En México padecemos una doble miopía.

 

Lo que nace en esta tierra padece un desprecio que, en muchas ocasiones, se trata de ocultar con un patrioterismo barato, vulgar, humillante. Se trata del patrioterismo de banderas, juegos artificiales, borracheras y lugares comunes: somos un pueblo muy alegre, en todo el mundo nos aman, tenemos una cultura milenaria (que la mayoría de las veces desconocemos).

Se trata del mismo patrioterismo que nos permite defender a muerte “las tradiciones nacionales” mientras que dejamos pasar la corrupción oficial, el clasismo (y racismo) entre todos nosotros, las masacres de los poderosos en contra de los más débiles, el saqueo de los recursos naturales por parte de trasnacionales.

La segunda de las aristas de esa miopía está ligada a los asuntos culturales.

En México, y posiblemente en toda Latinoamérica, aún esperamos la palabra extranjera para explicarnos nuestra realidad. La Conquista académica en el plano de las humanidades persiste en universidades, centros de investigación y círculos intelectuales, donde cualquier teoría, tesis o perspectiva debe sustentarse en argumentaciones de autores con nombres impronunciables, como si fuéramos eternos letrados adolescentes, como si careciéramos de una tradición de pensadores en la región que nació al otro día de la llegada de los europeos, como si estuviéramos incapacitados para pensar por nosotros mismos.

La universalidad de la que carecen los franceses, alemanes, ingleses y, a últimas fechas, estadounidenses, porque no hacen más que mirarse a sí mismos, y que se da de manera natural entre nosotros pues tenemos que aprender varias tradiciones, parece que se olvida de generación en generación.

Esta doble miopía es la causante del malestar ante la figura de Octavio Paz

Es el primer poeta mexicano que recibe el Premio Nobel de Literatura, máximo galardón en el mundo para un escritor, y en México aún no sabemos relacionarnos con su persona y, por consiguiente, tampoco con su obra.

¿Quién es el autor que el 10 de diciembre de 1990 fue galardonado en Estocolmo? ¿El personaje que apoyó a Carlos Salinas o el único intelectual mexicano (entre los muchos que trabajaban en el gobierno y a los que no se les ha reclamado históricamente nada) que se separó de su cargo tras la matanza del 1968? ¿El animador de Televisa o el pensador de izquierda que se atrevió a no cerrar los ojos ante las barbaries del régimen stalinista?

¿El capo cultural que acogió desprecios, posiblemente bien ganados, de los más jóvenes o el poeta que padeció el asesinato atroz de uno de sus colaboradores a manos de un grupo comunista? ¿El acusado de venderse al sistema al final de su vida o el gran pensador mexicano que dialogó con las mentes más brillantes de su tiempo?

¿El poeta del amor que tocó el alma de cientos de escritores y lectores alrededor del mundo, que aún hoy claman su nombre como Milán Kundera y Pere Gimferrer, o el hombre poderoso, desgastado, ensuciado y petrificado por los que se dicen sus “herederos intelectuales”? ¿El supuesto amigo de Reagan o el autor que rescató y nos enseñó a leer nuestra propia tradición? ¿El que actualmente es criticado por imbéciles que ni siquiera conocen sus textos o el que, basado en otros grandes mexicanos, dio a luz a una obra asombrosa de tan universal?

¿El muchacho que recibió, con una generosidad desbordante, a los exiliados españoles cuando gran parte de la intelligentsia nacional les dio la espalda? ¿El joven apasionado que, en restaurantes, se batía a golpes contra fascistas? ¿El único autor mexicano que tuvo el valor de oponerse a las prepotencias de Pablo Neruda en los años de los cuarenta? ¿Quién es (fue) Octavio Paz?

La respuesta quizá nos la ofreció él mismo

Cuando escribía sobre Alfonso Reyes le criticaba su tibieza. Tratar de quedar bien con todos y no pronunciarse públicamente llevó a Reyes a convertirse en una efigie consagrada con una obra que casi nadie lee. Al contrario de Paz que siempre tomó posiciones y eso lo condujo a ser un autor vivo, con claroscuros y equivocaciones; aspectos que conviven en toda biografía.

Asimismo, al hablar de Neruda y sus yerros ideológicos, Paz siempre decía: hay que juzgar al poeta y no al político, porque en política todos nos equivocamos. Posiblemente ese sea el punto de partida para que nosotros, las nuevas generaciones, empezamos a dialogar con el legado de Octavio Paz.

Un legado nutrido de crítica, concordia y reflexión. Tres términos ausentes desde hace varios años en México.

  • Foto: Manuel Álvarez Bravo