El ocio. Divino placer. Una entrega voluntaria a la conscupiscencia de los sentidos.  Una inversión del tiempo, lo más valioso, en lo más importante: ser. Un gran legado de los filósofos griegos que seguimos ejercitando para cambiar el mundo.

Heráclito de Éfeso
Heráclito de Éfeso. Hendrick ter Brugghen.

 

“No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas, lo cual vale más que tratar de llenarlas”

Emil Ciorán

 

I

Tengo poca o nula admiración hacia las personas muy trabajadoras. He escuchado desde pequeño lo valioso que es estar siempre ocupado, trabajando. Veo los posts en las redes sociales en los que algunos se vanaglorian de sus vidas llenas de trabajo, trabajo, trabajo.

¿Y si un día decidimos perder todo, todos?

Existen personas que amo, saturadas de cosas por hacer (Yo mismo lo estoy. También siempre tengo mucho trabajo). Las respeto con todo mi corazón pero no creo que haya ninguna gloria o éxito en trabajar. Trabajar para ganar (y me refiero a ganar lo que sea, material o espiritual) ha sido la fórmula eterna que no ha funcionado muy bien. ¿Y si un día decidimos perder todo, todos?

Me encanta coleccionar citas, poemas, frases, imágenes o lo que sea, que reivindiquen mi admiración por el ocio. Casi todas mis referencias guardadas son de escritores, porque adoro el ocio en gran medida ya que permite leer lo que sea, tirarlo si es malo, y tomar otra cosa.

El poeta mexicano Salvador Novo.
El poeta mexicano Salvador Novo.

Por ejemplo este fragmento de un bellísimo poema de Salvador Novo que ilustra perfecto lo que deseo:

Pero si tengo un hijo
haré que nadie nunca le enseñe nada.
Quiero que sea tan perezoso y feliz
como a mí no me dejaron mis padres
ni a mis padres mis abuelos
ni a mis abuelos Dios.

II

Admiro profundamente a las personas ociosas. A esas que me dicen que no tienen nada que hacer. A las que se sienten orgullosas de no ser competitivas (que no es lo mismo que competentes). A las que ven en el tiempo libre el bien más preciado. Las que se toman los días en otra dinámica, una particular, una con la que no se gana nada. Solo son y punto. Conozco a pocas pero las he visto con mis propios ojos como se dice, y eso convierte mi teoría en un hecho inobjetable.

Admiro a los que con gran soltura se enorgullecen de su posición ante la vida

No hablo de los ociosos ansiosos, esos que no tienen nada que hacer pero que están preocupados justo por poseer la máxima gloria en sus manos: todo el tiempo libre. Admiro a los que con gran soltura se enorgullecen de su posición ante la vida.

Billy Boys. Jack Vettriano.
Billy Boys. Jack Vettriano.

Otro ejemplo de la reivindicación del ocio en una entrevista al gran Roberto Bolaño, escritor chileno célebre por su novela Los Detectives Salvajes:

Vivir sin trabajar para mí es algo que se parece a la felicidad. Así que procuro, cada vez que puedo, evitarme ése y cualquier esfuerzo. No trabajar con mi autobiografía (la palabra autobiografía me pone los pelos de punta), no trabajar con la escritura, no lavar los platos, dejar que mis hijos hagan lo que quieran y permanecer sentado delante de la tele viendo programas basura y refunfuñando o riéndome”.

No hago nada original al tratar de reivindicar al ocio. Lo hicieron ya varios como el artista francés Marcel Duchamp: “Espero que algún día sea posible vivir sin estar obligado a trabajar”, en el libro Conversaciones con Marcel Duchamp, de Pierre Cabanne. Duchamp, que cuando esa larga entrevista ocurrió tenía poco más de 70 años, agrega:“En un cierto momento comprendí que no debía cargarse a la vida con demasiado peso, con demasiadas cosas por hacer, con aquello a lo que se llama una mujer, niños, una casa en el campo, un coche, etcétera. Y lo comprendí felizmente muy pronto”.

III

De lado de la ciencia, la Ley de Pareto es el estandarte de los amantes del ocio, en los que me incluyo. No la entendemos del todo pero nos basta con su máxima más famosa: “El 20% del esfuerzo genera el 80% de los resultados”.

Andrew J. Smart (su apellido juro que es el real), catedrático de la Universidad de Nueva York, publicó una investigación a la que tituló ‘El arte y la ciencia de no hacer nada’ en la que demuestra que el ocio es vital para el desarrollo cognitivo. Smart revela que el cerebro tiene una especie de piloto automático que se activa cuando no tenemos nada que hacer y que se llama ‘red neural por defecto’ (DMN en inglés: default-mode-network).

El 20% del esfuerzo genera el 80% de los resultados

El escritor checo Franz Kakfka.
El escritor checo Franz Kafka.

El ocio es la red que da sustento al autoconocimiento, los recuerdos autobiográficos, los procesos sociales y emocionales, y la creatividad (…) Cuando holgazaneamos se establece una red amplia e inmensa en el cerebro que empieza a enviar y recibir información entre las regiones que lo constituyen. Es como las mariposas: salen a jugar cuando hay quietud y silencio, pero ante cualquier movimiento abrupto se esfuman”, afirma Smart.

La Universidad de Deusto en Bilbao tiene un Instituto de Estudios de Ocio y dicen que Kafka dijo: “El ocio es el padre de todos los vicios, y es el coronamiento de todas las virtudes”. Siempre escuché que era “la madre de todos los vicios”, pero más grande lo empecé a querer. Lo comencé a cuidar. A respetar.

IV

Por estos días me lleno de asuntos para no llevar la mente a donde no es bienvenida ahora.

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Soy libre. Cristina Alejos.

Enfoco el tiempo libre de la semana en revisar el capítulo de una investigación (en el que debo citar con las normas APA, un verdadero calvario); salgo en bicicleta, que es una de las pocas acciones ociosas disfrazadas de actividad; intento todo el tiempo sumar a la lista cosas por hacer y las hago. Como ésto.

Escribir sobre el ocio, el estado de pureza de los que han descubierto que la vida se puede volver a hacer a mano, con todo el tiempo del mundo

Por eso el ocio, también es muy sabido, es el tiempo favorito del amor. Por eso montados en la vida hiperactiva, dejamos de querernos un día. Por eso: “En nuestro tiempo, dominados por la prisa, decididos a llegar primero a donde sea, pasamos de largo por la palabra”, decía Julio Scherer García.

Y así, poco a poco, por el miedo al ocio, por no respetar que somos la palabra, que solo se construye a fuego lento, nos dejamos de entender.

 

  • Ilustraciones: Joaquín Sorolla/Hendrik ter Brugghen/Jack Vettriano/Cristina Alejos/Especial