Cada determinado tiempo solemos  hablar y explicarnos lo mexicano. En especial durante las fechas patrias.

Para E. R.

Siempre recurrimos a Octavio Paz y su Laberinto de la soledad, a Frida Kahlo, los muralistas y el folclor con la imagen de charros, inditos y revolucionarios. Estereotipos que parecen definir la mexicanidad en lugares comunes y aburridos.

Por otro lado, los conceptos que conlleva esa identidad de lo mexicano son tratados como obviedades de que siempre estuvieron allí. Por ejemplo, la ciudadanía nos es algo intrínseco e incuestionable. Aunque apenas fue algo que nació en 1929. Ser ciudadano mexicano no era algo que les preocupara a las generaciones anteriores.

Hay una idealización del pasado indígena y una neblina muy espesa de la época Virreinal. También se asume el estereotipo de una aceptación de lo mexicano ya en 1810, al inicio de la Independencia

Las diversas etnias que habitaban antes de la conquista no se asumían como un pueblo único, ni siquiera tenían una lengua común. Los territorios se obtenían en base a conquista y guerra.

Hay una necesidad de mínimo esfuerzo de nuestra parte para tratar de entender la diversidad cultural y social de aquellos momentos.  En el imaginario colectivo se relativiza tanto que muchas veces he escuchado que olmecas, mayas y mexicas convivían en sus reinos, como una bonita historia medieval.

La cultura olmeca data del año 1200 A.C. y su decadencia se dio en el 400 A.C., en tanto que la cultura maya floreció a partir del año 750 A.C. y a la llegada de los conquistadores estaban en franca decadencia; su mayor florecimiento fue antes del contacto con los españoles

Mientras los mexicas eran un pueblo nómada que se establecieron en los restos del imperio tolteca, primero en Chapultepec, de donde fueron expulsados, para llegar al islote del lago de Texcoco en 1345 (según algunos historiadores). Al momento de la llegada de los conquistadores, los mexicas estaban en su apogeo. Aunque ninguno de estos pueblos mesoamericanos se planteó ser mexicano.

Entre la Conquista y la Colonia hay casi trescientos años. Durante ese tiempo se dio el mestizaje que somos ahora

No sólo con europeos, llegaron africanos, asiáticos, las diversas etnias del territorio y de otros lugares de la colonia. Se estableció un sistema de castas que servía para gobernar de una manera vertical con menos problemas. La mayoría de los pueblos precolombinos tenían ya aceptada dicha forma de gobierno, por lo que funcionó aún mejor. Exceptuando a etnias como los chichimecas o los raramuris, huicholes, etc., quienes no les iba muy bien eso de ser civilizados en el estándar europeo. Aunque sirvieron como ejemplo de maldad y delincuencia que había que acabar.

Este mestizaje nos dio palabras como ladino. Término que lo mismo atañe a alguien astuto o que pretende engañarnos. Al inicio era la referencia al indígena mestizo o que había aceptado los preceptos impuestos por los conquistadores. Algo similar a la expresión Uncle Tom para los negros en Estados Unidos. Hoy existe una etnia en Chiapas y Guatemala que asume esta condición de indio mestizo y como tal se le nombra. La frase de pinche indio, obvia el término ladino que era lo usual para denigrar al otro.

Lo mexicano no estaba presente en los inicios de la guerra de Independencia. Fue un acuerdo entre criollos y europeos que vieron la posibilidad de mejorar económicamente sin la presión de la corona española, ya en decadencia gracias al imperio napoleónico. Las ideas de independencia se dividían entre copiar los imperios europeos y los preceptos de la democracia estadounidense que tenían cercana. Esto es visible en la Constitución de 1917. Se era mexicano por nacer en dicho territorio.

Un dato gracioso: Festejamos en México la Independencia el 16 de septiembre, mientras que Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica lo hacen el 15 de septiembre. Pero la firma de independencia en México se da el 28 de septiembre de 1821, en un acuerdo que dice que el Imperio Mexicano declara su independencia del Imperio Español.

Las naciones centroamericanas se unen espontáneamente bajo el nombre de Congreso de las Provincias Unidas de Centro América, el 5 de enero 1822. Así se constituyó la Capitanía General de Centroamérica, después llamadas Provincias Unidas de Centroamérica. Sin embargo, estas cinco naciones se separan el 20 de agosto de 1824. El argumento que dieron es que el Imperio Mexicano, tenía un Emperador (Iturbide).

Datos como ese plagan la historia de América Latina. Sin embargo, se nos exige no faltar al respeto ni cuestionar la inmóvil imagen sacralizada de Independencia

Las primeras ideas de lo mexicano se las debemos a José María Luis Mora. Su Catecismo político de la Federación Mexicana y la Disertación sobre la naturaleza y aplicación de las rentas y bienes eclesiásticos es pieza clave para entender la identidad en acciones éticas y políticas.

Los primeros retratos culturales los encontramos en las obras literarias de Ignacio Manuel Altamirano: tanto Clemencia y El Zarco, nos muestran los ambientes, tradiciones, el uso del lenguaje y los paisajes del México de su época; Clemencia está situada en Guadalajara y El Zarco en Yautepec, Morelos. De allí tomó el imaginario colectivo la costumbre de vestirse como indígenas en las fiestas patrias y fiestas religiosas: hombres con pantalón de manta (calzón), y las mujeres con enaguas (faldas largas).

Lo mexicano, como concepto identitario y filosófico, es planteado a finales del siglo XIX por Justo Sierra. Quien observa la necesidad de una educación científica para la realización de la vida. Su mexicanidad aún es borrosa, idealizada y ambigua. Siempre cercana a un positivismo cientificista. Pero gracias a eso, la siguiente generación de pensadores en la primer parte del siglo XX buscaron contraponerse a las ideas de Sierra.

El primero en tener una exposición clara de los mexicano fue Antonio Caso. Quien desde una visión fenomenológica, influida por los trabajos de Husserl, trata de encontrar un sentido claro a lo mexicano. Su aporte más claro lo encontramos en Discursos a la nación mexicana, donde proyecta el concepto y combate los pensamientos Jacobinos y Positivistas anteriores.

En 1924 se publica el libro ‘El problema de México y la ideología nacional’, allí Antonio Caso observa la necesidad de un hombre nuevo quien podrá asumirse como un mexicano íntegro al unir su identidad racial, cultural y social

Desde una posición más vitalista, José Vasconcelos planteó su idea de Raza Cósmica o raza de bronce. Él expone que hay cinco razas: blanca, negra, roja, amarilla y la de bronce. Esta última es el mestizaje que se dio en las ex colonias de España y Portugal. Gracias esa combinación, surgirá de aquí un nuevo tipo de hombre que podrá alcanzar la plenitud. Solemos decir que somos la raza de bronce, pero no es lo que proponía Vasconcelos, por más que lo repitamos.

Samuel Ramos nos ofrece su posición menos optimista de lo mexicano. Su trabajo es una mezcla de psicología y teoría de los valores que trata de identificar el alma mexicana y con ello regresar a los valores autóctonos. Ramos influirá en los trabajos de Leopoldo Zea y Emilio Uranga en la búsqueda de la esencia mexicana.

Uranga explica la mexicanidad como una experiencia que nos trasciende y nos abarca. Zea trabajó en explicar la relación entre los hechos históricos y la relación con las ideas. Es esta relación la que nos da los datos para sabernos mexicanos. De allí surge la reivindicación del mestizaje, no sólo en la raza, sino en lo cultural, lo geopolítico e histórico.

El trabajo de Zea vio sus frutos en dejar de llamar ‘Descubrimiento de América’, en 1992, para llevarlo al plano del ‘Encubrimiento social y cultural’.

Sobre estas bases, Octavio Paz trata de exponer la psicología de lo mexicano en El Laberinto de la soledad. Si desde Ramos se deja de plantear un hombre nuevo, en Paz encontramos al mexicano explicado en su presente constante. Una ser con una identidad trágica, llena de simbolismos, siempre dispar, brutal y festivo, lleno de magia e incredulidad, creyente y pesimista.

Ese individuo que se repite en la colectividad, suele estar marcado con su pasado que idealiza y odia a partes iguales. Siempre buscando subterfugios para no ser ni indio ni español. Un mexicano que se respete es un ‘hijo de la Chingada’

Zea había expuesto un mestizaje cultural lleno de contrasentidos que nos conformaban con una identidad barroca, llena hasta el colmo; Paz encuentra allí una inteligencia mexicana. Eso de reparar las cosas con hilos, ligas, alambres y chicles para librarla permanentemente, lo contemplamos como alto nivel de astucia. Para Paz somos ladinos.

Las ideas de Paz han servido para mantener el estereotipo: el mexicano con sombrero, bravucón y melindroso, siempre buscando la aprobación de la madre y tratando de ser galán a toda costa, dado al llanto y a la fiesta. Paz inundó el imaginario colectivo de un ser acabado que no cambia. Paz construyó un personaje televisivo que nos impide vernos en otros lugares. Su descripción del presente hace que lo inmediato se vuelva esencial. Su patrón vulgar nos lleva a creer que el pensamiento se contrapone con las acciones. La mexicanidad de Paz nos evita pensar al otro, nos hace una imagen en serie que minimiza las diferencias.

A mí me interesa el otro, el diferente, el que no soy yo. La mejor imagen que tengo de ello es el gatonejo que nos ofrece Antonio Ortuño en su novela Méjico: “Una cosa que nació en un lado pero con los pies en otro y sus patas no se corresponden con sus orejas. Gatonejo: es, una cruza, un bicho”. Un híbrido o una mutación genética como metáfora de aquella raza de bronce.

Me interesa esos otros porque me complementan. No me interesa la igualdad, pues me impide ver la diferencia del que está a mí lado. Siempre es más sencillo ver a los demás como los mismos, los que son como yo, ¿pero si no fuera así? ¿si el mestizaje dio otras condiciones, distintas a las que pretendemos tener?

Lo siento, no me ajusto a esas ideas donde todo está acabado o a punto de acabar. La mexicanidad que me ofrecen no la veo, por más que nos vistamos de charros y chinas poblanas todos

Entiendo que es necesaria la institucionalidad para la sobrevivencia, pero llevar lo identitario a lo socialmente pretendido es imposible. Me importa la xenofilía (el amor por la diferencia). Cuando hablamos de una sociedad acabada o delimitada nos enfrentamos a la endogamia. Por el contrario, la xenofilía nos exige entender al que no somos. Por supuesto que da miedo, es inconmensurable. Mientras la igualdad nos la ofrece la endogamia, la xenofilía abre posibilidades y refresca el futuro.

Pensar el presente reduce. Pensar el futuro abre probabilidades. Entender el pasado es necesario para comprender los pasos a seguir. El presente ahí está, innegable. El futuro lo tenemos que crear.

Inventemos lo que no está.

  • Ilustración: Zarzi