Traté de no tomarme muy en serio la gripe anual que de ordinario me manda a la cama.

 

1

Por unos días pareció funcionar esa mentalización, pretendía rehuir del moqueo latoso y de la automedicación ritual con infusiones y uno que otro brebaje que despertaría la envidia de la cicuta. Incluso creí haberla librado, salir casi indemne de esa batalla contra el catarro.

Ya no iban a figurar cientos de húmedos cuadritos de papel higiénico en el bote de basura, las flemas serían las del fumador pero no la del candidato a neumonía. En el fondo sabía que todo esto apestaba a patraña, a autoengaño, pero cínicamente opté por olvidarlo para no ir a parar al médico, figura que, dentro de mi propia mitología, me trae amargos recuerdos.

En fin, diez días después, la gripa volvió y se hizo presente de manera escandalosa, como el abonero incansable que tumba con su solo puño la puerta del moroso. Y ya son más los días que he pasado en cama que en la calle. Vagar, por ahora, es un lujo fuera de mi alcance y fuerzas psicomotoras. Quizá pueda probar con escribir un diario íntimo, a la manera en que lo hizo el hipocondríaco Henri-Frédéric Amíel, pero tal empresa me parece descabellada. Una simple gripa no da para emborronar las diecisiete mil páginas que constituyen el Diario íntimo de Amíel. Haré notas, eso es en lo que me ocuparé.

2

Dado que no soy matemático me es imposible entretenerme, mientras vegeto en la cama, en encontrar la solución a las ecuaciones no lineales de segundo orden como las Navier-Stokes. Entonces opto por cosas más terrenas y a mi alcance como ver las estrías del techo. Al paso de los minutos percibo, en esas estrías, un rostro que aún no alcanzo a identificar. Definitivamente esta pareidolia no es de índole mística, es decir, no estoy viendo el rostro de Cristo o la cara de la Virgen de Guadalupe. Trazo en un pedazo de papel los más pronunciados rasgos de ese rostro que me ausculta desde el techo ¿Quién será este melenudo y bigotón personaje que me visita entre los delirios donados por el catarro y el broncoespasmo? Estoy seguro de conocer el nombre de ese rostro pero no lo puedo recordar. Creo que lo mejor será dormir un poco y olvidar este asunto.

3

Soñé con un pleito. Podía ver con claridad el cuadrilátero, al cual iluminaban cientos de luces neón, también había edecanes con pancartas que anunciaban el respectivo round, campanadas, golpes de puño cerrado al hígado o a la cara, llaves, contra-llaves, filomenas, huracarranas y mucho alboroto. Creo que desde niño no soñaba con un escenario de esa naturaleza.

Para mi sorpresa, llegué, y eso sólo me ocurre en los sueños, en el momento en que terminaba la pelea de relleno para dar inicio a la función estelar: dos enmascarados frente a una cabellera, en la cual estaban involucrados tres intelectuales que hoy en día son personajes famosos, casi súper estrellas de un mundillo que se creía inmune a la sarna del rating.

Lucharán de dos a tres caídas sin límite de tiempo… en esta esquina tenemos al insolente Tonel Sloterdijk… en la esquina contraria tenemos a la dupla melancólica compuesta por el Algodones Habermas y el Mostacho Honneth…”

Creo, si no me falla la memoria, haber visto en las primeras butacas aledañas al cuadrilátero, a un Alfred Jules Ayer coreando albricias, junto con Noam Chomsky, a los del Institut für Sozialforschung, el Johann Wolfgang Goethe-Universität  Frankfurt am Main.

Tanto el Algodones Habermas como el Mostacho Honneth se estuvieron relevando, y a veces hasta amontonando, para derribar y vencer al Tonel de Karlsruhe. Pero este gran oso germánico, así lo llamaba el exaltado comentarista de la batalla Perry Anderson (sí, el historiador y ensayista inglés), les salió muy mañoso y lleno de trucos. Finalizada la lucha, el réferi levantó el brazo al Tonel Sloterdijk. La cascada de fotos y aplausos no se hizo esperar.

Un ruido que parecía ajeno a ese ambiente fue cada vez más insoportable, era la alarma para mis medicinas y tuve que despertar. Al ingerir las píldoras pensé: quizá un día se interese algún excéntrico promotor de Las Vegas en pactar estos pleitos, las academias definitivamente no padecerían de recursos, ni de caníbales letrados dispuestos a hundirles los ojos a sus adversarios.

4

Repaso mentalmente el sueño y me ruborizo por haberlo disfrutado. Quien esté al tanto de pleitos entre filósofos sabrá que mi sueño sólo deformó un par de capítulos de la biografía de Sloterdijk. Más que polemista, este filósofo es hiperbólico en más de un sentido.

Y ahora que escribo estas palabras sobre semejante figura, me viene a la cabeza el recuerdo de la cara que primero vi en las estrías del techo y luego bosquejé en el papel corrugado. Quizá era él, o eso quiero creer. En varios de sus libros traducidos al español aparece su rostro en las portadas. Bueno, los caminos de la memoria son laberintícos y los del autoengaño una reverenda maraña de estambre que la abuela no tiene intenciones de desenredar.

Me da gusto, aunque esté en cama sin fumar, mencionar a Sloterdijk, al cual, como autor, conocí fuera del mundo académico

No recuerdo haber escuchado su nombre, o alguna de sus obras, en voz de algún patológico dominico. Y hasta cierto punto es comprensible ese asunto. En la escuela donde yo estudié la licenciatura en Filosofía había más gusto, y claro, comodidad en tratar asuntos clásicos y medievales. La modernidad filosófica era repasada como un estercolero obligatorio para no restar cierta erudición que algunos profesores intentaban inculcarnos.

De la actualidad filosófica, como eso que se llamó posmodernidad, se hablaba rara vez y de mala gana, casi siempre bajo el amparo de un sermón soporífero, que más que invitar a leer a sus figuras parecía querer asustarnos ante ese conglomerado de sospechosos por oficio. No trato de hacerme la víctima derramando lágrimas de hiel por esa formación, la cual, después de años, me sigue pareciendo respetable. De no haber estudiado, con el ahínco que se nos sugería, la filosofía clásica y medieval no podríamos, al menos yo, hincarle el diente a textos de filosofía contemporánea, como los que escribe Peter Sloterdijk.

5

Leí por primera vez a Peter Sloterdijk hará unos quince años. Gabriel Márquez de Anda, el único poeta de León que se presenta como humorista hidroplánico, me despertó la curiosidad por este autor. De hecho, Gabriel se escandalizó cuando le dije que no sabía nada de ese Peter: “¡Cómo que no lo has leído!… pues no pierdes nada, salvo lo cínico, en echarle un ojo a su ‘Crítica de la razón cínica’, son poco más de setecientas páginas de humor de verdad, no de malos chistes que presumen de poemas”. Vale, lo haría, pero no tengo ese libro ni dinero para comprarlo, fue lo que le respondí a Gabriel.

Él, amablemente, me remitió a la Biblioteca Central, lugar al cual no considero apto para leer este tipo de libros, quizá ninguno. Meses después me hice de la Crítica de la razón cínica en un grueso fajo de fotocopias. Luego, también en fotocopias, leí el ensayo que Sloterdijk escribió sobre Nietzsche: El pensador en Escena (El materialismo de Nietzsche).

Ya luego llegaron otros de sus libros a mis manos, a veces prestados, otras por vía electrónica en archivos PDF. Leo desde entonces más a este filósofo por curiosidad que por sistema, para diezmar mis impulsos melancólicos de pacotilla, para robarle algunas bravatas y quitarme la cara de palo, también lo leo para darme cuenta qué pasa conmigo y con el mundo donde estoy, y quizá también lo leo para evitar, como me lo decía Gabriel, a humoristas chatos que hacen espontánea carrera de pensadores o poetas.

6

Ya casi cae la noche y la gripe no deja de molerme. A ratos me da tregua y es cuando puedo anotar estas vaguedades. Hace rato pensaba en que no sería mala idea, sino pésima, escribir un ensayo sobre ciertos temas que Sloterdijk desarrolla en algunas de sus obras.

Que se lleven esta tarea las ratas de academia o los eruditos no pedantes (los cuales son tan raros como los maletines atiborrados de billetes que uno quiere encontrarse en la calle). Yo, de plano, me declaro insolvente ante ese tipo de empresas. A la academia le dije adiós hace un buen rato y erudito no soy. Porque supongo que quien se las vea con Peter Sloterdijk como autor a tratar, tendrá que haber leído lo que va de su obra (el setentón Tonel de Karlsruhe no para de escribir, publicar e incendiar la corbata de sus colegas), además de tener, siendo amables, mínimo la octava parte de los conocimientos que amasa don Peter, los cuales, sólo por mencionar algunos, van desde la obvia filosofía a la germanística pasando por la historia y el orientalismo, además de un bastante largo etc., que asustaría al diablo más viejo de nuestras pesadillas.

Ahora, esto no es una prohibición, nomás es un tanteo. Abundan excelentes textos, sin las anteriores características que yo exigiría, pero son más los que aburren y hacen tedioso a este filósofo ajeno al melindre y a la vulgaridad solemne.

Por cierto, muchos de sus comentadores, los típicos catedráticos que hacen de epígonos serviles, le han sacado partido a costa de raparle todas sus desmesuras y carcajadas a Sloterdijk

7

Creo necesario tomarme un descanso del obligado reposo en cama. Me levanto a buscar entre mis archivos la Crítica de la razón cínica. Después de hurgar, como hace el avaro ante la inminencia del tesoro, encuentro el viejo fajo de fotocopias. Las letras de algunas páginas ya casi son invisibles, otras están subrayadas con una simbología que ahora me resulta críptica.

Leo sin orden fragmentos marcados con horizontales coloradas. Esta llama mi atención: “Apenas ha habido nadie que, ocupándose de Kant, no haya tratado el enigma de su fisonomía. Con el principio romano de ‘mens sana in corpore sano’ no se comprende su apariencia. Si es cierto que el ‘espíritu’ se busca el cuerpo correspondiente, entonces, en el caso de Kant, ha tenido que ser un espíritu que encontraba su placer en las ironías fisonómicas y las paradojas psicosomáticas, un espíritu que en un pequeño cuerpo seco ha escondido una gran alma; bajo la encorvada espalda, un andar erguido, y en un ánimo hipocondríacamente violentado, un humor social y suavemente cordial como para tomar el pelo a los posteriores adoradores de lo vital y de lo atlético”.

Casi estoy seguro que más de algún detractor de Sloterdijk ya se tomó la molestia de invertir los términos del anterior párrafo para arremeter algún golpe ad hominem  contra don Peter. En la prensa internacional a veces se alude a que cuando él habla de política es un asunto pesado o de voluminosa preocupación.

8

Es de noche y pronto tendré que cenar algo. Creo que aún hay caldo de pollo. Será cosa de recalentarlo, al igual que el té con el que ingeriré un par de desenfrioles. Qué día tan difícil para mi cuerpo, acostumbrado, como animal silvestre, a los exteriores.

No me agrada estar gimoteando a mis 35 años, así que mejor le sigo con la Crítica de la razón cínica, la cual, por cierto, cumple 35 años de haberse publicado por primera vez en alemán, cuando Peter Sloterdijk tenía la edad de 35 años.

A veces, sólo por llevar la contra o intentar ver las cosas desde su lado chueco, me da por divertirme con las numerologías que me proponen los llamados charlatanes. Hay que admitir que su inventiva va de la mano con su descaro y con nuestra obcecación por la milagrería, o que su falsedad ya está reflexivamente amortiguada. Esta última frase pertenece a Sloterdijk, y la ocupó en la CRC para acotar lo que él entiende por cinismo. Pero intentaré ir por orden sin sentir tentación por lo exhaustivo.

9

Kant celebró a su manera, con la Crítica de la razón pura, el advenimiento de la Ilustración; al someterla, en otros textos de su autoría, a una revisión y lectura hizo conciencia de ella, es decir, vio signos de una verdadera emancipación del hombre respecto de su sombrío pasado.

Peter Sloterdijk no será tan festivo como Kant y hará chocar, con su Crítica de la razón cínica, a la experiencia que nos funda como modernidad globalizada, el cinismo, o la “falsa conciencia ilustrada”. Hay en esa expresión una inevitable paradoja (un cinismo en estado diamantino): expone y balconea a la conciencia como garante de verdad en otra que no es mentira ni error, “en la que la Ilustración ha trabajado al mismo tiempo con éxito y en vano”; “afectada por ninguna otra crítica de la ideología, su falsedad ya está reflexivamente amortiguada”.

10

El cínico moderno, que no se parece cualitativamente en mucho al quínico de la antigüedad, es el tipo de sujeto con el que uno puede toparse en la calle, como el jabonero, o bien puede uno ver en el televisor, como al político de temporada. Los cínicos modernos son hábiles en el ruedo de lo social, ostentan una ética cínica de la responsabilidad (ilusión que hace a los individuos cumplir en lo doméstico empresas universales), todo en ellos, sus ironías y excentricidades parecen de cartón, postizas, nos hacen sospechar de que carecen de la espontaneidad de los quínicos como Diógenes.

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No es entonces el cinismo moderno el copete parado del capitalismo ni un modo de producción distinto en el mundo, tampoco es una etapa o estrato de la historia grandilocuentemente llamada universal. Sería menos pretencioso referirlo como una forma diferente de existir: aquella que no duda en aplaudir un melodrama como modo de vínculo global y que patea con gusto a la tragedia.

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Dado que la Crítica de la razón cínica es un gran tonel donde cabe nuestro cuerpo completo, porque desde ahí es donde nace esta crisis, no es extraño entonces que dicho programa reflexivo involucre, entre sus intereses, una psicosomática del espíritu de época, la cual incluye pasar revista a: la lengua, sacada; boca torcida sonriendo maliciosamente; boca amarga y pequeña; boca carcajeante, fanfarrona; boca serena, tranquila; miradas, golpes de ojo; senos; culos; el pedo; la mierda, desperdicios; y los genitales.

“Cualquiera podrá ya reconocer en semejante giro de la mirada el impulso quínico para el cual ‘ningún tema’ bajo es demasiado bajo”

13

Alguien me preguntó, en una ocasión en que mis nervios no eran del todo mansos: ¿es cierto que ya murió la filosofía? A lo que respondí: no lo sé, pero sí así fuera, no creo que me inviten al sepelio. Por supuesto la persona no pudo evitar contestarme esto: Ay, yo te aviso si muere y te prometo mover mis palancas en ese gremio para que te inviten al acto funerario.

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Aunque Sloterdijk diga que la filosofía ya casi “cuelga los tenis“, creo que gracias a tipos como él, y a otra andanada de locos, aún no llega ese día.

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Cada vez que me pongo a releer la Crítica de la razón cínica me acuerdo de un muchacho al que alguna vez se la recomendé como lectura recreativa. Tiempo después me dijo que haber leído algunas páginas de esa obra supuso un cambio absoluto en su vida. No comprendí a la primera qué era lo que me quería decir con esto. Cuando se alejó, pensé: bueno, yo le dije que leyera a Sloterdijk, no que se dejará la melena hasta el hombro y que acentuara su escaso bigote con pimientos vegetales, esos que hoy son productos rentables para los aficionados a repeler todo cuanto venga de aguas sucias. Supongo que a ese mimetismo le seguirá que engorde, que al menos le brote una prominente panza limítrofe entre la del diabético conforme y contento con el diagnóstico y la del glotón refractario a toda dieta.

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Es ya la madrugada y lo mejor será ir a dormir. El catarro y la tos me han dejado descansar las últimas horas, las cuales he empleado en escribir las líneas de arriba. Ojalá vuelva a soñar con el Tonel Sloterdijk.

  • Ilustración: Siegfried Woldhek