Cuando reparo en que mi cabeza es un laberinto, no hallo la manera de sentirme tranquilo.

 

I

De estar escuchando leer sus poemas a un autor joven paso al antojo de panecillos de chocolate, y al ingerirlos me da por acordarme, vagamente, de versos que no van al caso. Así pasó la noche anterior. Cenaba, y a cada mordisco que le propinaba a un muffin, me resultaba imposible no dejar de pensar en el poema The Oxen (Los Bueyes) de Thomas Hardy. Luego, para que resbalara bien el postre, bebí café (repelo la leche), y me asaltó la gruesa figura de Tomás de Aquino. Consigné en un apunte lo siguiente. 

II

Aun escribiendo, en el presente, un grueso volumen de mil páginas no se le haría justicia a la obra del filósofo, teólogo y santo, Tomás de Aquino. Dirán los que son expertos, y también los medios enterados, que eso ya se hizo antes y con creces, lo cual es cierto. Su vida y su extensa, colosal obra han dado motivo para que hermeneutas, glosadores,  aduladores y detractores no paren y reparen en extenderse. Y todos concluyen sus acercamientos con la confesión de no poder abarcarlo.

A casi mil años de un natalicio, Santo Tomás de Aquino sigue dando catedra, librando batallas con argumentos finos, que hoy ya no son moneda que valga, y manteniéndose sereno ante sus oponentes

Ha de dolerles en el orgullo, hasta el presente, a los averroístas latinos el que Tomás les refutara su versión aristotélica del origen del mundo y de la inmortalidad del alma, que les solucionara, con indiscutible esclarecencia, la armonía entre el conocimiento racional y el de índole sobrenatural. Por supuesto, no faltan tampoco los molestos que lo acusan de haber cristianizado en demasía al Aristóteles que él leyó en la versión de Guillermo de Moerbeke. Y no sobran los entusiastas que ven el Doctor Angélico a un contemporáneo interlocutor de quienes han hecho prestigio girando a la ontología. Algunos de mis maestros, que fueron y son tomistas, me llegaron a plantear cómo este Santo ya había aventajado en lo que Heidegger apenas intuía.

Pese a cierta coerción metodológica y didáctica, pues estudié con dominicos, nunca me incliné por la filosofía de Tomás de Aquino. Más de las veces lo leí por obligación y con cierto abatimiento. También caí en la trampa, como cualquier estudiante de filosofía, de creerme aventajado para despostillar su prestigio con críticas que rayaban, desde el planteamiento, en lo pedestre y obsceno. No olvido mis tuertos argumentos ad verecundiam, menos los infamantes ad hominem que llegué a proferir sin empacho ni rubor; alguna vez me valí de acusar la gordura del Aquinate para desacreditarlo  como santo. A distancia le doy la razón al doctor Jesús García O. P., el único dominico al que extraño, cuando me inducía a la prudencia para no asomar mi aberrante ignorancia.

Casi puedo asegurar, que de leer Jesús García este apunte, él todavía me seguiría invitando a ser un observador silente, como lo fue Tomás de Aquino

III

Amable, e incluso elogiosa, la invitación a guardar silencio, venga de quien venga, hoy se toma por revés, por escarnio o represión dolosa. La habladuría hoy goza de una reputación patológica. Todos nos sentimos oportunos y necesarios oradores donde nadie escucha, porque, obviamente, los otros hacen lo propio.

Me gustaría citar, al dedillo, alguna cuestión donde Tomás de Aquino, a su manera, expusiera este tema, pero como ya lo he mencionado, nunca lo leí con la atención debida. Lo que si recuerdo es una anécdota, muy sobada por cierto, pero que viene al caso.

Entre los años 1248 y 1251 tocó la suerte a Tomás de Aquino de ser alumno de Alberto Magno. Se sabe, por los biógrafos de ambos, que Tomás era un atento aprendiz de las lucubraciones de su maestro Alberto de Bollstädt. Esa atención que ponía Tomás, para algunos de sus condiscípulos del Rhin, era motivo de burlas e ironías.

Lo creían abobado y oprimido por el peso de la ciencia que profería su maestro, de tal manera que le llegaron a apodar Buey mudo de Sicilia

Alberto Magno, descendiente de los condes de Bollstädt, al que nada se le iba y de todo estaba enterado, supo del mote que le colgaban a su discípulo. Pero también estaba al día de las dotes intelectuales de Tomás; de hecho, le intrigaban. Para zanjar la mordacidad de los compañeros de Tomás, a Alberto se le ocurrió encargarle un Acto Eclesiástico sobre un tema espinoso, al cual supo darle solución impecable Tomás.

Luego Alberto, para quitarse cualquier resquicio de duda sobre la lucidez de su alumno, lo espetó con cuatro silogismos apabullantes. Tomás los deshizo como lo había hecho en la primera encomienda. Contento y asombrado Alberto Magno expresó lo siguiente: “Nos vocamus istum Bovem mutum; sed ipse adhuc talem dabit in doctrina mugitum, quod in toto sonabit” (Llamáis a éste el Buey mudo; pero yo os aseguro que este Buey dará tales mugidos con su ciencia, que resonarán en el mundo entero).

  • Pintura: Carlo Crivelli