El FIAC en León respira otra vez.

Aunque se ha reducido a cinco días el Festival Internacional de Arte Contemporáneo (FIAC) promete no pasar desapercibido en su edición 21. Ha generado expectativas y su eslogan parece patentizar que está renaciendo, o al menos eso, que vuelve a respirar desde el ‘Día Cero’.

La fila para ingresar a la Plaza de Gallos es pequeña. Aunque la espera es larga y produce reclamos al personal del ICL. El señor Roberto González se queja a voz abierta, lleva desde las 6:30 de la tarde formado con su mujer Ruth Hernández; ambos son adultos mayores, leoneses cultos, educados, por ello no conciben el desdén en el trato.

¿Para qué nos tienen esperando aquí? El espectáculo comienza a las siete de la noche y ya faltan cinco minutos. Esto no se hace. Deberían tener mejor atención a las personas”, reclama el señor González. Su esposa Ruth alcanza ya los 80 años y ha regresado 64 años luego a la casa donde nació y creció –la entrada a la Plaza de Gallos- , con la esperanza de ver cómo está ahora con la remodelación, y escuchar el concierto de música contemporánea que se ofrece. Paradojas del destino.

Afuera hay otro detalle desagradable. Bolsas de basura apiladas y cartones con lo que es posible tropezar. En tono de sorna un padre le dice a su hija adolescente que tome una foto de esa ‘obra de arte urbano contemporáneo’ para ver cuántos likes genera.

La fila comienza su avance lento y pronto estamos dentro de la Plaza de Gallos que sigue en remodelación, pero luce bellísima. Se ha abierto temporalmente apenas con el Festival Internacional Cervantino (FIC) y para el FIAC

La Plaza de Gallos comienza a retomar su antiguo esplendor.

Dentro, el espacio asombra. Los arcos, la viguería, las gradas, el ruedo, los túneles, la ‘fachada’ del escenario –una especie de frontispicio de aire neoclásico con pilares de cantera estilo dórico reloaded-. El sitio está diseñado para recibir hasta 450 personas. Es simbólico, muy leonés.

Aquí cantó ópera Ángela Peralta, El ruiseñor mexicano; Francisco I. Madero convocó al pueblo a sumarse a la Revolución; y hasta El Santo, El enmascarado de plata, se dio tiempo para aplicar la de ‘a caballo’ a algún rival. Imagino cómo debió haber sido cada momento.

El FIAC en esta ocasión se concentró en la temática del agua. La inauguración fue espectacular con la propuesta escénica de Tania Pérez-Salas, también se ha acercado a la raza con el espectáculo Cumbiancherísimo en la Plaza de los Fundadores o ha sorprendido con la danza aérea de WHS en la alberca de la deportiva del estado Enrique Fernández Martínez.

Hoy toca el turno de sorprender a una audiencia variopinta al joven director de música Enrique Eskeda y el Ensamble A Tempo

El joven director Enrique Eskeda, un talento glocal, al frente del Ensamble A Tempo.

A las 7:16 de la noche once músicos vestidos de negro se apersonan tras los atriles donde descansan las partituras. Atienden al concertino que marca la afinación de rigor de todos los instrumentos (flauta, oboe, clarinete, fagot, trompeta, piano, violín, viola, violoncello, contrabajo y clarinete bajo). La pantalla de fondo, sobre el frontispicio, es un mapping.

Enrique Eskeda, un joven de barba y bigotes hipster, aparece un minuto luego de entre uno de los túneles recibiendo aplausos. Se acomoda al centro del escenario y batuta en mano se agita con pasión mientras la pantalla muestra un juego visual de olas. Alrededor de la cantera corren trazos geométricos mientras los músicos interpretan el poderoso inicio de la Sinfonía 5 en do menor de Beethoven.

Es sólo una broma dentro de la primera obra del programa, ‘Rehersal’, que cuestiona la autoridad del “cómo debería sonar”. La música que presentarán a lo largo de poco más de una hora será otra cosa

El ambiente es efectista gracias a cuatro lámparas que arraciman nodos de luz azul led que envuelven el sitio, al mapping, a las sonoridades contemporáneas que causan emociones dispares, y un juego de performance involuntario: muchos abandonan el espectáculo entre cada pieza, aunque también llegan nuevos espectadores.

Pienso en qué significa ser contemporáneo. La Plaza de Gallos fue contemporánea en la década de 1900. Hace poco más de 100 años Ángela Peralta o Madero que estuvieron ahí fueron contemporáneos, en la forma de cantar ella y en la forma de pensar él. Hoy a muchos parecen obsoletos.

La música contemporánea mexicana parece florecer. Al menos el programa presume siete piezas musicales que desde el nombre que le han dado jovencísimos compositores ya marcan un distanciamiento con las formas: Rehersal (Charles M. Champi.1988) , Al fracturado rasgar del susurro púrpura (Ricardo Barney.1981), Fonografías (Alejandro Carrillo.1993) , La paz posible (Alejandro Reyes.1971), Unconquered music (José Luis Hurtado.1975), Malinalli (Gabriel Salcedo.1985) y Naberius (Arturo Morfín.1989).

En la pantalla las olas que se agitan me hacen evocar a Rimbaud, el más contemporáneo de todos los poetas del siglo XIX. Entre la música, la luz y los efectos visuales me da la impresión de ser pasajero de El barco ebrio…un larguísimo poema de 100 líneas escrito hace 147 años por Rimbaud con apenas 17 años de edad.

Pienso en Eskeda y lo que debe pensar cuando por el rabillo del ojo observa cómo salen gentes de la función –que alcanza su culmen musical con una pieza tipo Charly Wonka y los Upalupas- mientras va desgranando el programa con intensidad

También pienso en lo que voy escribir y que ahora se traduce en esto, pensando en un viejo dicho que dice “con la misma vara que mides serás medido”. Y me pregunto si en 100 años la música que ha dirigido Eskeda, quien ahora busca romper los moldes con piezas novedosas -todas estrenos mundiales según marca el programa- será recordada como recordamos a Ángela Peralta o será tan poderosa como la creada por Beethoven. O al menos recordada.

Igualmente pienso si este texto periodístico –que pudiera hipotéticamente ser leído por lectores- en 100 años tendrá algún valor en la materia. Me da por pensar que desde ahora es más bien fugazmente líquido. Como todo lo que ocurre ahora en que el FIAC celebra nuevas revoluciones y formas de hacer arte.

Al salir del concierto me encuentro nuevamente al señor Roberto González quien me confía directamente, como si nos conociéramos de años: “No me gustó. Cuando empezaron con Beethoven, creí que iba por ese lado. La verdad cuando siguieron, ya no. A lo mejor nos falta más cultura. No lo sé”.

No puedo evitar sonreírle y pensar sobre el FIAC, el concierto de Electroaquacústica, la basura apilándose afuera de la Plaza de Gallos, la modernidad líquida de la que habla Zygmunt Bauman, y resumo con un lacónico cuestionamiento interno.

¿Qué diría de todo esto Avelina Lésper?

  • Fotos: Ruleta Rusa