‘Fragmentos un poco carbonizados’ (Siruela, 2016) de George Steiner son los dichos y las reflexiones, la disertación y la oratoria, de un moralista.

No es nada novedoso afirmar que el académico en Ginebra e Inglaterra es un pensador y, como tal, sus ideas se presentan con un desarrollo seductor pero, también, son acero al rojo vivo. Educa y reprende, cuestiona y alumbra la realidad de la condición del ser humano a través del tiempo. Reflexiona frente a una tradición ya conocida y sintetiza, relaciona y compone, una mirada aguda ante los fenómenos que nos conciernen a los lectores actuales.

La alusión a unos aforismos hallados en unos originales hechos carbón, según el ensayista, son las palabras de las que se sirve para especular acerca de lo afirmado por un elocuente orador de principios de nuestra era. Se trata, dice Steiner, de Epicarnio de Agra. Estos fragmentos son descifrados a la luz de la mirada penetrante y firme de la experiencia del autor de Errata. Se trata de un libro, incluido en la biblioteca de ensayo Siruela, que bien puede considerarse un texto de cabecera, uno de esos breviarios que lleva el aprendiz bajo el brazo siempre, subrayado, incluso, con algunas frases en la punta de la lengua, citándolo de memoria.

Steiner, Premio Príncipe de Asturias 2011 nos lleva al siglo II d. C. para pensar en temas como la amistad, el mal, el dinero, la música o la muerte

Algo de llamativo hay en la traducción que nos llega a las manos a nosotros. La ha realizado, del inglés al español, Laura Emilia Pacheco, y deja constancia de un compromiso por acceder al pensamiento del escritor, un esfuerzo que apuntala la publicación de esta edición en formato pequeño, manejable.

Steiner muestra el aforismo y debate los supuestos. El lector está ante una lección de oratoria, un vaivén argumentativo que no teme ni a la contra argumentación ni a desmentirse en el mismo texto a propósito de alguna postura; mucho menos tiene reticencias frente a la reflexión de lo dicho. Es una defensa del lenguaje y una propuesta de razonamiento. Es un largo aliento de un pensamiento conciso, si se permite el oxímoron. Orada en las aristas de las palabras, por ejemplo, de amistad, a la que atribuye valores clásicos como lo de ser «la compensación de la existencia humana, su inmerecida recompensa».

Invoca ejemplos como el de David frente a Jonatán, el de Aquiles y Patroclo, el de Gilgamesh y Enkidu. Destaca la fuente insondable de alegría que es la amistad que le atribuye Montaigne. Nos dice, algo que suscribiríamos los que nos sabemos amigos. Subraya que la alianza que se firma con el amigo no es negociable. Se detiene en cuán dolorosa sería la cicatriz que subyace a la amistad traicionada, una tortura. La lealtad o la fidelidad, la intimidad y el secreto de una compatibilidad, la solidaridad y el encanto de esta experiencia son “los laureles de la vida para un ser humano”, subraya.

Por eso es que sorprende que, para el pensador, esta amistad sea asesina del amor, una crítica del amor. Pero nos dice por qué. Traza el recorrido que el ser humano vive ante el deseo, la apropiación del otro, el sexo o el matrimonio. Esta distinción, pues, termina por hacer que el lector piense en la condición humana de las emociones, temores que emergen también frente a, por ejemplo, la conciencia de la muerte, otro de los temas que interesan al estudioso de la cultura europea, nacido en 1929.

El profesor de Stanford y Princeton desarrolla la siguiente premisa en su texto Amiga muerte: «El momento más trascendental en la historia del hombre es el descubrimiento de la muerte. No de la muerte individual, ni de la muerte de este o aquel ser orgánico. Sino de la muerte como algo universal, inescapable, predestinado y total: descubrir que toda existencia, todo lo que vive, es el prólogo a una muerte segura».

Aprovecha los matices, las posturas, los pensamientos y las ideas que ha merecido el tema para culturas como la España del Barroco o el México-totémico, y sus ceremoniales que buscan domesticar los terrores; lo que hace el islam o las herencias de cultura helénica, entre los epicúreos o los estoicos, y llega hasta la institución médica actual para hablar de la vejez y la enfermedad, lastres contemporáneos, para acercarse a la eutanasia como una muestra de sentido común ante este fenómeno inevitable. A la muerte asistida la ve como un ejercicio de la libertad del hombre y un camino para hacer de la muerte, esa consternación, una «invitada de honor», una amiga.

Entre el amor y la muerte están los otros aforismos que han quedado legibles en estos pergaminos, es la puesta en escena de la que se vale el estudioso

Fija en una imagen las ambivalencias de la naturaleza. Dota y ajusta valores a ese fenómeno en el cielo, las flechas del asesino Zeus. Habla del silencio y de la música, la oscuridad y la luz contenidas en el rayo, prodigio terrorífico en el firmamento. Reúne en la manifestación voltaica un enigmático silencio, la inminencia y la oscuridad; también, reconoce que es un estruendo iluminado: «el destello del relámpago, su cargado fulgor, manifiesta tanto su presencia como la de la oscuridad que lo circunda; vuelve visible la noche mientras el sonido delinea el silencio». Afirma que en esta reflexión a propósito del brillo y de lo opaco existe cifrada la idea de la existencia, una que es «una bendición ambivalente; porque ocasiona un trágico rompimiento con la paz de lo inanimado; porque la historia de la humanidad es de una desolación y un sufrimiento inconmensurables».

Resta quizá un ejemplo más que sirve para hablar de Fragmentos un poco carbonizados como un estuche y un augurio. El pergamino encontrado incluye entre sus aforismos ideas sobre el mal. Steiner, pues, se pregunta «¿Qué apariencia ha tenido el mal, qué máscaras ha empleado?» Recorre las versiones nihilistas y evoca lo relacionado con Satanás, Lucifer, el ángel caído o Mefistófeles. Concluye que hay una aceptación universal de la presencia activa del mal y cuestiona, retórico, «¿Qué es nuestra historia ―desde el asesinato de Caín hasta los hornos de gas y la incineración nuclear―, sino la crónica de lo inhumano?»

 

Si pensar la muerte y el amor, la amistad o el mal son parte de la herencia de Epicarnio que Steiner pone en juego en este libro, la existencia de Dios era una pregunta ineludible para el ser humano

Aprovecha la lógica aristotélica para matizar la cuestión no sólo frecuente sino también permanente sobre el ateísmo. En Desmiente al Olimpo si puedes remata con la vieja antinomia: «si no existe alguna prueba lógica o teológica de la existencia de Dios, tampoco existe otra que afirme que no existe».

En suma, estos opúsculos dan muestra cabal de la práctica del ensayo como manifestación del pensamiento individual, erudito pero sensible, hijo de la disertación, pero de esa propuesta más bien reflexiva antes que dogmática. Son acercamientos meditabundos y sagaces, un esfuerzo por reflexionar ante el aforismo y desarrollarlo para imprimirle la duda cartesiana, sometiéndolo todo al análisis socrático que concibe esta forma como el mayor don del ser humano, discutir diariamente sobre la virtud y de las demás cosas, examinándose a uno mismo y a los demás; hacer patente que una vida sin examen no merece la pena para un ser humano.

Steiner es un maestro del pensamiento pero también de la práctica retórica de un estilo de ensayo que más que consignar desgrana las interrogantes a propósito de la condición humana.

  • Ilustración: El Bosco