No recuerdo en qué momento dejé de bufar y maldecir, silenciosamente, a los clientes que me sacaban de alguna lectura.

Cada uno de ellos, ahora lo sé, se daban cuenta de mi incomodidad, de mis ganas de estrujarlos contra los adoquines del piso del jardín en el exacto momento en que solicitaban el precio de un chicle, de los periódicos, de alguna revista pornográfica o de los kakuros para principiantes. Por supuesto, hubo quien me hizo saber, con la misma intensidad de odio, que era un pésimo vendedor de diarios.

Un ex militar, con voz cenagosa, me prometió unos moquetes en caso de no mostrar reverencia ante su presencia como cliente y héroe nacional. Leer el periódico para él era parte de un acto cívico y patriótico, incluido también el hecho de comprarlo. La reprenda subió de tono cuando dijo que yo era parte del circuito informativo y periodístico, lo cual, dijo, debería enorgullecerme.

Opté por no contestar a sus engolados juicios; comportarme como un Bartebly hubiera sido más que imprudente

Cada que leo los Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila, transcribo en un papelito dos de sus pensamientos con la esperanza de regalárselos a ese tipo para cuando vuelva: 1) La lectura del periódico envilece al que no embrutece; 2) No es fácil discernir si el periodismo contemporáneo es un cínico propósito de lucrarse envileciendo al hombre o un apostolado “cultural” de mentes irremediablemente incultas.

Pero no fueron las llamadas de atención y los regaños los que propiciaron un cambio en mi actitud. Para ese entonces ya no me agrada la idea de estar en la fila de los sollozantes que dejan un trabajo por temor a ver disminuidos sus raquíticos talentos, o por considerar que se les infravalora al no ser compredidos por patanes enfundados en el overol de patrones.

No guardo muchas dudas respecto a que trabajar es una aberración, propia de criaturas lamentables, aunque lo es más limosnearle, ya sea con lloros o con adulaciones,  a la parentela, o a los conocidos.

Caí en cuenta que segregar espuma biliar por la boca no era conveniente para mi economía. Dejé los libros obesos para la casa y agendé los delgados para la caseta. A la fecha, el asunto ha marchado bien.

Los clientes siguen interrumpiendo como sólo ellos saben hacerlo y yo he dejado (esto es una hipérbole) de maldecirlos en silencio

No andaba errado William Hazlitt cuando escribía, en su ensayo El placer de odiar, que: Renunciamos a la demostración exterior, a la violencia bruta, pero no logramos eliminar la esencia o principio de la hostilidad.

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La gran ciencia de vender periódicos es ser amable, servicial, no servil, me lo repetía hasta el cansancio Don José, quien me introdujo e instruyó en este oficio.

He intentado, a través de fingimientos, no desestimar la sugerencia de Don José porque, básicamente, para mí es toda una proeza poder dar los buenos días a quienes se detienen a comprar un dulce, un cigarro o un periódico durante el día. Incluso a los vecinos que transitan por la plaza les respondo el saludo sin la torpeza con la que toda mi vida he cargado en esas circunstancias.

Los primeros tres años que trabajé en la caseta, como ya lo he mencionado, fueron difíciles; reacio a socializar, tuve que padecer la enemistad y las amenazas de varios clientes exigentes. No se contentaban con que les diera lo solicitado en su mano, querían que les celebrara el desplante de sus monedas, con esa risa idiota que repelo pero que se aconseja para “vender más”.

Dedicarse al comercio, anota Pascal Bruckner en su Miseria de la prosperidad (La religión del mercado y sus enemigos), es un medio pacífico de rapiña y pillaje. Y claro, el negociante, es decir el cliente, tiene entre sus ancestros al bandido y al ladrón.

Después de un año sabático, es decir becado, volví a la caseta, que ahora, técnicamente, es un hexágono con forma de kiosko. Dice Gastón Bachelard que todo espacio reducido donde nos gusta acurrucamos, agazaparnos sobre nosotros mismos, es para la imaginación una soledad, es decir, el germen de un cuarto, el germen de una casa.

En esta pequeña armazón de lámina metálica cabe, aunque apretado e incómodo, algo aproximado a un estudio: una mesita y una silla, ambas de plástico. La estantería para botanas, también minúscula, hace de librero

A veces, como cuando les tiro sorgo a las palomas y nadie pide precios, percibo en mí una tranquilidad sin precedentes en la historia de mi maltrecha vida.

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Aún me sigue sorprendiendo que lleguen clientes de toda laya a la caseta. Algunos han dejado, con una sola visita, anécdotas y experiencias que mi memoria se resiste a olvidarlas. Quizá suceda esto porque rompen con la monotonía del día, de mis nada espectaculares acciones. Hacen de grietas en el muro del sopor que a veces me asfixia.

Hace un par de años, una mujer ya madura, se paró por más de veinte minutos frente al exhibidor de diarios. En ningún momento dejó su canasta, atestada de elotes, en el piso. Cuando le pregunté qué periódico buscaba volvió su rostro al mío y con una voz entrecortada dijo:

Busco a mi hijo, me dijeron que apareció su foto en las Noticias Vespertinas… todos me dicen que se ahorcó con las agujetas de sus zapatos, quiero saber la verdad… quiero tener esa foto para que la vea su hermano menor y no siga su ejemplo…

Hoy no apareció ningún ahorcado… ¿recuerda qué día pasó eso para conseguirle ese periódico…?

No me acuerdo desde cuando me dijeron que se suicidó; ni siquiera he ido a preguntar a la morgue por el cuerpo de mi hijo… los días que han pasado no los he contado, la verdad ni siquiera sé qué día es hoy, ando como ida, como que quiero creer eso para descansar pero a la vez me siento muy triste… disculpe la molestia, que tenga buena tarde. Dios lo bendiga…

Ese día me la pasé conjeturando la probable historia de esa mujer y su hijo suicida. Todo me parecía absurdo, inverosímil.

Cada que veo a una mujer con canasta en mano siento el impulso de preguntar qué fue de su hijo. Nunca regresó esa mujer a la caseta

Hará menos de un mes que un cliente, después de mucho tiempo, se dio una vuelta por la caseta para cambiar unas “revistas cachondas”, así las llama él; yo odio esa palabra. Es un tipo joven, incluso bien parecido, se dedica a la pepena, a recolectar latas de aluminio y envases de plástico para luego venderlos en las recicladoras.

Siempre que lo atiendo me recuerda al personaje Horse Badorties, el de la novelita El hombre del ventilador, de William Kotzwinkle. No pude evitar preguntarle, el ver su rostro y sus brazos llenos de gruesas costras de sangre, como las estampas y sellos aduanales en las maletas del viajero, el por qué ya no visitaba con regularidad la caseta.

Unos vatos-jijos-de-su-repu… ya-sabe-yo-no-no-digo-groserías… bueno-a-veces-algunas-que-no-son-ninguna… me-qui-quisieron-quitar-la-bike… qué-hora-es… ah-ya-no-no-estaba-en-eso… me-quisieron-tumbar-y-me-dieron-de-machetazos-pero-se-la-pelaron-y-no-me-quitaron-nada… los-andaba-buscando-pa-madrearlos-pero-me-dijeron-que-ya-se-habían-vuelto-aleluyos-y-yo-no-le-pego-a-nadie-que-se-acerque-a-Dios… eso-eso fue lo que pasó… ta-bueno-luego-lo-veo-le-encargo-a unas-negras-de-chocolate-en-calzones-rosas-las-güeras-ya-me-aburrieron…

Tomó las revistas seleccionadas para sus placeres y se fue en su bicicleta canturreándole al cachorro, que llevaba envuelto en una especie de rebozo, sobre su hombro.

Quizá algún día me dé a la tarea de escribir una relación de clientes, que incluya no sólo el respectivo retrato, sino también su habla, la cual, desde hace tiempo, me pasma. Aquí le paro, alguien, con nariz de rábano pachiche, está preguntado el precio de algo que no va a comprar.

Toda interrupción parece necesaria. Evitaré contestarle como funcionario público en horas del desayuno.

  • Ilustración: Lucien Freud