“¿Bueno y quién es el tal revoltoso?”, me preguntó curioso en un español mezclado con inglés el hombre encargado de la bodega del archivo ‘José Revueltas’ en la Universidad de Austin, Texas.

Yo tenía ahí una semana en compañía de un amigo pidiendo frenéticamente caja por caja aquel impresionante cúmulo de materiales. Así que me pareció justo que el último día de mi estancia, aquel hombre que había llevado y traído casi 80 cajas por los largos pasillos de la biblioteca, al menos cruzara una palabra con nosotros.

Antes que nada, debo confesar que llegué hasta el archivo empujada por un encargo de Aureliano Ortega —lector apasionado de Revueltas—. Yo realmente pensaba pasar de largo y dedicarme a buscar otras cosas que aparecían como urgentes en mi pretenciosa lista de búsquedas bibliográficas. En una suerte que sólo los despistados como yo tienen, terminé leyendo manuscritos, cartas familiares, borradores y una serie de textos que me hicieron dedicarle una semana entera a los materiales de un escritor del que apenas había leído un par de libros y del que sabía más por boca de otros que por mi propia dedicación como lectora.

Todo en aquellos vastos papeles de archivo posee un orden sorprendente. Orden que prevalece en cada uno de sus borradores de novelas, programas de clase y correspondencia que tuve la oportunidad de leer, un orden que va más allá del que posteriormente se le ha otorgado en el archivo para la conservación del mismo. Es un orden que hace evidente un rigor en el proceso de trabajo, un orden que entre notas, correcciones y muchas versiones de lo mismo resulta en versiones finales —casi todas publicadas— que se van transformando, mejorando, aclarando a la par que los manuscritos se llenan de borrones,  tachaduras y enmendaduras hechas con papelitos.

La mayor parte de los manuscritos tienen su versión transcrita a máquina, donde Revueltas una vez más tachó, luego enmendó y finalmente corrigió. Cuando vi el primer acordeón de papel pegado al margen de una hoja tamaño oficio con la primera transcripción de Los errores no pude evitar pensar en el archivo de Walter Benjamin, en sus laberintos, minucias, curiosidades y en la semejanza sorprendente con los recortes y pequeños legajos construidos por Revueltas en sus manuscritos y originales. Todo lo anterior, fuera del fetiche del documento, logra construir una atmósfera en la que uno, intruso o detective, puede casi reconstruir el proceso de escritura de cada uno de los textos.

Al inmiscuirme en las notas de Revueltas lo primero que pude apreciar, aun contra todo pronóstico, fue una dedicación casi obsesiva por la escritura y una evidente intención de que sus textos fueran los más claros y comprensibles que se pudiera

Empecé husmeando en las notas amarillentas de La locura brujular, luego separé todo lo que me sonaba a filosofía de la historia y marxismo, siendo fiel a mi formación y pensando en mis propios intereses; no obstante, justo cuando pensé que ya había terminado mi trabajo con aquellas cajas de papeles, apareció el primer cuadernillo que me voló la cabeza.

 

El primer cuaderno rojo: Diario de Cuba

I

No podía ser de otro color…, pensé al sacar de un sobre el primero de los dos cuadernos. Supongo que el rojo desteñido de su portada debió ser brillante cuando Revueltas estrenó la primera de sus hojas. El primer cuaderno rojo no es otro sino un breve diario que escribió durante su visita a La Habana en 1961, al parecer invitado por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, para colaborar en un proyecto relacionado  precisamente con un curso de cine al lado de Jorge Fraga.

El cuaderno se inaugura el 19 de mayo de 1961 y concluye en noviembre del mismo 1961, sin embargo contiene un texto final fechado en la Ciudad de México el 21 de septiembre de 1963 con el que cierra definitivamente el diario. Todo en aquel cuaderno es redactado con claridad. Las cualidades caligráficas de Revueltas son indiscutibles.

Según sé la primera transcripción de este diario la publicó la Universidad Autónoma de Puebla en 1976, siendo rector Luis Rivera Terrazas, bajo el título Diario de Cuba y también ha sido antologado en el segundo tomo de Las evocaciones requeridas que publicara en su primera edición de 1987 la editorial Era; no obstante, el encuentro con el cuaderno original resulta de alguna manera novedoso para mí, pues como decía anteriormente, existe en sus páginas, y en el resto de sus materiales de escritura, una huella del proceso que muestra curiosa y hasta cierto punto reveladoramente un Revueltas distinto.

Definitivamente el primer cuaderno rojo debe ser uno de los materiales más curiosos del archivo. No había escuchado mucho de la escritura de Revueltas en diarios, y sigo sin entender la razón por la que estos textos se dejan un poco al margen de lo escrito sobre su obra. Debe ser su brevedad, o tal vez su fragmentaria y casi fugaz escritura de impresiones la que los mantiene rezagados de estudios literarios. Pero aun cuando esto pudiera constituirse como una razón, considero que estas notas poseen en conjunto una sólida estructura que revela la multiplicidad de rostros de su autor; rostros que lo descubren más allá de los lugares comunes que se han edificado entorno a su escritura y su nombre.

En los escritos del primero de sus cuadernos rojos uno ve aparecer como fantasmas las más infantiles y sensibles impresiones de una ciudad que aparece ante la mirada de Revueltas como materialización de muchos de sus ideales

La terraza de mi habitación en La Habana Libre y la ciudad, allá abajo, vista desde diecisiete pisos de altura. Los ruidos suben, golpean, más precisos e irreales, a causa de la noche y de la asamblea de luces —una masa que se agrupa, como en un mitin, y forma una media herradura en el borde de la pista de circo que es el mar. Es La Habana revolucionaria me digo. La increíble Habana revolucionaria. Estoy en Cuba. Aspiro con todos los pulmones: aspiro los ruidos, las luces, La Habana entera: aspiro a Fidel. Aquí está en algún sitio, en alguna de esas luces. Hay una alegría increíble en imaginarlo, en sentir que aquí está y yo también“.

Sus impresiones sobre la ciudad en los originales aparecen algunas veces ilustrados con pequeños trazos, por ahí una plaza pública trazada con un lápiz de color rojo, por allá unos rayones de pluma azul que asemejan el mar y delatan la impaciencia de Revueltas mientras escucha una conferencia en un congreso de escritores.

Las pequeñas instantáneas escritas en este cuaderno plasman la Cuba que Revueltas está viviendo, sus habitantes, el rigor de las actividades laborales de los trabajadores, el florecimiento de las milicias cubanas, la emergencia del orden moral que forjó la Revolución en tan sólo un par de años, pero también nos muestran las pequeñeces que constituyen la vida cotidiana y que sin duda cautivan a Revueltas e incluso en algunas ocasiones —según dicen sus propias notas— lo inspiran para caracterizar ciertos personajes de narraciones futuras como por ejemplo la psicología de Jacobo, personaje de Los errores. Las instantáneas sobre la cotidianidad en La Habana, se concentran en el valor del detalle.

En algún momento anota algo sobre los desnudos pies de las mujeres; en otro, de la relación que los cubanos tienen con la música: “El cubano y la música. El cubano hace música del ruido. Entonces su dedicación termina por llevarlo al ruido perfecto. El colmo de esto fue para mí ayer, cuando en un paseo fuera de La Habana, encontramos un pueblo que se llama ‘Tarará ‘ ”.

El mar aparece en sus notas como un protagonista más, algunas veces siendo el mismo Revueltas el mar y sus pensamientos. ‘La bellas tempestades‘ es quizá uno de los fragmentos que más veces he leído desde que tengo en mi poder esta copia del primer cuaderno rojo de Revueltas

Es, a mi juicio, uno de los textos más íntimos, más hermosos. En él las tempestades que irrumpen en la bahía son imágenes de una apasionada —pero al parecer también llena de culpas y remordimientos— relación que el escritor de 47 años sostenía con Diana, algunas veces Omega, una joven cubana de escasos 25 años que conoció en uno de sus talleres y con la que en sus propias palabras está compartiendo su propia Ilíada en aquella Cuba revolucionaria.

Nada más bello que las tempestades en la bahía. Es la Ilíada, una guerra de las nubes, pura, de donde están excluidos los hombres y en la que sólo los dioses tienen acceso a la lucha. Dioses ebrios y roncos que combaten como ciegos parsimoniosos, unánimes y solemnes, maldiciéndose unos a otros, con acompasada resonancia, dignos y majestuosos, sin odio, pues no se lo permite la grandeza de la lucha, revestidos como se encuentran por las colosales armaduras con las que se cubren y parecen más temibles y bellos […] jamás creí que pudiera yo compartir con nadie estas tempestades, pero de pronto —aunque después de soñarlo, de anhelarlo tanto— estamos Ella y yo juntos en medio de la tormenta, sobre el malecón, unidos y mirándonos, con todo mi amor puesto en sus ojos severos, en esa elocuencia negra y atónita de sus ojos quietos, fijos, atormentados con la extraña profundidad solitaria y desesperada con la que miran“.

Tanto las “bellas tempestades” como las instantáneas de la vida cotidiana nos regalan la escritura de un hombre común que se enamora y se equivoca, mientras también se agolpa en el cuaderno el montón de listas de actividades y notas para el curso cinematográfico que Revueltas impartía en La Habana, sus impresiones sobre el momento histórico que vive la ciudad y relatos sobre el entrenamiento y la función de los milicianos cubanos —a los que se une y con los que recibe entrenamiento— como el siguiente retrato del Che Guevara.

Asistí a la inauguración de las conferencias de planificación (junio 23) que corresponde abrir al Che Guevara. Le profeso una admiración y un cariño extraordinario. No hay ninguna fingida modestia en su forma de comparecer ante la masa que lo aplaude casi con delirio. Se diría que quiere sustraerse, que le angustia ser objeto de tal admiración. Tiene un fuego por dentro, un fuego constante y vivo, que brota a lo cálido de sus ojos, llenos de humanidad, de pasión, de una voluntad ya desde mucho tiempo atrás decidida y que no será capaz de doblegarse, firme, pertinaz, devota. Huye de las frases, de los efectos oratorios, como si tratara de abrirse paso en los cerebros con la sola herramienta de lo racional, de lo discursivo, de lo irrebatible desde el punto de vista lógico. Y así, extrañamente, sus palabras tienen un calor inesperado, una vivacidad palpitante y comunicativa, que se adueñan del auditorio —no por simple entusiasmo, sino por ese efecto seductor que sobre el espíritu ejercen las cosas precisas“.

Reiteran su convicción revolucionaria, sus anhelos de lucha, pero también muestran una latente voz desencantada que se preocupa y lamenta por México; escribe repetidas veces que estar en ese preciso momento en Cuba es tener contacto con la historia, con una historia del cambio, por lo que decide no regresar a México

“(…) quedarme aquí a vivir esta historia directa que, por más que yo lo quiera con toda mi alma ya no podré vivir en México, así pudiera yo trabajar allá por su preparación todo lo más intensamente que se pueda concebir. Mi trabajo en México ya dejó de tener un sentido histórico por cuanto a que todo lo que yo pudiera hacer en lo futuro ya no rebasará mi actividad pasada, ya no añadirá ninguna cosa nueva al proceso: será una simple repetición, una simple forma de sobrevivirme convertido en una especie de auto recuerdo. Lo que mi trabajo pueda significar en Cuba ya no pertenece a mi historia (y me importa muy poco que pertenezca a mi biografía) y reviste, entonces, el carácter de la impersonalidad más perfecta en una vida que, como la mía, ya no tiene, en absoluto, el menor interés en pertenecerse a sí misma por cuanto a su papel (o digamos, importancia) político personal. No tengo otra inquietud que la de servir del modo más total y completo. Me quedo entonces en Cuba (si los cubanos no terminan por rechazarme)”.

Y lamenta: “cuando se está en contacto directo con la historia, la historia desaparece y los acontecimientos, las tareas, las gentes, tienen la misma vulgaridad de siempre, sin embargo, se está en la historia, se está haciendo la historia”.

Para Revueltas estar en Cuba es una oportunidad de servir completamente a una historia que, en sus propias palabras, no es la suya, es la historia en sí: “Ahora en Cuba, vivo históricamente (entiéndase, ni aquí ni en México ha sido nunca un problema de mi persona, de la historicidad de mi persona; eso carece de cualquier interés); vivo históricamente en Cuba, aunque esa historia no me pertenezca y aunque no haya intervenido en su preparación”.

Luego, su tono se torna inconforme y desemboca en otra preocupación por su propia relación con sus compañeros de la Liga Leninista Espartaco.

Mis compañeros de la Liga deberán comprender el problema, que en el fondo resulta bastante simple: yo ya les ‘heredé’ lo que podía heredarles como fusión histórica de lo que se salva de mi generación política, con la generación de los nuevos comunistas mexicanos que ellos representan. ¿Por qué voy a vivir junto con ellos en lo sucesivo como un muerto sin testar, o como un ser viviente (al que habría que meter en un vitriolero) que ya repartió las propiedades que tenía? Mi presencia terminará por convertirse en un estorbo para su desarrollo (…)”

Lo que no podía faltar en su cuaderno rojo eran sus estrictos apuntes filosóficos, así como los programas de un curso de marxismo que impartió durante su estancia en la isla caribeña. Estos materiales unidos a algunos fragmentos de crítica a emisiones televisivas son las partes de más lenguaje filosófico en el diario

Aunque, en el mismo tono, quizá el momento más memorable sea una discusión que sostiene con Joaquín MacGregor, donde Revueltas intenta reconciliar la teoría foquista de la Revolución Cubana con el Partido Leninista: “Yo le sostengo que la experiencia cubana no invalida la teoría leninista del partido. Joaquín no comprende que la teoría del partido y el partido mismo no son sino una expresión de las leyes del conocimiento… centralismo democrático”.

Revueltas es el defensor de un nuevo tipo de dialéctica, a la que llamó en sus últimos años democracia cognoscitiva, y como buena parte de los marxistas latinoamericanos críticos del comunismo soviético resultó incómodo para la cultura revolucionaria cubana. Recordemos que años más tarde, en efecto, se distanciaría de Cuba a causa del “caso Padilla”. No fue hasta el 2010 que se editó por primera vez su novela Los días terrenales.

Encontrarme con este cuadernito ha sido una suerte, sobre todo en éstos tiempos en los que sus palabras sacuden con una fuerza tan actual que asustan. Este primer cuaderno rojo es un raro documento que rapta la conciencia de inmediato, en una especie de intimidad descritas incluso en sus mismas líneas.

Escribir es una comunicación absolutamente individual, entre un yo y otro yo —entre nadie más, aunque ese yo sean muchos; el número no es aquí lo que importa. Es un acto privado, particular y secreto como el de quien se pone a hablar con las estrellas. De este modo también leer se convierte en un acto idéntico, entiéndase que, digamos, como hacer el amor: es individual y recatado —entre dos yo—pero en él se sustenta la especie. Leer, así, no viene a ser la realización del escribir: alguien escribe y alguien lee y cada quien comprende las cosas, inevitablemente, a su manera”.

Está por demás decir que todo lo que le respondí al hombre del archivo giró entorno a lugares comunes, también está de más decir que no pude explicar quién es el tal “revoltoso Revueltas”. Ahora, después de tratar de mostrar el Revueltas que yo misma descubrí en el primero de sus cuadernos rojos, creo que la pregunta era más complicada de lo que parecía en origen.

  • IlustraciónBandula Samarasekera