Las novelas y cuentos de Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato 1928 – Madrid 1983) son y seguirán siendo claramente una realidad nacional por dos aspectos fundamentales: los levantamientos para ganar poder en la historia reciente de México; la existencia ordinaria y trivial en la Ciudad de México y en las provincias.

Con pluma silenciosa pero dominante y un humor no necesariamente cómico, Ibargüengoitia profanó los mitos fundacionales que su país está acostumbrado a alimentar y a despojar de lo cotidiano. Realizó además estas desmitificaciones apropiándose y desviando, de manera muy personal, ciertos elementos de la estricta literatura policial, y aprovechó con ello la inestabilidad permanente del género para trabajar en otras formas narrativas. Esto bajo el tono de la irreverencia y la parodia.

“Con pluma silenciosa pero dominante y un humor no necesariamente cómico, Ibargüengoitia profanó los mitos fundacionales que su país está acostumbrado a alimentar y a despojar de lo cotidiano”

Todos estos aspectos requieren un lector sensible a estas estrategias de escritura; un lector, tal como es concebido por Borges, por su crimen de ficción: es decir, activo, astuto, investigador, suspicaz, dudoso, incluso descreído, pero que reconoce el texto como un detective y lleva gradualmente una investigación independiente.

Publicada originalmente en México en 1965, Los relámpagos de agosto de Jorge Ibargüengoitia, causó un considerable revuelo literario. Hasta entonces, la literatura sobre la revolución mexicana había sido sombría y solemne: su tono dominante marcado por la saga monumental del conflicto y el sufrimiento gigantesco de todo un país. La historia —estas obras implicadas— era un asunto serio. Pero, de repente, por primera vez, apareció una novela que proclamaba que este evento estremecedor y traumático era, con todo respeto, pura vacilada, una cuestión de risa.

Le llevó 55 años a la revolución mexicana producir su primera sátira

La novela se centra en las travesuras conspirativas de un grupo de torpes generales que, paradójicamente, tienen el destino de una nación en sus manos. En su desenfrenada lucha por el poder ejecutan a civiles inocentes, bombardean ciudades equivocadas y, por supuesto, finalmente se apuñalan unos a otros por la espalda, todo muy a la mexicana, todo en nombre de los ideales más elevados.

El hombre que cuenta la historia es el ficticio general Lupe Arroyo, un sinvergüenza, un delator: “Más tarde me criticaron porque no liberé a estos rehenes aunque se pagó el rescate. Me gustaría dejar las cosas claras en estas páginas: se exigió el rescate para evitar que se dispararan, no para liberarlos”.

Lo que diferencia a Arroyo de los otros generales es que él es brutalmente abierto acerca de sus motivos, y de los motivos de todos los demás también. Arroyo sabe que en un mundo de bribones no es la moralidad lo que garantiza el éxito ni la integridad lo que se recompensa; por el contrario, los despojos del mundo se distribuyen por la impredecible rueda de la fortuna. Por lo tanto, el general Lupe Arroyo está atento al más pequeño e inadvertido detalle que podría hacerle tropezar o salvarlo. No es de extrañar que para él la historia sea una farsa en la cual el objetivo es no resbalarse con ninguna cáscara de plátano. Pero, paradójicamente, Lupe Arroyo tiene talento para resbalar. Nos informa incluso, entre otras cosas, que el reloj legado por el recientemente fallecido presidente electo fue robado por otro general.

En otras palabras, Arroyo es alguien que nació para perder y sólo espera una racha de buena suerte

Personajes similares se pueden encontrar en otras novelas de Ibargüengoitia. Aunque los personajes están luchando por objetivos incluso más sórdidos que los generales —una gran parte de la herencia familiar en Dos crímenes, manteniendo un burdel en operaciones en Las muertas—, muestran una predisposición similar a participar alegremente en cualquier número de crímenes para salir a flote; y al igual que los generales, todos los demás protagonistas de Ibargüengoitia suponen que la suerte los rescatará si las cosas van mal.

Pero en Los relámpagos de agosto, Ibargüengoitia nos sitúa magistralmente dentro de la piel de sus protagonistas. Es sólo después de que la risa ha disminuido que nos damos cuenta con  escalofrío que el humor nos ha incitado a aceptar en sus propios términos el frío de los personajes. Los relámpagos de agosto es más que un hilarante tour de force. Ibargüengoitia nos obliga despiadadamente a experimentar la corrupción de su país e incluso el lenguaje de esa corrupción. De ahí que el humor en Ibargüengoitia, como en Kafka, no es que sea chistoso lo que dice o como lo dice, no da risa por ser gracioso sino por ser real. Aunque debajo de las sonrisas, uno puede sentir y compartir el dolor causado por una agria revolución.

“Ibargüengoitia nos obliga despiadadamente a experimentar la corrupción de su país e incluso el lenguaje de esa corrupción. De ahí que el humor en Ibargüengoitia, como en Kafka, no es que sea chistoso lo que dice o como lo dice, no da risa por ser gracioso sino por ser real”

Muchos son los homenajes que se le han rendido a Ibargüengoitia desde su muerte. Coloquios, premios, ciclos de cine, festivales, entre otros. Y aunque ha tenido un público amplio y entusiasta, lo cierto es que al margen de los trabajos de Ana Rosa Domenella, Ibargüengoitia cuenta hasta la fecha con muy escasos estudios críticos. De hecho, de la generación de los 50 (García Ponce, Pitol, Elizondo, Pacheco, Rulfo), sólo Ibargüengoitia es el único que no cuenta a la fecha con una antología crítica seria. Es decir: con Ibargüengoitia hasta la fecha se trata sólo de humor sobre la mesa, no de méritos literarios. Más aún, salvo por Adolfo Castañón, poco hemos podido leer incluso acerca del ego inflado de Ibargüengoitia, de sus puntos de vista denigrantes de los demás y sobre todo y lo más importante: la falta de cualquier otro objetivo que no sea el beneficio personal. Porque paradójicamente, para bien o mal, todos sus cuentos y novelas son en realidad un solo libro, y es una crítica a la “clase revolucionaria” que acaba de sustituir a una elite arrogante con otra élite arrogante.

Con todo, dice la propia Ana Rosa Domenella. Me permito citar:

La significación que la obra de Ibargüengoitia proyecta sobre el ámbito cultural nacional (y latinoamericano) es válida y revitalizadora porque nos enseña a contemplar nuestro pasado histórico y los problemas presentes con una nueva mirada crítica. Mirada que se aleja tanto de las falsas solemnidades patrióticas como de la cursilería y los lugares comunes; y que nos enseña que para liberarnos de las trivialidades rutinarias y de la pedantería defensiva es necesario que aprendamos a reírnos de nosotros mismos“.

Poco sabemos pues hasta la fecha, la importancia que tuvo para el escritor guanajuatense no sólo el trazo de una geografía ficcional sino toponímico que parte del Plan de Abajo y llega hasta Coyoacán. De su real amor odio con Guanajuato, o con Cuévano, Cue., y viceversa.

Y sin embargo, basta abrir los periódicos locales para enterarse como en una operación de gran calado, que implica ambiciosos proyectos de inversión pública y jugadas de capital privado, un gobernador de Guanajuato diseña ­­—grosso modo— la ratificación de su Procurador de Justicia, que es lo más parecido a un maximato (y que es como juntar Los relámpagos de agosto, Maten al león y Los pasos de López de un sablazo);  o así, sin más, por qué hoy por hoy es Guanajuato el estado con mayor número de feminicidios…

Como esto sea, la relación de amor / odio con nuestro país es algo que no se ha explorado en profundidad de la forma en que lo hizo Ibargüengoitia. Y sin duda eso es algo que necesitamos mucho en vista del futuro que nos espera.

En fin, a la Revolución Mexicana le llevó 55 años producir su primera sátira, esperemos que a Ibargüengoitia no le lleve el mismo tiempo que lo tomen en serio.

  • Intervención gráfica: Ruleta Rusa