Hace mucho tiempo dejé de leer a Federico. Por razones comprensibles. Si acaso algunos temas tocan de cerca es comprensible no quererlos ver, tocar.

Explico. Su tema o su obsesión es la violencia, el mal que habita en el ser humano. Y encuentra el modo de escarbar hondo. Es lo que no puedo. No me molesta, no es algo que considere accesorio, es algo superior al gusto. Es un asunto de incomodidad. La violencia de la que él habla es la que podemos leer en los periódicos. Eso es lo que cala. Pornografía infantil, asesinos confesos, hombres violentos, alcohólicos, golpeadores, que buscan la redención en el mejor de los casos, o el desahogo en otros.

Sus últimos libros sólo no pude seguir. Son textos dolorosos. Recuerdo un cuento en uno de sus primeros libros: el relato de una niña embarazada que fue contratada para un video snuff. Es horrible. Lo leí por disciplina pero las imágenes me perseguían.

Otro cuento de él trata de un periodista que va a un pueblo en la Costa Grande de Guerrero: a un hombre se le había metido el diablo y recibía el mandato de matar a su hermano. En ese cuento hay cuervos en una iglesia. Federico contó alguna vez que esa historia la construyó a partir de una noticia publicada en el periódico. Entre sus historias nuevas habla de un sujeto que tortura gente por placer y se excita con portadas de revistas donde hay gente desmembrada en accidentes. No pude seguir.

La violencia está ahí, forma parte de la vida cotidiana, en un estado pobre, corruptísimo y con enormes secuelas de problemas educativos

Ahí mataron a campesinos desarmados en Aguas Blancas (17 campesinos asesinados, 1995), ahí desaparecieron a 23 normalistas de una escuela rural (2014). Fue ahí donde mataron/desaparecieron a muchos estudiantes en la llamada Guerra Sucia en los 70, se estiman que a más de 1500 personas.

Es ahí también donde asesinan a los activistas que defienden el agua, las riquezas naturales o los derechos de los pueblos a decidir formas autónomas de gobierno. Los gobernantes mandan como en novela de la Revolución Mexicana o de cacicazgos absolutos como en la novelas de la Colombia de los años 80: El último gamonal, de Gustavo Álvarez Gardeazábal.

Acapulco es la perla sucia del Pacífico. Perla con sangre. Es el municipio del país con el mayor número de habitantes en pobreza. El abuso, la extorsión, el tráfico de drogas lo han hecho un infierno en la tierra. Lo estiran de un lado a otro dos o tres cárteles. Balaceras durante el día (no precisamente en las zonas marginadas sino en las playas o en la Costera). No importa que cada fin de semana, puente o periodo vacacional los hoteles afirmen llenas sus vacantes. El hecho es que Acapulco es un lugar miserable, sin condiciones apropiadas para una vida digna (sin agua potable, sin una recolección de basura ordenada, con un ayuntamiento endeudado hasta las orejas por corruptelas históricas).

El Acapulco cotidiano pende de un hilo: los taxistas, meseros, comerciantes, dependen de ese turismo ínfimo y pobre que con esfuerzo lleva todo medido. El gran capital es intocable: es el que sale en la tele, el de los documentales de ricos y famosos, el del nuevo glamour, los nuevos ricos, los que viven en Punta Diamante, a kilómetros de la ciudad, en camionetas blindadas, guaruras. Federico, por supuesto, le dará voz a esos que no siempre viven para terminar su relato.

Ése es su interés: contar la historia de los que viven a ras del suelo. Lector de los norteamericanos usará este tono periodístico, próximo, como si hubieran sido, estos personajes, grabados en una entrevista. Esa cercanía permite al lector estar frente al asesino, al pecador, al que sabe que va a morir.

El impacto es pues doble: por un lado, la crudeza del relato y por otro el tono o registro en que ese relato está contado. Por eso su escritura es perturbadora. Provocadora, molesta, no hace concesiones y no está hecha para olvidarla y pasar a otra cosa

Uno no lee Parábola de la Cizaña o Cinco maneras de incendiarse y luego va a hornear panquecitos. Uno se queda quieto después, pensando en varias cosas a la vez, cosas desconcertantes, como si hubiera algo dentro de cada uno capaz de hacer mal. La respuesta puede variar, pero el ejercicio en sí es doloroso.

*

Lo conocí una tarde de octubre de 2003. Somos ambos de Acapulco, fuimos a la misma preparatoria, estudió en la misma universidad que mi hermano, incluso fue a mi casa alguna vez pero nos conocimos muchos años después en el DF,  una tarde de 2003, en la primera reunión de becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas. Usaba una camiseta rota de algodón que decía PRI y dijo que antes de llegar al DF era velador en un edificio. Después de eso tuve que acercarme a él.

Yo no sabía cómo eran los escritores. Yo misma no sabía cómo ser entre ellos. Pero recuerdo muy bien a ese chico mitad tímido mitad provocador rodeado de esa atmósfera medio burguesa que siempre ha distinguido a lugares como la Fundación o el Fonca. Espacios donde jóvenes de clase media, clase media alta, ocupan su sitio en un tablero de contactos y de prebendas dadas de antemano. Los morenos, los de la periferia de la ciudad, los de provincia, los de clase trabajadora tendrían que “demostrar” que ese tablero puede ser cambiado.

Federico se acomodó quizá demasiado pronto y demasiado orgulloso en una postura marginal. Le llevó años luchar con eso que se llama “el medio literario”, una estructura cerrada, apapachadora de mediocres y fáciles almas dispuestas a hacer lo que les digan para salir en la tele, aceptar el empleo, a obedecer.

El escritor funcionario, oficial, fácil, ése que se cuela en las editoriales importantes, tiene lo que se llama “éxito”, a razón de tener una “fama” que no es lo mismo que “prestigio

Por fama entendemos publicar en ciertos lugares, tener una columna ya en México o España, presentar libros de gente que sale en los periódicos. La verdad, algo bastante gastado, farol y grandilocuente, pero que sigue siendo un anzuelo apetitoso para los jóvenes.

Aquellos que, al llegar los bonitos 40 no ven cumplidos lo que el “sistema” les ofrecía se vuelven opacados, amargados y dispuestos a lanzar los primeros dardos de las nuevas generaciones de bebés que ya están mordiendo el dichoso anzuelo. Lo irónico es que el sistema es un circuito cerrado.

Fuera de México a nadie le importa quién tuvo qué beca y qué escritor es famoso para tres o cuatro personas. Tampoco importa que esos escritores se presenten como “poetas”, “narradores”, eso es algo como de un club local, lo que han logrado generaciones enteras de escritores salidos de las becas. La Fundación y el Fonca son escuelas donde al final, como suele pasar, los hijos predilectos se dan trabajo unos a otros. Hubiera sido lo mismo que si hubieran ido al colegio Madrid, por decir algo.

Federico recibía rechazos, una y otra vez. Posee una carta de rechazo del FCE donde le recomendaban que dejara de escribir. Si el rechazo es escuela Federico se graduó con honores. Hizo coraza, aprendió cuando no quería aprender sino flotar como los otros. Amigos lo invitaban a festivales fuera del país y cuando estaba cerca la fecha esos mismos amigos iban en su lugar y le decían que no se pudo. Amigos que lo admiraban pero a la vez le ponían el pie. Amigos que en público hablaban maravillas de su trabajo y en la vida real se movían a la acera de enfrente para no saludarlo.

Su fama de alcohólico tampoco le hacía las cosas fáciles. Una ex novia lo acusó de maltrato y le hizo una campaña en redes, logró enemistar gente en su contra. Le llovieron amenazas de desconocidos. Gente que nunca lo conoció juraba haberlo visto golpear a alguien frente a sus ojos. Una persona cercana a mí me llegó a preguntar que si era verdad lo del maltrato yo seguiría siendo su amiga, contesté sin dudar.

Historias fantásticas que le sucedían sólo a él hacían dudar si era verdad o inventaba. Él alimentó ese mito, para bien y para mal. Tiene lo que se podría llamar un duende oscuro: si Fede está ahí, algo pasará. Si una mujer tiene al demonio dentro bastará con que Fede ande cerca para que decida salir y comunicarse.

Su fascinación por lo sobrenatural, lo violento, el mal, contrasta con una personalidad amorosa, dulce, compasiva. Es un cantante de soul: debe saber del mal, la oscuridad, la tristeza para poder ampliar el espectro

Ahora vive casi recluido. Ocupado en escribir y en resolver asuntos de casa. No tiene tiempo para más. No bebe una gota de alcohol hace cuatro años y aun así le siguen negando trabajos por considerarlo un problema. Lo aman, lo envidian, lo niegan, lo tergiversan. Entre sus amigos cercanos existe una frase: “Vite es amor”, con relación a Rigo, supongo, no me informaron bien de dónde viene eso. Me perdí una fiesta seguramente. Todo lo importante sucede en una fiesta.

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Hemos hablado mucho sobre para qué escribir. La terquedad es buena, llevar la contraria, pero suele ser cansado. Remar en dirección contraria. Al final de esa cascada está el oso del fracaso y nosotros somos los salmones. No importa si viajamos kilómetros en el agua helada, el destino será su boca.

Por eso celebro sus premios. Es una señal de que alguien lo está leyendo bien. Y que él no está loco en su terquedad, en su trabajo, en su visión del mundo. Es muy fácil caer en la frustración. En dejar de hacerlo. Volver a ser panadero en Cholula. Vivir una vida simple. Analizar las canciones del Buki o Maricela, pensar en mejores lugares para vivir, soñar con Italia, en su caso.

La búsqueda del padre siempre. Y tratar de entender el pasado. Dice en Bitácora del hundimiento: “Cada hombre lleva su partitura en las manos y potencia el desplome una canción grabada en acetato. Más tarde será fácil agrietar el atmosférico humo con la sutileza lacrimógena de repetir en voz propia un reproche: ‘Si no te hubieras ido, sería tan feliz’. Cada historia fue diseñada en cuerpos femeninos que tatúan un dolor específico”.

Federico tendrá además de la violencia otros temas que permean su obra: la indagación religiosa y los asuntos paternos. Uno de mis cuentos favoritos es Sitiado por huracanes. Esto dice el inicio: “Los motivos que llevaron a mi padre al hundimiento fueron tres: el país, el alcohol y el recuerdo de mi abuelo”. La oración, el bien, el mal, qué designios hay en la naturaleza para cada persona. Si Dios es una entidad, una fuerza oscura, una máquina invisible. No sabemos. Pero el narrador piensa en ello, mucho.

Parábola de la cizaña surge como una visión; por razones incomprensibles, Federico se encuentra caminando en la carretera, sin un peso en la bolsa (como muchos de sus personajes), solo. Piensa si Dios existe, y, si es verdad, pide una señal. Entonces aparece una vaca muerta con el estómago abierto, podrida. Ahí estaba su “señal”.

Su diálogo con Dios está presente en varios de sus relatos. Redención, conciliación, búsqueda de esa fe cuando se pierde, culpa, todo ahí, puesto, y, al final, el resultado es uno: el trabajo mismo. La escritura como divagación de una fe que tambalea o se fortalece: una veladora ocasional en el altar. Esas luces que se apagan son las vidas de nosotros. Por eso no importa si no se tienen los goces en la tierra, la fama es fútil, el éxito es ocioso, el dinero tiene vida breve; lo que en verdad importa es saber responder si hemos hecho el bien.

Hacer el bien. Sin catolicismo, sin religiosidad, sin ironía. Venir de un lugar tan violento y poder contar lo más horrendo y salir de ahí, de lo sucio, con esa disquisición: ¿hizo usted el bien?

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Federico tiene hace unos años una columna en el periódico El Sur, en Guerrero; ahí reseña libros. Su columna es una auténtica joya. Sus reflexiones, sus preguntas, los libros de los que decide hablar (no se consiguen fáciles algunos) son exploraciones de su veta de lector.

No todos los escritores son lectores ávidos. En el caso de Fede hay mucho trabajo detrás, mucho tesón y lecturas previas. Cuando su obra creativa me pone tensa me regocijo en esos textos donde habla de otros. Sus recomendaciones, sus críticas a la literatura nacional emcumbrada: tibia e inútil, casi escolar. Una escritura simplista y cumplidora la más de las veces.

Pero él, que escribe desde lo incómodo, lo feo, no siempre cae bien. Eso lo supo desde el inicio. Y vive con ello. Es un gusto amargo de un vaso que él bebe voluntariamente. Como solemos decir en nuestras charlas: guiño-guiño. Los que lo amamos somos legión. Aun si fuéramos tres, o cuatro, somos millones.  Porque Fede es amor, y todos necesitamos un poco de él.

Su sacerdocio es fácil: basta querer un poco a las bestias.

  • Ilustración: J. M. William Turner (El naufragio)