No puedo escribir. Así de seco.

Ya son semanas sin ensuciar las páginas de las dos o tres libretas donde apunto inquietudes, palabras bingo que detonan los muros que impone el olvido, que permiten acceder a ciertos recovecos propios de la memoria. No sé en qué momento fui consciente de esta situación, cuál fue la primera vez que me senté y pospuse redactar los pendientes. Los miedos de toda laya entran en mi cabeza para impedir que escriba.

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Por supuesto que, posterior a las más estrafalarias justificaciones y excusas, me he preguntado por la naturaleza de tal situación: no poder escribir. Y creo, porque no soy un genio ni un férreo sujeto disciplinado, que estoy en el centro de un clisé: estoy triste, enojado con todo, con mi vida y con mi incapacidad para aceptar el mundo tal cual. Pero quizá también la pereza, que básicamente es miedo paralizante ante la vida, esté sentada con su enorme culo sobre mí.

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Todos los buenos inicios se van por el caño. Hará unos minutos di con uno. Con una escopeta, que no sé de dónde demonios salió, le disparo en las piernas para que no fuera a correr. El tiro salió mal, la puntería, como nunca, resultó certera. Le di en la cabeza. Cuando fui por la presa ya sólo quedaban deshechos. Ristras de sintaxis. El sentido para ningún lado. Ni para poema surrealista servía esta cosa.

En el caño descansan los restos de lo que fue un buen inicio

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Ahora me gustaría tener a la mano un ejemplar del Mal de Montano, de Enrique Vila-Matas. Pero no lo encuentro. Quizá lo presté, quizá me lo robaron, pero no lo perdí, eso es seguro. Soy demasiado aprehensivo con los libros para perderlos. Sólo uno ha padecido esa suerte, un libro que amaba leer: Breviario de podredumbre, de E. M. Cioran. Lo perdí en un taxi, de eso estoy seguro.

Iba de vuelta al departamento donde vivía por aquel entonces, iba bastante borracho. Y cuando ya estaba en la cama caí en cuenta que  había dejado el Breviario en el taxi. Yo acostumbraba llevarlo conmigo a donde fuera, y la cantina no era la excepción. Ahora, que evoco ese episodio, vuelve mi estómago a retorcerse de coraje. Después de un par de años lo volví a adquirir, pero le faltan todos los apuntes y subrayados del primero. Digo, escribo, que ahora me gustaría tener en mis manos el Mal de Montano para no sentirme tan miserable, para no saberme el único “ágrafo trágico”.

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Me pregunto, como sólo saben hacerlo los benditos bobos, por qué dejé de escribir. Todo iba bien. Y de pronto, nada. Un idiota más al fondo del clisé. Es que estoy bloqueado, dicen los que se dedican por oficio a estos de achatar la punta del lápiz en la página blanca. Queda el recurso de escribir estas notas quejumbrosas. Ya se asomará alguna asociación que sea fértil.

Por ahora, sigo como la semilla estéril que flota en una maceta demasiado regada

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Tanta patraña de la que uno se puede poner a escribir y ninguna da para más de dos plumazos. Escucho las noticias vespertinas conducidas por Mer De. No sé a quién demonios dice entrevistar. No para de hablar. No deja responder a su “hipotético” interlocutor.  Una voz dentro de mí me dice que llame a la cabina y le pida que se calle, que cierre el pico y trague pinole. Luego pienso que solo estoy cabreado, que mi nivel de mal humor es el que ladra. Cálmate, mira, si te atreves a hablar seguro te linchan. Es cosa de que quien conduce las noticias llore o se haga la víctima para que de pronto estés ardiendo. No vale la pena, intenta seguir escribiendo, me digo con el tono que usan los dentistas para vender un programa completo de restauración bucal.

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Esto de no poder escribir tiene, por decirlo de una manera, ciertos beneficios colaterales. El impulso por ordenar las hojas, que rebosan de blancura, se concreta en un sólido y contundente acto; luego se seguirá con el acomodamiento de los libros en la mesa de trabajo que, como las tumbas en un cementerio, están ahí, mudos, sin abrir, dispuestos a no reclamar las verdaderas o hipócritas lágrimas vertidas sobre su superficie, sobre sus tapas.

La empresa da para entretenerse días enteros. Hace falta dar una reordenada a los libreros, a los anaqueles, al remedo de biblioteca. Y reparo en que hace falta una pequeña escalera para ascender con seguridad a los últimos peldaños de los estantes y libreros.

‘Pero hay que escribir, hay que escribir’, retumba la frase como imperativo en la tatema una y otra vez

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Bien, tengo algunos tablones de madera que pueden llegar a ser una escalera. Será cosa de cortarlos, comprar algunos calvos y un tanto de pegamento para contar con el mueble faltante. Pospondré, debido a la magnitud de la necesidad, eso de escribir. No me llevará más de un día fabricar la escalerita.

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Me entretuve bastante en elaborar un dibujo técnico de la escalera. Pero fue más tardado conseguir un serrucho para cortar la madera, no iba a desembolsar mi dinero para que un carpintero hiciera este trabajo. A mitad del trabajo me di cuenta que la madera no era de la mejor calidad y mucho menos los cortes que estaba haciendo. Necio, como siempre, proseguí. La escalera quedó coja. Cuando la remaché para que no bailara tanto, puse mi pie derecho sobre el primer peldaño para comprobar su resistencia. La desgraciada se rompió completa. Y por poco le pasa esto mismo a mi pie.

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Sin escalera y con el pie lastimado vegeto nuevamente frente a la hoja en blanco. Vuelvo la vista a la parte superior de los estantes y noto que los libros están perfectamente ordenados. Ahora recuerdo que cuando los ordené la primera vez pensé: acomoda esos libros ahí, jamás los consultas y, además, eso evitará que quieras comprar o construir una escalera.

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Recibo la noticia: el poeta uruguayo-mexicano Saúl Ibargoyen, ha muerto. Ya no volverá a escribirá más

Lo conocí poco, muy poco y aun así lamento su deceso. Él me quitó la aversión que tenía por los talleres literarios. Fue paciente, certero y amable cada que leía mis primeros poemas. Tengo presente un recuerdo imborrable:

Querido Pedro, qué poema vas a leerle al público

Ninguno-, le dije mientras sudaba como criminal a punto de ser condenado a cadena perpetua.

¿Tienes miedo? ¿Quieres, me permites, que yo lea uno de tus poemas?

Por favor…

Y leyó mi poema. Nunca he vuelto a escuchar un poema mío tan bien leído. Con esa voz de ex-fumador y ex-borracho perfectamente modulada hacía parecer que leía un buen poema, un poema que yo no había escrito. Saúl me dio las gracias cuando terminó de leer mi poema. Tremendo gesto de humildad.

Saúl decía que era fácil parar el bloqueo del escritor. Bastaba con anotar asociaciones estimulando los sentidos, la imaginación. Bajen la escalera dándole la espalda al precipicio; lean un soneto de Shakespeare en su lengua aunque no conozcan bien el inglés, intenten traducirlo; escriban en el aire, en las cenizas que quedan del cigarrillo recién fumado; vean imágenes al azar y anoten sin ninguna cohibición lo primero que les venga a la cabeza…

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El par de cartas que Saúl me envió en aquellos años aún las conservo. Por ese medio me sugería los cambios que consideraba oportunos en mis poemas. Y se despedía con una frase que nadie más me ha vuelto escribirme en una carta y la cual hoy me gustaría devolverle: Caro amigo, te dejo un abrazo.

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa