La última vez que estuve aquí, en San José del Cabo, me lo pasé tres días consumiendo whisky, echándome chapuzones a la alberca, al mar, y acodándome en la barra del hotel donde platicaba con cuanto parroquiano se sentaba al lado mío.

Les presumía que estaba ahí porque mi hermana se casó. Les contaba lo hollywodense del asunto. Utilizaba un pañuelo para limpiar el sudor y las enternecidas lágrimas mientras brindaba con los que, junto a mí, se unían a la alegría de la estancia. Llegué a contar, en inglés y en español, la hazaña de mi cuñado, la aventura de mi hermana. El porqué de que estuviéramos ahí, y la justificación de mantenerme con irrestricta disciplina en el arte del beber y el buen humor en la barra-palapa del hotel.

Le dije a Gloria, de Denver, una mujer muy risueña que me reía todas las bobadas que contaba, que todo había sido planeado, to-do, sin que mi hermana se enterara. El cuñado había tejido una red de trapecista temerario alrededor de ella, que es de signo piscis, como él.

Todo el hotel estaba enterado que en la cena en la que supuestamente celebraban sus cumpleaños, él le iba a pedir matrimonio y, que si ella aceptaba, como hadas madrinas, aparecerían las amigas de mi hermana, a quienes él había convocado en matemático secreto, con un vestido y un tocado y unos huaraches para ir al otro lado del hotel. Si decía que no: la misma cosa, pero sin ceremonia porque los tragos ya estaban servidos

Pero dijo que sí. Mi hermana, que era objeto del evento cursi del año, dijo sí, y entonces apareció el vestido y los invitados, que éramos pocos y bien escogidos, porque un secreto como éste se guarda difícilmente. Vimos moverse a una docena de meseros y al personal del hotel, indicarle al del saxofón que comenzara el loop de enamorados mientras ellos tiraban pétalos por el jardín donde pasarían los futuros esposos.

Todos sonreían. El juez llegó a la cabaña y sólo esperábamos a mi hermana. Vi aparecer al susodicho planeador, artífice y co-protagonista de la boda. Le sonreí y alcé mi cuarto whisky con hielos empuñando así alegría conmovedora que nos hizo brindar por ese sí. Dijimos poco. Imagino que el conclusivo sí había clausurado por el momento lo que fuera que viniera a la mente. Uno sabe cuándo se puede fiar de alguien, y ése era el momento, en el silencio, frente al oleaje del mar indiferente. Era un campeón y se le vio sonreír mucho con todos y para todos.

Las cursilerías nos deternillan, nos hacen reír y nos dan cosas para contar, incluso cuando no son de uno porque es alegría de los amigos y esa es alegría compartida siempre

El asunto es que este productor de bodas sorpresa del que hablo me dijo que viniera a San José del Cabo cuando quisiera, y que antes de entregarme a los mojitos de albahaca y a la barra libre en el catamarán que lleva a ver el atardecer, o de irme a navegar en un velero y mucho vino tenía que ir a #Casa Natalia.

Me presumió #Mi cocina. Dijo que debía exigir Las Cucharas Signature Bob al chef y que, si no tenía yo inconveniente en seguir sus recomendaciones, me decantara por el Pulpo a la parrilla, que aprovechara antes de que entrara en veda. No tuve ni una reserva en aceptar sus recomendaciones al pie de la letra. Nunca tan obediente como para comer.

La noche que llegué a San José del Cabo por tercera vez en la vida mi hermana sabía a dónde encaminarnos. Fuimos a Casa Natalia, a Mi Cocina, a buscar las Cucharas Signature Bob. El lugar está en el centro de San José, junto a la Casa de Cultura. Huele a romero en la plaza, siente uno el aire de la vieja California y hasta espera uno, nomás porque la imaginación es de niño solitario, que ‘El Zorro’ aparezca por ahí.

El pulpo a la parrilla, una delicia para disfrutar en estas vacaciones. 

Al entrar, uno escucha el ruido blanco de las fuentes del restaurante. Es apacible y da la sensación de que uno está entre amigos. Con un estilo de colores vivos combinados con el blanco dan el fondo perfecto para saberse uno en un cacho del paraíso en la Península bajacaliforniana.

Hay quien recuerda el parapente o el momento más oscuro de la noche, la vez que se perdió por culpa de google maps o cuando se peleó con los compañeros de viaje. Hay quien recuerda más a expectativa, la planeación, los problemas para ordenar un viaje, la compra de boletos, la reserva en un lugar, la búsqueda de cosas por visitar. Pero para mí los viajes son impredecibles,  a veces guardan sorpresas. Dice Villoro que el hombre viaja no sólo por la experiencia sino para que suceda algo por contar. Yo suelo recordar las comidas de mis viajes. Para mí eso es lo que sucede, entorno a una mesa, compartir el pan y la sal.

Lo que voy a enlistar la próxima vez que me pregunten sobre San José del Cabo será esa nuestra cena en ‘Mi cocina’ y lo haré con cierto gesto risueño que tiene la malicia de quien lo ha pasado tan bien que parece un pecado

Francisco fue quien puso en el centro de la mesa Las Cucharas Signature Bob, que son bocadillos exquisitos de salmón curado al tequila con una salsa de cilantro. Son un manjar. Sabores amables como el salmón solo puede ser; sabores que ponen de buen humor. Acompañé con vino blanco del Valle de Guadalupe. Fue una afortunada combinación. Entre mi hermana y yo consumimos ese salmón marinado y mencionamos lo chingón de los sabores. Intentábamos decir lo difícil de decir de la comida a mi madre que desde aquellos aguacates rellenos de camarones que probó en Villahermosa no puede probar mariscos. Intentábamos ser un lazarillo de alimentos para ella. Mi hermana se reía como dándole la razón a su esposo, como presumiendo que ellos conocen este lugar antes que uno, como satisfecha, con ese gozo que da siempre ver que el otro disfruta lo que uno ha planeado para pasar la tarde.

El pulpo podría ser uno de mis platillos favoritos. Como sea, siempre pido pulpo. Me gustaba ir a Los arbolitos de Guasave, allá en León, a sólo pedir pulpo a las brasas. Recuerdo mis tardes de domingo de charla, pulpo y mezcal. Supongo que una nostalgia perenne de esos días me hace pedir pulpo siempre. Esta vez la charla era con mi madre y con mi hermana. Contábamos anécdotas de la infancia o mi madre nos decía cosas sobre sus hermanos, nos daba lecciones sobre cómo coordinar al personal o cómo preparar algo en la cocina; o mi hermana nos decía de su vida, de cómo es vivir en Cabo y trabajar donde trabaja, de lo lindo que es tener tres perros que exigen mimos y de su afición por Las Cucharas Signature Bob de Mi cocina a donde nos trajo. Hacía ya un tiempo que no pasaba por aquí yo, por estos lugares tan calmos, tan cerca del mar.

El pulpo a la parrilla es preparado con tomate asado, pimienta de guajillo, ajo, cebollas verdes, mantequilla y hierbas, y se notan. Era mejor comerlo lento y limpiar con un trozo de bolillo la salsa en el plato, a escondidas, cuidando que no me vieran. Me da un poco de pena, pero no tanta como para no hacerlo siempre que lo que como es una delicia.

Imagino que el chef verá los platos limpios cuando los lleven a escamuchar y sabrá que hizo bien su trabajo. Por eso lo hago, para enviar un mensaje de gratitud

El ruido divertido de las charlas en la barra del bar invita a pedir un digestivo o algo que sirva como postre. A mi madre le ofrecen un pay de limón de la casa y es incapaz de negarse. Presume que es para ver cómo lo hacen aquí, una justificación innecesaria porque sabemos que es por antojo, porque hay que ir siempre por el postre, y más en este lugar. Agrega a la solicitud un café. Yo, por mi parte, digo casi con voz inaudible, un mezcal, un Pelotón de la muerte, por favor.

El pay de limón, según mi madre, es exacto. Está emocionada y de buen humor. Se ríe con gracia y con contento, se siente en un buen lugar, entre familia. Consumo el mezcal con ritmo cansino porque me permite seguir charlando y pensando lo que he de escribir sobre esta primera noche en Cabo en la que he inaugurado mi afición por Las Cucharas Signature Bob, esa especialidad de la que está orgulloso el chef Francisco.

No es la primera vez que estoy en Baja California sur, en San José. Espero que no sea la última porque de este menú me gustaría probar, varias veces, los Ostiones Rockerfeller que, por el momento, pues están en veda, no aparecen en el Menú. Pero mi hermana, mi cuñado, el chef, han quedado formalmente de avisarme con puntualidad cuándo debo reservar una mesa en este restaurante en medio de la plaza de San José del Cabo para cumplir ese cometido.

  • Fotos: Especial