¿Cómo elige un niño qué quiere ser en el terreno de juego, en las cascaritas, en la vida?

¿Qué posición se elige o de acuerdo a qué clase de experiencia o actitudes,  traumas o voluntades incontroladas se debe el destino o las misiones en la vida? ¿Hay alguien o algo que lo destina a uno a gritar, a la hora elegir la vocación: yo soy portero? Es posible que sea más confuso de resolver porque no es una decisión del todo.

El control sobre las elecciones no lo tiene nadie, ni quien cree tenerlo, me parece. La dominación de las circunstancias sobre nosotros se hace más o menos evidente. Siempre habrá volantazos antes del final, baches o tropiezos que modifiquen aquello que parecía un horizonte con lógica. Imagino que habrá quién con flecha de flechador sin parábola llegó a donde la línea recta marcaba. Pero, salvo el Coyote que cae en caída libre sin curva cuando se le acaba el camino mientras persigue al Correcaminos, no veo cómo algo tenga tal exactitud que no le preceda la forja tan necesaria en ese acero que somos cuando somos parte de la vida.

No alcanzo a recordar cómo terminé yendo a la universidad donde estudié o por qué tengo afición a los boleros, no del todo. Tampoco recuerdo bien a bien, por ejemplo, cómo terminé siendo portero. No creo que yo lo haya decidido tan conscientemente ni una de las opciones anteriores, no como un llamado a la usanza de los elegidos. No me imagino respondiendo ante el vocativo de ser el cancerbero en las cascaritas de la cuadra: “habla tu siervo escucha”, como aprendió a responder Samuel en el Libro de los Reyes.

Si elegí debió haber sido una cuestión de supervivencia. Me refiero a que uno se mueve para uno u otro lado dependiendo de cómo viene la pedrada. El asunto en tales casos es de acomodo. Se trata de aprender a quitarse o a ponerse donde se pueda más que donde se quiera.

Aunque suene dramático, creo que, por ejemplo, me hice portero porque era el gordo o el pequeño de los grupos infantiles

No bastaba sacrificarse hacia la posición que nadie elegía de primera instancia. Había que destacar. Parece que todo se basaría en demostrarle a los otros cuánto podía uno valer, en mi caso, en un sitio donde a nadie le interesaba estar, pero sí que importaba que uno la armara porque si no, siempre habría otro dispuesto a arrastrarse mejor que uno.

Por eso quizá, por lucidito y medio artista, por necesitar el reconocimiento de mi grupito infantil me enmugraba tanto como para que mi madre quedara incrédula ante mi ropa sucia, y pensara que mi vocación sería de mecánico; me empuercaba pronto, desde muy temprano, tanto como para que mucha gente considerara a mi mamá una desobligada que no le hacía la lucha conmigo porque siempre andaba yo con la ropa hecha un trapo de limpiaparabrisas de crucero.

Pero cuando uno es niño, no sé muy bien por qué, arrojarse al suelo tiene cierto encanto. Supongo que todavía se siente la ilusión de poder volar, todavía es una especie de perrito que hace bizcos ante la pelota y la persigue y se enajena en cuanto la ve. Cuando uno le encuentra ese gusto al futbol o a la cocina o a la docencia, por decir algo, ese momento en el que el gusto es por tirarse tras la pelota sin importar casi nada, uno vive ese mundo cándido donde sólo hay lugar para uno mismo.

También, se convierte en la base para que uno muestre sus cualidades sin que sea ése el objetivo. Uno deja de tener que demostrar para hacer suyo ese espacio y esa posición, y sucede eso, ya se es lo que no se esperaba. Al final, luego de convertirme en una mascota que persigue su juguete, o gracias a eso, a que practiqué sin saberlo yo, como el más dedicado actor, y los ensayos eran en serio, terminé siendo un portero.

Dos cosas podrían concluirse en este pasaje. Todo es producto del ensayo, como diría Menotti, pero todo, también, es una parábola hacia una dirección que es casi imposible ver a la primera.

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