Lois Greenfield es una maestra de la imagen perfecta. Una privilegiada en la captura de la belleza ondular del cuerpo que se manifiesta en saltos, caídas, giros y contracciones.

Greenfield (1949. Estados Unidos) ha sabido atrapar el momento justo en que el cuerpo humano logra iluminarnos con el antiguo y sagrado encanto de la danza, ese movimiento que traslada el giro de las galaxias y los astros. El sueño vivo de la sangre hirviendo.

Los movimientos de un bailarín ilustran el paso del tiempo, lo que supone una sustancia, la materialidad y el espacio. En mis fotografías, el tiempo está detenido, una fracción de segundo se convierte en una eternidad, y un momento efímero es sólido como una escultura”, ha dicho Greenfield sobre ese arte que manifiesta la vida espiral iluminada.

*Ruleta Rusa te sugiere escuchar la belleza del sol que nace en esta obertura de Jean Baptiste Lully y la danzarina poesía de Gabriela Mistral.

La bailarina

La bailarina ahora está danzando
la danza del perder cuanto tenía.
Deja caer todo lo que ella había,
padres y hermanos, huertos y campiñas,
el rumor de su río, los caminos,
el cuento de su hogar, su propio rostro
y su nombre, y los juegos de su infancia
como quien deja todo lo que tuvo
caer de cuello y de seno y de alma.

En el filo del día y el solsticio
baila riendo su cabal despojo.
Lo que avientan sus brazos es el mundo
que ama y detesta, que sonríe y mata,
la tierra puesta a vendimia de sangre,
la noche de los hartos que ni duermen
y la dentera del que no ha posada.

Sin nombre, raza ni credo, desnuda
de todo y de sí misma, da su entrega,
hermosa y pura, de pies voladores.
Sacudida como árbol y en el centro
de la tornada, vuelta testimonio.

No está danzando el vuelo de albatroses
salpicados de sal y juegos de olas;
tampoco el alzamiento y la derrota
de los cañaverales fustigados.
Tampoco el viento agitador de velas,
ni la sonrisa de las altas hierbas.

El nombre no le den de su bautismo.
Se soltó de su casta y de su carne
sumió la canturia de su sangre
y la balada de su adolescencia.

Sin saberlo le echamos nuestras vidas
como una roja veste envenenada
y baila así mordida de serpientes
que alácritas y libres le repechan
y la dejan caer en estandarte
vencido o en guirnalda hecha pedazos.

Sonámbula, mudada en lo que odia,
sigue danzando sin saberse ajena
sus muecas aventando y recogiendo
jadeadora de nuestro jadeo,
cortando el aire que no la refresca
única y torbellino, vil y pura.

Somos nosotros su jadeado pecho,
su palidez exangüe, el loco grito
tirado hacia el poniente y el levante
la roja calentura de sus venas,
el olvido del Dios de sus infancias.

Gabriela Mistral