La mañana se abre lechosa. Las nubes son una revoltura. Guanajuato siempre es una caja de sorpresas. Un retablo de las maravillas.

Los habitantes de Cuévano suelen mirar a su alrededor y después concluir:
—Modestia aparte, somos la Atenas de por aquí.
Jorge Ibargüengoita

 

El sol se asoma tímidamente durante la inauguración de la 60 edición de la Feria del Libro de la Universidad de Guanajuato (UG). No es para menos. Se celebra a Jorge Ibargüengoitia, a la palabra, y a Juan Villoro que recibirá un nuevo homenaje en su larga carrera literaria contra la estulticia.

En el interior de la Alhóndiga de Granaditas, con su cantera verde y rosa con remates de lámparas broncíneas en los pasillos, se congrega más de un centenar de personas que vienen a escuchar de viva voz el acontecimiento.

Discursos más discursos menos el rector general de la UG, Luis Felipe Guerrero Agripino, es el primero en romper el molde cuando refiere que fuera del recinto ladra un perro

Cita a Ibargüengoitia, quien en Estas ruinas que ves, decía que en la Ciudad de México nadie le conocía, y que estando en Guanajuato hasta los perros le reconocían. Y arranca con ello la primera risa colectiva. Se empieza a poner ibargüengoitiano el asunto.

Se atreve más y refiere –con una retórica que da envidia- que el guanajuatense es sui generis, una especie de avis rara; que es algo complejo de entender. Alguna vez Hernán Ferro de la Sota (q.e.p.d.) me lo definía así en una charla íntima: “En León, que es un valle, los pensamientos son horizontales. En Guanajuato, que está en una cañada, sólo vemos cerros. Por eso el guanajuatense es ensimismado”.

Previamente Joaquín Díez-Canedo hijo, director general de Publicaciones y Fomento Editorial  de la UNAM, la casa invitada de honor, –y heredero del republicano español que fundó en México un pilar vertebral de las letras universales con su editorial Joaquín Mortiz- ha dado un discurso donde reconoce que la 60 Feria de la UG hoy es luminosa gracias al ex rector de la UG Eugenio Trueba Olivares; artífice involuntario del Cuévano ibargüeigontiano y antagonista del mismo; como lo replicó en su momento con un texto que puso ‘verde’ –como la cantera de Guanajuato- al mismísimo Ibargüengoitia.

Las cosas se están poniendo muy guanajuatenses; aquí estamos, aquí nos vemos y en la Avenida Juárez nos encontramos y a ver de a cómo nos toca

Jorge F. Hernández toma el micrófono y arroja una cascada de palabras y anécdotas que hacen que la risa colectiva se sostenga. Cariredondo, con bigotín, peinado a la gomina y lentes de moldura carey a la intelectual, el cronista guanajuatense más ácido del diario El País, entrega una relatoría de vértigo sobre Guanajuato, Ibargüengoitia, y su amigo íntimo que es Juan Villoro.

Perdí la corbata en un Oxxo. Esta me la prestaron-, suelta con soltura de niño grande y mimado, de azaroso –porque el agua de azahar le remite a los ecos del pasado-, para relatar las tropelías del sonámbulo niño Villoro, su amigo cercano, uno muy ibargüeigoitiano.

Y Guanajuato revive sus viejas glorias en voz de Jorge F. Hernández que da crédito a la ciudad donde se celebra este evento: la Atenas de por aquí. Por si no ha quedado claro de qué va la cosa en un festejo donde todos juegan (en plural: jugamos) a ser provocadores.

Define a Villoro, palabras más palabras menos, recordándole su concepto para tasar lo que es ejercitar la crónica: un ornitorrinco (pato-castor-mamífero-casianfibio-excepcional),  y le celebra por atreverse a persistir en este género periodístico que sólo algunos avezados pueden concretar con maestría, y pasar como ave en el pantano, sin mancharse.

En un guiño hermoso, que otorga el placer de la memoria, Jorge F. Hernández recuerda que la oficina de Díez-Canedo padre tenía puertas al estilo cantina de cowboys, y que afuera esperó por años un joven Villoro para que le publicaran un libro, mientras que un día Ibargüengoitia llegó así, de golpe y sin más, para pasar –tras sacudir con suficiencia las puertas volátiles del ingreso al paraíso de los libros- horas dentro. Y entonces la imaginación se desborda y se hace un juego de espejos.

Me intriga lo que deben pensar los poetas de por acá. Benjamín Valdivia –artífice de nuevas voces revolucionarias- que levanta el brazo derecho para no ser atacado por el sol que ya ciega un poco por su resplandor, o el bardo Juan Manuel Ramírez Palomares que –discreto como un gaviero- ha hecho que ahora la ciudad de Celaya sea un referente cultural, gracias a sus buenas artes.

La mejor de las historias la habrá de contar, de viva voz, Juan Villoro, con un ejercicio que da muestra de su grandeza

El año pasado Villoro llegó a la Feria del Libro de la UG en calidad de rockstar. Acompañado de los Caifanes Diego Herrera y Alfonso André –junto a Federico Fong de La Barranca– vino, vio y venció con maestría recordando que todo es pocamadre, mientras nos dure el veinte. Ahora regresa como flamante ganador del primer  Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura que otorga la UG.

En ese evento ya anticipaba lo que en la mañana del 30 de agosto de 2018 habría de acendrarse. Que su madre tenía, como su nombre, una estela de meteorito. Y que su padre, filósofo ensimismado, terminaría dándole una respuesta lacónica al curso de las cosas.

Después de recibir como presea una diminuta máquina de escribir -montada en un alargado cubo de madera- que hace, inevitablemente, evocar a los grandes escritores que tecleaban con precisión matemática las palabras, como el ladrido de los perros degollando los callejones…Villoro regresa de un largo viaje -como Ibargüengoitia- a Guanajuato.

El juego de espejos lo ha hecho con maestría -como en su libro En las nubes– Jorge F. Hernández.

Con voz aérea, casi soñando a sueño, ejercitando su arte de ornitorrinco, Villoro evoca su conexión con Cuévano. Estela estelada ha estrellado su Dodge contra un motorista en la Ciudad de México. Y Guanajuato le puede sentar mejor porque ese huir de un novio torpe, sofocante, se puede disolver en una ciudad de ensueño, porque abre el cielo –como el que describía  Ibargüengoitia así: ‘no hay cielo más azul que el que se alcanza a ver recortado entre los cerros’.

Luis Villoro es un misterio. Ha hecho la hazaña de, con otros grandes, fundar la Escuela de Filosofía y Letras de la UG. Y Eugenio Trueba es un hombre del futuro. Se hermana –de alguna forma- con el hombre que nos recuerda que los indígenas existen aún y ahora; también viene de antigüo pensamiento, y del granero de México, ese silaoense, actual Rector General de la UG, que ve más allá del ensimismamiento y honra  lo que ejercita y enseña: la razón; por ello le permite ejecutar el papel –que Trueba mismo ejercitó- de Cervantes en El retablo de las maravillas, al heredero del joven filósofo Luis.

Once años más grande que la futura madre de su hijo, Luis no se deja atrapar hasta que Manuel Leal, con un bellísimo trazo de colores multiplicados, pinta a Estela con un libro de Filosofía en la mano. En Guanajuato todo se sabe antes que el interesado.

Soldado él, campesina ella, en uno de los exquisitos entremeses de Cervantes, el filósofo y la chica meteorito se encuentran, primero en la apertura de la Presa de la Olla y luego en la Fiesta de la Cueva

Lo que sigue es historia.

Juan Villoro engrandece a Guanajuato, porque forma parte de él, porque piensa, porque se pregunta, a la manera ibargüeigontiana, si la ‘Nueva Suiza’ de los memes, la Atenas de por aquí, se equivocó o se anticipó a los tiempos en los que llega esta nueva etapa con Andrés Manuel López Obrador.

Y pensar es de sabios.

Aquí el programa completo de actividades de la feria: http://www.extension.ugto.mx/programas-especiales/feriadellibro/programa