La primera vez que supe de Sor Juana Inés de la Cruz fue por medio de una moneda.

 

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Esa moneda de mil pesos, gruesa y dorada, que aparte de ser un buen domingo (que, por cierto, nunca tuve), servía para descalabrar a los “aprovechados” del sexto de primaria cuando yo iba en segundo año.

La verdad no me interesó indagar quién era esa monja que aparecía perfilada en el dorado metal, mi curiosidad  se columpiaba por un asunto más pedestre: de qué tamaño es la melena de Sor Juana. Ignoraba, en aquel entonces, la relevancia de Sor Juana, de hecho, aún hoy creo que ignoro mucho, de todo cuanto hay que conocer.

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Tuve suerte, así lo quiero pensar. Estudié en una preparatoria donde la mayor parte de los profesores no se rebajaron a payasos o entretenedores de alumnos. Daban cátedra, casi todos poseían una preparación respetable en su área; su malhumor lo transfiguraban en ironías o sarcasmos que hoy los llevarían al despido. Les importaba un rábano hacerse los graciosos; no eran celebres por ser “divertidos”, sino por su inquebrantable exigencia y disciplina. Eran buenos profesores, nada más.

Mis profesores de prepa cumplían con algo que no sólo hoy, sino siempre, ha sido indispensable en este arte: hacer del individuo un estudiante cada vez menos ignorante

Uno de esos profesores, en alguna ocasión, me pidió de tarea que leyera poemas de Sor Juana Inés de la Cruz y que escogiera uno, para luego someterlo a análisis literario. Así lo hice, escogí uno breve (un soneto), creyendo que eso me libraría de una ocupación extensa, y lo presenté ante el profesor. El celebró el poema y comenzó una larga y sustanciosa exégesis de cada palabra, verso, estofa, etc.

El profesor remató sus comentarios afirmando: “Este pequeño aparato literario es una máquina del tiempo, como puedes ver, anduvimos caminando entre estoicos y renacentistas, pero además, es una nave perfecta para poder viajar en el amplio territorio de la imaginación”. Pese a que me pareció algo cursi esto último, dejó en mí ese profesor una invitación para agrietar la coraza de mi ignorancia.

No me hice lector especialista en Sor Juana, pero puedo decir, a distancia, que cada que leo un poema que me atrapa, intento hacerlo como ese profesor: atento a los detalles, a las minucias.

3

Cuando ya estaba estudiando filosofía, creo que fue en el primer año, recibí de manos de su autor, Jesús García Álvarez, el libro El pensamiento filosófico de Sor Juana Inés de la Cruz (CEFTA, 1997). Esa obra, de no más de 250 páginas, es un ensayo sobrio, documentado y, para sorpresa de los no sorjuanistas, ajeno al sopor y a la pedantería.

El padre Jesús García (O.P.), como lo llamábamos en la carrera, era el director general (y también el catedrático más temido y exigente) del Centro de Estudios Filosóficos Tomás de Aquino, en ese entonces la única escuela laica avocada a la filosofía.

El padre Jesús, hasta ahora me cae el veinte, nos traía a palos por una razón: no era amigo de lo bestial, de ahí que nos ayudara a ignorar menos, con esa ironía que sólo saben cultivar los que hacen de la filosofía una actitud ante la vida, además de su respectivo estudio

Esa ironía, a veces estruendosa como un latigazo, otras sutil como el lanugo de un recién nacido, no la he vuelto a escuchar desde hace más de diez años, y eso que a veces voy a lecturas de poesía donde los autores presumen de cultivarla.

El libro que me regaló el padre Jesús fue para mí no sólo una sorpresa bibliográfica, sino también un desconcierto ¿Jesús García lee poesía? Así era. A la erudición que imprimió en ese ensayo se le sumaban el magisterio de la ironía, una atenta interpretación de pasajes oscuros, pero sobre todo, una peculiar sensibilidad (entre tomista y existencialista) a la hora de concluir sin conclusiones.

El padre Jesús, como lo hacía la propia Sor Juana, va al fondo de las cosas, no se contenta con celebrar la destreza y belleza de las letras. Jesús García supo trascender con creces, a diferencia de su coterráneo Marcelino Menéndez Pelayo, su aproximación a Sor Juana. Además, como nota humilde, comenta que su ensayo no es el libro del erudito japonés que anunciaba Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe.

El propósito de la obra de Jesús García es recoger el pensamiento de Sor Juana, disperso en sus múltiples obras, para lograr una visión de conjunto, que dé sentido y explicación a cada una de sus partes. A esté propósito se aunará una constante disquisición sobre la licitud de someter a la poesía de Sor Juana a una sistematización de sus pensamiento.

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A 323 años de la muerte se Sor Juana, creo que el mejor homenaje es leerla desde diferentes ámbitos, circunscribirla como mera poeta, o pensadora, o proto-feminista, o como lesbiana es, sin tanto quebradero de cabeza, amputarla, a ella, el personaje y a su obra.

(El retrato que acompaña este artículo es de Sor Juan a los 15 años de edad y para ilustrar mejor lo inasible del Ave Fénix entregamos al calce un fragmento de una de sus décimas escrita a propósito de un retrato que envío la misma Sor Juana a una persona cercana. Nota del editor.)

 

A tus manos me traslada
la que mi original es,
que aunque copiada la ves,
no la verás retratada:
en mí toda transformada,
te da de su amor la palma;
y no te admire la calma
y silencio que hay en mí,
pues mi original por ti
pienso que está más sin alma.