resultan pudorosos y que provocan una sensación lacerante para quien ha bajado al pozo a contemplar la mirada del herido humano.

Entre tanto, la voz que emerge del libro nos muestra lo que en un mundo de orfandad y temor no se hallaría: una fecunda posibilidad de sentirse cerca de casa. En la lentísima tristeza del camino, la poeta nos dice que también hay flores que emergen entre “la vida oculta de las grietas”: el diente de león –esos soles diminutos que alumbran–, el trébol, la flor de lis y las lágrimas de ángel, crean todas un mismo sitio (el del jardín de la infancia no corrompida, o incluso el del camposanto) que se vuelve el refugio en medio de lo baldío.

Las flores que en medio de la desolación aparecen en ‘Barranca‘ forman una especie de intersticio donde existe la caricia incesante, la atmósfera cristalina y la vida fértil

Se atisba por primera vez una voz íntima que apela por dejar las heridas y la mutilación del “tabernáculo humano”, buscando más bien acercarse a la mirada introspectiva, e incluso, a la misma palabra poética. “Une rose seule, c’est toutes les roses / et celle-ci: l’irremplaçable , le parfait, le souple vocable” dice un poema de Rilke.

En la obra de Diana, los cuadros intercalados que describen diferentes flores, diferentes mariposas, son todos una sola rosa que todavía proclama vida. Ante la herida, el espacio interior de la flor es el lugar de la caricia incesante porque es justo ahí donde crece la palabra. ¿Cómo decir sin las flores lo que en otro tiempo fueron esperanzas? De los vástagos, los temblores de la boca que pertenece a quien busca despojarse del cuerpo huérfano luego de haber atestiguado el dolor.

Por el retoño de la hierba entre las ruinas se sabrá del agua subterránea,

[…] por los intersticios de los muros se colará la lluvia de los días

y de las palabras que separaron un labio de otro labio.

Un diente de león evocará la infancia y traerá veranos más cálidos que el sol.

La claridad de este pasaje en el poema Vestigios es evidente. Cuando se alcanza en algún momento a vislumbrar la hierba entre la materia rocosa, y cuando la mirada poética hace de lo más ínfimo –la pequeña hierba– una espacio sagrado, entonces es el momento idóneo para perseguir la palabra, para decir lo que merece ser hablado.

Sí, la poeta además nos lleva por una serie de eventualidades que simplemente afloran la sensibilidad humana, haciéndonos recordar que abajo hay cosas con las cuales identificarse e identificar al otro, al hombre compañero.

¿Qué hay de los hojalateros que se sientan a escuchar desde la banqueta su vida no sentida, su vida pasar? ¿Quiénes fueron todos aquellos que, nombrados por el labio roto del caracol, han vuelto un poco a la vida?; ¿quiénes los campesinos de pasos ligeros, los amores adúlteros? ¿A quién pertenece el grito del joven moribundo o el llanto del recién nacido?

La reflexión sobre la palabra-puente es un efluvio constante en los versos del poemario. Todas las voces que crecen desde algún río son enunciadas en los versos, y eso  –nos enseña la poeta– ya es darles vida.

La expresión es el acto de consolidar la memoria de lo fracturado, ahí la mariposa que se instaura en el poemario para abrir las puertas a las lenguas

La enunciación de los nombres perdidos, de los murmullos, del llanto o del eco, se convierte en la rememoración todos los sentidos. Desde esta línea el pensamiento de Eliot se desprende un poco del hilo poético que atraviesa la obra: tener la experiencia de los cuerpos violentados y dolidos no es perder el sentido si nos acercamos de la mano de Diana para restaurar la experiencia aprendida.

Los versos meditativos llenos de dolor y dicha, conforman en Barranca una superficie cárstica, un terreno disuelto por la acción erosiva o disolvente del agua pero que emerge –sí– en los pequeños refugios que nos da la palabra.

  • Ilustración: Bárbara Bezina