Hablemos todos, señoras y señores, de la estulticia del género humano y de su curiosa, por no decir enfermiza, manera de confiar en la voluntad propia a ojos cerrados.

Como el lector que bien conoce a su perro latoso y deja los libros a su alcance, confiando en que mantendrá las pastas intactas, no les hará ni un solo rasguño y, en cambio, se pondrá a leer un par de capítulos por mera voluntad. Ajá, justo así.

Para invitar a una reflexión profunda, que cale en los huesos del lector al sorprenderse a sí mismo como víctima de sus propios engaños, basta citar algunas promesas típicas de una persona típica con un raciocinio típico.

Si usted, querido lector, no se identifica con ninguna de las casuísticas que a continuación serán enunciadas y cree encontrarse fuera de la población típica, déjeme decirle un par de cosas pequeñas en abundancia, pero considerables por su verdad: usted ha presentado un cuadro típico de negación típica, uno de los factores más evidentes de reacción para considerar típica a una persona.

Por otro lado, puede también que usted se esté autoengañando, en un intento por escapar de la tipicidad que tanto ha estigmatizado la sociedad actual

En cualquiera de los casos, esté usted tranquilo; me sirvo a informarle que su padecimiento no es grave y no existen estudios ­–todavía­– de que sea un factor de muerte temprana; además de que, en teoría, si nadie fuera típico, sencillamente, todos lo seríamos.

Cuando su afectísimo servidor completó alrededor de diez primaveras, aún con desconfianza por el mundo, comenzó la confianza cantada ­–y en exceso­– a la voluntad propia, que comenzaba a esbozar una silueta borrosa muy dentro de su ser.

Es bastante complejo identificar en qué edad o en cuál etapa de la vida empieza a forjarse la voluntad, el libre albedrío que durante la infancia es gobernado por las decisiones de los padres o, en caso de que comience a manifestarse a deshora, se ve sutilmente influenciado por una chancla o un cinturón, dependiendo ya de manera sustancial de los métodos persuasivos de la madre.

El buen Arjona logra retratar de modo muy acertado esta represión, por incompetencia, para decidir durante la infancia: “Me bautizaron cuando tenía dos meses y a mí no me avisaron; hubo fiesta, piñata y a mí ni me preguntaron”, ¡vaya caso!

De cualquier modo, por incompetencia o por represión, el fenómeno del autoengaño parte del origen de la voluntad, y ésta, a su vez, aparece desde que uno es capaz de realizar una acción de manera autónoma

A partir de los primeros indicios de la voluntad uno comienza a forjarla, a darle forma; uno comienza a aprender mediante la observación su funcionamiento. Es muy sencillo entender el mecanismo detrás de aquello que sustenta la voluntad: si te propones a hacer algo en determinado tiempo y lo logras, es gracias a ella, que ha reconocido los riesgos y contrapartes de no hacer lo que te has propuesto y, por ende, te ha impulsado a hacerlo. En estas instancias ya has generado un vínculo de confianza entre tú y tu voluntad: la quieres, la cuidas, la valoras, la nutres y, si no eres lo suficientemente egoísta como para creer, erróneamente, que tu voluntad y tú son uno mismo, le agradeces. Aquí, señoras y señores, queda expuesto el meollo del asunto: la confianza.

Existe una trampa que el cien por ciento de la población pasa inadvertida: la voluntad no es Oxxo para funcionar las 24 horas del día en los 365 días que componen los años ordinarios. La voluntad es muy amiga de la disciplina, cuesta mantenerla y tiene sus días de asueto. Conocer este punto, señoras y señores, dicen los que saben, pudo haber evitado el fin de muchas civilizaciones y la derrota en muchas guerras.

Cuando la confianza ya se ha asentado y ha puesto sus tiendas de campaña, tal y como una horda de huelguistas frente a cualquier palacio de gobierno, es trabajo difícil removerla, ya ni se diga desterrarla permanentemente de los terrenos que ha hecho de ella.

Lo vemos en todas partes. La última vez que pospuse la alarma de las 5:30 para levantarme 5 minutos después, la voluntad andaba de vacaciones y cuando volví a abrir los ojos, el sol ya se alzaba a una altura considerable con una sonrisa que me gritaba iluso a ojos vistos.

Hace algún tiempo, por poner otro ejemplo, una tía cercana compró uno de esos aparatos para hacer ejercicio que tanto anuncian y anuncian durante tiempos eternos en la televisión. Ella era una mujer decidida, dispuesta a romper las barreras que existían entre correr diez metros y sus kilos de más, era el reflejo de una mujer empoderada que rompía las cadenas del sedentarismo para entrar con ganas a la actividad física y verse después en el espejo sin ningún miedo interno. En la actualidad, señoras y señores, entrar a su casa presupone esquivar ese aparato gigante, ahora con función percherial, cubierto con prendas de vestir y cinturones colgados que atiborra la entrada.

Y esto ya va más encaminado a los propósitos de año nuevo que nos imponemos más por tradición que por ganas de hacernos un bien. Mas no hagamos de esto una crítica a dichos propósitos; siéntanse libres de seguir engordando las listas con metas para cumplir el siguiente año, que de eso se mantiene la esperanza.

Lo peor de todo no es el fallo de nuestra voluntad, ni mucho menos el hecho de que nos hayamos equivocado y que seamos las víctimas del caso, los buenos de la película

Lo enfermizo radica en el grado privilegiado de conocimiento del futuro que nosotros tenemos al asegurar que haremos algo que sabemos mentira. El autoengaño como método de posposición de nuestros pendientes es una tendencia que va a la alza, no sólo en el planeta Tierra, sino también en galaxias circunvecinas y universos ajenos al nuestro.

Nos hemos convertido, señoras y señores, en una burla de nosotros mismos, a los que ya no nos es suficiente con la burla al prójimo, si no que hemos ido más allá de cualquier obstaculización que nos impida engañar a alguien ajeno a nuestra persona. Implica incluso un falso y preocupante desdoblamiento de personalidad múltiple: “esto no lo haré yo, que lo haga mi yo del futuro”; a sabiendas que ni el del futuro ni el del presente moverán el dedo meñique.

¿Será acaso el autoengaño un artificio mental de supervivencia para conseguir un acceso al descanso del pensamiento y evadir responsabilidades actuales, señoras y señores?, les pregunto. Será quizá también una jugarreta de la selección natural, observada por Darwin hace ya algunos siglos, para desintoxicar nuestro mundo tan dañado. Yo no lo sé de cierto.

Lo que sé es que a mi abuelita le habría sido de más provecho consumir el complemento alimenticio para diabéticos, cuya venta le llevaron hasta las puertas de la casa, que al horno de microondas en que lo dejó a merced del polvo tan luego como lo compró.

  • Ilustración: Ivana Besevic