A parte de los cafés, yo solía ir a leer, por las tardes, a las cantinas de mala muerte y a algunos templos de la iglesia católica.

 

1

Como las cantinas iban a pique, eran pocos los que se asomaban a ellas. El escándalo y los devaneos propios de esos lugares eran ya casi nulos, lo cual me permitía concentrarme en algún libraco. Por supuesto, a veces terminaba medio ebrio. A los templos iba cuando no había ni misas ni rosarios. El hecho de que me vieran con libro en manos impedía que me interrumpieran, supongo que les parecía, a los pocos feligreses ahí reunidos, un devoto católico.

Hará un par semanas que intenté leer en el templo de San Francisco de Asís, ubicado en la colonia El Coecillo. Me instalé en una de las capillas para darle una aventajada al libro: Un ángel impuro, del autor sueco Henning Mankell, novela donde el burdel y sus personajes atrapan la atención de cualquier lector.

Al estar leyendo algunas páginas de las peripecias de Hanna Lundmark me dieron ganas de fumar. Así que salí del templo unos minutos y cuando volví me percaté de un cuadro pintado por Antonio Segoviano, donde aparece San Francisco de Asís y un demonio verde. Embobado por el fresco dejé la lectura para otra ocasión. Cuando regresé a la caseta de periódicos a trabajar me puse a anotar algunos recuerdos y asociaciones que suscitó en mí esa pintura.

 

2

Cada que veo a una mujer izando una chancla sé que hay niños cerca, ensuciando su vestimenta, demonios atosigando a una flor, atormentando a una fea mascota, pequeños bribones durmiendo más de la cuenta en  días escolares, gamberros despilfarrando el cambio de las tortillas en golosinas o pirotecnia casera.

La chancla, ese objeto que resguarda a los pies de pisos accidentados y de resbalones en el cuarto de baño, es usado de ordinario, por madres, tías, hermanas y abuelas, como un instrumento de tortura e intimidación bastante efectivo.

Una infancia que no haya sido amedrentada con este adminículo del terror está incompleta, destemplada y, probablemente, malograda

No quiere decir esto que aconseje o defienda el uso de la violencia para disciplinar a las niñas y niños. Es mero recuento, observación a corta y larga distancia, compilación de experiencias, la mayoría no traumáticas. Quizá ponga esto por escrito al haber vivido, en contadas ocasiones, temeroso de que con la chancla me fueran a dar una reverenda zurra por desobediente. Y a casi todos los amigos y enemigos que conozco les pasó algo semejante: fueron reprendidos con un certero y tronante chanclazo cuando la suma de sus averías rebasó la tolerancia de su madre, del abuelo aquejado por dolor de ciática o de la tía que sólo está de buen humor cuando anda borracha.

Pero a mí lo que verdaderamente me “aquietaba” en la infancia, además de enajenarme en la televisión, era escuchar, tanto de mi madre como de mis abuelas las advertencias y sentencias: “con ese comportamiento estás ganándote un lugar en el infierno”; “el diablo te va a llevar por mentiroso”; “el demonio anda suelto y te llevará”; “sólo tienes oídos para lo que te dicta Satanás”; “diablo de muchacho ya estate en paz”; “sosiégate cabrón escuincle, cada travesura que haces es una invocación para que el diablo venga, y ya huele a azufre, ya anda cerca y te va a llevar al infierno… luego no vayas a estar de chillón”.

Cuando caía la noche, y ya no había permiso para ver la televisión, comenzaba a ponerme nervioso, inseguro. No era que le tuviera miedo a la oscuridad de la noche, que en aquella casa era tan espesa como un atole frío y cuajado. Lo que me amedrentaba era la sospecha de que el Diablo fuera de visita a mi cama y me jalara los pies. Esa idea botaba como pelota en mi cabeza, no me dejaba conciliar el sueño. Y para no hacerle tan fácil el trabajo al Diablo, yo me envolvía los pies con la cobija, sin que me importara el incómodo calor que a veces hacía.

Supongo que mis travesuras y diabluras, no muy graves la mayoría, jamás le llenaron el ojo a Satán para llevarme de huésped al infierno. Lo cierto es que aún hoy en día duermo, más por costumbre que por superstición, con los pies envueltos.

 

3

En el prefacio de su libro Elogio de la irreligión (Un matemático explica por qué los argumentos a favor de la existencia de Dios, sencillamente, no se sostienen), John Allen Paulos cuenta cómo, gracias a su materialismo infantil, dedujo la inexistencia de Santa Claus y, posteriormente, la de Dios.

No sé qué tan fácil le hubiera resultado, al niño Paulos, la ecuación si a ella le hubiera agregado una variante: el estado emocional identificado como espanto permanente. El que este matemático, eminente profesor en Temple University de Filadelfia, quiera reducir a absurdos los argumentos de teólogos no le resta ni le quita lo supersticioso, pese a que se empeña en presentarse libre de esa ilusión.

A Santa Claus sólo se le espera una noche, no así al Demonio, que encuentra, según muchos teólogos, su reino en las tinieblas de todas la noches

A ratos, en su prosa amena, Paulos aprovecha para afirmar que cree en el amor, la amistad, la bondad y otras tantas tretas mentales, lo cual, por supuesto, me parece sano. José Bergamín, en su librito La importancia del Demonio apunta: “suponiendo que haya algún ser humano que pueda encontrarse en un estado de desnaturalización, de deshumanización, de irracionalidad semejante, sería no ya no tener la capacidad vital de superstición indispensable para vivir, sino tener esta capacidad embotada o disminuida patológicamente, hasta extremos tan peligrosos para la misma vida, que, al que esto sucediere, se convertiría en un caso de clínica o manicomio. Un ser humano sin superstición o sin supersticiones sería un monstruo, un absurdo”.

 

4

No voy a negar que en algún momento de mi vida me sintiera atraído por el Diablo como entidad y como tema de rebuscados tratados de teología y de demonología. Afortunadamente nunca me dio la fiebre de ser un cursi metalero que tararea  letras satánicas.

Cada que me topo en la calle con uno de estos personajes veo a un ex fideísta molesto porque Melchor, Gaspar y Baltazar no cumplieron lo que jamás prometieron. Su pinta, casi siempre, es la del bravucón y rijoso que jamás escucha y baila la música de la fiestas de quince años; pasa su tiempo encontrando a los demás invitados como imbéciles y retardados mentales; salvo él, todos merecen la picota.

Ama, eso dice, al mayor de los corruptores, es decir, a Satán, y jamás, también lo afirma pero hay que dudarlo, le pide milagros a Santa Bernardita. Un vecino mío, ladrón profesional y usurero en sus ratos libres, me contó que prefiere robar a metaleros y diabólicos para evitar severos castigos divinos. Además, con una risa luciferina, se ufanaba de haberles provocado más de alguna micción espontánea a los que él llama peinagüevos del Diablo. ¿Dónde está tú Satán para que venga a ayudarte m´ijo? Les dice cuando ya ha consumado la fechoría.

 

5

¿De qué color es el Diablo? Me preguntó alguna vez un niño infernal que no sabía estarse quieto. No supe qué responderle. Él se sacó la lengua colorada (no dejaba de lamer una enorme paleta de cereza) y, notando mi apoplejía, me dijo: estás bien menso, el diablo es rojo y yo no le tengo miedo. De inmediato me vino a la cabeza la imagen del diablo representado en el juego de cartas llamado lotería. Luego me largué de la presencia de ese niño, como si huyera del mismísimo Demonio. Tiempo después lancé, como piedra disparada por una resortera, la pregunta que me hizo ese mini-Satán a algunos conocidos. Ellos, sin freno en la lengua, espetaron: ROJO.

Casi podría asegurar que la mayoría de los mexicanos cree que el color del Diablo es rojo, y ello debido a la influencia de la lotería

6

Cuando fui a Bolivia visité el mercado de La Cancha, en la ciudad de Cochabamba. Ahí, aparte de una amplia variedad de frutas y verduras, venden suvenires para turistas y objetos rituales para santeros y brujos. Quise comprar una figura del Diablo muy colorida y llamativa. No era cara, pero sí muy frágil. No resistirá tres vuelos hasta México y tampoco creo que me dejen subir a los aviones con la macabra representación del ángel caído, pensé. Dejé la figura en manos del comerciante y seguí embobándome con otras cosas. Pero llamó mi atención que en dicha figura sobresalieran los tonos rojos. Quizá, al igual que en México, ahí el Diablo se pintaba de rojo.

 

7

En el cuadro de San Francisco de Asís que vi en la capilla, el Demonio es de color verde. Ya lo había visto pintado de este color, en cuadros donde San Antonio lo repele. No sé qué represente o simbolice ese color en el Demonio. Me vienen a la cabeza dos datos a considerar: 1) Evagrio Póntico, también conocido como Evagrio el Monje (s. IV), cuya reputación como hereje y origenista aún hoy en día sigue en discusión, anota, respecto al color del demonio en su  Kephálaia gnóstica (1, 22 / p. 24): los demonios reciben el color negro; 2) de la misma opinión es Hesiquio el Presbítero, que escribe en su tratado Acerca de la vigilancia y la santidad: “Tal como alguien en medio de una muchedumbre, si se mira a un espejo verá su cara rodeada de otras muchas que se miran en éste con él, así, el que se mira dentro de su propio corazón ve no sólo su propio estado sino las negras caras de los demonios…”

8

Hace un frío endemoniado. Tengo entumecidos los dedos y eso hace que me cueste bastante trabajo terminar de trascribir estos apuntes. La noche ya casi está por entrar y el aire gélido arrecia. Escucho cómo los vecinos de la caseta se dicen unos a otros: ya vámonos, el Diablo anda suelto.

Llama mi atención esa expresión, tan vieja como se quiera y que, diferidamente, da cuenta de cómo los demonios se encuentran a gusto en el aire

El teólogo Jean Daniélou en su libro: Les démons de l’air dans la Vie d’Antoine apunta: “La creencia, al menos por lo que se refiere a la vida aérea de los demonios, no parece ser, sin embargo, veterotestamentaria ni tampoco de la apocalíptica judía precristiana, sino más bien proveniente del judaísmo rabínico; de todas formas, entre los griegos, ya Platón había hablado de daimones aéreos y, más adelante, tanto en Plutarco como en Porfirio, por influencia irania, se encuentra esta misma idea. En Pablo, Taciano, Atenágoras, Orígenes, Eusebio, Atanasio y otros es también posible encontrar alusiones a esta morada aérea de los demonios”.

En la Edad Media occidental era común la opinión de que los demonios, al atacar al ser humano se despojan de sus disfraces o apariencias, si es que los tienen, y retornan al aire, cosa que produce asombro y miedo ya que, como indica, abolir la gravedad es “el fenómeno físico monstruoso por excelencia” [quien pueda, échele un ojo al entretenido texto de Antonio Bravo García: El Diablo en el cuerpo: procesos psicológicos y demonología en la literatura ascética bizantina (siglos IV VII)]

9

Dejaré a algún lector la tarea de iluminarme respecto al color del Diablo. Del color del infierno sabemos, según Georges Minois en su Historia, de los infiernos que: “se nos pega a la piel como túnica indestructible, como piel de camaleón, adoptando los colores de la angustia de nuestro tiempo”.    

  • Ilustración: Especial