Un amable lector me solicita que escriba algo relacionado con el tema del amor, ese que se celebra cada 14 de febrero. Agrega que le recomiende algunos libros. El ogro que habita en mí me dice que mande al carajo esa solicitud, que la pase por alto y me dedique a escudriñar otras tonterías.

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No quiero ser grosero, al menos en esta ocasión. Tampoco deseo escribirle una retardada disculpa burocrática de: “lamento no haber leído con puntualidad su petición, vuelva a intentarlo el año que viene”. Dicho lo anterior, lo único que puedo ofrecerle a ese amable lector es una confesión respecto a mi ineptitud para escribir algo sobre el amor celebrado los 14 de febrero.

No estoy a favor ni en contra de los osos de peluche y los corazones de caramelo rojo, me hago de la vista gorda cuando miro a unos jovencitos besándose y fajando en los camiones del transporte público, evito sondear a los adúlteros (son muchos y mi paciencia para escuchar los romances ajenos es poca), huyo de los afligidos por un amor no correspondido (los pañuelos que cargo son para mi uso personal, no para esos ladrones de las horas del sueño), además, me siento incómodo cuando alguien me relata su Saratoga de preservativos y lencería.

Como no tengo un doctorado en filosofía, ni en ninguna ciencia,  estipulo que no soy el adecuado para destripar la ilusión que de ordinario se vincula al amor

Respecto a la segunda encomienda que ese lector me hace, le diré que puedo ofrecerle unos vagos apuntes en torno a ciertas lecturas. Ninguna de ellas refiere a manuales de autoayuda, ni a libros de hechizos para enamorar (aunque la verdad me tientan esos títulos), lamentablemente también están fuera de este texto los vademécum que asisten y perfeccionan las contorsiones en la cama.

2

En alguna ocasión una amiga me preguntó: ” ¿Qué quieres, estos chocolates amargos de Oaxaca, o ‘La agonía de Eros’, de Byung-Chul Han?”. El no haber cavilado el asunto con prudencia me acarreó a escoger la segunda opción de la propuesta. Me di cuenta de esto cuando terminé de leer el insípido librito del filósofo surcoreano.

Días después, cuando volví a toparme con mi amiga le comenté la decepción que me llevé. Sin ningún rastro de compasión, pese a que aún no dejaba de degustar los chocolates que negué, ella se burló, de hecho se carcajeó hasta las lágrimas, de mis quejas. Verla reír de esa manera, con la dentadura casi negra, me recordó el maquillaje de las mujeres japonesas del que hablaba Tanizaki en su hermoso ensayo El elogio de la sombra. Envidié profundamente el no ser yo quien se reía a bocajarro, con los dientes ennegrecidos por los chocolates amargos de Oaxaca, de los cuales no probé ni una sola morusa. De haberle contado esta experiencia a mi madre, estoy seguro que ella me hubiera invitado a mascar el libro.

Mientras ponía el punto y aparte al párrafo anterior sucumbí a la tentación de leer una vez más La agonía de Eros. Pienso que quizá una segunda lectura me ayude a no juzgar ese libro de insípido. Hay que reconocerle a Byung-Chul Han que no escriba sus ensayos con la insana criptografía a la que recurren sus colegas. Claro, también se agradece la brevedad. Pero ya hecha la segunda lectura, creo que fui blandito en el juicio.

A mi gusto, es un ensayo bastante libresco, con intuiciones bien logradas, pero repetitivo. Carece del aullido necesario para derrumbar las catedrales del pensamiento en torno al Eros. A falta de carne y sudores dónde hurgar, este filósofo imagina los asideros sociológicos con los que trabaja.

Digamos que Byung-Chul Han es un heterodoxo tibio y chato, hijo cómodo del matrimonio que pretende decapitar: la política neo-liberalista y el híper-consumismo

Nota 1 para el estimado lector: no se fie de lo que yo comenté en las anteriores líneas, estoy seguro que usted le encontrará mayor gusto y provecho a La agonía de Eros. Se me ocurre que cuando cite a este norcoreano, en sobremesas o en algún bar,  usted pasará por una persona atenta a la producción actual de los filósofos. Verá que es fácil encandilar a cualquier lego con frases como esta: “Los muros y fronteras ya no excitan la fantasía, pues no engendran al otro. Dado que el Eros se dirige a ese otro, el capitalismo elimina la alteridad para someterlo todo al consumo, a la exposición como mercancía, por lo que intensifica lo pornográfico, pues no conoce ningún otro uso de la sexualidad. Desaparece así la experiencia erótica. La crisis actual del arte, y también de la literatura, puede atribuirse a esa desaparición del otro, a la agonía del Eros”.

3

De todos los años que pasé en la escuela, no recuerdo ninguna tarea exigiera indagar las venturas y desgracias del pene, mucho menos de la vagina. Tema que inquietaba a mis compañeros y a mí, sobre todo en la secundaria y la preparatoria. Los profesores de biología, cuando tocaba el turno para hablar del aparato reproductor, se limitaban a obligarnos a memorizar sus respectivas partes y funciones. Ante las preguntas  sobre el placer, que involucran estas partes del cuerpo, el mutismo era la regla. Pero como la insistencia era mucha, de a montón, pues no faltaba el docente (masculino o femenino) que nos “aclarara la hegemonía del pene sobre la vagina”.

Recuerdo a esa maestra, la cual impartía una clase llamada “Desarrollo y sexualidad”, que cada vez que se refería al pene le brillaba la mirada como a una serpiente y nos decía: “el tamaño importa mucho, ya verán en su debido momento, sobre todo las chicas, que no les miento ni tantito”. Los mismos comentarios, años después, los escuché como sermón en cantinas de mala muerte, en reuniones de gente con un “criterio muy amplio” que pregonaba la libertad sexual,  en recitales de poesía erótica e, incluso, en despedidas de solteras donde me colé por razones que no vienen al caso. Hasta que leí El nuevo desorden amoroso, que firmaron Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut en 1977, reparé en algo de lo que no me había dado cuenta, pese a que estaba inserto en eso: la miseria que implica un modelo masculino de placer genital.

Básicamente la educación que yo recibí estaba inscrita en ese postulado. Aun los que se preciaban de “mentes abiertas”, en relación a la sexualidad, estaban metidos en ese costal. El cual privilegia la arrogancia masculina y el orgasmo como horizontes de la supuesta “revolución sexual” que sembró adeptos, hasta el punto autoproclamarse como “generación”, a partir de los años 60 y 70.  Bruckner y Finkielkraut se dieron a la tarea de señalar los nuevos tabús que escondía esa revuelta. Entre ellos, la denuncia de la genitalización implícita en el nuevo orden sexual.

Para crear desorden en el orden sexual, Bruckner y Finkielkraut, substituyen el orden sexual por el orden amoroso, es decir, quien manda es el amor

No es que exista un modelo masculino de placer y otro femenino, de hecho, ni siquiera hay un modelo como cuerpo. Lo que hay son corporeidades. Cuerpos que se han construido. De ahí que sea viable responder a la pregunta de cómo reconstruir cuerpos masculinos paragenitales. Ahora ¿significa que hay que feminizar el cuerpo masculino? Propiamente no. Cuando Bruckner y Finkielkraut plantean una feminización lo hacen bajo el amparo de una situación histórica. Debido a que a la mujer se le ha negado la sexualidad carece de  una construcción cultural de dicha sexualidad. Esa negación posibilita que no tenga reducción. El nuevo desorden amoroso expresa la posibilidad, lo conveniente y deseable de que los varones se feminicen, lo cual quiere decir que acojan la turbulencia de lo femenino, de ese cuerpo sin centro como orden amoroso, metagenital.

Nota 2 para el estimado lector: de la misma manera en que le pedí anteriormente no se fiara de mi juicio, ahora lo repito. Pese a que en ciertos pasajes El nuevo desorden amoroso es oscuro e ilegible, este libro si me gustó bastante, y con alegría lo recomiendo más para uso personal que para citarlo en la cantina, a menos que el lector quiera ser el centro de un vapuleo generalizado. De los mismo autores quizá valga la pena esforzarse en conseguir La aventura a la vuelta de la esquina, el cual no he leído pero me dicen que no tiene pierde. En caso de que se haga de él, pues me lo comparte. Mientras tanto, El nuevo desorden amoroso le augura ratos de carcajadas cuando lo lea, no es tan común que el pene y el orgasmo sean devaluados con tanta inventiva.

4

Ya que me extendí más de la cuenta en el anterior apunte, diré con prisas que hay una bibliografía bastante accesible en español respecto al tema del amor en nuestros tiempos. Sin orden de importancia anoto los que me vienen a la memoria en este momento: La risa de la medusa (Ensayos sobre la escritura), de Hélène Cixous; La transformación de la intimidad, de Anthony Giddens; Teoría del cuerpo enamorado (Por una erótica solar), de Michel Onfray; La tercera mujer: permanencia y revolución de lo femenino, de Gilles Lipovetsky; Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, de Zygmunt Bauman; Amor. Un sentimiento desordenado, de Richard David Precht…

Nota 3 para el estimado lector: Estoy seguro que estos libros habrán de llevarlo a otros tantos que yo he omitido o que definitivamente desconozco.  Aprovecho la oportunidad para recomendar ampliamente el libro Amor y Occidente del suizo Denis de Rougemont, humorista fino donde los haya. Y no puedo evitar mandarlo a leer a E. M. Cioran y sus Silogismos de la amargura, ahí encontrará algunas píldoras sobre el amor como estas cuatro, las cuales puede leer en el orden en que le venga la gana:

Un amor que se desvanece es una experiencia filosófica tan grave que de un peluquero hace un émulo de Sócrates.

En la búsqueda del tormento, en la obstinación de sufrir únicamente el celoso puede competir con el mártir. Sin embargo, se canoniza a uno y se ridiculiza al otro.

Siempre he pensado que Diógenes debió sufrir algún desengaño amoroso en su juventud: nadie escoge la vía del sarcasmo sin la ayuda de una enfermedad venérea o de una mujer intratable.

A pesar de todo, continuamos amando; y ese «a pesar de todo» cubre un infinito.

  • Ilustración: Roy Lichtenstein