Atormentaron mi niñez algunas dudas que luego encontré desarrolladas hasta la hipertrofia en libros de filosofía, ciencia y teología. Otras, que aún persisten, han sido menos tratadas o no me ha alcanzado la curiosidad y la gana de leer algo al respecto.

Como aquella cuestión surgida cada vez que veía un partido de fútbol. El par de interrogantes se las arreglaban para brincarme en el cerebro, como lo hace cualquier  niño hiperquinético en los reinos de las almohadas y colchas.

En ese entonces, tendría yo unos ocho años, la formulaba más o menos así: ¿qué hace un jugador sí en el minuto 64 del partido le dan ganas de orinar? Luego esta pregunta se ramificaba en otras: ¿Le pide permiso al árbitro para ir al urinario de los vestidores?, ¿se mea en el pantalón corto sin que lo noten los otros futbolistas?, ¿o le hacen casita sus compañeros para que no muestre la parte pudenda a la porra?, etc.

Me respondía, para mis adentros, que esos tipos contenían su esfínter como lo hace un estudiante tímido y mustio que no solicita permiso para ir al baño a la maestra. No cabía en mí la idea de que los jugadores se orinaran a escondidas, pues cómo ocultarse de al menos veinte mil miradas atentas a sus piernas. Que para estas contingencias hubiera ya una solución, no convencional, se requería indagar. Y la verdad, no me sentía motivado para interrumpir el estado catatónico de quienes entregaban su atención al televisor cuando trasmitían partidos de fútbol.

Ahogué el odio que le tenía al profe de deportes de la primaria y un buen día le hice saber mis dudas al respecto. Me respondió con un golpeado grito de ¡ponte a correr y deja de hacer preguntas pendejas! Años después supe de las sondas vesicales, de sus usos y beneficios, luego descarté que un futbolista pudiera usarla en plena cancha. Aunque cada vez que veo a un delantero no muy fino para rematar pienso en que quizá el uso de éstas le convendría.

Pero no sólo quienes patean el balón en la cancha sufren la irrupción de las necesidades fisiológicas, particularmente las que conciernen a los esfínteres

El árbitro y los jueces de línea  son los más inmediatos focos de atención, después de los jugadores, de este problema. La rigidez y disciplina que traslucen sus gestos y ademanes, además de la peculiar forma en que trotan, invita a suponer cierta inmunidad o autocontrol. El que su uniforme sea casi siempre oscuro no sólo es para distinguirse de entre los jugadores, también  advierte que es un agente oficial del mal agüero y que puede mearse a la hora que le venga en gana, total, no se percibe con facilidad el contraste ganado por un exceso de humedad en su entrepierna. Alegará que suda con fruición, quien ose recriminárselo tendrá por respuesta una tarjeta roja. Aún desconozco cómo fue que llegué a estas conclusiones en mi infancia.

Luego, y esto lo sabrá quien tenga una cabeza sin gobierno, me cuestionaba qué harían los hinchas cuando su vejiga está que truena y los mingitorios del estadio se ubican lejos del sagrado trono donde abollan sus nalgas debido a la emoción. Indudablemente ellos se sentirían presas de una incertidumbre no deseada a terceros, salvo que se trate de un partidario del equipo contario. Esta situación incómoda para el hincha es, a detalle, el surgimiento involuntario de un añejo problema filosófico: el del movimiento (kinésis). Más vale no entrar en esos recovecos por ahora, aunque la aporía sea inevitable.

Tenemos a un hincha que necesita ir al mingitorio en el justo momento en que el partido ha dejado de ser ese racimo de sopor dominical. El fanático del balón tendrá, de mala gana, que deliberar, grosso modo, estos problemas:

  1. a) los mingitorios están muy lejos, lo cual implicaría: I) perderse el hipotético gol de empate que requiere su equipo;  II) dejar de proferir las obligatorias rayadas de madre al árbitro central;  III) privarse del lenitivo vaso de cerveza por un imperdonable abandono;
  2. b) los mingitorios están repletos de otros hinchas con el mismo problema, lo que acarrearía: I) formarse estérilmente en una fila sin fin; II) encontrarse con un acreedor inoportuno; II) comenzar una gresca por lo aleatorio de los turnos;
  3. c) los mingitorios son muy caros, y como consecuencia: I) se arriesga a quedarse sin dinero para más cerveza, es decir, más combustible para gritar y bravuconear;  II) liquidar la escasa morralla destinada a los garapiñuelos de la esposa e hijos;  III) privarse de bondad cuando el cuidador de carros del estacionamiento solicite su retribución;
  4. d) los mingitorios son demasiado fétidos, lo cual detonaría: I) una salvaje deposición de los sagrados alimentos comprados y consumidos en las inmediaciones del estadio; II) un trauma tan atroz e innecesario en su pisque que lo llevaría al mutismo cuando el gol del empate se consumara; III) contagiarse de una extraña y compulsiva parafilia.

Mis dudas, y su consecuente angustia, relativas a qué hacen los hinchas cuando las ganas de mear afloran en pleno partido se vieron finiquitadas el día en que fui por primera vez a un estadio de fútbol

He de confesar que los hinchas fueron, pese a la aparente rusticidad de su pedagogía, quienes me mostraron una solución. Ellos, sin tapujos ni empachos, se meaban en el vaso ya sin cerveza,  en una bolsita que antes estuvo ocupada por una torta de carnitas o por un refresco. Luego procedían a arrojar, como si se tratara de un emolumento navideño o de un bolo nupcial, sus meados a las cabezas y lomos de otros feligreses del fútbol.

Es probable que cuando a Vespasiano se le ocurrió recaudar impuestos, en el siglo 1 d. C., por la colecta y uso de la orina (vectigal urinae) en la industria fullonica (hoy llamada por nosotros lavanderías o tintorerías) ya avizorara, posterior al decreto de erigir el Anfiteatro Flavio (actualmente el Coliseo Romano) ensanchar las arcas del Estado con la máxima vigente: pecunia non olet.

Hoy me pregunto, considerando ese dato del mundo romano, quién, de entre los hinchas, los directivos y dueños de equipos de fútbol, tendrá la avaricia necesaria para volver a promover la colecta de orina y comercializarla.

Nuevos estadios se erigirían gracias a las bondadosas vejigas de los hinchas.

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa