Conocí a unos argentinos, más bien un argentino, que le habla a todo mundo con ese ritmo chocoso del que para para continuar manteniendo expectativas sobre lo que dice, que casi siempre es nada, pero de tanta tensión al esperarlo decir causa risa.

Se llama Jan, y en México pasaría por actor, un actor venido a menos, pero todavía como lo que destaca por allá: ojos azules, rubio, barba cerrada y cierto aire quien sobradamente sabe que es algo, aunque no se sepa qué es. A ese muchacho rubito que bebe la cerveza lento mientras se cuida la nariz, como si trajera gripa, nadie le diría Cabezón.

A mí me resultó un descubrimiento. Me gusta escucharlo contar. Es desenfadado y ha aprendido un poco eso que los amos del sarcasmo dominan, eso de pintar cuadros donde ellos son los protagonistas de una hilarante comedia. Contaba, este crack de las historias contadas con pausa, que hace diez meses está acá, que labura chofereando para un loco que lo trae a la vuelta y vuelta durante unas doce horas al día y le da un día de descanso. Que se siente chalado o frito ese día, pero que ahora no pudo evitar juntarse con la raza para echar partidito y gritar un poco y sacarlo todo ahí, en el campo, antes de volverse loco.

Dice que se vuelve a Argentina, a cuidar al viejo, que lo tiene enfermo, diez años ya, pero que ahora parece que sí se acaba. “Ya está“, “viste” y “loco” son sus muletillas favoritas

En medio de la repetición al cansancio de estas tres palabras contaba, pues, que está echando reja o novio con una piba, nada mal, morochita. Lo que le pasa no es con ella, que es lo increíble de la historia. “Me ha embrujado, pibe”, dice con los ojos vueltos unas lámparas de neón. “No lo puedo creer, viste. Es que la sueño, pibe. La sueño, sueño que estoy cerca, que la veo, que ando con el fusil erguido y que no me la quiero coger porque al tocarla me derramo, viste, me derramo de tocarla. Y el sueño va así, todo el tiempo evitando tocarla porque me derramo. El sueño sigue y, mientras sigue y tengo sueños húmedos con la piba que hace diez meses me mandó a Barcelona y no quiso más, tengo al lado a la novia en turno, viste.

Esto son pavadas. Soñar así y chorrearse al lado de alguien es una ingeniería que no puedo imaginar. Freud haría un carnaval, hermano, cómo no. Y creo que me embrujó, que sigue ahí, en el punto ciego del cerebro que me la levanta por debajo de las sábanas. Yo creo que eso sucede cuando lo cortan a uno, son los porqués que se pregunta el otro cerebro, el que en los sueños trabaja. No lo sé, pibe, el asunto es que no lo sé, ¿cómo pueden sucederle estas cosas a un tipo como yo, a seis pampas de distancia y soñándola, ¡por fa vor!, ¡por fa vor!”.