Dainerys Machado Vento tiene un aire de olas que revientan contra el Malecón de La Habana. Pensamientos ondulados como su cabellera, un rostro de luna llena y arábiga sonrisa en una boca de donde surgen inteligentes invectivas agigantadas.

La libertad está asociada a su desarrollo como mujer y escritora y si pudiera definirse con una pieza musical su rebeldía, bien podrían ser los acordes de José Conde & Ola Fresca en la canción El Chacal donde se desmitifica y cuestiona duramente a Ernesto Che Guevara y su papel en la revolución cubana. La Contrahistoria pues.

Yo creo que hay un problema en ligar la imagen de Cuba a la imagen de la Revolución. Cuba es un país de Tercer Mundo con una gestión económica fatal, mientras que la Revolución es un ideal que funcionó quizá dos o tres años y que evidentemente fracaso, porque sino no estuviésemos hablando de un país en crisis (…)

Creo que primero que ya es suficiente, y que ya probaron y comprobaron su incapacidad para gestionar el país y que debe haber cabida a otras cosas, y mi deber es escribir, tratar de analizar las cosas que pasan”, suelta Daineys su primera invectiva contra el dogma comunista que gobierna en la isla desde 1959.

Habitante de la céntrica y popular zona de El Cerro, mimada por su abuela que le regalaba libros que recogía en las calles de La Habana, enamorada de la poesía de Virgilio Piñera, José Martí y Alejandra Pizarnik, de la cruda narrativa de Milena Fernández Pintado, la inventiva de Elena Garro, el realismo sucio de Pedro Juan Guiérrez o el nuevo periodismo de Truman Capote y Gabriel García Márquez, en la obra de esta joven escritora cubana hay ecos también del humor negro que ejercía el guanajuatense Jorge Ibargüengoitia.

Dainerys Machado hoy es parte de la nueva generación de narradores cubanos que están revolucionando las letras latinas. La centenaria revista inglesa Granta acaba de presentarla, en abril, como una de las mejores 25 escritoras menores de 35 años en el mundo de habla hispana

México fue el lugar desde donde aprendí a ver el mundo”, dice Dainerys con ese acento cantarín y desbordado que tienen los cubanos. Porque México y su gente lo mismo la arrobó y le hizo estallar. Hoy es térrea, ondular, con ritmo de guaguancó. Libre.

Formada profesionalmente como periodista, Machado ha logrado desde la literatura dar un salto cuántico hacia una relatoría más aguda de la realidad en turno. Estocadas directas contra el status quo, dogmas sociales, sexualidad preestablecida, migración y, por sobre todas las cosas, contra la autoridad recalcitrante.

En el año 94 estaba en una fiesta de cumpleaños de una prima, yo tenía ocho años, estaba en la calle de San Lázaro y de repente se arma una revuelta, empiezan a llamar a casa de mi bisabuela y nos decían que no saliéramos, que estaba pasando algo.

Lo que estaba pasando era el ‘Maleconazo’, que la gente estaba protestando en contra de Fidel Castro (…) el mito de ese día es que la gente salió a protestar y que cuando Fidel llegó todo mundo empezó a gritar ‘¡Vida Fidel!’ ‘¡Vida Fidel!’ y eso cambio las cosas.

Pero eso es un mito. La gente salió a protestar y les dieron muchísimos palos, ya cuando todo estaba calmado pasó Fidel parado en su jeep, vestido todo de militar, así como te digo, todo un ‘perfomance’ castrista”, recuerda Dainerys sobre uno de los primeros momentos en que vislumbró el derrumbe de la historia oficial sobre Cuba.

Las invectivas de Dainerys Machado abonan, con 19 cuentos de trazo agudo y desgarrado, a una relatoría de la visión femenina sobre lo que lastima, de lo que no se habla, de lo que horada en lo anímico. Las noventa Habanas es una granada de fragmentación arrojada al intelecto del lector

El ‘Maleconazo’ se volvió más grave con la oleada de hambre y desesperación en las calles, la protesta política ante la desesperanza y el agotamiento frente a un régimen en caída libre. Y Dainerys comenzó a entender que su país era muy distinto al que pintaba la Revolución y el régimen.

Un golpe directo a sus emociones e ideales lo supuso su ingreso a la preparatoria o Escuela de Alto Rendimiento donde pudo observar de primera mano la desigualdad. Una paradoja en un país socialista. Al ver a un compañero con un teléfono celular, se dio cuenta de que había ricos y pobres realmente, aunque el sistema lo negara.

Yo usaba medias rotas. Ahí empecé a entender las diferencias, que no era la Cuba que me habían dibujado, la que yo veía en las noticias, era una Cuba con gente que tenía dinero y mejor servicio de salud, y los que no teníamos nada (…)

Ahí fue donde me di cuenta que el país no era como yo lo entendía, que no era el país que existía en realidad. Fue muy doloroso”, evoca Dainerys sobre el momento de su despertar intelectual, de su primera rebelión ante el hecho de firmar obligadamente documentos en favor del gobierno de Fidel Castro -y en contra de las garantías individuales que proponía el líder opositor Oswaldo Payá con el Proyecto Varela, por ejemplo-, porque se les enseñaba en las aulas que la Revolución era irrevocable.

Hoy, al recordar esa época, no puede dejar de pensar en dónde están algunas de sus compañeras y qué posiciones ocupan ahora: una es una prominente líder de oposición en Miami, otra forma parte del grupo de artivistas San Isidro, una más es representante de Cuba ante la ONU. Y ella ahora es una escritora de alcance internacional.

El quebrantamiento del alma y las ideas le llevó a un viaje aún más doloroso que el de los balseros. Porque botar al mar abierto la idea de llegar a un puerto nuevo, a ‘Mayamí’ como dicen los cubanos, no era destino sino circunstancia; y eligió entonces la palabra.

No sería extraño saber de esos oscuros predicamentos, si uno atendiese a los postulados poéticos de su ídolo Virgilio Piñera, ese guía metafísico de la Cuba donde Dainerys parece perfilarnos hacia lo que subyace detrás de la inscripción en la puerta de entrada a Las noventa Habanas: Lasciate ogni speranza voi ch’entrate.

Escribiendo, meditando, Dainerys Machado parece de pronto como impenetrable, como hecha de fuego y de misterios, de saliva y temblores, como esos sus personajes que furiosamente se arrojan al oscuro gozo del fellatio o la fantasía del sexo griego, la transgresión

El sexo juega un papel primordial en este libro de cuentos donde se exhiben sin eufemismos o metáforas los placeres violentos, solitarios, reprimidos, desbordados.

Se ha mitificado mucho la sexualidad del latino. Yo creo que es un poco de todo. La gente se asombra ante este libro. Pienso cuanto se ha mitificado la sexualidad, que cuando uno plasma con un lenguaje claro, la gente se asombra…se asusta…

No doy un recuento de muchísimas cosas personales que han pasado a raíz del libro, porque a mucha gente le cuesta separar a la escritora de las historias”, ríe una Dainerys pícara “Yo lo que siempre digo es que creo que a mucha gente lo que pasa con el libro es lo piensa no lo que dice, es como esa contradicción… en el libro el tema sensual y el lenguaje ponen de frente a la gente sobre lo que piensa pero no dice”.

Y esa sensualidad que destilan muchas de las historias en Las noventa Habanas no se ciñe exclusivamente a una relación heterosexual.

Aquí encontraremos a una anciana alcohólica, un chico obsesionado por los senos de su tía madura, una niña envidiosa, una adolescente hipócrita, una chica cuya fantasía de madurez como mujer resulta un fiasco, una lesbiana reprimida que hace añicos la vida de su hija. Una mujer ardiente que vive con un marido casi asexual, un hombre cuya dieta alimenticia es el semen de otro al que fela.

La hipocresía de la suegra en la cocina, de la amiga que recibe a otra en el extranjero y le pide quedarse, pero sin otorgar ninguna ayuda, la devastadora verdad sobre la relación ficticia de un padre e hija, una jinetera y su amante de ocasión extranjero, una mujer que colecciona amantes, eso y más es parte de un libro -publicado por Katakana Editores, bajo la dirección de Omar Villasana- que literalmente abrasa.

Las noventa Habanas es un bofetón en el rostro, un rompecabezas de la insatisfacción, la relatoría de espacios sórdidos y decadentes, como los humanos que cohabitan mostrando una imagen dentada de la condición humana entre risas retorcidas

Directa, frontal, punzante, son adjetivos calificativos que enmarcan el fuerte carácter de Dainerys quien ha sorteado la vida sin miedos. La suya es una lucha de una generación de los años 90 que en Cuba una gran mayoría de ellos optó por la posmodernidad, y otros como ella por reventarla. Como se han reventado los sueños de los jóvenes cubanos por una dictadura enquistada.

Lo que veo es que los sistemas son absolutamente absurdos y vivimos constantemente en una hipocresía, hemos elegido la hipocresía sobre la libertad, la libertad de sentir, de expresar, de reír, y el libro refleja la rebeldía ante los sistemas, hacia un sistema político y cómo ese sistema se refleja en un sistema familiar donde es imposible decirse las verdades, y como esa contradicción de ese sistema se refleja incluso en uno mismo, que también es incapaz de vivir la vida que quiere o de decirse las verdades como las piensa.

Matrimonios infelices, familias infelices, personas infelices en su trabajo, gente que se rechaza a sí misma, a su sensibilidad, a sus ideas políticas, eso lo veo en Cuba todo el tiempo, porque se es capaz de decir las cosas bajito pero no luchar en las calles por eso.

Y yo creo que el libro es un poco una respuesta a todo eso, es decir ¿hasta cuándo?, sabiendo que esta cantidad de sistemas en los que nos han encasillado están ahí ¿vamos a seguir siendo cómplices, incluso en el lenguaje?”, se exalta Dainerys quien desborda las invectivas cono ráfagas de ametralladora revolucionaria.

Quizá por ello lleva tatuada en el antebrazo izquierdo, porque también la semántica es algo inherente en su obra y su vida, la isla de Cuba, esa a la que el poema de Virgilio Piñera hace justicia y cierra con una bellísima imagen: “¿así que era verdad?”.

Aunque la suya es una re-evolución del lenguaje, una franca ruptura contra lo establecido a partir de la invectiva inteligente y el poder de las palabras desnudas.

  • Foto: Dainerys Machado
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