Vampiros, deidades, zombis y fantasmas han invadido la filosofía.

 

El gran Cthulhu ha despertado, la gente sueña disparates -son las propiedades mutantes de nuestra época, tan a contrapelo del sentido común-, y la filosofía responde a su llamada, rebasando la monótona lamentación sobre la cultura fracasada y concluida en la que parece naufragar nuestra época: ¡la historia ha muerto, la filosofía ha muerto, el arte ha muerto!, esa letanía con la que renegados de todas las lenguas y todas las disciplinas se inclinan trágicamente compungidos sobre el cadáver, que al parecer ha sucumbido por detención, dejando de producir nuevos pensamientos y nuevas pautas culturales.

“Cuando la filosofía pinta gris sobre gris, una forma de la vida ha envejecido, y no se deja rejuvenecer con gris sobre gris: deja sólo ser conocida: el ave de Minerva abre las alas al anochecer”, escribía, taciturno, Hegel.

Pero en medio de este aburrido treno, del suelo metafísicamente exhausto del posmodernismo, han brotado nuevos acuñadores de ideas: una serie de eruditos filósofos que, con eléctrico dinamismo, buscan entrar en las páginas de la historia insuflando movimiento al peso del cadáver de las ideas ya pensadas. Aunque sin dejar de lado el nihilismo propio de nuestra época. El cadáver camina, pero no podemos decir aún que esté vivo.

Hablamos de la nueva corriente de pensamiento denominado realismo especulativo, un movimiento ecléctico que ha tomado por asalto las arenas donde se baten las más altas especulaciones filosóficas sobre el ser humano y su capacidad de acceso a lo real

Dibujo hecho por H.P. Lovecraft sobre su personaje más famoso: Cthulhu.

Decía Spengler en ‘La decadencia de Occidente’ que la cultura es como una planta; orgánica, y su decrepitud no es más que un signo de su carrera vital. Hoy parece que asistimos a su renacimiento. A una ruptura crítica radical. Atrás quedarán quizás los hits posmodernos y el modelo de realidad predominantemente lingüística, donde la desesperación de pensarnos confinados en nosotros mismos se volvió semiótica.

Estos intelectuales han dado un giro inesperado y nos animan a buscar el acceso a lo real a través de caminos otrora desdeñados, transitando lúgubres suburbios de la cultura antes despreciados por el estudio académico oficial, e invitándonos a pensar con asombro la maravilla de lo desconocido.

Cómics, videojuegos, música, la gran tradición ocultista, esotérica y paranormal, los mitos, los arquetipos de la literatura y del cine gótico y fantástico, les sirven para trazar su mapa. Imagina teorías donde el horror cósmico y los seres mitológicos desarrollados por H. P. Lovecraft, o Frankenstein, de Mary Shelley, El retrato de Dorian Gray, de Wilde, o las Narraciones extraordinarias, de Poe, ayudan a ilustrar para desafiar las nociones filosóficas de Leibniz, Hume, Kant, Hegel, Marx o Heidegger, hibridizando especulaciones que se mueven desde el psicoanálisis, la semiótica o la tradición hermética renacentista hasta los clásicos griegos, la escolástica medieval, la hermenéutica, la física cuántica, la neurobiología, la biología o la cibernética.

Sí, trátese, en efecto, de una filosofía mutante, que desde el rigor teórico afronta los convencionalismos y las preguntas más trascendentales de la filosofía universal, con resultados revolucionarios, y que ahora, gracias a la encomiástica labor de editoriales periféricas: Materia Oscura, Valdemar, Caja Negra, Pasado & Presente, empiezan a embestir la aparente tranquilidad de nuestras librerías.

Los nigromantes del monstruo especulativo han sido los filósofos Graham Harman, Quentin Meillassoux, Ian Hamilton Grant y Ray Brassier, quienes en 2007, en una conferencia en la londinense Goldsmiths University, dieron por inaugurado este movimiento

La realidad puede ser de una monstruosa metafísica capaz de producir terrores ignotos.   

El realismo especulativo pronto fue fracturado en escuelas y ontologías distintas, pero todas ellas capaces de quebrar la estructura lisa en la que hemos confinado nuestra imaginación, dándonos la posibilidad de fuga de una versión de lo real que nos atenaza con su abstracta insustancialidad.

Pero los monstruos no lo son todo, sino que cada objeto: una piedra, el viento, un pájaro, una estrella, un cuadro o una catedral, sirven para explorar nuestro acceso a las cosas en sí mismas, y ahora son vistos como un sistema de duelos, seducciones y objetos turbulentos, enmarañados en una intrincada red donde cada cuerpo o sustancia influye sobre los otros y sobre la realidad.

Así lo sugiere mediante su ontología orientada a objetos el metafísico estadounidense Graham Harman en una serie de amenos ensayos y conferencias recopilados bajo el título Hacia el realismo especulativo,editado por la editorial argentina Caja Negra, quien también nos acerca en castellano el trabajo del francés Quentin Meillassoux, alumno protegido de Alain Badiou, quien prologa su libro Después de la finitud. Ensayo sobre la necesidad de la contingencia.

Una bomba de relojería que hace estallar, desde hace una década, la metafísica clásica, artefacto donde Meillassoux sale en busca de lo Absoluto para resolver el enigma del universo, de lo que es posible conocer, demostrando mediante enunciados empírico matemáticos, que “no hay ningún fundamento aceptable que explique la necesidad de las leyes de la naturaleza, existe sólo una sola cosa absolutamente necesaria: que las leyes de la naturaleza sean contingentes”, esto es, que puedan suceder o no, trazando así un nuevo camino que une la crítica empirista y la trascendental, para llegar incluso hasta Dios.

Igualmente desconcertantes son las conclusiones del filósofo alemán Markus Gabriel, representante del nuevo realismo, quien en su ópera prima ¿Por qué el mundo no existe? -un precipicio teórico donde arrojar las certezas editado por Pasado & Presente-, traza una ruptura radical con nuestro modo de percibir la realidad, llegando a la conclusión -mediante lógica y matemática-, de que hay unicornios en la luna, pero que el mundo no existe.

Pero si lo que interesa es perderse en el pesimismo, en pesadillas psíquicas, nada más oscuro y filosóficamente estimulante que el nihilismo especulativodel cual Thomas Ligotti es uno de sus mayores representantes

Thomas Ligotti, el nuevo amo del ‘horror cósmico’.

Ligotti es un reconocido escritor de relatos de terror estilo lovecraftiano, sus ficciones cósmicas de sólida estructura filosófica vuelven al ser humano una criatura insignificante, risible y carente de  trascendencia, teorías que ahora desgrana en su ensayo La conspiración contra la especie humana, editado por Valdemar. Un túnel teórico del horror, como el que también recorre Eugene Tracker, profesor de filosofía en la New School de Nueva York en En el polvo de este planeta. (El horror de la filosofía vol. 1), quien nos propone, mediante demonología, ocultismo, misticismo, cómics manga o discos de música metal, “explorar  las fronteras donde confluyen filosofía y terror sobrenatural”. 

 Lo ha editado Materia Oscura, editorial de reciente aparición que apuesta por sacudir nuestros conceptos y prevé la próxima edición de otras obras clave como Ciclonopedia, de Reza Negarestani, Nihil desencadenado, de Ray Brassier o Velocidades malignas, de Benjamín Noys.

Quien se quede con la versión descafeinada de la realidad, es porque quiere. Hay infinitos laberintos de misterio donde fugarse, sólo hace falta saber cómo mirar. Responder la llamada de Cthulhu y sus engendros, soñar. Fabulosos disparates pueden ser  tu nueva realidad.

Déjate asombrar.

  • Ilustraciones: Rubenimichi/ H.P. Lovecraft/Alba Gil y Anabel Maldonado/ Serhiy Krykun