Esta es la primera línea. La calco con la pluma a manera de certeza, de espacio libre, por el momento, de dudas y acertijos. Es la primera línea de algo que, contrario a los trenes, por ejemplo, no sabe a dónde irá a parar.

Plagiario es el artista cuyo arte es el de escoger. Es un gran arte.
Paul Valery (Œuvres II, p. 1429)

León. México

Estas líneas se supone que tendrán que cobrar una figura, una silueta de presentación editorial, un flaco favor, por supuesto. Que atraiga al que me escucha a conocer no estas líneas sino a las que pretenden aludir, a aquellas que componen el libro que hará un par de semanas leí. Pero he de decir que me siento algo cansado. Y eso, lo noto desde hace tiempo, afecta el modo en que arranco un escrito, ya sea para leerlo o para suscribirlo.

Cansado he leído el libro La mano que mira, de Juan Cristóbal Mac Lean. Cansado del cuerpo, con dolor en las piernas y en los brazos. Antes de parar aquí, sentado con plumilla en mano, tuve, como lo hago a diario, que abastecer de enceres el negocio que me permite cubrir mis necesidades.

A las seis y media de la mañana fui a recoger el periódico que vendo, luego abrí la caseta, la ordené de tal manera que me permitiera ganar tiempo para luego surtir las revistas de chismes, de moda, de modelos semidesnudas. Igual hice con los dulces y cigarrillos. A medio día entregué algunos diarios en los domicilios de clientes que nunca van a la caseta. Ir y venir con los pies de aquí para allá, saludar y cobrar, llevar las cuentas de manera rústica, sólo dios sabe cómo no he quebrado este negocio.

Las palomas de pronto se posaron en las inmediaciones de la caseta, esperaban su comida. Les arrojé sorgo, comen como los perros, no saben cuándo parar, pensaba

Quizá me canso porque soy un haragán nato, un indispuesto a las actividades. Pero no me queda de otra. Y ahora, que anoto esto, el cansancio va en picada, desaparece. Como también se diluyó cuando leía La mano que mira.  En la lectura mi cuerpo encontró reposo. Es decir, ya leyendo, una suerte de fármaco obró en el tejido de mis músculos de tal manera que fueron perdiendo rigidez, pero a su vez, también avivó y alertó a la atención para que se aguzara.

Soy un lector ambiguo, lo confieso. O torpe, para no darle entrada a eufemismos de poca monta. No distingo tan claramente el placer del goce, como ya lo hizo Roland Barthes. De hecho, cada que leo ensayos, ya sea en libros o en revistas, los someto a un tamiz que a la fecha me ha dado resultado, o al menos colma momentáneamente mi ansia clasificatoria. Dicho tamiz, disculpen la tosquedad, refiere a la extensión de lo escrito y abordado. O son breves y cortos o extensos y amplificados.

Por supuesto, ya he advertido mi inclinación a la pereza, opto por los primeros. No se trata de que a los segundos les haga el feo, o les rehuya, incluso no los desestimo, sólo que los evito como quien da la vuelta al ver a un vecino quejoso.

En el ensayo breve, corto, encuentro eso que Julio Torri aprecia: “ahuyenta de nosotros la tentación de agotar el tema, de decirlo desatentamente todo de una vez”. Y en los ensayos que componen La mano que mira hay, con mucha solvencia, esa precaución. El enfatismo de Juan Cristóbal en cada uno de sus ensayos es, además de virtud literaria, moderación ante la supuesta soberanía lógica que exigen académicos de vitrina o lectores ávidos de información estrafalaria, a los que, por cierto, la sutileza les parece un estorbo.

Celebro que las meditaciones del solitario Mac Lean sean hasta cierto punto imprecisas, refractarias a la torpeza intelectiva del filisteo. Tanto los epígrafes, como las notas al pie de página de varios de sus ensayos son, más que un tortuoso aparato sistematizador, una amabilidad para con el lector. Sus ensayos son pequeñas casas donde las puertas están proscritas, y eso ya, tácitamente, es un gesto propio de hospitalidad; una invitación a entrar ahí, donde las confesiones saltan al oído como la música de Schubert, o como la herida se cuela en la frontera de los ojos.

 

Bogotá.Colombia

Mientras espero el vuelo hacia La Paz le doy una ojeada al índice de La mano que mira. Es imposible, para mí, no relacionar los temas que apunta con los de una larga tradición literaria. Pero decir, anotar: “tradición literaria”, acarrea serios problemas. Quizá convenga (pero obviamente no conviene) , para el caso presente, tener en cuenta eso que Maurice Blanchot, en un escolio a G. Bataille y Jean-Luc Nancy llama comunidad acefálica, donde confluyen aquellos que no tienen comunidad,  experiencia común de lo que no podía ser puesto en común.

Así las cosas, quizá el autor de La mano que mira, en su privación soberana de pertenecer, recalca una aporía, la posibilidad de algo imposible: un espacio, puruma, donde se aloja la gran literatura

Ahí, donde Juan Cristóbal Mac Lean anota, con inquietud, qué indica la palabra aymara K´ita (el que se desprende de la comunidad) podemos, con cierta imprudencia, captar ciertos rasgos, empatías, de su propia constitución como autor, como ser vivo, aunque eso ya es, sin dudas, un verdadera imprudencia, un escándalo que el propio Juan Cristóbal bien podría impugnar al que suscribe esta nota, esta presentación, con la pregunta ¿acaso me conoces?

 

La Paz. Bolivia

Otra frontera, otra espera. Hace frío y no me queda más que atender a los gritos del cuerpo, del mío: quiere aposentarse en donde el calor contrarreste a este odioso clima.

Portada del libro ‘La mano que mira’, publicado por Ediciones de Libros del Cardo.

Y nuevamente va a las páginas que componen La mano que mira. Por ahí es por donde me fugaré para evitar los latigazos del gélido aire. Pasado el umbral de las letras impresas, camina y vaga mi memoria por un recuerdo, una asociación: el K´ita, el niño que se va de casa, deviene el opaco personaje Butes, el de la Odisea.

Pascal Quignard anota: “Desde el fin del Micénico corría la leyenda de una isla misteriosa en cuyas orillas los marineros perecían atraídos por el canto de los pájaros. Se contaba que los navegantes que pasaban a lo largo de estas costas se hacían tapar sus orejas con cera para no ser descaminados y morir. Ni siquiera Orfeo el Músico quiso escuchar nada de este canto continuo. Ulises fue el primero que deseó escucharlo. Tomó la precaución de hacer que le ataran los pies y las manos al mástil de su navío. Sólo Butes saltó… Nuestros nombres nos reclaman hasta nuestra muerte. Así es como la voz antigua de un pájaro con senos de mujer llama a Butes. Lo llama mucho más que por su nombre: lo llama por el pálpito de su corazón. Así es como Butes abandona la fila de los remeros, renuncia a la sociedad de los que hablan, salta por la borda, se arroja al mar… ¿Adónde va? Va allí donde escucha que se pronuncian unos sonidos mucho más apremiantes que los nombres mismos.”

 

Sucre. Bolivia

Por qué no he recurrido a reseñar el contenido de cada uno de los ensayos de Mac Lean, me preguntaba insistentemente mientras, por primera vez, caminaba por estas tierras donde reses y aves sacrificadas hacen de ornamento y preludio de un buen plato.

Hasta donde van estas notas, parece que me he inclinado por atisbar al autor de La mano que mira. A qué viene ese morbo. Paul Valery anota: “Nunca hay que sacar conclusiones sobre un hombre a partir de la obra –sino de la obra hacia una máscara- y de la máscara a la máquina”.

Este objeto llamado libro, obra titulada La mano que mira, modifica el aspecto exterior del rostro de su autor hasta deformarlo, hasta volverlo irreconocible, un conjunto fabricado que transforma una energía con efectos desproporcionados; una proximidad y exterioridad perturbadoras.

El autor, entonces, es la necesaria ficción de una obra. Y a veces, sin rubor, confieso que me atraen las mentiras

 

Cochabamba. Bolivia

I

Me hago de un par de muñecas de trapo en el mercado de artesanías de esta ciudad. El propósito de comprarlas es que sean un regalo aún sin fecha. Serán el vestigio de que cierta infancia no ha pasado desapercibida por mí. Pero cada vez que repito este acto acumulativo no dejo de batallar con las voces de mi cabeza: esos juguetes, con sus ojitos de trapo, serán los testigos de una extinción, la suya propia. Como la cabeza de un toro, quizá de bronce, que ha visto caer a los de su especie sin inmutarse.

Mientras cierro esta nota, La mano que mira me interpela a través de su Galería de animales, sobre la certeza de la anterior afirmación.

II

“Cobrarse a lo chino” es una frase que en México equivale a subsanar cierto adeudo de la manera más oscura posible. Dejar las manos vacías del deudor. En el desván de la poesía china, el cual está acomodado al fondo del libro La mano que mira, encontramos, al asomarnos en él, una carcajada, casi infantil, que rompe la solemnidad con la que poetas y académicos de Occidente se devanan los sesos.

Aquella que, a través de piruetas y actos circenses, le quiere conferir una profunda esencia a la poesía y a su artífice.

  • Fotos: Especial