Platicamos con Federico Vite, quien vivió en Puebla donde trabajó para algunos periódicos, y por ello la ciudad no le es ajena, por el contrario, parece sentirse cómodo reencontrándose con algunas calles, edificios y sobre todo con buenos amigos.

El autor de la novela Fisuras en el continente literario (Tierra Adentro, 2006) la cual generó polémica por llevar a la figura de Octavio Paz a los terrenos de la sátira; de los libros de relatos Carne de Cañón (Cuadrivio, 2015), Cinco maneras de incendiarse (Editorial Praxis, 2015), estuvo en la ciudad de Puebla para presentar su novela Carácter (Monte Carmelo, 2015), en Profética Casa de Lectura.

 

Óscar Alarcón. ¿Para qué escribir literatura y publicarla en este momento?, pues mucha gente tiene donde subir sus textos en una bitácora en línea, y tenemos televisión, televisión por internet, Facebook, Twitter.

Federico Vite. En términos generales, los medios que me refieres llevan un chingo de prisa, y algo que nos permite hacer libros —ya no sé si literatura— es que te obliga a ir a contracorriente, es decir, calmarte, pensar dos o tres veces lo que estás poniendo en papel.

Me parece como ejercicio no sólo de decantar ideas, funciona muy bien para entender tu entorno, pues finalmente te clavas en un libro que es un proyecto de dos o dos años y medio, más o menos, dependiendo el volumen: te obliga a estacionarte un buen rato en eso.

El resto de los medios te obliga a acelerar el proceso, creo que en eso está la diferencia y además se comparte mucha información que luego no se digiere bien. En los libros no estás obligado a decantar eso, si lo haces, me parece que no estás haciendo bien tu trabajo, no estás abriendo bien el engranaje para dialogar con otros autores y otras lecturas.

No hay nada nuevo: en lugar de levantarte te encierras en ti. Creo que el resto de los medios no te propicia ese efecto.

 

ÓA. Es una mirada íntima…

FV. Sin duda, es una revisión prácticamente detallada. Es un ejercicio de mirarse. A veces uno escribe chueco, uno piensa chueco y entonces también la prisa afecta mucho en esto. Te das cuenta cuando un libro tiene más o menos un discurso bien eslabonado. Tiene que ver con el proceso de reflexión que hay sobre el mismo proyecto, es decir, las lecturas que van nutriendo, por supuesto las películas, las notas que te permiten afianzar este proyecto.

 

ÓA. Pero definitivamente la literatura ha perdido espacios delante de otras

FV. Sí. Como esto se maneja por pantallas… Lo que ha perdido es la espectacularidad que la caracterizó en el Siglo XIX-XX, después parece que nos enseñaron a que se trataba de eso: ser espectacular, nos quedamos con el espectáculo —ahora que todo es espectacular hasta la forma de hablar—, uno se pregunta para qué sirve esto.

Es el mismo fenómeno en el teatro y el cine, ¿qué hace el teatro? Es una experiencia muy íntima. A veces se peca de intimista pero finalmente es parte del proceso que te permite dialogar contigo y dialogar acerca de otros libros, de otros discursos sobre el asunto.

“Yo crezco en un matriarcado y a partir de eso defino muchas cosas, aunque el hombre sea el dador del recurso monetario, quien toma las decisiones no es él”

ÓA. Platícanos sobre ‘Carne de Cañón’, en las 5 historias nos encontramos con hombres reducidos, ¿es una burla al machismo que aún impera en nuestro país?

FV. Más que burla, realmente lo digo sin pretensión alguna, es una exploración de la masculinidad. Yo crezco en un matriarcado y a partir de eso defino muchas cosas, aunque el hombre sea el dador del recurso monetario, quien toma las decisiones no es él. A partir de ese pequeño juego, que permite preguntarme por qué nunca he hablado, por qué nunca he diseccionado a los hombres de mi vida, empiezo a hacer Carne de Cañón. Por eso el cierre del cuento habla específicamente de mí, para que no vayan a decir “nomás está tirándole aceite a los demás y no quiere involucrarse”, pero sí es un picudeo formal a partir de ciertos roles o papeles que tiene el hombre para manifestar su masculinidad, que como vemos básicamente son temores.

Se fundamenta el temor como una forma de afianzar la masculinidad, que es lo simpático, entonces si reconoces todo lo demás, ¿qué te vuelves? ¿femenino? ¿O qué es lo que pasa? Finalmente por eso se hizo el libro.

También fue raro porque son textos que formaban parte de un proyecto de otro libro. Un día me siento y veo que todos hablan de lo mismo y me digo “tiene cara de libro, entonces hagamos una solicitud a ver si se publica”.

 

ÓA. En el cuento ‘Corazón de poeta’ uno de los personajes protagonistas es un niño, ¿nos puedes contar un momento determinante que hayas tenido en tu infancia para que eligieras ser escritor? No relaciono de manera directa al personaje contigo, sólo me llama la atención que es un niño.

FV. Es un niño muy afeminado, prácticamente es asexual. Se acerca más a la vertiente femenina. Es muy difícil puesto en mí, porque yo crezco en una ciudad donde uno se pelea con la gente por socializar, te haces heridas por socializar, descubres que eres hombre cuando estás herido.

El ejercicio era más bien desde el punto de vista del personaje del padre cuando se enfrenta a alguien que no obedece esas características, entonces ¿qué hace? Él piensa que su hijo está enfermo.

El cuento está lleno de sensibilidades distintas, a partir de eso decido fabular. Y como yo traigo mucho de chacota esta noción infantiloide —claro está— del corazón de poeta, del corazón virgen que siente todo, pues me dije “aquí está”, finalmente voy a sondear ese aspecto.

Si lo vemos en trazos técnicos es un ritual de iniciación sólo que mal entendido. El padre lo quiere volver hombre a toda costa y entonces frecuenta los estereotipos que todos tenemos claros: las morras, la casa. Finalmente todo es un proyecto mal logrado porque no logra acercarse a él.

“Acapulco me cambió la vida en todos los aspectos: crecer nadando no es lo mismo que crecer rodeado de nopales y de magueyes, te hace de forma distinta, la sexualidad es distinta, me ha costado mucho trabajo acoplarme”

ÓA. Tienes una relación con Acapulco como de casa-madre, casa-útero, las vueltas que tienes a Acapulco, ¿cuál es la relación que tienes con el puerto?

FV. Absoluta. Es una relación de amor-odio. La forma de explicarlo es si te peleas con la ciudad. Yo me escapo muy chavo de allá, decido dar un rol por el país y escaparme del país porque sentía que Acapulco no me estaba dando lo que yo necesitaba: la noción de formarse, iba y venía. Y al final yo terminé involucrado con un distanciamiento absoluto.

De pronto regreso —te estoy hablando del regreso de ahora, no como esos regresos que eran por dos semanas—, llevo siete meses allá, estoy pegado a la familia. La relación es muy violenta porque estoy constantemente reconstruyendo las partes que me hicieron feliz de allá y ya no existen, y las que existen están muy manoseadas. Estoy re construyendo mi ciudad. Y en la medida en que eso pasa me doy cuenta de que la forma de fabularlo es la única que tengo para ejercitar mis emociones.

Es curioso porque estando ahí sigo pensando como si no estuviera, como si escribiera desde fuera: esto ya no existe, y ya no existe.

Acapulco me cambió la vida en todos los aspectos: crecer nadando no es lo mismo que crecer rodeado de nopales y de magueyes, te hace de forma distinta, la sexualidad es distinta, me ha costado mucho trabajo acoplarme.

Es como si fuera mi madre. Mi madre es de allá, mi abuela fue de allá, mi hermana es de allá, la gente que amo de alguna otra manera está allá. Es muy difícil que me salga de eso.

Y aparte, esencialmente en este negocio, si piensas en la cantidad de libros que se han escrito sobre Acapulco, la mayoría sólo trata un asunto paisajista. Salvo contadas ocasiones… Hay un libro de un tipo que es italiano que se apellida Piperno que retrata un poco este Acapulco que está golpeando todo el tiempo con no sólo ser turista de sí mismo. Szymborska tiene una serie de poemas en Acapulco. Hay otro escritor alemán que bordea un Acapulco que no ven los latinoamericanos, que no ven los norteamericanos.

Truman Capote, Lowry tiene una larga estancia allá, y retrató una parte de Acapulco que es muy curiosa; creo que el que más se acerca es Garibay y es curioso cómo llega a Acapulco —pide prestada una casa— pero él le dio la vuelta no sólo es el paisaje sino la forma de vivir de estas personas que se hacen llamar acapulqueños y casi nunca aparecen. Por preocupación estética quisiera bordear este asunto.

 

ÓA. Sucede algo curioso con Oaxaca, pienso en Da Jandra cuando retrata a los huatulqueños no parece Huatulco, falta un retrato similar al del puerto.

FV. Sí porque parece Cuernavaca. Yo creo que, en la medida en la que se está reconstruyendo, es un laboratorio social espléndido. El municipio está en bancarrota, no en deuda: en bancarrota. No hay policías, no hay servicio de agua hasta por meses, está ocupado por federales, están peleando la plaza 5 o 6 grupos, no hay turistas. Acapulco vive eternamente del turismo y nos agotamos eso, ¿qué es ahora? Parece una fosa séptica, si retratas eso, ¿cuál es el único tema que parece viable? Una novela negra.

Tal vez por ahí va el asunto, tratar de explicarse una ciudad a partir de eso, pero creo que la mayoría estamos viendo otro asunto, si es que lo vemos. Como somos un país que siempre ve hacia el centro por alguna razón, así seas del norte ves hacia el centro, tienes impacto y ya es como efecto dominó.

¿Escribir desde Acapulco para qué o para quién? ¿Para la gente de Acapulco? Es muy raro, estando allá en esta etapa nueva me es muy difícil socializar con la gente, piensa que le voy a quitar el trabajo o que voy a otra cosa. Finalmente soy de allá, sólo tengo que volver a reconocerme, pero la idea es ¿cómo explicas a una ciudad así? ¿Y para qué?, con un sentido estético porque sociológico… No va a haber.

“(El D.F.) es la noción de la cárcel llevada a todas partes. Es algo con lo que también estoy peleando. Abrir espacios, permitirte estar solo que creo que es lo que finalmente me dará un libro gordo de verdad”

ÓA. ¿Y tu relación con el Distrito Federal?

FV. Esa es profundamente amorosa. El asunto es que como yo no nací allí y tuve una gran estancia, terminas odiándola. Dices “ya estuvo bueno”, agradeces todas las virtudes que te da pero no creo que sea un lugar para irme a vivir ahora.

Apreciaría todas las bondades de una zona llena de palmeras, con iguanas y mujeres a medio vestir que estar en el D. F. Claro, allá no hay librerías pero puedes ir y regresar. Además los problemas de vivienda son espectaculares, una renta de 5 mil pesos por un cuarto es terrible.

Es la noción de la cárcel llevada a todas partes. Es algo con lo que también estoy peleando. Abrir espacios, permitirte estar solo que creo que es lo que finalmente me dará un libro gordo de verdad.

También la idea de estar en el D. F. es mucho la noción de estar como en una eterna competencia, ver qué hacen aquí, quién lo hace, de qué se trata, estar picando y picando y no te das el tiempo —por el mismo rush— de sentarte y pensar qué es lo que quieres hacer.

 

ÓA. ¿El abandono y el fracaso forjan el carácter?

FV. Sin duda. Ya nos lo enseñaron los alemanes. Es curioso eso porque sin proponérmelo deliberadamente, hasta hace tres o cuatro años… No la noción católica sino la indagación del mal o la banalidad del mal de que estamos mal porque así nos tocó vivir, te ayudan a reconstruir las acciones pequeñas que te llevaron a un fracaso, no quiero decir personal, sentimental o laboral.

Esa onda es lo que me ha interesado seguir desde hace rato. No creo que lo haya asimilado del todo pero es una búsqueda, creo que estética formalmente, que estoy tratando de afinar y espero que lo pueda encontrar. En la medida de lo posible me lo dará el oficio, como dicen los viejos: de sabiduría, no ahorita.

 

ÓA. ¿’Carácter’ es una novela totalmente etílica?

FV. Es muy curioso porque yo llevo un año y seis meses sin alcohol, y cuando llega este bebé me digo “vamos a ojearlo”, hay una repulsión muy fuerte porque ya no acabo de identificar los motores del relato. Empieza como una entrada de un diario, estoy muy clavado con Tristessa de Kerouac y me digo “yo quiero hacer algo así”, tomando como referente el paso de un huracán por Acapulco.

El alcohol es una deriva de eso: para que alguien se equivoque de verdad necesita no estar consciente todo el tiempo, entonces es una acumulación. El alcohol me ha servido para equivocarme mucho, en la medida en que fabulo desde ahí no hay ningún significado, sólo es un embrutecimiento constante, es una anestesia que ayuda en la medida de lo posible —sólo en este libro— a hacer muy bien el recuento de todas esas fisuras que te ayudan a equivocarte rotundamente.

Lo curioso es que en la medida en la que se desarrolla el relato, cuando ya no se vuelve una entrada de diario, cuando ya lo estoy alimentando de muchos referentes —lo mismo cito a Malcom Lowry que a Chico Che—, es mi caldo de cultivo en donde yo le estoy dando las gracias a todos estos autores que me cambiaron la vida y que me hicieron este libro, entonces yo digo “ahí va de corazón”.

Me doy cuenta de que tiene una estructura circular aunque parece que se alimenta de dos motores, van girando y se hacen como un molino. En la medida en la que me doy cuenta de que Acapulco me expulsa y al D. F. no le importo —bueno al personaje— sólo me queda la violencia para regresar a un sitio con más violencia que es algo que me pareció realmente extraño y como el hallazgo del relato para mí. Es decir, es un círculo vicioso, ya nos lo decían los viejos otra vez alemanes: si después de la Segunda Guerra Mundial sólo nos queda el fracaso, ¿qué sigue?

No lo planteo en la novela sino mucho tiempo después, no sólo doy cuenta del fracaso sino de la inercia de vivir en un país violento.

Es decir, fabulado desde una relativa inconsciencia, la única vez que el personaje está sobrio decide regresarse a donde lo expulsaron y que es todavía más violento, doy mi correlato de ese fracaso, solamente.

“Está muy manoseado el realismo pero todavía creo que funciona, cualquier novela realista después del 2000, forzosamente tiene que voltear en alguna de las ventanas de sus relatos a la violencia, porque es connatural a nosotros”

ÓA. A propósito de los temas violentos, como novelista, ¿se te impone el tema del narco?

FV. No la noción del narco como una institución sino como una indagación estética. Piensa en la cantidad de libros que hay sobre una plataforma narrativa que proyecta estereotipos del narco y vas a encontrarte un chingo, piensa en una, ya sea un cuento, un poemario, una obra de teatro, una novela que te trate de explicar por qué se volvió así.

Hay códigos, por ejemplo en la gente del norte profundo, en principios de los 70, hay muchísimas nociones de por qué se volvió así. En los 90 comenzamos a tener el boom que conocemos pero sólo como un estándar de estereotipos. No creo que se imponga en la medida de lo posible como un asunto mercadológico o empresarial. Como indagación estética del mal, creo que sí vas a sondear por qué, es decir, dale la vuelta y pregúntate de qué manera está permeado todo esto.

Está muy manoseado el realismo pero todavía creo que funciona, cualquier novela realista después del 2000, forzosamente tiene que voltear en alguna de las ventanas de sus relatos a la violencia, porque es connatural a nosotros.

No puedes salir y no darte cuenta que esto se está cayendo a pedazos, si no lo haces quiere decir que estás escribiendo Ciencia Ficción y de la mala. No creo que se imponga pero sí es una obligación estética ver qué pasa.

En 2006 ha sido la única vez en el país que policías municipales le marcan el alto a un convoy de narcotraficantes, en Acapulco. ¿Qué fue lo que pasó? Derivó en una batalla formal con granadas, bazucazos, helicópteros, avionetas, gente apostada en las iglesias porque trataron de marcarle el alto a una camioneta Liberty que se pasó el alto. Ahí iba un sobrino del Chapo y como no hicieron caso… ¡Estás hablando de policías municipales que sólo traen una escuadra! Les dieron en su madre. Ellos nos enseñan que eso no se hace.

Cuando decapitan a los que quedaron vivos, ponen en las oficinas de Comunicación Social del Gobierno del Estado las cabezas y abajo: “Para que aprendan a respetar”, si eso no parece como una imposición, yo no sé qué sea una imposición. Qué bueno que no pasa en todas partes, allá pasó y me queda claro que es una obligación estética preguntar por qué.

Este mes se cumplieron diez años de ese hecho y no hay un solo libro que nos explique por qué. No es una obligación pero debería haber un aproximado. No me estoy echando porras pero ese es un asunto que a mí me ha estado dando vueltas. El libro que va a salir es el libro que ganó Una vuelta de Tuerca hace tres o cuatro años y es sobre ese asunto. No exactamente sobre la balacera sino sobre los motores que propician ese daño.

Es algo que yo no puedo quitarme de encima. Sigo hablando de eso, sigo preguntándome de qué va en otros libros y no veo vasos comunicantes.

Regresando a la pregunta que me hacías, me parece que se impone. Es muy sencillo, hay poemarios que ya lo refieren. Hay uno de Antonio Salinas que es el que me parece más cercano y más sensato, que se llama Serial, que tiene que ver no sólo con esa balacera sino con el hábitat natural de un Acapulco que se despierta y todos los días hay sangre, y si no se impone ¿por qué este tipo está hablando de eso?, ¿por qué ve en su sonda poética sólo sangre? No es que todos tengamos que hablar sobre eso pero me parece que es un asunto que en algún momento debe tratarse.

 

ÓA. Retomando uno de tus primeros textos, ‘Fisuras en el continente literario’, que es agradable leer porque es muy lúdico, en este momento nos encontramos un vacío en cuanto a la postura crítica de la literatura, ¿la literatura está obligada a ser crítica?

FV. Si a la literatura sólo le interesa la literatura, hay un problema porque entonces no es literatura.

Creo que no está obligada pero siempre va a haber una postura política, crítica acerca de la misma literatura y de la vida en general.

Es muy simpático que refieras desde la crítica ese libro que a mí me parece un capítulo de Los Simpson, contado sin ninguna pretensión, sin nada encima, escrito con una playera y no con un frac. Yo entrego esa novela saliendo de la ex Fundación Octavio Paz, es decir, no había ningún problema que yo pudiera poner a Paz con esas características —el problema vino después pero ese es otro asunto—.

Me parece muy simpático que los vasos comunicantes que yo conocía en ese momento, que eran los reporteros, los pilluelos, los ladrones y los escritores, desde la perspectiva del lector, fueran exactamente igual: gandallas, abusivos y envidiosos. Si eso lo junto y hago una especie de spaghetti western descubro que ofrezco una visión particular de mi repugnancia por esos vicios, usos y costumbres.

Es muy obvio que no me caen bien ciertas cosas. Después de eso se lee como un gran juego. Todos somos los mismos pero no podemos engañar esta serie de caravanas, esta serie de imposturas que no le pertenecen a la literatura pero está claro que aparecen y está ahí dicho.

En la medida de lo posible trato de sacar el vaciado y hacer otras cosas que me interesan igual, pero tal vez con un fondo un poco más serio —tal vez porque tampoco es tan serio lo que hago— porque me preocupa el humor como uno de los sentidos de la inteligencia, y a partir de eso ofrezco muchas vertientes sobre la postura crítica que eventualmente se logra ver porque siempre está permeado de otros asuntos.

Por ejemplo decías del alcohol en Carácter; también hay una postura bien clara en cuanto al ejército. La cantidad de atrocidades que hacen las personas en el libro están vestidas como militares.

“Así como estamos obligados a hablar de los 43, estamos obligados a hablar de la gente que está cerrando sus locales en la Costera porque no tiene garantías, porque los incendian, porque la gente que está detentando el poder no tiene ningún problema en matarte o desaparecerte exactamente igual que a los 43”

ÓA. ¿Un escritor guerrerense está obligado a hablar de los 43?

FV. En la obra no creo. Pero evidentemente, sí. Así como está obligado a hablar de los secuestros a tortilleros, formalmente, expendedores de masa, a taxistas, a vendedores ambulantes.

De pronto tenemos una habilidad en México para encumbrar mártires. Quiero decir: el dolor de ellos es el mismo dolor de las otras personas, claro el dolor de ellos es prácticamente maquinado. No por eso vamos a soslayarlo. Lo que quiero decir es que el pronunciamiento no sólo es hacia ellos, es hacia muchísima gente.

Como te digo que es un laboratorio social, en Acapulco están pasando cosas realmente increíbles. La Secretaría de Educación del Estado de Guerrero, por alguna razón que uno no entiende, entrega la hoja de las personas que están recibiendo sus aguinaldos a quien se le ocurra, por el IFAI. Entonces la gente que se dedica a extorsionar va uno por uno, hubo una especie de paranoia porque tú ya cobraste entonces te van a secuestrar. Era como venir a pagar la raya.

Así como estamos obligados a hablar de los 43, estamos obligados a hablar de la gente que está cerrando sus locales en la Costera porque no tiene garantías, porque los incendian, porque la gente que está detentando el poder no tiene ningún problema en matarte o desaparecerte exactamente igual que a los 43. Tú puedes tomar un taxi y ya no sabes si es un taxi. Eso es lo de menos, tú entras al cajero y no sabes si vas a volver a salir.

En todas partes hay alguien que está tratando de pasarse de listo, y me parece que si no estamos denunciando esto es por miedo. Pero en la medida de lo posible estamos fomentando un discurso de histeria que no le ayuda a nadie, y tampoco lo resuelve.

Este lunes va el segundo vendedor ambulante que liquidan en pleno malecón. A un lado está la aduana federal ya vacía, ya no llegan buques, yates, ¡estás frente al zócalo! Te pueden matar igual. Ya ha habido tres persecuciones en lancha a balazos. No sólo son los 43. Estamos hablando de un territorio que ya no le pertenece a la gente que vive ahí.

A mí me sorprende que todo mundo se cuelgue de la bandera de los 43. Me sorprende porque parece que el discurso se acaba y se agota ahí. Es el mismo asunto que el de la imposición de las instituciones como el narco.

No sólo es eso, hay algo mucho más abajo y mucho más impactante que repercute en tu inmediatez: quieres comprar tortillas y ya no hay tortillerías abiertas. No puedes ir a comprar a un súper con la misma libertad que lo hacías antes, es así de fácil. No puedes salir a comprar medicina a las 10 de la noche por lo mismo. Hay muchísimas cosas que denunciar.

Me parece muy razonable que los canales para denunciar eso sean Twitter o Facebook, pero me parece que estéticamente podría hacerse un correlato de esto. Es un caldo de cultivo para una novela negra, no sólo literario sino porque es un punto de vista: ¿a quién llegas con esto? Estás resguardando no sólo tu patio sino el del otro.

Por ejemplo allá llega alguien con botas a una cafetería y te da miedo, pero ¿por qué te debería de dar miedo?, cuando estamos acostumbrados a que sea un lugar en donde la gente se viste como quiera. Porque hay un discurso de conquistador, que nos está diciendo que todo aquel que sea distinto te puede hacer daño. No sólo son los 43 sino somos todos los que estamos ahí.

Hazlo como ejercicio: pregúntale a la gente que conozcas allá si tiene un cercano, un conocido que hayan desaparecido, asaltado, amenazado, que ha tenido que cerrar locales, que ha tenido que irse de allá.

Hay un fenómeno bien fuerte, se llaman desplazamientos por violencia, que nos enseñó Colombia, que eso es terrible porque después de eso ocurren cosas muy desagradables. Allá llevamos 6 años, que no son tantos pero ya es algo fuerte, 6 años de que se está desplazando la gente no sólo por falta de trabajo sino por violencia.

Donde yo estaba viviendo, el barrio se llama La Victoria, tuvimos que movernos porque llegan, te ofrecen 50 mil pesos, te sacan de ahí y se apropian porque se vuelve casa de seguridad, con todo lo que implica: metes armamento, gente secuestrada, despareces cadáveres, y es en donde llevas viviendo toda tu vida. Y eso sucede hoy, más tarde, no sabes. Pero si no tomas esos 50 mil pesos lo que sucede es que te exterminan.

La gente se está yendo de ahí, de una parte que se llama El Anfiteatro de Acapulco, que es la zona más violenta. Estás hablando de que son desplazamientos de violencia como en Bosnia. Y tampoco hay denuncia de eso.

Qué bueno que se hable de los 43 pero esto es igual, es exactamente igual. No hay donde deposites tu sueño, que es lo que desespera. Te vas de la casa donde creciste porque no hay quién pueda contener a quien te quita tu sueño. Qué bueno que aquí no ocurren esas cosas, seguramente pasa también en Tampico, en Colima, que es una ciudad de la que no nos dan muchas noticias, en Nayarit, en Puerto Vallarta. Yo estoy en Acapulco y veo eso.

Hay otros espacios que también ejercito periodísticamente, desde ahí ofrezco el correlato de lo que te digo. Pero es igual de fuerte y de impactante. Cuando creces en la primaria, en donde te dieron tu primer beso de niño y descubres que todo está lleno de cruces, estás abandonando todo eso que te hizo feliz. A eso me refiero con estar reconstruyendo ese Acapulco.

Es un asunto muy cabrón porque no ves que pueda resolverse. La marina no ha funcionado, el ejército no ha funcionado, si a esos dos le sumas la gendarmería, tampoco ha funcionado. Son chicos de 18 o 20 años, que los ves y no saben comportarse en una situación así, los ves cansados, deshidratados, es gente que no está acostumbrada a vivir con esas temperaturas. No ve bien, están cegados por el sudor. Características elementales que te hacen pensar que sólo es una forma de tapar los boquetes.

Ha habido dos emplazamientos de bomba en el año —se llaman emplazamientos de bomba cuando se notifica que va a explotar, por ejemplo, el Ayuntamiento, y ahí no explota nada pero explota algo cerca—. Quien acaba de entrar como presidente municipal se llama Evodio Velázquez, se le está yendo la gente, está pidiendo ayuda porque tiene un municipio en banca rota, no hay policías. ¿Qué es lo que puedes esperar de un lugar así? Nada. Y además, parece de pronto muy absurdo pensar en la literatura allá. Tenemos problemas elementales como la seguridad.

Un detalle que describiría muy bien la situación: en cualquier hospital allá no puedes entrar con celular porque ha habido dos asesinatos dentro de los hospitales. Te ubican por celular, entra alguien armado y te mata. Que te restrinjan el celular en un hospital te habla de que ya no puedes controlar una institución.

Tampoco creo que sea un narcogobierno, no creo en esas características. Sí creo que es una zona de guerra, desgraciadamente parece así. ¿Qué ocurre cuando haces una declaración de zona de guerra? Toma posesión la Federación. No hay condiciones para hacer eso. Primero porque no le van a hacer caso a un puerto, pareciera que Acapulco sólo es la franja costera y no. Eso es lo importante, lo vital: si estás desprotegiendo al resto estás cerrando y ahorcando sólo el paisaje.

Finalmente se va a escribir. Pasó Auschwitz y se siguió escribiendo poesía. En ese sentido la literatura es muy egoísta. No le importa nada, iba a ocurrir de cualquier forma. Aquí el asunto es que quizá ya se empalme el discurso literario con un discurso realista —igual y hasta naturalista—, podría ser una conjunción muy amable. Faltaría una camada mucho más gruesa para que pueda haber una noción más general del asunto, sobre todo por los puntos de vista que pueda tener cada una de las personas que viven ahí, y dar un correlato de su existencia.

 

ÓA. Una última pregunta, ¿qué es el amor?

FV. Uy. Como dice Lizalde: recuerdo que era una blanda furia no expresable en palabras.

 

  • Ilustración: Portada de ‘La parábola de la cizaña’ (Ediciones La Pereza)