Se podría escribir la historia de la humanidad a partir de la forma en que las culturas conciben y se enfrentan al dolor.

La mácula divina vista por los egipcios o los griegos, el camino rumbo a la muerte explicado por los mayas o el origen de todo el padecimiento humano, señalado por Buda, dan muestra de la manera filosófica, social y médica que cada civilización ha sorteado las complicaciones de la salud.

El dolor forma carácter, alimenta la reflexión sobre la existencia y hace que el afectado analice su actuar sobre el mundo hasta ese momento de oscuridad. Lo que nunca sucede en una sociedad como la nuestra donde a la menor molestia física chillamos hasta atragantarnos de aspirinas.

Estamos negados al sufrimiento. Somos unos verdaderos pusilánimes cuya cobardía enriquece a todo el sistema médico con las farmacéuticas en el más alto nivel de la pirámide financiera en torno a la salud.

Siguiendo esta premisa el poeta italiano Davide Rondoni explica: “Hoy por ejemplo la tendencia a ocultar el dolor o el intento de ‘anestesiarlo’ con su puesta en escena en los medios de comunicación, es índice de una humanidad encogida, sin libertad para afrontar un aspecto importante de la experiencia del vivir, una humanidad pobre y temerosa”.

Y en el mismo sentido, Rondoni abunda de manera perfecta la esencia del ser humano: “De cómo un hombre se coloca ante el problema del dolor se comprende cómo se coloca ante el problema de la existencia por entero”.

Yo, por ejemplo, soy bien pinche chipilón cuando me enfermo. Apenas sufro algún malestar corporal y puedo jurar que siento cómo me empiezan a desconectar de la Matrix

Si bien fui un niño enfermizo, de adulto me he amachinado. Por eso mismo me encabrona aún más “caer enfermo” (escritores decimonónicos dixit) justo cuando voy por la vida lo mismo trabajando, lo mismo mentado madres al PRI, pero siempre feliz y sonriente bajo el sol.

Desde hace una semana me agripé hasta agonizar. La tosogona no me ha dejado dormir y los mocos y los gargajos están haciendo un carnaval de mi cuerpo. Al momento de ir al baño recuerdo aquel verso de Pedro Garfías:

Cuando me levanto viene
lo bueno.
Me comienzan a sonar
todas las cosas por dentro.
La sangre me duele más
que los huesos,
los huesos me duelen más
que los sueños…

(A este hermoso poema hay que leerlo con el dramatismo y las flemas de la ocasión).

Como si se tratara de una epifanía, durante esta semana pensé en que diversos artistas han escrito obras magistrales en el umbral de los sufrimientos. Mozart o Marcel Proust son los mejores ejemplos de la genialidad nutriéndose del abismo.

Yo me puse a ver Netflix y a leer las memorias de Federico Gamboa. Vi películas medianonas y acabé las más de 600 páginas del libro, donde entre lloriqueo y lloriqueo por su exilio en el Caribe Don Federico no deja de halagar la belleza de las habaneras.

La conciencia de tener un cuerpo a medios chiles afecta el funcionamiento diario. Se extraña hasta el más mínimo detalle de la cotidianidad. Desde las visitas a la biblioteca hasta la caminata bajo el sol en Gringotitlán.

Una tras otra las bendiciones se multiplican sin poder disfrutarlas completamente. Es una verdadera chinga eso de amanecer moquiento día tras día hasta que a la enfermedad le dé la chingada gana de menguar. En medio de la podredumbre de los padecimientos se entiende muy bien de qué se trata el dolor: la incapacidad de obtener lo que verdaderamente se desea en la vida.

En este momento yo muero por una michelada.

  • Ilustración: Edvard Munch