“Pero vagar no es del todo romántico”… me dice un conocido que leyó el texto ‘De vagos y borrachos’ publicado en Ruleta Rusa. Y no me queda de otra más que darle la razón sin peros y justificaciones odiosas.

Cierto, vagar conlleva una serie de experiencias no necesariamente reconfortantes. No todo es observar paisajes de belleza hiriente, ni cada paso depara el regocijo que propician los trinos de los pájaros. Las viejas edificaciones, con leyendas oscuras, no son tan amigables como suele creerse; mucho menos los tipos de personas, que nos salen en el camino, son duendecillos ávidos de convidarnos sus secretos.

Cuando vagamos nada de lo que nuestras expectativas y deseos nos plantean se verá cumplido. El tontuelo, ese que lleva una desilusión amorosa a cuestas, piensa que vagar por un jardín melancólico le vendrá bien a su estado anímico, a su patetismo de videoclip, pero no repara en que una jauría de perros lo correteará al cabo de unos minutos. Más le hubiera valido salir de su casa con un espíritu emparentado al del barón de Münchhausen que al del aciago Werther.

Las experiencias, que va uno acumulando al andar de “pata de perro”, más de las veces  no caben en el pequeño cajón al que las queremos botar. Exceden el raquitismo de nuestra pomposa “planeación”, y nunca, por fortuna, están a la altura de los desvaríos y aberraciones de la propia imaginación. Algunos, emocionados ante las perspectivas que les ofrecen los vagos, resuelven mimetizarlos.

La “loca de la casa” les dibuja escenas que harían palidecer las obras de Homero. Se lanzan a la calle, o a la mancha aún silvestre de un ecosistema cercano, para templar su carácter; suponen que en el transcurso de su odisea de lombriz algún acontecimiento capital los aguarda como protagonistas. Pero la andanza sólo los provee de ampollas en los pies y de piquetes de abeja. Por supuesto, al volver al punto de partida, el letargo será su trofeo.

Quien vaga, de antemano sabe que tendrá que romper sus protocolos, desactivar los estorbosos condicionamientos de la postiza conciencia heredada

Dispuesto a contravenir los modales inculcados en el hogar, a trasmutar el acto más anodino en acerva crítica del orden social y político, el vago, encontrará la solución a los obstáculos e incidencias que le salgan al paso. Diógenes de Sinope, modelo de vagancia en el mundo griego, comía, como lo hacían los perros y los otros cínicos, en las plazas públicas tanto para satisfacer su propia necesidad fisiológica como para abofetear las costumbres de sus contemporáneos.

Michel Onfray nos recuerda, en su librito Cinismos (Retrato de los filósofos llamados perro), que los cínicos “se negaban a obedecer el ceremonial de las comidas con sus horarios, sus lugares establecidos y sus hábitos”, lo cual es un marcado gesto de desobediencia política. Y lo mismo hicieron, siglos después, los frailes mendicantes que vagaban de un lugar a otro pidiendo limosna, criticar con este acto la estructura política existente.

Vagar, para muchos, equivale a pensar. Y no están equivocados. No seré quien prorrumpa un ingenioso alegato para contradecir eso. Pero vagar, también implica dejar de pensar, suspender la generación de vaguedades. Y sólo se consigue esto metiéndose en el camino que se transita. Montaigne, aficionado a pasear en caballo y pensar a la par, corrió con suerte de no matarse. No pasó lo mismo con Tales de Mileto, que sufrió tropiezos y caídas por andar vagando tanto en la tierra como en su sesera.

Aplaudo, como lo han hecho otros, que la vagancia propicie el libre pensamiento, la creatividad, las meditaciones abismales y las dispersiones más sutiles, pero más celebro que vagar también equivalga a dejar de pensar, a desprenderse de tanta enmohecida y pestilente agitación de las neuronas.

Vagar para dejarse en paz a uno mismo, para olvidar todo aquello que nos apretuja el pecho y que nos recuerda nuestra miserable y rapaz existencia

Kierkegaard asociaba la velocidad de los pasos que damos, mientras vagamos, a la de nuestras ideas, bella imagen sin lugar a dudas. Pero creo que, en muchos casos, la relación que propone el filósofo de la angustia es inversa. Camina muy lento quien trae un panal excitado de pensamientos sombríos o eufóricos porque concentra su energía en la cabeza y no en los pies. Caminan rápido el oficinista, la senadora, el pinche, porque sólo tienen una idea: es hora de largarse lo más lejos posible de la oficina, de la curul y del comal.

Rousseau a estas alturas del texto ya me habría tildado de imbécil, y es probable que no sea errático su juicio, hay que recordar que a él sólo se le daba la meditación cuando caminaba, al menos eso afirmó no recuerdo dónde. Detenerse, para él, siempre fue riesgoso; y para las damas a las que merodeaba. Vagar activa y desactiva eso que burda e hiperbólicamente decimos que es pensar, aunque no tengamos la más remota idea de lo que eso sea, suscribió  Heidegger, otro a quien le encantaba vagar.

Vagar es vérselas con la belleza: ajena o cercana, hiriente o reconfortante, pero también es topar con el hombre tumbado, el que hiede a mierda y orines coleccionados durante al menos dos meses; chocar con la madre que huele a la leche depuesta por su hijo; rozar al maniático que aún no confiesa haber descuartizado a su esposa; saludar al futuro ganador de la lotería. Pisar desechos, orgánicos e inorgánicos, lastimarse con una piedra, una púa o una jeringa, interrogar y ser interrogado por otro vago, lidiar con perros salvajes o gatos malhumorados, ser receptáculo de la caquita de los palomos, mojarse con el agua estancada en una charca inmunda, terminar asaltado por un ladrón o golpeado por el chulo de tal avenida, soportar el clamor de los mendigos, sufrir por la lejanía de una letrina o un baldío, incluso, ser testigo de alguna abducción. Todo lo anterior, y demás situaciones que no están en la alacena de lo “romántico-cursi”, es parte de vagar.

Hace años, mientras vagaba, mi estómago reclamaba que le echara algo. Sin quinto en los bolsillos me hacía el estoico. Luego recordé cómo el vago de Walter Benjamin se comió, con lujo de gula, unos higos que se encontró en un árbol a media vereda. La indigestión no le impidió robar algunos higos más para cuando su vientre se aliviara. Busqué entonces un árbol frutal para replicar al hijo de Saturno. Nada. Puros árboles secos y sin ramas, algunos con flores ajadas y en pequeñas cantidades. Pensé que quizá hurgando en la basura de algún establecimiento encontraría algo para atarantar mi hambre. Pero, sin que pasara un minuto, caí en cuenta de que vagaba en un barrio pobre, con casuchas de cartón y de restos robados de alguna construcción. En ese lugar los perros cazaban las pocas moscas que volaban sin mucha excitación.

Maldije, como hombre ingrato, a Benjamin, a Hazlitt, a Stevenson, a Woolf, a Montaigne, a Thoreau y a todo vago que me vino a la cabeza. Luego de este paroxismo, vi cómo un grupo de personas iba creciendo en torno a una camioneta de redilas. Me acerqué y, suerte te dé Dios que dinero para qué lo quieres (decía mi abuela), me encontré con los propietarios del vehículo, hombres y mujeres finos que intercambiaban promesas de votos por tortas de carnitas de puerco. Ese día cacareé, con los dedos trenzados, votar por no sé quién. Y cómo hizo Benjamin con los higos, yo atiborré mi mochila de tortas.

La hipocresía, bien la conocen sus agentes, siempre está al servicio de un desgraciado, o de un vago hambriento, en mi versión.

  • Foto: René Magritte. Golconde.