En la práctica marxista la clase social no sólo se ha definido por el conflicto de clase, sino también por los mecanismos de solidaridad internos que hicieron posible la movilización social necesaria para llevar a cabo una ardua lucha de clases.

El hecho es que el ámbito de la sociedad se constituye como un fenómeno más allá de lo individual, no sólo a partir de la elección de la norma, sino a partir de la existencia de mecanismos de solidaridad. Una sociedad enteramente normativa y carente de afectividad sería insoportable.

Si el estado moderno es Leviatán, la sociedad moderna en última instancia estaría llamada a proporcionar una base afectiva que no radicase ni en el Estado ni en el mercado, sino en ella misma; a esto se le conoce como sociedad civil. Cuando esta base no existe las normas se convierten en opresivas.

No es por casualidad que las religiones -la fórmula tradicional para la existencia del orden social- insistan tanto en los mecanismos del control social así como en el fomento de lazos de afectividad

La construcción de estos parámetros es igual de importante a la hora de la toma de decisiones o, aún más, a la hora de enfrentar una renuncia al plano de posiciones políticas al que se nos obligue asistir. Aunque Emile Durkheim figure como estatutario al determinar que la norma es el elemento fundante de lo social, y de cuyo pensamiento deriva buena parte de la sociología moderna, su enfoque en torno a los procesos por los cuales se desarrollan las formas de solidaridad ha recibido escasa atención por parte de la teoría sociológica actual.

Prácticamente, el análisis sobre la imbricación de lazos sociales queda al abandono entre un enfoque de “situación de clase” marxista o el enfoque normativista que impera en todas las democracias deliberativas cuya base teórica son los análisis sociológicos. Qué tan extensos sean los mecanismos de solidaridad depende, en última instancia, de cómo queda definida la identidad social de sus participantes.

Consciencia de clase, decían los marxistas. Consciencia colectiva, decía Durkheim. Nación, dictaminó la burguesía.

Hoy raramente se habla de las primeras dos, es preferible hablar de identidad. El hecho es que el triunfo del  neoliberalismo amenaza a la idea de nación y, por otra parte, implica que la sociedad ha dejado de ser el objeto de una práctica intelectual y política que genere alternativas a la hegemonía neoliberal. Hoy todo lo que es social ha sido forjado desde la mercancía cultural y transformado en espectáculo.

Inclusive las revoluciones son hoy obra del capitalismo

Es este espacio político denominado como sociedad civil, el que está siendo transformado por el capitalismo neoliberal, todo lo convierte en mercancía y los impulsos libidinales son puestos al servicio del consumo.

Contrario a lo que ideólogos libertarios puedan reclamar -esto ha ocurrido simultáneamente a la progresión anticipada por Max Weber- relativa a los aparatos administrativos que ¿dominarán a la sociedad?. Las prácticas tecno-burocráticas del capitalismo corporativo sirven de telón de fondo donde se proyectan las imágenes y los sonidos comerciales. Los espacios sociales para la solidaridad distan de haber desaparecido enteramente, pero tienden a existir fuera del ámbito político.

El resultado es el menoscabo de las condiciones generalizadas para la afectividad similares a aquellas que constituyeron al proletariado; esta sensibilidad ha sido inmortalizada por el lirismo de L’Internationale.

El tema de la solidaridad, incluyendo al internacionalismo proletario, no hubiese podido haber existido sin estas condiciones afectivas. Todo un sistema de valores, de los cuales el compromiso y la lealtad política son parte, dependen del ethos de la solidaridad social. Máximo Gorki anticipó en esa red construida en la vida fabril. En su obra La Madre, escrita en 1906, el hombre cobra consciencia de la masa y a partir de ella se transforma interiormente. Lejos del terror burgués a que las masas ocasionen un exterminio social, Gorki ve en la revolución la expresión creativa del pueblo, en el que si solo impera la liberación de los instintos la masa se convierte en un tumulto de odio. En ese sentido, en su albor, el socialismo se plantea, primero que todo, como una forma de solidaridad social formulada en tanto que racionalidad económica.

Ese punto queda implícitamente demostrado al comienzo del libro Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Como voceros de una nueva izquierda, en superación, critican la ilusión de lograr una voluntad colectiva y homogénea.

Su idea de democracia radical surge a partir de la imposibilidad de definir a la sociedad como una entidad, de ahí que se postule una soberanía popular con base en la expresión de identidades. Es decir, que las relaciones sociales no se reduzcan a un determinismo de clase, sino que se formen simbólicamente.  Dado que los intereses económicos en el seno de una clase social pueden divergir, una identidad social común es condición para la existencia de mecanismos de solidaridad que mantengan al movimiento social funcionando.

Este tipo de izquierda de democracia radical es la cabida y suma de todos los pluralismos, que en el mejor caso de ‘radicalidad’ se convertirán en tumultos de un odio atomizado plausiblemente sofocados

Lo propio de las sociedades modernas, sin embargo, ha sido que sus conflictos sociales han estado dominados exclusivamente por reivindicaciones de orden económico o étnico. Es decir, se han debatido entre la modernidad y la tradición. De ahí que tanto el tema de la clase social y la cuestión de las minorías hayan sido elementos distintivos para entender a las sociedades modernas, cuyas relaciones sociales son formadas simbólicamente.

El concepto de minorías sirvió en un primer momento para designar categorías étnicas. Luego el concepto se ha generalizado para designar toda acción política de los movimientos sociales emergentes, por un lado. Por el otro, en cuanto a la parte estatal, los programas de bienestar social están enfocados a atender condiciones relativas a la cuestión racial y de rol social.

Ronald Inglehart en su libro La revolución silenciosa refiere a un proceso de cambio de una cultura “materialista” a una cultura “posmaterialista”; en la primera predomina una preocupación por satisfacer las necesidades más próximas, como el sustento económico o la seguridad. La segunda asigna prioridad a la satisfacción de necesidades sociales y de autorrealización, que no tienen que ver con otra cosa que no sea el sentido de pertenencia, la estima, el cumplimiento de metas intelectuales y estéticas. Esta situación se hace más álgida con el surgimiento de una extensa economía de servicios.

El campo social hoy se dibuja con la mutación de las luchas por los derechos civiles en discursos sobre la identidad cultural de las minorías, es decir, en categorías sociales excluidas de tener plenos derechos políticos y culturales. La representación de la identidad como forma simbólica eventualmente ha prevalecido sobre reivindicaciones de tipo economicista.

La integración programática de las luchas económicas, culturales y sociales ha sido una tarea que ha desafiado a la izquierda. La posibilidad de una vasta movilización política basada en una amplia solidaridad disminuye tan pronto las reivindicaciones económicas y políticas quedan enmarcadas exclusivamente en términos de identidad étnica de los actores sociales. Los reclamos por definir la identidad ha surgido inicialmente por la necesidad de individuos en afirmarse frente a la imposición categórica de significados opresivos y subalternos, pero los reclamos de identidad pueden tornarse frívolos, en otros momentos tribales, y eventualmente manifestarse como un regionalismo revanchista.

Las razones sociológicas que explican esta sensibilidad cultural son complejas, pero el hecho es que el discurso y las percepciones en torno a la identidad se han convertido en dominantes desplazando así el tema del status social del discurso teórico. En un estado de cosas en donde la abundancia no se traduce en bienestar social ni individual. De manejarse sectariamente los discursos en torno a la identidad pueden volverse amenazantes a la solidaridad social.

La crítica al narcisismo ha sido efecto de la sensibilidad cultural, es un hecho que manifiesta la imposibilidad de experimentar un auténtico sentimiento solidario

Es significativo, por consiguiente, que la reflexión en torno al narcisismo como forma cultural haya sido un tema correlativo a los discursos en torno la identidad en la teoría crítica de los últimos tiempos. Ambos temas adquieren notoriedad a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando se aglutinaron todos los tópicos de las primeras generaciones de la Escuela de Frankfurt, en pos de obtener vías de reorganización social en un mundo que daba por hecho el enfado con el funcionalismo de la racionalidad instrumental.

Cuando se interroga sobre un mundo donde reina el mercado y el individualismo -cabría añadir la sujeción de la libido al servicio del consumo-. Vivimos en mundo donde el erotismo es más importante que la plusvalía. ¿De qué modo la manufactura del deseo imposibilita pensar una realidad social alterna? Pese a su carácter hipotético esta pregunta es de interés.

Para los mismos años en que se formulaba la crítica cultural al narcisismo, Ernest Becker, creador de la ciencia del mal, había hecho observaciones que, aunque tangenciales, son válidas para entender las consecuencias de la actividad psíquica bajo el capitalismo.

La explicación que Becker brinda sobre el fetichismo es extensible al narcisismo pues ambas son formas de consciencia empobrecida; aunque Becker se refiere a la consciencia actuando en el campo erótico, las experiencias descritas por el autor son similares a aquellas descritas por los autores de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 cuando estos destacaron el proceso de enajenación.

El fetichismo, de acuerdo con Becker, es un proceso psíquico por el cual se compensa al desapoderamiento existencial que experimenta el sujeto

La enajenación es también una forma de desapoderamiento de la consciencia. En la instancia erótica el encuentro con la persona queda sustituido por algún atributo, tal una prenda de ropa, que represente la alteridad de la persona deseada. La mercancía se convierte en un fetiche cuando el individuo la embiste de deseo libidinal. En un mundo dominado por imágenes el individuo se convierte en imagen. En la instancia de la enajenación, el individuo tampoco establece un contacto adecuado con la realidad social circundante y el consumo compensa dicho empobrecimiento existencial.

El individualismo tiene otra vertiente de identidad negativa que está basada en la incertidumbre. A partir del contexto neoliberal, la inseguridad económica prevaleciente se traduce en inseguridad social generalizada. Entre el Brexit, el triunfo de gobiernos conservadores en Latinoamérica y el ascenso de partidos nacionalistas en el norte de Europa han dejado claro los efectos que dicha inseguridad generalizada suscita.

En todos los casos, la resistencia a la globalización y en menor medida al neoliberalismo revierten  en xenofobia. La derecha ha podido explotar para sus propios fines la inseguridad económica reinante en amplios sectores de la población. Al individualismo hay que añadirle la inseguridad económica y social creciente que es compensada por un sentimiento nacionalista y xenofóbico.

Panorama que no es otra cosa que la posmodernidad revalorando el sentido de tradición.

  • Ilustración: Francis Bacon