En este Día de San Valentín recuerdo tres breves relatos de gente enamorada y desconocida salvada por el amor, mismos que me marcaron por su particularidad.

 

I

Un hombre atlético, brasileño, como de 45 o 50 años, me cuenta sobre su mujer recién fallecida. Dice que ella murió a los 102 años y que, durante sus últimas dos décadas, él fue su pareja. Ella tenía 82 años y el casi 30 cuando ella le dijo: quédate a vivir aquí, nos hace bien la compañía.

Me cuenta que vivió de cerca la extinción natural de una persona y que es increíble la muerte.

Nos conocimos mientras caía un amazónico aguacero en Central Park. Resguardados entre lánguidas plantas no tuvimos más remedio que hablar, empapados. Me recordaba a Romário de Souza y desde ese día las hojas de mi Ensayo sobre la Ceguera están chuecas porque mi mochila de yute no las protegió.

Vi claro cómo fue haciéndose pequeña, como si se convirtiera en bebé de nuevo, me cuenta maravillado. El último año me pedía que no le diera de comer pero no podía hacer eso. Murió en posición fetal, sentencia casi como un cliché y todo lo que cuenta el hombre me suena como un réquiem.

Porta la indumentaria de un runner (tenis Asics, short y camiseta ultradelgada Under Armour) y también me confiesa que de no haberla conocido, él estaría muerto.

Llegó a Nueva York en 1990 y se enganchó con la cocaína casi una década. Sus fiestas duraban días. Contrajo VIH. Debí morir en una pista, me dice con esa risa brillante que lo hace parecerse más a Romário. Ella era judía, psicóloga y poeta. Me cuenta que su mujer creó una terapia con poesía pero no me puede explicar con claridad en qué consistía. Dice que así hizo su fortuna, por méritos propios, aunque provenía de una familia con dinero de la que se distanció totalmente desde los 20 años.

No fue nadie a su velorio, solo entonces le creí eso que repetía siempre: que ella estaba sola, sola, sola, que no tenía familia y que así quería morir… hasta que me conoció. Nadie, ni un tío o un primo o un hermano, ningún familiar estuvo en su funeral, también sonriendo relata sorprendido. Me dice que tampoco, absolutamente nadie, ha reclamado nada, sin precisar qué podría reclamarse.

Durante toda la conversación (al menos 40 minutos) él repite constantemente lo mucho que aprendió de ella. Y que la extraña mucho.

 II

Tal como ocurría en la mitad del siglo pasado, Ella terminó ‘cedida’ por su mamá a su tía.

La tía la crió desde los tres años. Con el paso del tiempo Ella pasó de ser parte de la familia a empleada doméstica de la tía y de sus hermanos y primos. Excluida por completo, durmiendo en un antiguo ropero, Ella creció físicamente pero mantuvo la edad mental de una niña.

No podía salir a la calle a no ser que fuera a la iglesia. No cambiaba de zapatos hasta que se le salieran los dedos. No opinaba. No aprendía. No decidía. Sólo servía. Pero eso se acabó cuando Ella cumplió 40 años.

Ella sintió siempre que podía aprender rápido. Lo sabía porque memorizaba la liturgia y podía contar el número de caracteres del credo y luego acordarse cuantas letras tenía. También pensaba que había cosas injustas (como cuando le quitaban el dinero que ganaba por planchar ropa de los vecinos) pero su mente infantilizada a la fuerza no le permitía ver con claridad o actuar contra los atropellos.

Un hombre como de 60 años, dueño del establo del pueblo estudió los pasos de Ella y fue acompañándola los martes y los jueves en parte de su trayecto a la iglesia. En ese camino le habló de cosas fascinantes relacionadas con vacas y borregos y un día, después de varios meses, le propuso huir con él. Ella escapó y nunca volvió a los maltratos. Todos en la casa se escandalizaron.

Supieron una década después que Ella murió de un infarto porque el señor de 60 les fue a informar, llorando inconsolable. ¿Por qué la trataron así?, les dijo antes de irse.

Todo lo anterior pasó en Puebla.

 III

Un maestro habla de repente de su vida privada. Cuenta que se ha divorciado tres veces y casado cuatro. En todas las ocasiones con la misma mujer.

Él fue un reconocido periodista y ella es aún una escritora con cierto prestigio. Ambos españoles. Conviví con ellos en una cena en Cartagena, Colombia. Pelearon todo la noche por la precisión del español, por cosas como “Por favor, son verduras, no vegetales”.

Cuando mi maestro murió, ella le organiza un homenaje que varios periódicos en español cubren.

El amor. Ese misterio.

  • Ilustración: Marc Chagall