Un ensayo es lo inacabado, lo que nunca tendremos tiempo de completar, aquello extraviado entre los cada vez más lejanos horizontes de las tentativas.

No en vano la Academia lo ha definido como “un escrito, generalmente breve, sin el aparato y sin la extensión de un tratado sobre la misma materia”. Tal vez se engaña la Academia: los ensayos son no siempre breves y sí, ocasionalmente, aparatosos. Al menos nunca son breves en sus implicaciones, ya que su propio carácter provisional apunta hacia una completitud posible, por lo que el ensayo es apenas el esbozo de algo que no será.

Debemos acotar aquí ese tinte de indefinitividad: al ensayar nos conformamos con lo menos, renunciamos a perseguir el tema hasta sus consecuencias finales. Borges hablaba de “las tardías notas”, esos apuntes que nunca serán obra acabada en “los pocos días”.

Ensayar es abandonar, es abordar con levedad lo que nos interesa. No obstante, ese mismo tenor del ensayo —argucia plausible— es el que le impide tener límites o cortapisas. El ensayista es alguien que no sólo se niega a la última perspectiva, sino que, además, elude el compromiso. No sólo con el tema, de suyo despojado de tratadismo o magisterio definitivo, sino consigo mismo, puesto que el autor de un ensayo se ubica en la misma movilidad inapresable de su escrito. En ese entendido, el ensayo es una de las formas poéticas más abiertas y sensitivas; se parece a la descripción que hiciera Huidobro respecto del poema creado: “es algo que no es, que no será, pero que nos gustaría que fuese”.

El ensayo es un orbe del desear

Notemos el sentido aforístico de la frase anterior. Tal vez un ensayo nos debe conducir a dar por sentada, al concluir el texto, una idea crucial y bien perfilada, la cual se puede expresar por un aforismo, una paremia, un dicho, un filosofema, un mandamiento, una declaración de fe o, en fin, con cualquier tipo de resumen apretado que sea como la aldaba del texto y la llave de otra vida posible. Claro que esto puede ser llevado al exceso y declarar, como hace Gabriel Zaid, que “no hay ensayo más breve que un aforismo”. Igual diríamos que no hay ensayo más ocioso que el que tiene como tema el ensayo (porque al terminarlo, estipulada para siempre su provisionalidad, no se podrá sacar algo en claro que no sea una declaración aforística: “no hay ensayo más ocioso que el que tiene como tema el ensayo).

Una vez llegados a la ausencia de compromiso que se revela al fondo de cualquier ensayo, deberemos avanzar por una anatomía del fenómeno, no en afán de explicarlo o entenderlo, sino de vislumbrarlo. El ensayo, como lo es el del músico o de los actores, no es la exhibición misma ante el público, sino el trabajo secreto y correctivo que nos imponemos como disciplina hacia la altura deseada del arte. Aunque existan piezas ensayísticas de factura intensa, no son sino como los esbozos del pintor, los planos del arquitecto, las ejercitaciones del músico. Pero es allí donde está el deleite y el destino del ensayo: no hay otra pretensión que encontrarse a sí mismo delante de las profundidades atisbadas en un tema seductor. Y el público contempla las audacias.

Por lo mismo, el ensayo siempre está encadenado a nuestro punto de vista personal; y, en ello, a nuestra temporalidad. Si un ensayo tiene valor más allá de la circunstancia que lo impulsa es porque los temas recurren dentro de la vida; y porque el alma humana tiene menos cambios de los que se piensan para la historia. El despojado sentido de la inmediatez del cuerpo es un tema para Platón, Catulo o Quevedo como lo es para Coco Chanel o Britney Spears (sólo por delimitar extremos de la cultura memorables y no).

La condición efímera de los entes, las probabilidades del decaimiento de la materia, la inmortalidad apetecida, el orbe oscuro de la muerte, sus anticipaciones dolorosas en las enfermedades o la sorpresa de gestar, de nacer, de procrear, el indefinible ser extático de la mentira y su estatuto humano, tantas aristas del misterio y de la sabiduría que nos arrastran con sus incitaciones ahora como antaño y como, seguramente, habrán de imponerse a los miserables humanos del futuro.

Todos los temas están dichos, pero nunca han sido ensangrentados de nuestra vena poética sino hasta que los convertimos en palabra; palabra volátil, es cierto, mas con volatilidad emocionante, nuestra, textualidad teñida de lo que es nuestra persona. En ese sentido, nadie inventa un tema nuevo, pero cada uno construye la perspectiva inigualable —afortunada o no— de la propia mirada. En cuanto a los asuntos de fondo, todos estamos atados a la cadena insalvable; pero en lo tocante a los matices, los tiempos y maneras, nunca nadie antes habría regodeado su placer en esa original epifanía.

Así, el ensayo es un diálogo con la universalidad desde lo puntualmente irrepetible

Como revelación del pensamiento presente y como opacidad de lo perpetuo, el ensayo se reúne con aquellos aspectos de la existencia social que atienden a lo mismo: el psicoanálisis, porque evidencia y oculta al sujeto; la religión, pues liga al individuo con los que, a veces sin esperanza, esperan la Parusía que abra la comprensión; el arte, ya que ofrenda en materiales sensibles el alcance, rastrero o cósmico, de sus creadores; la política, con la que comparte la falta de compromiso y el desdecirse de sus presentes anteriores.

Podríamos continuar la gama de afinidades sociales del ensayo, mas conviene señalar que dichas conexiones lo son porque el ensayo es el género textual sin pretensiones, obra que no quiere alcanzarlo todo, como la poesía, ni hacer todo artificial, como la novela. De soberbia modestia, el ensayo es el vehículo privilegiado de las inconstancias sociales, su liturgia perfecta, porque avanza sin saber, pero como si supiera. Ensayar es encontrar el consuelo del ánimo angustiado por la perfección y la imposibilidad. En el ensayo encuentran lugar todos los imposibles.

No dejaré pasar la ocasión para señalar que el ensayo, aunque visitado desde antiguo por los pensadores, es, indudablemente, un género propio de la modernidad. Sólo en nuestro mundo reciente (y por reciente quiero decir los últimos quinientos años) se ha dado el trono a la desconfianza. Y el ensayo, como mensajero de la indefinitividad, lleva el cetro del descreimiento, de la fatal ausencia de verdades finales.

No es de asombrar el que los primero ensayistas finquen su aparición en la segunda mitad del siglo XVI, luego del descubrimiento de América, la Reforma luterana y la revolución de Tomas Münzer. Primero se descara Michel de Montaigne, fallecido en 1592, y después Francis Bacon, nacido en 1561. Montaigne, en su famoso prólogo, nos dice “el tema de mis ensayos soy yo mismo”, y remarca el sello personal que se imbuye a este género. Bacon, al lado contrario, considera que el tema es el mundo humano en lo que tiene de más universal, así que sus textos son sobre el conocimiento y sus modalidades, la dirección del destino, las funciones de la sociedad y el proceso de la naturaleza. Yo percibo que esos asuntos generales no están muy separados los encuadres autorreferentes de Montaigne: el saber, la vida, la gente, el mundo.

Por tratarse de una exposición peculiar, el ensayo no está tendido para todo el público; más bien elige a sus congéneres, es el enlace de cofrades dentro de un lineamiento estético determinado. La aridez de algunos ensayos no será compatible con la difusa exuberancia de otros. Lectores de vastedades desiertas no sentirán gratamente la proporción abigarrada de los discurrentes rizomáticos. Y viceversa. Ya la historia ha comprobado el encono que los neoclásicos exprimieron frente a los barrocos; y éstos ante los equilibrados y matemáticos renacentistas. En todos los casos hay que reconsiderar las diferencias, lo que va del círculo a la espiral, de la esfera al caracol. Así que los públicos se reparten en gajos según los estilos; y se vuelven intolerantes de sus contrarios.

No todos los ensayos son para todos los públicos. Y es que un ensayo es continuador de una tradición y negador de otra

Según de dónde provenga su asidero, el ensayista se ligará con autores que serán compatibles con cierta clase de lectores, y refractarios a otra clase. Por sus apoyos textuales y su enfoque y lenguaje, el ensayo se sitúa en un medio cultural muy definido. Digámoslo así: el ensayo es el texto de lo indefinido situado en una historia literaria y cultural muy definida. Además de lo señalado, en cada texto, y el ensayo no es la excepción, se manifiesta una visión de mundo como trasfondo en sus enfoques y procedimientos. Por eso los lectores se separan de los ensayos que no les son reveladores.

Pero —y esas son las ocasiones felices— hay veces cuando el ensayo que no nos satisface se vuelve un detonador y nos propone una crisis. De su lectura, de su odiosa lectura, salimos reconfortados con la duda y el temblor de nuestros fundamentos. Eso nos muestra que el suertudo ensayo tiene sus lectores precisos: los que lo aborrecen. El momento feliz es aquel en que sucede lo que hablaba hace poco con Eduardo Lizalde a propósito de un libro suyo: nos otorga el privilegio de quebrantar el dogma.[1] El ensayo tiene sus adherentes, pero, para todo, son más importantes sus aborrecedores.

En todo este universo de disímbolas direcciones, hay variadas posibilidades para el ensayo en nuestros días. En sus artilugios y en sus entregas francas se puede escribir de tal forma que el lector se convierta en un conversador cómplice o bien que sea un testigo distante del suceder mental. Se puede, también, hacer que el ensayo sea como un pinchazo o un escozor que haga saltar al cómo lector en sus cicatrizadas hormas de memoria y pensamientos o bien hacerlo que se arrulle en la caricia de lo dulcemente elaborado para su aceptación. Son procedimientos, timbres, registros y gamas para establecer contacto, como lo es la posibilidad de darle evidencias y pruebas, analogías explicadas (como hace Bacon en La esfinge), o soltar los potros de la revelación para que arranquen de la mesura al insospechado lector y lo obliguen a ver más allá de lo visible, lo que nunca se hubiera imaginado.

Para lograr el esclarecimiento, ya sea por evidencia o por revelación, el ensayista acude a la vida directa, tangible e inmediata, o acude, en otra posibilidad, a la historia (magistra vitae, como dicen los manuales de Latín). Un ensayo que nos hable de la actualidad política del país será muy diferente del que se ocupe de las condiciones del senado griego. No hay que olvidar, en este caso, ese distanciamiento preconizado por Brecht, pues lo que no es del aquí y el ahora nos somete a pasiones más refinadas y añade el factor intelectual, nada despreciable cuando se trata de ensayar, pues el texto, en este género, se acumula de enunciados tanto como de ideaciones.

En última instancia, el ensayo tiene dos vertientes: convence o interroga. Su labor socavante busca minar al lector, no confirmarlo, extraerlo de su seguridad pacata y lanzarlo a las fieras de lo posible

El ensayo, por convicción, es el intento de respondernos el sentido de lo que es, de lo que somos. Ante esa condición irrenunciable, el ensayo puede solamente enfrentarnos a la interrogación; o, en su otro reverso, ofrecernos una respuesta plausible, convincente, de lo que hemos sido y lo que podamos ser. Camino de la insatisfacción, el ensayo no quiere decirnos que así es la vida, sino que así podría ser. Si el convencimiento nos ilumina, la interrogación nos oscurece. Y el ensayo es el terreno minado de los claroscuros. Yo no quisiera haber convencido a nadie, aunque tampoco quisiera haber planteado solamente una interrogación. La página se cierra y la vida se abre.

¿Acaso ahora tiene otro sentido el habernos encontrado en lo invisible para que luego viniera a concluirse el texto sin que se haya concluido el tema? Lo dijo el romano: la vida es muy corta y los asuntos son muy extensos. Como antídoto para ambas cosas, el ensayo se plantea la brevedad de la vida desde el sentido de lo tentativo; y la enormidad del tema desde la precariedad de lo posible. En ambos casos —vida y tema— el ensayo es lo inacabado.

Y ahora que termina el ensayo vemos, con cierta ambigua satisfacción, que, por el momento, ni la vida ni el tema se pueden dar por concluidos.

[1] Se trata del inicio de La zorra enferma (Joaquín Mortiz, México, 1974), que dice “Sectarios, odiad este libro, eso incrementará mis regalías”. A partir de tan descarada afirmación pudimos asumir críticamente el sectarismo en un momento crucial de la adolescencia. (N. del A.)
  • Ilustración: Malú Guerrero