En su libro de cuentos, El matrimonio de los peces rojos (Páginas de Espuma. 2013), la extraordinaria escritora mexicana, Guadalupe Nettel, apunta en una de sus narraciones que “en general se aprende mucho de los animales con los que convivimos, incluidos los peces. Son como un espejo que refleja emociones o comportamientos subterráneos que no nos atrevemos a ver”.

Nettel también cita en un epígrafe a Plinio el Viejo cuando expresó que “todos los animales saben lo que necesitan, excepto el hombre”. Si como afirman la escritora y Plinio, hay comportamientos que no alcanzamos a ver y obviamos sus necesidades, quizá en esas breves sentencias también podamos vislumbrar las razones del ninguneo que el ser humano vomita sobre el mundo de aquellos seres subjetivados como no racionales.

A riesgo de caer en el tópico del romanticismo animal y las bondades que justifican su existencia, es sin embargo inevitable no pensar en la deuda histórica que el ser humano tiene con ese mundo, tanto que, desde la antigua filosofía griega, los pensadores más connotados de la época reflexionaban ya sobre la relación entre ambas realidades.

¿Son los animales sujetos morales? ¿Tienen consciencia? ¿Un sentido de la justicia, de la organización o las sensaciones de la compasión y el dolor?

Ruleta Rusa buscó a la bióloga, primatóloga y divulgadora española de la ciencia, Laura Camón, para preguntarle sobre los cuestionamientos citados y conocer su punto de vista sobre lo que significan los animales en un planeta que parece caerse a pedazos en tanto los desastres naturales, encabezados por el cambio climático, amenazan con extinguir masivamente a cualquier ser vivo.

Camón ha vivido desde muy joven (aún lo es, apenas 29 años) la dinámica de la naturaleza y sabe de primerísima mano lo que representa el comportamiento animal: ha estudiado de cerca, muy de cerca la conducta de chimpancés, macacos, babuinos y a los cercopithecus mitis.

Vía Zoom desde España, Camón admite la dificultad de abordar el tema del comportamiento de las especies a partir de la perspectiva filosófica porque su formación profesional le lleva a tener que tratar dicha temática desde el prisma científico, sin embargo y sin lugar a dudas, afirma que sí, que los animales tienen consciencia.

A la ciencia le ha costado bastante trabajo admitirlo porque venimos de una tradición del conductismo de tratar a los animales como máquinas, pero al final, eso se acabó desmontando porque nosotros somos también animales y apelamos a nuestro propio comportamiento para explicar ciertas conductas porque somos conscientes.

El resto de los animales comparte una historia evolutiva con nosotros y la explicación más sencilla para entender esas conductas complejas, es que los animales deben tener también una consciencia”.

En 2012, recuerda Camón, el mundo científico se reunió en Cambridge para declarar que los seres humanos no somos los únicos que poseemos los sustratos neurológicos necesarios para generar la consciencia, los animales y muchas otras criaturas también comparten estos sustratos.

Al final de cuentas, dice la joven primatóloga española, “la pregunta no es saber si los animales tienen o no consciencia, sino cómo es en cada uno de ellos y dónde podemos poner el límite, es decir, hay algunos autores que se posicionan en que la consciencia se ha dado y se da en cualquier animal que tiene un mínimo aprendizaje y algunos que son un poco más estrictos cuando abordan dicho debate”.

La vida profesional llevó a Camón por diversas latitudes y al final de su Máster se fue a una isla en Mozambique de apenas 14 km2 para estudiar a los cercopithecus mitis, observación que no se había hecho antes en un espacio geográfico tan pequeño. También trabajó un año en un campamento de investigación en Senegal para el instituto alemán Deutches Primatenzentrum y ahí, acompañaba todas las mañanas a los babuinos para tomar datos de su comportamiento social.

Laura Camón sabe entonces a detalle el comportamiento de esas especies, las ha visto de cerca, las ha observado, estudiado y ha sacado conclusiones sobre la complejidad de su mundo

Sin embargo, le pido a Laura Camón que, de ser posible, se separe de su formación científica, de su condición de bióloga e incluso de la divulgadora de la ciencia que también es y nos diga qué siente la persona, el ser humano cuando la cercanía con el espacio animal es tan vívida.

“Mi experiencia con los monos siempre ha sido observarles sin interferir para nada en su comportamiento, yo no soy amiga de los monos, los observas sin interferir, sin interactuar porque lo que quieres es comprender su comportamiento sin modificarlo, pero lo primero que sientes es mucho respeto por esos animales.

Los babuinos, por ejemplo, imponen mucho, son unos animales grandes con colmillos también muy grandes y entras un poco en su juego: si alguna vez te equivocas y cruzas una línea que no debes cruzar, te lo hacen saber. Ellos tienen el gesto de levantar la ceja que es como una señal de amenaza”.

Camón apunta que una mirada, un gesto humano que los monos interpretan como agresión, puede ponerlos en alerta y gritan o pueden lanzar un golpe cuando sin querer, se llega a asustar a alguno de ellos.

Pero todo lo anterior, dice, es una forma de integrarse a su mundo porque se comunican contigo, te ponen sus barreras y conforme se les va conociendo en su personalidad, en sus dinámicas, “sabes que no es una sensación muy diferente al estar con un grupo de personas. Somos algo al final muy parecido a ellos”.

Columnista también del periódico español El País, con un espacio que aborda el fenómeno animal, Laura Camón, sin embargo, es contundente cuando afirma que no comparte la opinión de ensalzar a los animales por encima del ser humano cuando se dice que representan lo peor y los animales lo mejor.

Yo no comparto esta visión. Los seres humanos somos animales y al igual que tenemos características que pueden ser muy positivas o muy negativas, ellos también y al igual que nosotros podemos ser muy limitados, ellos también. A veces por tonterías se ponen a gritar entre todos. Son tan limitados como nosotros”.

La pregunta entonces es obligada: ¿Le hacemos falta al planeta como seres humanos?

Pero ¿qué es hacerle falta al planeta? responde Camón, al planeta no le hace falta nada, somos los seres humanos los que necesitamos darle sentido a todo. Yo soy de la opinión de que, como seres conscientes que somos y por tanto podemos sufrir, a lo que yo aspiraría es a reducir al máximo posible el sufrimiento que hay en la tierra y eso sería el criterio moral que yo utilizo”.

La bióloga habla también sobre el proceso de domesticación de ciertas especies y pone el acento en el proceso de autodomesticación del ser humano que nos ha permitido, como algunos animales, a ser menos salvajes y por ello, con mayor posibilidad de ser menos violentos.

Hay dos tipos de agresividad: la reactiva, que a mí me gusta llamarla puño caliente, es aquella que responde a una agresión y esta agresión los humanos la tenemos muy baja en comparación con los chimpancés porque hemos sufrido un proceso de autodomesticación.

Existe la también la agresión proactiva, la que se planea, la del bullying, la del maltrato. Yo la llamo la pistola caliente donde el agresor va preparado, pero la autodomesticación no le surte ningún efecto y esa agresividad la tenemos bastante alta. Los chimpancés, con esta agresividad pueden llegar a niveles bestiales sobre todo los machos que patrullan los territorios en donde si se encuentran a otro macho de otro grupo, lo descuartizan.

Para Camón, no hay mejor estrategia pare reducir de manera significativa esa violencia, esa pistola caliente, que la educación. Con ella, asegura la primatóloga, conseguimos que los individuos sean menos violentos.

El problema, dice, es que no todo mundo opta en su vida al mismo tipo de educación o la misma calidad y por eso influye tanto el tipo de país que se es, en donde hay algunos con mayor nivel de agresividad debido a su trayectoria cultural distinta.

No hay muchas características que nos vuelvan diferentes de los animales, nuestras semejanzas nos hermanan con ellos. Laura Camón ha dejado muy clara esa realidad. Nada hace mejor a los seres humanos que los animales ni a éstos mejores que nosotros.

Volvamos a Guadalupe Nettel. En Felina, otros de sus cuentos en El matrimonio de los peces rojos, escribe que “los vínculos entre los animales y los seres humanos pueden ser tan complejos como aquellos que nos unen a la gente”.

Quizá en esa dialéctica humana-animal, quepa la pregunta sobre quién sobrevivirá al final de los tiempos. Parece necia la pregunta ¿Lo es?

  • Foto: Fundación MONA