En Manhattan hay que elegir entre la tortícolis y el vértigo: es decir, o ves hacia arriba estando en la calle, lo cual requiere una torcedura de cuello; o ves hacia abajo desde algún elevado piso de rascacielos, lo cual siempre invita al salto que ponga el punto final a esta novela de sinsentidos que llamamos vida moderna.

A mí me tocó solamente la tortícolis, pero el castigo soportado por el cuello valía la pena.

La Quinta Avenida es, hay que decirlo, un carnaval de lo superfluo y también, una especie de alegoría de los males del mundo. En hilera se suceden, una tras otra y sin descanso, las tiendas de diseñador más costosas del orbe, conviviendo con iglesias de distintas denominaciones, como la Catedral de St. Paul.

La opulencia manifiesta en Cartier.

Tan sólo en la tercera cuadra partiendo desde Central Park, Kristin y yo vimos la Trump Tower y, enfrente, la tienda de joyería Cartier que anunciaba en un escaparate un conjunto inspirado, supuestamente, en la obra de Julio Verne.

Esa visión me causó una tristeza profunda. La obra de Julio Verne, brutalmente malinterpretada para vender un collar con montones de diamantes, en un mundo donde cientos de millones de personas no tienen para comer y otros tantos millones son analfabetas y no pueden ni gozar de la obra de Verne.

Mujeres con narices perfectas y maquillajes de cientos de dólares se pasean con bolsas de decenas de miles de dólares y zapatos de miles de dólares; y hombres con trajes de miles de dólares y cortes de cabello de cientos de dólares miran sus relojes de decenas de miles de dólares; y a los costados de las calles algunos vagabundos piden centavos.

No todo es este frío contraste del mundo consumista y capitalista, también existe el fenómeno excepcional de la globalización, que en cada cuadra de Manhattan se vive en su máxima expresión

En un recorrido de treinta metros se escuchan montones de idiomas y se ve a hombres con turbantes y mujeres con burkas, a rabinos ortodoxos con su estricto uniforme de traje y sombrero negro, a personas con el tercer ojo hinduista en la frente. A latinos, negros y caucásicos de todas las latitudes posibles. Es como una especie de villa universal, un arca de Noé del nuevo siglo, reuniendo todos los códigos genéticos en espera del siguiente diluvio.

La ciudad es protagonista única.

Y, por si no ha quedado claro, por encima, La Ciudad, su majestad, con sus decenas de mega edificios como puntas de una corona interminable. Cada rascacielos más alto que el anterior, más suntuoso que el anterior, más vertiginoso que el anterior… todo llenando los ojos en un ataque incesante de megalomanía.

El incidente en el Rainbow Room

Siguiendo por la Quinta Avenida, nos desviamos un poco en dos ocasiones, una para conocer la Biblioteca Pública (una chulada de biblioteca) y otra para visitar Grand Central.

Grand Central es uno de los sitios más poéticos de NY. No sólo por su inestimable carga referencial: fotos, películas, libros… sino también por su magnetismo estético y narrativo: una suma de su belleza arquitectónica con, sobre todo, su carácter de epicentro efímero de destinos.

Kristin y yo entramos y subimos las escaleras para contemplar el enorme vestíbulo. Por las altas ventanas entraba la luz en torrentes precisos, cortando la oscuridad como certeras navajas de sol, iluminando las figuras oscuras que se mueven en tropel y en todas direcciones abajo, orbitando el icónico reloj de cuatro caras. Caminos cruzados durante un instante, azarosamente, bajo la bóveda de la central que reproduce las constelaciones.

La estación de Grand Central es un ícono de NY. Su belleza atrapa al instante.

Estuvimos ahí un rato, sólo mirando (eso debes aprender, a veces sólo hay que detenerse a mirar), y luego decidimos que era hora de ir al Rainbow Room en el edificio Rockefeller.

Verás, al ir a NY, habrá personas (generalmente guías turísticos con ligas oscuras e impías con alguna mafia turística) que te recomendarán pagar un montón de dinero por formarte horas y subirte al Empire State

Otros (igualmente coludidos con el mal) que te dirán que subas al mirador del edificio Rockefeller, algo también muy tardado y costoso. Pero están aquellos que, como uno, viajan con un módico presupuesto, y buscan tu bien. Ellos te recomendarán subir al restaurante llamado Rainbow Room, también en el Rockefeller, pero apenas un nivel debajo del mirador. Por una cantidad de dinero ligeramente menor, podrás ver Manhattan en todo su esplendor y además tomar un trago en una mesa.

Le había pedido a Kristin que me permitiera invitarle algo en NY como agradecimiento por todo lo que había hecho por mí, así que pensé que invitarle un cóctel ahí sería buena idea.

Pero, estando en Grand Central, Kristin (quien posee eso que llamamos erróneamente sentido común), evaluando nuestra vestimenta (precaria, muy precaria) se preguntó si cumpliríamos con las normas de etiqueta. Llamó a su hermano, Rolf, para consultar con él y Rolf le dijo: “Entren ahí con sus tenis baratos y su frente muy en alto y pidan una cerveza”. Así que fuimos.

El edificio Rockefeller es impresionante a simple vista.

Llegamos al edificio Rockefeller (aquel que en navidad siempre aparece con un enorme árbol y una pista de hielo), entramos y buscamos cómo llegar al Rainbow Room, sin éxito. Le preguntamos a un empleado que, amablemente, nos dijo que siguiéramos los enormes letreros brillantes que decían Rainbow Room y que indicaban el camino.

Al llegar, tuvimos que hacer fila y, mientras esperábamos, Kristin me dijo que dejara mi mochila en el guardarropas. Me acerqué a la joven que atendía ahí y le pregunté si debía dejar mi mochila. Ella me miró de reojo mientras acomodaba un abrigo en una percha y dijo: “Ellos apreciarían que la dejaras”. (¿Quiénes eran ellos? ¿La familia Rockefeller? ¿Los illuminati? ¿Los reptilianos?).

Accedí y estaba por entregarle la maleta cuando por fin reparó en mí y en mi aspecto. Me miró de abajo a arriba: las botas manchadas y viejas, el pantalón de mezclilla de la Línea de Fuego, la playera verde con manchas de sudor y un hoyito cerca del hombro, el rostro deformado por el cansancio, el cabello grasoso apelmazado de sudor, y luego sentenció, de la manera más amable posible: “Creo que no lo dejarán entrar sin camisa de cuello doblado, señor“.

Recordé un capítulo de Los Simpson en que Homero encuentra un restaurante francés muy elegante y, al acercarse, el jefe de meseros le dice: ‘Por favor, aléjese de aquí sin hacer mucho escándalo’.

Salimos de ahí, derrotados una vez más por mi falta de estilo, y continuamos nuestro camino hacia Times Square.

Times Square

Times Square epicentro del comercio y la publicidad globalizados.

Antes de llegar a Times Square pasamos por una tienda (de entre cientos) de souvenirs baratos y de mal gusto, atendida por hindúes (alguna curiosa mega red ultrapoderosa de hindúes y chinos expatriados debe existir, la cual controla todas las tiendas de baratijas y recuerditos horribles alrededor del mundo).

Fue difícil elegir entre tantos calzones y tangas, cojines felpudos, monigotes cabezones y esferas de nieve con temáticas de la Gran Manzana; pero finalmente me decidí por un oso de peluche disfrazado de la Estatua de la Libertad, un imán para el refri y una corbata turbo espantosa para mi hermano. Kristin llevó dos corbatas de la misma cepa para su esposo y para uno de sus hijos.

Times Square es un sitio, reclamado por turistas, que a pesar de ser cliché, es espectacular.

Ya estaba anocheciendo y parecía mediodía debajo del fulgor de las decenas de megapantallas que asaltan a la vista como vendedores infatigables de un millón de lúmenes, promocionando series, películas, obras de teatro, celulares, internet de paga, maquillaje y un largo etcétera.

En ese momento pensé, a pesar de estar fascinado, que en verdad el mundo está loco y que, quizás, Manhattan es la isla donde silenciosamente se acordó instalar el manicomio global.

La cena más costosa y a la vez más barata

Una vez que desperté del trance lumínico de Times Square, Kristin y yo emprendimos el largo regreso al departamento de V., pasando por el famoso edificio Flatiron (el edificio planito), y por parques y calles que desconozco, pero que también merecerían el estrellato.

El sol, al fin, se rendía ante el peso del cielo y lentamente se acercaba al horizonte, pintando las calles de oro y cobre, reflejando su fulgor último en las miles de ventanas de Nueva York.

El Flatiron es uno de los edificios de estilo antiguo que más llaman la atención.

Ya que el Rainbow Room había sido un fracaso, yo aún le debía a Kristin una cena, de forma que poco antes de llegar con V. y habiendo encontrado un restaurante apetecible, le dije que me dejara invitarla a cenar ahí. Yo, ilusamente, pensé que estando lejos del centro de Manhattan, el precio sería accesible, no obstante, una vez que entramos, me di cuenta de mi error.

Luz de velas iluminaba el interior enteramente revestido de roble (o alguna madera cara). Los meseros estaban todos vestidos como elegantes pingüinos y en su rostro se adivinaba que recibían propinas superiores a mi quincena.

Una amable señora nos dirigió a nuestra mesa y yo me sentí agradecido simplemente de que no me corrieran de nuevo. En la mesa a un lado de nosotros, un grupo de amigas cuyos abrigos probablemente costaban más que mi casa, cuchicheaban los chismes de la semana, mientras yo me infartaba viendo el precio de los platillos.

Kristin, con su candidez habitual, me dijo: ‘Creo que podríamos pedir una entrada para compartir, porque todos los platos son muy caros’

Sentí una punzada de vergüenza. Todo ese viaje había sido posible gracias a ella, y ahora estaba preocupada por el costo de lo único que yo podía invitarle. Hice de cartera corazón y le dije que pidiera lo que quisiera.

Así lo hicimos. Ella pidió una pasta (no recuerdo de qué tipo) y yo unos ravioles. Cuando la mesera se disponía a contarnos los vinos que iban mejor con esas pastas, la interrumpimos y pedimos cerveza, como queriendo decir: ‘Amiga, ¿no ves nuestro atuendo? Con suerte y vamos a poder pagar’.

La cena estuvo deliciosa, aunque algo pequeña para mi siempre ambicioso estómago, así que me llené de los panecitos con mantequilla que nos trajeron para acompañar.

La ciudad de NY se tiñe de oro y cobre antes que caiga la noche.

Mientras cenábamos, Kristin y yo hablamos de la ciudad, del paseo, del viaje en general (pues sabíamos que estábamos en el umbral del fin) y yo, silenciosamente, me puse a pensar en la suerte que tengo por haber conocido a esa mujer que tiene la bondad de Cristo, Buda y Santa Claus juntos.

Una mujer que podría ella sola llenar una lista de BuzzFeed de los 25 gestos más generosos del mundo. La conocí hace cinco años y medio y, aunque tan sólo nos hemos visto en persona cuatro veces, aunque no es mi familia, me ha ayudado como nadie.

Y cuando le pregunté una vez por qué hacía todo eso por mí, me respondió que así era la vida, que a veces estábamos en el lugar y momento correctos para ayudar a otros y que luego me llegaría ese momento a mí. Cuando le dije que qué podría hacer para pagarle, me pidió que ganara el premio Nobel de literatura y que la incluyera en mi discurso de aceptación, pero que fuera pronto para que tuviera aún edad para viajar a Estocolmo y asistir a la premiación.

 

Hay una canción de Ben Howard llamada Waiting on an Angel, donde dice: “So be kind to a stranger, cuz’ you never know, it might just be an angel knocking at your door

Hace cinco años y medio, en una fila para una conferencia en San Miguel, una mujer me preguntó cuáles eran mis novelas latinoamericanas favoritas. Era una completa extraña, pero no sólo le contesté, sino que quise acompañarla y guiarla por la ciudad en los días siguientes. Resultó ser un ángel.

La cena costó 76 dólares y fue la cena más cara de mi vida, pero si me preguntas, incluso si hubiera costado 760 habría sido una ganga, pues cómo agradecer tanta bondad, cómo poner un valor a ese inmenso deseo de ayudar.

 

Washington Park y el final

Al salir del restaurante nos dirigimos a Washington Park. Ahí, Kristin llamó a su familia y yo di una vuelta por el parque. Ya eran cerca de las diez de la noche.

Hubo un breve y extraño episodio en que, un hombre pequeñito y una mujer robusta (por no decir gorda, pero sí era gorda) se enfrascaron en una ruidosa pelea que mantuvo a todos los presentes en el parque en vilo.

La mujer le gritaba (el hombre estaba muy lejos de ella): “You’re a pussy!” y el hombre sólo hacía gestos con los brazos

La mujer empezó a hacer la finta de que arremetía contra él y el hombrecito, al ver eso, saltaba hacia atrás apabullado (no era para menos, la mujer al menos duplicaba su tamaño). Siguieron así un rato hasta que la mujer se hartó y comenzó a corretearlo, en algo tan ridículo como una especie de Tom y Jerry de maniáticos citadinos.

Finalmente fue claro que la mujer era la mandamás, pues el hombrecillo sólo huía de ella, y entonces la extraña señora comenzó a acercarse a la gente y a gritar: “Yes, he is the little pussy of the park”.

Luego, ambos, de nuevo como curiosos personajes en una novela de Roberto Bolaño, desaparecieron en la noche

Aspecto nocturno del famoso arco en Washington Park.

Me senté a la orilla de la fuente central de Washington Park y pensé que había tenido la experiencia completa en NY: había estado en un apartamento suntuoso en NoHo y también en un cuarto en Brooklyn, me había perdido en el metro, había paseado por Central Park y por la Quinta Avenida, había visitado el Puente de Brooklyn y Times Square, había comido en un restaurante carísimo y también en un puestito callejero.

Y, ahora, justo al final, había presenciado la pelea de dos psicópatas neoyorkinos en un parque. Sentado ahí, pensé en todo. En ese viaje fantástico que no esperaba. En esa ciudad mítica que siempre soñé y que ahora había conocido y que parecía un sueño más profundo y más inalcanzable.

Vuelvo a preguntarte ¿Cómo contarte todo esto? ¿Cómo describirte la ciudad? Pero, sobre todo, ¿Cómo describirte mi paisaje interior?

Una cosa es nombrar a la rosa, pero otra enteramente es sentir su aroma. ¿Si te describo las calles, el océano de rostros diversos, la cascada inacabable de voces, la orquesta del caos, el aroma a asfalto, el pulmón de Central Park…? ¿Si te cuento de las ratas que merodean los rieles del metro, de los vagabundos que leen el braille del asfalto, del color del césped bajo la luz de junio, de los cristales de agua en el lago, de la luz rota y quemante del ocaso en los cristales de los edificios…? ¿Si te cuento NY, cómo puedo presentar ante ti mi alegría? ¿Cómo puedo hacerte sentir esa felicidad?

No puedo y esa es mi derrota final. Pero fui feliz. Ese día fui tan feliz

Borges decía: “A mí me ha sucedido a veces caminar por una calle, doblar en una esquina y sentirme misteriosamente feliz; y no me he preguntado por qué, pues sé que si pregunto, encuentro demasiadas razones para ser el hombre más desdichado del mundo; de suerte que no me conviene hacer esas inquisiciones. Uno debe aceptar esas rachas de misteriosa felicidad y agradecerlas, de igual modo que uno debe aceptar siempre la dicha, la amistad, el amor, aunque sea indigno de ellos”.

Soy indigno, lector, de esa felicidad. Quizás por eso no sé contarla. Pero imagina que me acompañas. Imagina que por última vez en este viaje me acompañas, que te sientas a mi lado en la fuente y miras, por debajo del arco en honor a Washington, en la noche clara de Manhattan, el Empire State.

Y que eso…es la felicidad que quise compartirte. E imagina, como Isaac en la película de Woody Allen con la que comenzamos, que por hoy esta fue nuestra ciudad y que siempre lo será.