Sometemos a múltiples usos y abusos a nuestro dedo índice.

De ordinario no reparamos en que le sienta bien o no. Nos importa un muégano el que padezca la hirviente sopa cuando lo introducimos a esa alberca de fideos y verduras en julianas. Hacemos de él un lacayo tímido o feroz, según sea el caso, cuando le obligamos a tocar el timbre del domicilio donde rara vez somos bienvenidos.

Supongo, que de manera mecánica e inconsciente, lo llevamos a pastar con gula obligada a todas nuestras cavernas corporales. Consideremos una bendición el que no tenga boca, porque de lo contrario no pararía de refunfuñar ante nuestros salvajes caprichos. Ladraría, estoy seguro, cada que sobara el impertinente forúnculo, cada que fuera restregado en el lacrimal para remover legañas.

Además, no contentos con la rusticidad de nuestros tratos hacia él, afeamos su pinta con una boba uña de filo y precisión emparentadas con el serrote abandonado bajo el frigorífico. Debido a una atroz alcahuetería no aseamos a esa uña. Dejamos que la mugre tomé ahí su lugar, como una especie de ermitaña inofensiva. Y bien sabemos que aquello de lo que se compone rebasa al cieno donde los puercos se solazan.

Todas estas humillaciones, y otras que omito para no hacer más escándalo, son poca cosa cuando violentamos al dedo índice para que señale los defectos del vecino

Con él apuntamos, a quemarropa, todos los delitos, las faltas, los pecados que notamos en alguien que no sea nuestra persona. Quemar al otro, como nerones puntuales en su arte, es una vocación de la que no estamos dispuestos a renegar. Ver en las películas a un crápula, o a un obseso de las prácticas sicalípticas, parece conferirnos el derecho a tildarlo de aberrante porque nos sentimos exentos de esas inclinaciones. Pero todo parece indicar que aquella sordidez que vemos en el otro, en el personaje, respira en las alcantarillas de nuestro propio interior. Y escasa, o nulamente, estamos dispuestos a aceptarlo.

Sucede que viendo algunos documentales y películas del director austriaco Ulrich Seidl me han venido todas esas cosas a la cabeza. Cuánto de patológico hay en mis actos, en mis gustos y en mis diversiones. Esa, y otras preguntas, fueron saltando como pulgas excitadas en mí mientras el televisor reproducía las películas (en un maratón obligado por la gripe y obsesivo por lo delirante de mi gusto), de ese director que trata de encontrar la belleza en la supuesta fealdad.

Ante quienes han demarcado su cine como un implacable retrato de la sociedad austriaca, como un fotógrafo de la ruina moral de esa Europa regodeada por su cuestionable avance (en términos de bienestar), ante esos que asoman su eurocentrismo, ponderando a Ulrich Seidl como uno de sus mayores patólogos, habría que hacerles notar que la gama de personajes, reales o ficticios, que pueblan el cine de Seidl está más cercana al modelo de lo universal que a las particularidades regionalistas.

Cuando vi la película Import/Export (2007) me pareció tan cercana, tan familiar, que me fue imposible no sustituir a Austria por Estados Unidos y a Ucrania por México, o a Austria por México y a Ucrania por El Salvador

A su vez, el personaje austriaco, blanco, caucásico, frente al turco, al africano, bien puede ser el caso de los güeros frente a los mestizos, de los mestizos frente a los indígenas, de los indígenas frente a los impuros, etc. No quiero decir con esto que es fácil, meramente sustituible, lo que plantea Seidl.

Cada uno de sus personajes, ya sean humanos, estereotipos o topografías se configuran como las llamadas, por Paul Ricoeur, “metáforas vivas”, es decir, como casos de intraducibilidad, pues es el conglomerado de potenciales interpretaciones lo que las constituye. Quiere decir lo anterior que las películas de Ulrich Seidl no tienen significado, que no resisten ante ese cuestionamiento. Para nada.  De hecho, es lo contrario. Son plenas de significados. Todo depende del espectador y  de lo que lo condiciona, en el más amplio sentido, a éste.

De ahí, quizá, que yo me haga de otras metáforas para tentar una comprensión de esas metáforas que él plantea ¿Acaso el personaje de la mujer fanática, Anna Maria, de Paradies: Glaube (Paraíso: Fe) no es el caso del idólatra de iconos pop (en los cuales fundamenta su razón de súbdito, de placer, de odio y luego de arrepentimiento)?

En fin, más vale que no me enrede más con eso. Lo que sí me parece difícil de dudar es cada personaje, real o ficticio, de Ulrich Seidl nos interpela hasta el tuétano.

Por más extraña que sea la parafilia de alguno de los personajes de Ulrich Seidl no deja de cuestionar mis adentros

He leído en muchas críticas especializadas en cine que este director austriaco se concentra en lo sórdido y repugnante. No voy de acuerdo con esa orientación de lectura. Creo, por lo dicho en algunas de sus entrevistas, que su planteamiento fílmico radica en el concepto del espejo que refleja a quien se para frente a él. Sus personajes son nuestros recovecos internos, basta con reconocerlo, pese a que esto no nos deje bien parados. No somos esas almas caritativas, o esos cuerpos impolutos, que fácilmente le endilgamos a nuestra personalidad o a nuestros actos.

He intentado evadir a toda costa la reseña, la sinopsis, el hoy llamado spoiler de la trama de cada uno de los films de Ulrich Seidl para no detallar aquello que el espectador encontrará sin necesidad de un torpe lazarillo. Lejos de incomodarme sus películas, como les ha pasado a muchos, a mí me resultaron de una belleza hiriente, además de enteramente ilustrativas para el conocimiento de sí mismo, hoy lastrado por la abundancia de recetas charlatanescas y gorilas disfrazados de gurús.

No son las películas de Ulrich Seidl las que nos señalan con un inclemente dedo índice nuestras tropelías, somos nosotros los que nos vemos orillados a hacer este ejercicio de autoexploración, de bajar al sótano de nuestra vida.

George Bataille no se cansaba de afirmar que la oscuridad (de nosotros mismos) no miente y que era necesario explorarla, también, de la misma manera, Carl Gustav Jung nos invitaba a conocer nuestras “sombras”; así Ulrich Seidl parece darnos la bienvenida cuando se trata de adentrarnos en nuestro propio infierno.

Dejo aquí mis madejas mentales en torno a este director y de paso trascribo, para finalizar, un link para quien se sienta tentado a ver algunas de sus películas y documentales:

http://www.rinconcinefilo.com/?s=Ulrich+Seidl