A las 8:35 de la noche del domingo 21 de octubre en el Festival Internacional Cervantino (FIC), la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato (OSUG) ya ensaya sobre el escenario. El sonido de los instrumentos se expande, como afuera en las calles, revuelto y luminoso.

Desde las gradas del sexto piso -las más humildes aunque con aires de teatro isabelino-, se escucha mejor la música, los acordes que retumban en el techo decorado con motivos geométricos bellísimos de oro, turquesa, rojo-rosado y blanco.

Pienso que los arquitectos José Noriega y Antonio Rivas Mercado –padre de la trágica y bella Antonieta- hubieron de meditar un poco en el techo, pues ahí se apostaría el pueblo. Así que habría que darle algo que compensara la lejanía con el escenario. Y la mejor forma fue brindarle un atisbo de primera mano al paraíso de la forma y el color.

El gran candelabro en forma de campana cuelga como una pieza de joyería magnífica. De él penden tubulares lámparas de luz ámbar, amatista, esmeralda, rubelita, y un engarce de incontables bombillas blanca-perla

Los músicos de la OSUG han alcanzado la perfección en sus interpretaciones.

A las 8:46 aparece fugazmente sobre el escenario Roberto Beltrán Zavala, director general de la OSUG, que revisa la partitura en el atril y vuelve a escapar de la mirada. Viste un impecable frac negro, camisa y chaleco blanco con pajarita plata en seda,  y zapatos negros de charol estilo Ferragamo. Es un dandi contemporáneo.

Esta noche de gala la OSUG presenta una obra del joven mexicano David Hernández Ramos. Y la magna Sinfonía 7 en do mayor Op. 60 (Leningrado), del ‘camarada’ Dmitri Shostakóvich. Ambas son revolucionarias a su manera. La del joven Hernández Ramos que muestra al mundo que México es contemporáneo pese a la matanza diaria, en 2018, y la del consagrado ruso que registra la resistencia ante la brutalidad, ante la matanza persistente en Leningrado, en 1941. Sonoros espejos de la historia.

Una campana de bronce anuncia las tres llamadas de rigor. El concertino Dmitri Kiselev aparece un minuto antes de las 9 de la noche, la hora precisa que marca el programa de mano para que inicie el concierto. Ordena con suficiencia la afinación general de la orquesta. Después se hace un silencio absoluto.

Matemáticamente preciso a las 9 de la noche Roberto Beltrán Zavala aparece y estallan los aplausos. Luego se sucede la magia. Con el dedo meñique erguido y pases de mago, Beltrán Zavala logra sacar la esencia musical de Estudio sobre el olvido –obra de David Hernández Ramos-, una especie de discurso expresionista atonal.

Generoso con la nueva música mexicana, con los nuevos compositores mexicanos –como ya lo ha hecho con Francisco Javier González Compeán, Jorge Torres Sáenz u otros talentos-, Beltrán Zavala honra a México, y llama a David Hernández Ramos, quien sale de la penumbra al terminar la pieza, para que reciba los aplausos en el estreno internacional de su obra.

El público es variopinto, hay geeks, millennials, hipsters, maduros, adultos mayores, extranjeros, estudiantes, amantes de la buena música a final de cuentas todos

La OSUG se ha convertido en una orquesta de clase mundial.

A las 9:13 de la noche se hace un nuevo silencio. Es el intermedio. Y pronto el teatro se llena otra vez de murmullos, de la nueva ensayística de algunos músicos de la OSUG que permanecen en el escenario pulsando cuerdas, expulsando aliento, tamborileando, antes que nuevamente se repita el ritual del concertino.

Observo, desde el anonimato que dan las sombras en las gradas del pueblo, a los músicos que han hecho, -antes con modestia y suficiencia, ahora con esplendor nuevo- desde que Beltrán Zavala llegó de los Países Bajos, que Guanajuato sea vibrante, que sea imposible conseguir un boleto para escuchar cada viernes en el Teatro Principal a la OSUG.

Ahí está Cuauhtémoc Trejo, el dios Pan que ahora toca la flauta de cristal, las divas, Djamilia Rovinskaia, señora de las estrellas, Lydia Bunn, una caricia de terciopelo y oro, Michel Severens, alumno genial de János Starker, Mikhail Rovinski, digno sucesor de Marin Marais, y tantos otros que se me escapan de la memoria.

A las 9:29 de la noche se sucede un estallido sonoro. Comienza con un épico allegreto. Tierno movimiento que se tornará grotesco. La invasión alemana a Leningrado avanza metálica, como una marcha fúnebre

La Sinfonía 7 en do mayor Op. 60, de Shostakóvich, en todo su esplendor.

La tarola marca el ritmo marcial con su tamborileo. Lejano. Anticipando la tormenta, la tragedia, el horror. El desgarrado pulso del dedo índice de los músicos que pulsan las cuerdas de los violines se va volviendo un largo lamento.

Todos estamos expectantes. Al borde de gritar o de aferrarnos a lo que esté a mano. La música es poderosa. Transmite con su diálogo de cuerdas ámbar –violines, chelos, violas, contrabajos- y aires graves de plata y marfil –fagots y clarinetes-, acompañados por los golpes del piano de cola, negro ébano… el desasosiego.

Shostakóvich ya corre en la piel y la agitación de albatros de Roberto Beltrán Zavala que ondula su muñeca derecha, in crescendo, con una diminuta batuta de madera que traduce, con un preciso ondular, el estallar de los címbalos o la elegía.

Veo los instrumentos dispuestos para el gozo de los oídos. Son también joyas. Como el decorado del Teatro Juárez. Violines, violas, violoncellos, contrabajos, todos ámbar –en tonos miel o rojos-, flautas de plata, fagots con remate circular de marfil, dorados cornos franceses y un saxo alto, clarinetes de oriental canto de obsidiana y plata, flautas de platinado aire.

Roberto Beltrán Zavala convoca con su vuelo de pájaro a una especie de caballería que es inquietante. A las 10:23 de la noche de un domingo en el FIC el ‘enfant terrible’ de la música sinfónica se agita, y eso es premonición de un allegro non troppo

Roberto Beltrán Zavala, un director genial al frente de la OSUG.

Todos estamos, desde el piso principal hasta casi el techo, aferrados a lo que está a mano- los de las gradas isabelinas recurrimos al duro y frío metal de la baranda con los últimos remates de florituras espirales-, respiramos entrecortado ante el agitarse de pájaro de fuego en que se ha convertido Roberto Beltrán Zavala al frente de la OSUG, joya sonora de fuego en el FIC.

Pienso que debería tener más conocimiento musical para describirle a nuestros amables lectores lo que significa lo que marca el programa de mano y la música que nos pierde a todos en esta noche de un domingo en el FIC: Allegretto, Moderato (poco allegretto), Adagio (attaca), Allegro non troppo.

Me disculpo por mi torpeza, querido lector. Sólo puedo decirte que veo a un hombre que se ha convertido en pájaro de fuego, que Roberto eleva ambos pies sobre sus metatarsos, que su genio se traduce a un ritmo incandescente, a un ritmo poético que nos vence a todos los asistentes en el teatro, cuando inesperadamente da un puñetazo de luz para cerrar el gran concierto. El momento en que desde Guanajuato decimos que es cierto, que el futuro es hoy.

¡Un monstruo de obra!– grita en los pasillos un hipster con barba, coleta extraña y lentes con patillas rojas como el granate de la alfombra que nos conduce a la salida.

Deseo preguntarle cómo se llama o por qué ha dicho eso, pero ya se pierde entre el tumulto que nos arroja a la calle, donde un aire frío anticipa el otoño. Al salir del Teatro Juárez el viento gélido acaricia mi rostro, pero yo me siento lleno de fuego.

Guanajuato es mi amor, la joya de América. Es lo que amo. Es la ciudad más hermosa del mundo.