A veces la alarma te despierta y sentís que no dormiste porque tu mente, acelerada, quería resolver al mismo tiempo todas las preocupaciones del momento.

La mañana de otoño neoyorquino es gris, la lluvia cae pertinaz y hace frío, incluso dentro de tu casa. Pero igual te levantás, te alistás, te tomás tu café con tostadas en silencio y salís a la calle, abrigado, paraguas en mano.

Y aunque llueve y el viento arremete contra vos, caminás hasta la universidad. Y das tus clases con los pies mojados. Y les ponés buena cara a tus estudiantes aunque ellos, agobiados ese día, te la pongan mala. Y alguno te irrita con su desidia o su actitud de que el cosmos le debe privilegios especiales. Pero vos te controlás lo mejor que podés porque no querés multiplicar disgustos sino aliviar un poquito, con una buena conversación, el día pesado.

Y cuando la tarde acaba y no podés pensar ya más, regresás a casa. Llueve más fuerte y el frío arrecia. De todos modos caminás con la mirada al frente e intentás reconocer a alguien a través de la penumbra que poco a poco se torna oscuridad. Pero no conocés a nadie. Igual mantenés la calma mientras los choferes, exasperados por los embotellamientos, bocinan salvajemente agrediendo tus oídos.

Y llegás a casa empapado y cansado. No hay nadie

Entonces te secás, te descalzás y te quitás, por fin, las medias mojadas.

En tu primer momento de reflexión, al servirte una cerveza stout irlandesa, asociás tu día con un poema de Rosario Castellanos. Encendés la lámpara, encontrás el poemario Poesía no eres tú en tu biblioteca y lo llevás hasta tu futón. Te sentás y volvés a leer el poema Valium 10 después de muchos años, más de diez. Lo hacés en voz alta para llenar tu casa de la palabra humana:

A veces (y no trates
de restarle importancia
diciendo que no ocurre con frecuencia)
se te quiebra la vara con que mides,
se te extravía la brújula
y ya no entiendes nada.

En tales días la poeta da lo mejor de sí en la universidad y en su hogar pero por la noche, en la soledad y el silencio de su dormitorio, no puede dormir a menos que se tome una pastilla en la que se condensa, químicamente pura, la ordenación del mundo.

Leés esto y aunque tu vida no es la misma que la de Rosario, ni tenés sus mismas responsabilidades, la entendés. Y das gracias por tu vida, aun en días como éste. Aunque a veces sentís cansancio y desazón, aunque a veces se te nubla el horizonte vital, das gracias porque algún corazón amigo te regala su palabra por medio de la poesía. Sus versos son tus calmantes.

Al escucharlos, reordenás tu mundo.

*Ruleta Rusa agradece a Suburbano.net las facilidades para la publicación de este texto.

  • Ilustración: Especial