Albert Einstein dijo alguna vez que “lo más incomprensible sobre el Universo es que es comprensible”. Y tenía razón de estar asombrado.

 

De igual modo que las estratagemas de guerra no se renuevan sino copiándose unas a otras y nos hacen experimentar al mismo tiempo esa sensación de aturdimiento creador, de gloria y de melancolía que nos sobrecoge al pensar que la batalla de Friedlan es Cannas y que Rossbach repite Leuctres, así parece decididamente resuelto que no podemos vencer sino bajo esos signos consagrados, pero indefinidamente multiplicables. Ojalá puedan movilizarse aquí las potentes maravillas de los Misterios de Udolfo, del castillo de Otranto y de la Casa Usher para comunicar a estas frágiles sílabas un poco de la fuerza de hechizo que han conservado sus cadenas, sus fantasmas y sus ataúdes…
Julien Gracq, En el castillo de Argol

Los cerebros humanos evolucionaron para ser adaptables, pero nuestra arquitectura neuronal subyacente apenas ha cambiado desde que nuestros antepasados ​​vagaron por la sabana y enfrentaron los desafíos que la vida en ella presentaba. Es notable que estos cerebros nos hayan permitido dar sentido al quantum y al cosmos, nociones muy alejadas del mundo cotidiano en el que evolucionamos. Pero al parecer, todo indica que la ciencia llegará a los buffers en algún momento, y al parecer hay al menos dos razones de peso por las que esto podría suceder.

La optimista es que limpiamos y codificamos ciertas áreas (como la física atómica) hasta el punto de que no hay más que decir. Y una segunda posibilidad, más preocupante, es que alcanzaremos los límites de lo que nuestros cerebros pueden captar. Puede haber conceptos, cruciales para una comprensión completa de la realidad física, de los que no somos conscientes (así como un mono no comprende el darwinismo o la meteorología). Por el contrario, algunas ideas podrían tener que esperar incluso una inteligencia posthumana.

Como esto sea, el conocimiento científico es sorprendentemente “fragmentario”, y los misterios más profundos a menudo se encuentran demasiado cerca

Hoy en día, podemos, por ejemplo, interpretar convincentemente las medidas que revelan dos agujeros negros que se estrellan a más de mil millones de años luz de la Tierra. Mientras tanto, hemos progresado poco en el tratamiento del resfriado común, a pesar de los grandes avances en epidemiología. El hecho de que podamos estar seguros de los fenómenos cósmicos arcanos y remotos, y desconcertados por las cosas más cotidianas, no es tan paradójico como parece. La astronomía es mucho más simple que las ciencias biológicas y humanas. Los agujeros negros, aunque nos parecen exóticos, se encuentran entre las entidades sin complicaciones de la naturaleza. De hecho pueden describirse exactamente con ecuaciones simples.

¿Qué es lo que define entonces la complejidad? La pregunta de hasta dónde puede llegar la ciencia en parte depende de la respuesta, y algo hecho de sólo unos pocos átomos no puede ser tan complicado. Pero las cosas grandes no necesitan tampoco ser complicadas. A pesar de su vastedad, una estrella es bastante simple: su núcleo es tan caliente que las moléculas complejas se rompen y no pueden existir productos químicos, porque lo que queda es básicamente un gas amorfo de núcleos atómicos y electrones. Alternativamente, considérese por ejemplo un cristal de sal, compuesto por átomos de sodio y cloro, empaquetados una y otra vez para formar una red cúbica repetitiva. Por otro lado, los átomos y los fenómenos astronómicos, los muy pequeños y los muy grandes, pueden ser bastante básicos.

Es todo lo que está en medio lo que se vuelve complicado. Y lo más complejo de todo son los seres vivos

A últimas fechas, la comprensión científica ha sido concebida como una jerarquía, ordenada como los pisos de un edificio. Los que se ocupan de sistemas más complejos están más arriba, mientras que los más simples descienden a continuación. Las matemáticas están en el sótano, seguidas por la física de partículas, luego el resto de la física, luego la química, luego la biología, luego la botánica y la zoología, y finalmente el comportamiento y las ciencias sociales (y sin duda los economistas y sobre todo los políticos se reclaman el ático).

Ordenar” las ciencias no ha sido nunca un asunto por demás polémico, pero entre la comunidad científica ha sido a últimas fechas uno de los debates más intensos y cuestionables el si las “ciencias de la planta baja”, en particular la física de partículas, son realmente más profundas o abarcan más que las demás. Como lo explica el físico Steven Weinberg en Sueños de una teoría final, todas las flechas explicativas apuntan hacia abajo. Si, como un niño obstinado, te sigues preguntando “¿Por qué, por qué, por qué?”, terminas en el nivel de partícula. Los científicos del mundo son casi todos reduccionistas en el sentido de Weinberg. Se sienten seguros de que todo, por complejo que sea, es una solución a la ecuación de Schrödinger: la ecuación básica que rige cómo se comporta un sistema, de acuerdo con la teoría cuántica.

Pero una explicación reduccionista no siempre es la mejor ni la más útil

Más es diferente”, dijo el físico norteamericano, nacido en Indianápolis, Philip Anderson. Todo, sin importar cuán intrincado sea —los bosques tropicales, los huracanes, las sociedades humanas— está hecho de átomos, y obedece a leyes de la física cuántica. Pero incluso si esas ecuaciones pudieran resolverse por inmensos agregados de átomos, no ofrecerían la iluminación que buscan los científicos. Los sistemas macroscópicos que contienen un gran número de partículas manifiestan propiedades “emergentes” que se comprenden mejor en términos de conceptos nuevos e irreductibles apropiados para el nivel del sistema. La valencia, la gastrulación (cuando las células comienzan a diferenciarse en el desarrollo embrionario), la impronta y la selección natural son todos ejemplos. Incluso un fenómeno tan poco misterioso como el flujo de agua en tuberías o ríos se comprende mejor en términos de viscosidad y turbulencia, en lugar de interacciones de átomo por átomo. Especialistas en la mecánica de fluidos no se preocupan pues de que el agua se componga de H 2 O moléculas; pueden entender cómo se rompen las olas y qué hace que una corriente se vuelva agitada sólo porque imaginan el líquido como un continuo.

Pero para el destacado astrofísico británico Martin Rees, por ejemplo, los nuevos conceptos son particularmente cruciales para nuestra comprensión de cosas realmente complicadas. Por ejemplo, aves migratorias o cerebros humanos. Y es que el cerebro es un conjunto de células; o quizá una pintura cuyo ensamblaje es un pigmento químico. Pero lo importante para Rees es cómo aparece el patrón, o mejor dicho, la estructura a medida que subimos las capas, lo que él ha dado en llamar con toda erudición, salvajemente, la “complejidad emergente”.

Baste decir que solo alrededor del 1 % de los científicos en el mundo son físicos de partículas o cosmólogos

El otro 99 % trabaja en los niveles “superiores” de la jerarquía, retenidos por la complejidad de su tema y no por ninguna deficiencia en nuestra comprensión de la física subnuclear. De ahí que la analogía entre la ciencia y un edificio es realmente pobre, porque la estructura de un edificio puede estar en peligro por bases débiles.

Por el contrario, las ciencias de “alto nivel” que se ocupan de sistemas complejos no son vulnerables a una base insegura. Cada capa de ciencia tiene sus propias explicaciones distintas, y los fenómenos con diferentes niveles de complejidad deben entenderse en términos de conceptos diferentes e irreductibles.

Considerado una de las mentes científicas más brillantes de los últimos años, Martin Rees fue rector del Trinity College y profesor emérito de Cosmología y Astrofísica en la Universidad de Cambridge. Tiene un título honorífico de Astrónomo Real y es también  Profesor Visitante en el Imperial College de Londres y en la Universidad de Leicester. Después de estudiar en la Universidad de Cambridge, ocupó puestos de postdoctorado en el Reino Unido y Estados Unidos, antes de convertirse en profesor en la Universidad de Sussex.

En 1973, Ress se convirtió en miembro del King’s College y del Plumian Professor de Astronomy and Experimental Philosophy en Cambridge (continuando en este último cargo hasta 1991) y sirvió durante diez años como director del Cambridge’s Institute of Astronomy. Es autor (y coautor) de más de 500 artículos de investigación, principalmente sobre astrofísica y cosmología, así como ocho libros (seis de ellos para nosotros lectores laicos) y numerosos artículos de revistas y periódicos sobre temas científicos y generales.

Pero a tono con las necesidades de época, Sir Martin Rees saltó a la fama internacional recientemente —cuando fundó en Cambridge un centro considerablemente mayor a los convencionales que investiga los riesgos que tienen los experimentos y el desarrollo de las tecnologías humanas.

La intención: establecer y verificar el índice de posibilidad de extinción que tienen y tendrán los inventos futuros

Según sus participantes y promotores, todo comenzó en 1965, cuando Irving John Good (consejero de Stanley Kubrick en 2001: A Space Odyssey) escribió una colaboración para New Scientist y lo llamó Especulaciones acerca de la primera máquina ultra inteligente. El invento fue llamado en su momento “el último invento” de la humanidad, pues la explosión de inteligencia sería tal, que generaría la creación masiva de más máquinas del mismo estilo a través de ellas. Esto, para Good, no significaba la extinción del humano, sino su supervivencia.

La visión optimista es lo que la ciencia ficción ha puesto a prueba una y otra vez y sobre la que muchos científicos advierten constantemente, diciendo que la aceleración de tecnologías humanas podrían ser las que al final nos destruyan. Esto para decir que un científico, un filósofo y un ingeniero de software crearon en Cambridge el Centro de Estudios de Riesgos Existenciales (CSER), que aborda casos que van desde los avances en biotecnología y nanotecnología hasta el cambio climático extremo y la inteligencia artificial.

Huw Price, filósofo del Instituto Bertrand Russell y cofundador de este centro, declaró que la naturaleza no nos anticipó y que por lo tanto nosotros no deberíamos dejarnos sorprender por lo que podría pasar al abrir una Caja de Pandora como la que implica la creación de inteligencia no biológica. Junto con Jaan Tallinn, un ingeniero de software que ha pisado Skype, Google y Facebook, el CSER trata de investigar e informar sobre riesgos de extinción o peligrosidad humana que tienen las tecnologías que nosotros, el resultado de 4 mil millones de años de evolución, podemos generar.

La ciencia a menudo es retratada como una disciplina oscura y difícil, gobernada por investigadores de élite e inaccesible para el público en general

Por el contrario, el Centro de Estudios de Riesgos Existenciales de Martin Rees revoca esta visión e insta a una mejor comunicación entre investigadores y laicos, para dar forma a los debates sobre asistencia sanitaria, política energética, viajes espaciales y otros asuntos vitales. Los ciudadanos comunes, dice Rees, debemos desarrollar un sentimiento para la ciencia —la única verdadera cultura global— y comprometernos directamente con la investigación en lugar de confiar en expertos y políticos, y por supuesto en interpretaciones.

Medalla de oro de la Real Sociedad Astronómica, Premio Mundial de Ciencias Albert Einstein del Consejo Cultural Mundial y Premio Crafoord, Rees es un experto en el impacto político y ético de la ciencia, y en más de una centena de foros ha demostrado que debemos resolver los nuevos desafíos que enfrentamos, desde el crecimiento de la población hasta el cambio climático, mediante el diseño de estrategias con una perspectiva global a largo plazo.

Y desde su perspectiva se pueden esperar avances desde tres fronteras: la muy pequeña, la muy grande, y la muy compleja, y los esfuerzos para comprender sistemas muy complejos, como nuestros propios cerebros, bien podrían ser los primeros en alcanzar dichos límites. En su opinión, quizá complejos agregados de átomos ya sean cerebros o máquinas electrónicas, que nunca podrán saber todo lo que hay que saber sobre ellos mismos. Y desde ahí nos encontramos con otra barrera si tratamos de seguir las flechas de Weinberg más abajo: si esto nos lleva al tipo de geometría multidimensional que los teóricos de cuerdas prevén.

Ya de antemano, muy probablemente los físicos nunca comprendan la naturaleza fundamental del espacio y el tiempo porque las matemáticas son demasiado difíciles. Sin embargo, ser capaz de calcular algo no es lo mismo que tener una comprensión profunda de ello.

Por ejemplo, el hermoso patrón fractal conocido como el conjunto de Mandelbrot se describe mediante un algoritmo que se puede escribir en pocas líneas. Su forma se puede trazar incluso con una computadora de modesta potencia. Pero ningún humano al que se le haya dado el algoritmo puede visualizar este patrón inmensamente complicado en el mismo sentido en que puede visualizarse un cuadrado o un círculo, o un cuadro de Paul Klee.

Para Martin Rees y los promotores del Centro de Estudios de Riesgos Existenciales, el pensamiento abstracto de cerebros biológicos sustentaron el surgimiento de toda una cultura y una ciencia

Pero esta actividad, que abarcará a lo mucho decenas de miles de años como máximo, probablemente sea un breve precursor de intelectos más poderosos de la era posthumana, evolucionada no por la selección darwiniana sino por el “diseño inteligente”.

Ya sea que el futuro a largo plazo recaiga en los post-humanos orgánicos o en las máquinas superinteligentes electrónicas es un tema de debate, pero seríamos excesivamente antropocéntricos para creer que la plena comprensión de la realidad física está al alcance de la humanidad, y que no quedarán enigmas para desafiar a nuestros descendientes remotos.

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