¿Quién puede jactarse de conocer la verdad? En todo caso, ¿ésta sería alcanzable?

 

Un acercamiento a la verdad conlleva el desciframiento del contexto que la envuelve y, por lo tanto, la comprensión de la realidad en donde se inscribe y desde la cual adquiere  sentido. Implica la consideración de dos conceptos: realidad y verdad.

El primero se refiere al “modo en que las cosas son, en oposición a su mera apariencia”, se lee en la definición del Diccionario de Filosofía; el segundo, a la cualidad de asociación o concordancia entre los hechos reales y las proposiciones que de estos se hacen. La realidad, entonces, sería la correspondencia entre la idea sobre los hechos y los mismos hechos, es decir, la verdad, la verificación (¿adecuada?) de tal analogía. De esta manera, ambos conceptos son percibidos como sinónimos el uno del otro, pues se entiende a la realidad en términos de certeza.

Es casi una tautología: lo real es aquello que sucede objetivamente y que por lo tanto es cierto. Así, aspirar a conocer lo verdadero de los acontecimientos suscitados en una realidad concreta implica un análisis detallado y profundo del sentido que los ha originado. La realidad en que la verdad se manifiesta.

¿Cómo se constituye la realidad? Mejor dicho, ¿a partir de qué o desde dónde ésta es construida?

Huesos de San Lorenzo, novela escrita por Vicente Alfonso y publicada en 2015 por la editorial Tusquets, presenta una respuesta desconcertante. En ella se presupone el deslinde de la correspondencia inmediata entre realidad y certeza. En Huesos de San Lorenzo la realidad sólo existe a partir de las memorias que la enuncian. De ese modo, la verdad se fundamenta en una perspectiva particular dada por la experiencia de quien la enuncia. La realidad se explica en términos de subjetividad, es decir, según la apariencia de lo real que cada uno de los sujetos intenta reconstruir desde sus recuerdos. ¿Cómo exigirle a la memoria colectiva e individual el recuento preciso e inequívoco de los hechos? ¿Es posible la enunciación absoluta y objetiva de una realidad percibida como multiforme?

Al concluir la lectura surge la necesidad de obtener respuestas que parecían prometidas —y supuestas— por los cuestionamientos esbozados en las primeras páginas. Sin embargo, las respuestas nunca se exhiben completamente porque sólo se presentan como breves insinuaciones diluidas en el torrente de anécdotas enunciadas por otras voces. Se busca explicar el presente de una realidad que se muestra como inabarcable, tanto para el lenguaje como para los personajes que la enuncian a partir de sus recuerdos. En Huesos de San Lorenzo la realidad es incertidumbre.

La noción de lo sucedido se desdibuja constantemente, provocando que su rastro en las líneas del texto sea difícil de seguir. Mediante el recuento de los hechos recuperados por Albores, psicólogo de Remo (el protagonista), se presenta un contexto donde la mirada, en muchas ocasiones, termina extraviada. La historia se concibe como un haz de luz que cambia de enfoque constantemente: uno nunca conoce la naturaleza real de lo que se está alumbrando. Incluso cuando logramos apreciar un objeto, la luz difumina el contorno de su figura, volviéndola confusa e inexacta.

El lector nunca termina por definir la autenticidad de aquello que observa

La trama gira alrededor del asesinato acontecido durante la final del torneo de futbol, Santos frente Pachuca. Distintas perspectivas se disparan a partir de la búsqueda de la identidad del asesino y de sus motivos. No obstante, toda la información sabida al respecto es expuesta a través de los diversos testimonios que otros personajes le brindan a Albores. Gracias a su profundo interés por develar la verdad de los hechos y por comprender su origen, le presenta al lector diferentes partes y versiones de una realidad fragmentada por el recuerdo.

Así, intenta reconstruir la realidad desde el conocimiento parcial de los hechos que componen su pasado con el objetivo de encontrar una explicación para el presente. De esta manera, conforme las diferentes versiones llegan a manos de Albores, la verdad pareciera inminente. Sin embargo, al intentar plantear una hipótesis sobre lo acontecido una tarde de mayo de 2001, las deducciones del psicólogo son sesgadas por la llegada de más testimonios que se contraponen a las evidencias asumidas y a las nociones construidas según otras versiones de los personajes.

La correspondencia entre las figuras del narrador y lector permite que la realidad esbozada, la que se intenta descifrar, se asimile desde la perspectiva parcial que posee Albores. El lector no puede saber más allá de las interpretaciones que los demás personajes le brindan al psicólogo. Incluso para el lector de la novela la verdad sobre lo ocurrido en El Último Trago aparece fragmentada en entregas. Así, narrador y lector son enfrentados a la realidad sólo por el deseo de conocerla, va apareciendo en las piezas ambiguas de un rompecabezas.

En estos términos, la verdad sólo es asequible a partir de los testimonios de quienes formaron parte de ella o fueron sus testigos. Por lo tanto, la realidad es cierta según su apariencia. Es decir, la interpretación que los perceptores construyen o aprecian de ella. En ese sentido, realidad y verdad dejan de corresponderse, “la realidad es una; sus lecturas infinitas”, y lo verdadero subyace latente en esas perspectivas divergentes.

Al narrarse los hechos desde las experiencias de diferentes personajes, la concepción de lo sucedido se modifica y la empatía del lector transita entre las voces narrativas que enuncian, desde su experiencia, lo verdadero de sus realidades.

El acceso a la verdad es posible mediante las perspectivas relativas que hay de ella. La comprensión de la realidad resulta del conocimiento de todas sus interpretaciones

Los diferentes enfoques le permiten a Albores —y al lector— percatarse de la infinitud de variables involucradas en el crimen. Asimismo, la falta de pruebas nítidas sobre las condiciones del asesinato provoca que no exista una noción certera de lo que ha pasado en esas zonas de Torreón y sus alrededores. De ese modo, las historias narradas por Remo durante las sesiones de terapia, las cartas escritas por Rómulo a su padre, los testimonios enunciados por Magda, las entrevistas de Zamora al cura de la parroquia de Parras, y otros hechos, buscan dar explicación a una realidad que existe en tanto es experimentada individualmente por sujetos distintos.

Los testimonios presentados desde perspectivas dispares e, incluso, contradictorias, intentan reconstruir —o construir— una versión de la realidad que pretenda ser asumida como verdadera. Uno de los aspectos en que se fundamenta el deseo de proponer la realidad como verosímil es la presentación de los testimonios fechados, lo que le permite al lector que pueda desarrollar sus deducciones y componer su propia versión de los hechos.

En ‘Huesos de San Lorenzo’ la realidad se equipara con la ficción pues, a medida que la realidad es accesible en términos de interpretaciones variadas e inexactas, ¿qué realidad no podría construirse desde la ficción?

La sensación de desconcierto, prolongada a lo largo de toda la novela, surge del primer capítulo que, en primera instancia y según el supuesto eje central de la novela —el asesinato de Farid Sabag— pareciera no estar relacionado con los demás acontecimientos. Sin embargo, no es hasta que el lector concluye la lectura de la novela que el primer y último capítulo dotan de sentido a todo lo expuesto en sus páginas. El autor, a través de la voz de Albores, sólo se dedica a exhibir ante el espectador los indicios necesarios para la compresión de una  realidad escurridiza, enunciada por los personajes que existen en ella.

Al término de la novela, una sensación de desasosiego, provocada por la incertidumbre de lo que sucede, perdura en el lector.  El deseo por conocer la verdadera índole de los actos de los personajes deviene en que, incluso después de haberla terminado, la novela incida sobre los pensamientos del lector, haciéndole preguntarse si la versión propuesta como la versión real de la historia es el resultado de una construcción intencional forjada por aquéllos que dan cuenta de ella.

El uso de diferentes voces narrativas (pues la novela se estructura en términos de lo que varios personajes nos cuentan) también favorece la visión de la realidad como un ente construido en aras de su fragmentación.

 

  • Ilustración: Benjamin A. Vierling