¿Qué nos separa de lo que quisimos ser y ya no fuimos?

¿Qué divide esa aparentemente inquebrantable zona de anhelos y esperanzas que fue nuestra, de ésta descomunal desazón diaria de uno mismo? ¿Qué se pierde cuando se desconoce el límite de lo que éramos, cuando ya no nos vemos sino en otro lugar y ausentes, distantes de uno mismo? ¿Qué, lenta y sedantemente, nos va dividiendo de nosotros mismos hasta que un día nos damos cuenta que todos somos hijos y padres de todos?

Existe una distancia: la cruzamos. La vamos dejando atrás porque la vamos haciendo. Hacemos distancia cuando atravesamos la frontera de uno mismo, cuando de pronto, al volver los ojos, al detenerse lentamente en una ciudad que ya no existe, nos revelamos una indiferencia por las cosas y la vida en ellas más encarnada que los anhelos pasados, más viva que la memoria de una juventud un día infinita, decisiva, totalmente inabarcable. Esto es parte de lo que Gabriel Rodríguez Liceaga nos muestra en su novela Aquí había una frontera.

La juventud es un grito lanzado a la nada, nos divide el mero eco de ese grito, y, desde acá, desde el lado donde alguna vez se encontraba un límite, uno mira, y recuerda, se duele y se celebra, se detesta y se encuentra: se revela

Un lúgubre y sucio departamento en el centro de la Ciudad de México es habitado por dos compañeros. Comparten la casa, la libertad de ser solo ellos; las borracheras y las crudas al amanecer, los espasmos y dolores que han ido adquiriendo con el tiempo sus intestinos, sus pulmones, sus sentidos enteros y, también, la manera en la que poco a poco van dejando atrás una edad, la etapa que, en algún día, tiempo atrás, no se vio el fin: la juventud.

Felipe, nuestro héroe, es un acomplejado y desordenado sujeto casi entrado en la adultez, que gusta de las cantinas, que no alcanza nunca redondear el dinero para su renta, que se encuentra más entre borracheras que en su vida, una que ciertamente no tiene. No trabaja, no estudia, es un poeta avergonzado, modesto, de los que escriben con orgullo y niegan con desprecio la escritura; su compañero Elio es un liberto desatado, un muchacho despreciable que gusta de vaciar peceras, conocido borrachín que recorre la ciudad de cantina en cantina y que no haya sosiego sino en el desenfreno, en la sexualidad como ajuste de cuentas con uno mismo; museo de orgullos y trofeos realizados.

El retrato de Felipe y Elio se nos hace siempre familiar. Es un relato sobre límites, sobre el momento en que la frontera entre el siempre y el ahora, entre el anhelar y haber anhelado

Sus diversos hábitos autodestructivos los colocan siempre en medio de desasosiegos, en calles donde habita el rencor de haber estado, esquinas y negocios, sucios letreros, mala ortografía, cansadas miradas que escapan a la nuestra, personas conocidas, un espejo afín a nosotros.

Entre las mujeres que Elio siempre suele llevar al departamento, un día llega Frida, una inestable artista callejera que se entretiene en la avenida Madero del Centro de la Ciudad de México haciéndose el Ángel de la Independencia, figurándose sus formas y su aspecto; tiene un hermano del cual es gemela, Esteban, uno de sus contrapuntos más agudos de esta historia.

Frida entra en el ambiente de los amigos, se da cuenta de que llevan una vida hundida en tragos, en desastres y aventuras nocturnas; en itinerarios siempre crudos que, como en un campo de batalla, los destroza a cada paso; ella se ofrece a limpiar el asco de departamento que tienen a cambio de una modesta paga. Arreglado eso, pasan días, semanas, su presencia se prolonga de un día a otro ininterrumpidamente. Parece quedarse, parece adherirse a Elio y, finalmente, como en un pestañeo o un despertar de una cruda, Frida se queda a habitar y compartir casi la misma vida que tienen sus compañeros, con ellos mismos: ahí había una frontera. Felipe, como Frida y Elio, definen y combaten  su vida frente a una absurda fórmula que se repite a lo largo de la novela, confrontando a los personajes: naces, creces, te reproduces y mueres.

Sus vidas se vuelven un girar en torno a esas calles muertas, con puro eco de nombres, una Ciudad de México ya verdaderamente ausente, aparentemente muerta

Ese itinerario de aventuras absurdas y algarabías orquestadas por una maraña de voces furiosas, alegres, despreocupadas. Sus desvelos y excesos nos llevan a recorridos nocturnos por lugares que tuvieron un día, por hoteles baratos donde practican sus anhelos sexuales. Nos llevan por donde no quisieran ir porque habrán de encontrarse siempre algo ya perdido e irrecuperable, algo ya ausente y, sin embargo, siempre frente a ellos.

Es también el relato de la ciudad, el que le pertenece al menos ahora, de inseguridad y miedo, de náusea y calosfríos, de oscuros inquisidores y matones, de contrabandistas y taxistas, de corruptos que se juntan por las noches para hacer las burlas o para embriagarse, para orquestar el discurso nocturno de una ciudad ausente y terrible, una ciudad que, por no ser ya lo que era, por no albergar nada sino falsas esperanzas, destruye, se vuelve desierto escenario de errancia sin retorno, frontera que se desvanece.

  • Ilustración: Ernest Descals
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