Esta extraordinaria película relata de forma magistral en 125 minutos la génesis de la tragedia colombiana convirtiéndose en una de las pocas obras maestras de la cinematografía de este país.

“La palabra no es vieja por fortuna,
yo no soy palabra, por desgracia”.
                            Fernando del Paso

 

I

El origen del narco 

Pájaros de verano (Colombia, México, Dinamarca, Francia. 2018) es una obra de arte de la cinematografía colombiana que hoy más que nunca debería estar en las carteleras mexicanas. Costó cinco millones de dólares y abrió la Quincena de Realizadores de Cannes, convirtiéndose en la primera película latinoamericana en lograr esta distinción.

La cinta aborda el recurrente tema del narcotráfico en Colombia pero no de la manera en que siempre se ha relatado: Medellín, Pablo Escobar, Cartel de Cali, 1980.

Pájaros de verano acude a la raíz, a la génesis de este gravísimo problema que aún sufren por anacrónicos estigmas los colombianos, y lo hace con toda la poética que el buen cine puede brindar.

¿Cómo empezó a construirse el reguero de sangre y dolor, balas y marihuana, avionetas, desaparecidos y tiros de gracia en Colombia?

El origen del narcotráfico colombiano, es narrado desde la raíz.

En 125 minutos -con una historia indígena wayúu de tradiciones y lealtad a la familia que corre en paralelo con los primeros momentos del narcotráfico- esta película dirigida por los colombianos Cristina Gallego y Ciro Guerra (nominado al Oscar en la categoría de mejor película extranjera con ‘El abrazo de la serpiente’, en 2016), se encarga de explicar con belleza algo tan sórdido y demencial con una paradójica y hermosa metáfora de amor y, sobretodo, de palabras.

II

La bonanza marimbera

La historia se ubica en una época conocida en Colombia como “la bonanza marimbera”, un periodo que inició a principios de 1970 y terminó a mediados de los años 80. Esta época produjo una inmensa cantidad de ingresos en dólares a Colombia como resultado del cultivo y exportación ilícita de marihuana hacia los Estados Unidos.

El escenario de la película, hablada casi en su totalidad en idioma wayú (guajiro), es la costa Caribe de Colombia, específicamente La Guajira, una inhóspita y árida región al extremo este del país.

Los personajes son wayuus, el pueblo indígena más numeroso de Colombia y Venezuela, habitantes en 15 mil kilómetros cuadrados de ambos países sin que exista frontera en sus territorios.

La historia muestra (con un espléndido soundtrack a lo largo de toda la cinta a cargo del músico mexicano Leonardo Heiblum) las costumbres de los wayuus y la degradación de este pueblo con la llegada del tráfico de drogas

En el pueblo de los wuayuus es donde comienza la tragedia de Colombia.

Un grupo de gringos de los “cuerpos de paz”, que se esparcieron por todo el mundo para supuestamente combatir al socialismo durante el gobierno de Nixon (1968-1972) descubren la posibilidad de comercializar lo que llamarían ‘La Guajira Golden’, marihuana de la región que se vendería en cantidades bíblicas en Estados Unidos durante la época del hippismo.

Con la llegada del dinero del narcotráfico también llegó el dolor de todo un pueblo que fundamenta gran parte de su cosmovisión en la palabra, en el precepto de honrarla y a través de este profundo respeto honrar de la misma manera al eje central de su civilización: la familia.

III

No somos nada sin la palabra

Parte fundamental de la vida del pueblo wayuu son los palabreros, hombres que buscan a través del diálogo y la persuasión la administración del orden social y la justicia de estos pueblos. Cada familia tiene uno, quien los representa ante otras familias para contener posibles conflictos.

En Pájaros de verano uno de ellos es pieza fundamental del guión. Se llama José Vicente Cotes en la vida real, Peregrino en el filme, y es un palabrero wayúu que impacta por la sabia cadencia de sus palabras.

Su papel es una potente metáfora de lo que ocurre en cualquier sociedad: si la palabra no es honrada, perdemos toda humanidad

La palabra, la familia, el amor, son elementos fundamentales ante la tragedia.

 

IV

Ganadora de festivales

Es una pena que el público colombiano no se ha volcado a las salas de cine a verla (no ha logrado recaudar ni medio millón de dólares).

En el portal Las Dos Orillas leo un texto de Iván Gallo con una triste sentencia: “Sabemos que la gente que suele a ir al cine en Colombia es alérgica a la belleza, que tiene la capacidad de concentración de un ratón en un subidón de anfetaminas. Está claro que uno de los ítems pendientes en el crecimiento de nuestro cine es la formación de público”.

Realmente deseo que lo anterior sea una exageración, un arranque nada más, porque al salir del cine en una de las zonas más exclusivas de Bogotá luego de ver Pájaros de verano, detecté a gente absorta y maravillada. Colombianos emocionados con su cine, un cine que puede conmover a todo el continente.

Por lo pronto esta semana ya ha ganado como mejor largometraje en el Festival de Biarritz, en Francia.

  • Fotogramas: Pájaros de verano