Cosas oídas al azar, cosas que, en una rutina casi imperceptible, se convierten en el destino, cosas que presenciamos como si estuviésemos espiando, cosas que leo... La sospecha de que todo lo que vivo es de contrabando

 

1.- Ruleta Rusa

Detrás de cualquier esquina, detrás de cualquier arbusto, en medio de mucha gente, pero siempre desde el exterior, veo y oigo y finjo, personalmente. Soy un acusado, ¿o estoy acusando a alguien? ¿Toda esta acumulación es el destino? Journal. Cualquier apunte es aleatorio, subordinado, cualquier diario o monólogo es teatral, se hace visible lo invisible. Pienso en una novela como Un héroe de nuestro tiempo de Mijaíl Lérmontov, la primera novela psicológica donde aparece de manera ya documentada, y capital, el juego de ruleta rusa. Pienso en la muerte anticipada en el lenguaje (no anticipada en la Literatura). Pienso en las palabras que aparecen con la realidad. Pienso en esos cinco diarios incoherentes de manera desarticulada. El orden cronológico es distinto a cualquier argucia estructural, pero igual que Pechorin no sé nadar, igual que Pechorin no quiero revisar la carga de las pistolas.

¿No confío ya en el azar sino en el destino como El Fatalista? Igual que Pechorin ¿en mí concurren hoy todos los vicios de una generación, y como dice Nabokov hablando del héroe, de varias generaciones, con lo que oyeron o creyeron haber visto también al azar? O al igual que en la novela de Lérmontov, ¿hasta qué punto lo que oigo no es sino lo que se acerca gradual y progresivamente —como sucede con esas cinco historias que crecen, giran, revelan y enmascaran sus contornos, alejándose y reapareciendo con una nueva perspectiva de luz como cinco cimas montañosas de un cañón en el Cáucaso— hasta tomar la palabra pero que para entonces, como pasa en la novela, ya ha muerto. ¿Qué o quién toma la palabra? Pienso en aglomeraciones de palabras por demás insignificantes que cobran vida. Pienso en frases banales que se vuelven ofensivas, en insuficiencias cómicas. En cuentos cuyo efecto se encuentra por todas partes, y en si uno se disocia o logra disociarse alguna vez de lo que escribe. O si al contrario todo queda superpuesto. Pienso en los diarios de Byron, Stendhal, Amiel. Pienso en Benjamin Constant, en Kafka y en Gide. Pienso en novelas psicológicas y en pistolas que jamás sabremos si están cargadas. Igual que en la novela de Lérmontov el que escribe es el que viaja (no el héroe). La intimidad es de uso ficcional en esta época documental y realista.

2.- Juego a que me convierto en instrumento de literatura

Escribir es encontrar fuerzas. Creo que todo empieza con un propósito de este tipo. Decides anotar, ser espontáneo. Uno adquiere algo parecido a la ‘objetividad’, y sin embargo uno tiene una versión de las cosas que las vuelve por demás extrañas, y eso precede a toda fantasía literaria. La publicidad es lo íntimo y viceversa.

[Continuará…]