Charlar con Martín Solares nos remite el sitio al que su nombre hace alusión: un solar con un amplio bosque literario de frondoso ramaje que nos resguarda y nos protege gracias a su genio narrativo.

El carismático editor y crítico literario Martín Solares (Tampico. 1970), autor de Cómo dibujar una novela, ensayo sobre la composición novelística y de Los minutos negros, No me manden flores y Catorce colmillos (serie de novelas de corte policiaco), estuvo en el Festival de Escritores y Literatura de San Miguel de Allende que se celebra cada febrero desde hace catorce años.

Ganador del Premio Nacional de Literatura Efraín Huerta (1998) y del Premio Nacional de Ensayo José Revueltas (2016), Solares  impartió un taller y dio una charla, por lo que aprovechamos un momento de descanso antes de sus ocupaciones en el Festival para platicar con él.

El Festival de Escritores reúne a profesionales del mundo editorial y los presenta con escritores emergentes por medio de talleres, charlas y conferencias enfocadas a la profesionalización de la escritura

Sentados en los sillones de jardín, a la sombra de los árboles y arropados con el barullo de los vacacionistas del hotel sede del encuentro, iniciamos la conversación. Es preciso resaltar que la plática con Martín Solares es tan amena como puede serlo quien lo ha leído todo, y que, gracias a ese bagaje literario, su charla adquiere tintes de conferencia magistral porque uno no puede o no quiere dejar de oírlo hablar de lo que más ama y sabe: de literatura.

 

Rosa Martha (RM): ¿Eres un editor antes que un escritor?

Martín Solares (MS): Durante muchos años viví de hacer crítica literaria en revistas y en periódicos y, sobre todo, en las editoriales de forma anónima haciendo dictámenes, corrigiendo estilo y, después, haciendo crítica literaria a las prisas y de alta intensidad, que es la que se hace dentro de las editoriales.

Yo dejé de hacer tanto periodismo literario a partir del 96 que entré a trabajar a Tusquets (entre 1996 y el 2000). Hacía crítica literaria de emergencia las veinticuatro horas del día los siete días de la semana porque si no, no terminabas a tiempo los libros con el alto nivel de calidad que uno espera de unos libros.

Para mí un buen crítico, un buen editor, es antes que nada un lector que disfruta lo que tiene entre manos y que siente la obligación y la urgencia de compartirlo con los que van a ser los lectores de ese libro. Pero antes de entregarlo tiene que depurarlo (quitar erratas, impertinencias respecto del lenguaje) e incluso plantearle nuevos retos estéticos al escritor: creo que una de las labores que deberían de plantear todos los críticos literarios que trabajan dentro o fuera de las editoriales es retar a los escritores a hacerlo cada vez mejor.

En buena medida, en muchas de las editoriales que existían cuando yo empecé a trabajar en ese medio, cerraban los ojos cuando los escritores les entregaban el disket y publicaban ese trabajo sin tomarse la molestia de releerlo, y a mí eso me molestaba profundamente porque encontraba repeticiones, distracciones, párrafos aburridos, narcisistas, alejados por completo del tema principal, capítulos caprichosos, complacientes y poco a poco me permitieron manifestar mi inconformidad ante la editorial cuando a un manuscrito le faltaba algo de trabajo pero, sobre todo, manifestar mi entusiasmo cuando veía una posibilidad que debería aprovecharse y quería que fuera ampliamente una novela o un libro de cuentos o un libro de ensayos. Cuando me enteré de que los grandes editores norteamericanos que admiraba trabajaban con ese estilo y ese rigor, bueno, sentí que no era demasiado lo que se le estaba pidiendo a los autores y soñaba yo con tener algún día un editor así.

Lo que intenté hacer en Tusquets, más tarde en Almadía -plenamente. y en Océano -plenamente también-, y un poco también en Planeta en la medida en que me lo permitieron (con ese ritmo de trabajo tan intenso que le suelen pedir a sus editores) fue reconocer si había alguna posibilidad no aprovechada dentro de los manuscritos que pudiera aumentar y multiplicar a la máxima potencia la virtudes literarias de una novela, de un libro de cuentos o de un libro de ensayos, que son los géneros en los que yo me muevo mejor.

“Para mí un buen crítico, un buen editor, es antes que nada un lector que disfruta lo que tiene entre manos y que siente la obligación y la urgencia de compartirlo con los que van a ser los lectores de ese libro”

Martín Solares

 

RM: Un editor es ante todo un lector. ¿Qué te convirtió en lector?

 MS: Para hacerlo más preciso posible: a mí los cómics me enviaron a la literatura. Lo primero que leí en mi vida siempre fueron cómics, los que se conseguían en el remoto estado de Tamaulipas -que no eran muchos- cuando era niño. Entre ellos, sé que Spiderman tiene mucho que ver con mi formación literaria; sé que Archie, tuvo que ver en algún momento…

RM: Ay, yo también leía Archie

MS: ¿Verdad que sí? Cuando tienes cinco años y ves que es posible conocer a Bety y Verónica, tener amigos como Torombolo, dices: “oye, la vida va a ser muy bella, va a ser muy divertida” (risas).

Llegó un momento en que yo veía a gente mayor -a mis papás, sobre todo-, leyendo novelas con mucho placer; mi papá que era médico leía con fruición el Doctor Shivago. Cuando veía un médico en una novela, a él le interesaba. Siempre decía que “no saben nada de medicina esas personas” (risas), y tenía razón: los novelistas en realidad creamos una ficción porque sabemos de lo que estamos hablando -pero yo desaconsejaría hacer a cualquier lector una traqueotomía como está indicada en cualquiera de estas novelas donde tienen a un médico como protagonista-, las novelas hacen otra cosa, son un acto de magia muy especial en la cual crees que estás delante de un especialista en la materia, pero realmente estás frente a alguien que sabe contar historias y de crear esos seres hechos de palabras a los que hemos dado en llamar personajes.

Para regresar a tu pregunta: un día les pedí a mis papás que me compraran una novela porque me creía capaz de leer un libro sin dibujos.

Lo primero que me regalaron en la vida fue De la tierra a la luna de Julio Verne y ese libro cambió mi vida, como la cambiaron también Tom Sawyer, La saga del corsario negro de Salgari, las novelas de Conan Doyle, por supuesto; pero también La Ilíada fue un momento decisivo en mi infancia.

Leer novelas, literatura de ficción a todos nos cambia la vida… ¿por qué? Pues porque parece que uno cierra los ojos y los abre realmente en otro lugar. En realidad te abre los ojos. La literatura de ficción demuestra que solamente con palabras, sin una súper producción poderosa detrás al estilo hollywoodense, técnicamente sin dinero a base de muchos sacrificios, de mucho trabajo y de mucho esfuerzo es posible crear una versión humana de la magia.

Lo que estamos buscando en el fondo todos los novelistas y todos los narradores de ficción es descubrir una nueva manera, una manera propia de decir había una vez. Y los que trabajan mucho tiempo suelen descubrirlo si sacrifican las cosas que tienen que sacrificar para llegar a ese punto; a mí me fascinan los narradores que son capaces de inventar una primera frase, o mejor aún: un título que ya empieza a darnos una dosis de magia: ya nos empieza a enviar a otro lugar y otro tiempo. Cuando tú dices: El cartero siempre llama dos veces, ya estas creando un hechizo sobre el lector que no lo va a dejar en paz hasta que lea esa novela.

Pero hay magias más potentes aún. Cuando tú estás leyendo esas novelas y en especial ciertas novelas, aunque las llamemos epopeyas, el uso tan rico del lenguaje, el uso tan rico de las palabras, la música, el ritmo, el sabor verbal que estás recibiendo por el oído en cada una de esas frases de Homero, de Virgilio, provoca que tú abras los ojos de un modo mucho más pleno ante esa maravilla que es el lenguaje.

La Iliada, la Odisea, la Eneida, La Metamorfosis o El asno de oro nos demuestran que podemos sumergirnos prácticamente sin lo que conocemos como oxígeno hasta profundidades inimaginables, encontrar ahí personajes, historias y sobre todo palabras que adquirimos y que se van a quedar con nosotros para toda la vida, que marcan matices tan peculiares de la existencia que solamente quien haya leído esas novelas o haya vivido esas experiencias podrá comprender.

“Leer novelas, literatura de ficción a todos nos cambia la vida… ¿por qué? Pues porque parece que uno cierra los ojos y los abre realmente en otro lugar. En realidad te abre los ojos”

RM: ¿Qué podrías recomendarles a los estudiantes para que le pierdan el miedo a la literatura? Leí en una entrevista que dijiste: “un editor es un guardián del lector”. Con esta premisa, ¿qué le podrías decir a los estudiantes universitarios?

MS: Yo les diría que elijan muy bien la editorial a la que le van a ser fieles una buena parte de su vida. Miren: tomen lo que hizo Jacobo Siruela entre los años ochenta y los noventa y devórenlo todo: son grandes traducciones de títulos inolvidables que uno debería conocer. Los títulos de la colección Siruela fueron libros únicos, muy bien contados, que cuentan experiencias irrepetibles, extrañas a las que no estamos para nada habituados. Para mí es una editorial que representa algo valiosísimo. (Siruela) fue una escuela a la que todavía sigo asistiendo cada vez que encuentro un título perdido de esa editorial, salto encima, lo compro y me dispongo a devorarlo en las siguientes horas.

También busquen lo que hizo Beatriz Moura en Tusquets desde mediados de los ochenta hasta que la vendió a Planeta. Vean la exigencia con la que tradujo del francés al español a Milán Kundera, del italiano al español a Ítalo Calvino, del inglés al español a Woody Allen y a Groucho Marx. A Tusquets la llamaban la perla negra de las editoriales españolas porque cada uno de esos títulos de los primeros veinte años era una joya irrepetible, sabrosísima, que te hacía abrir los ojos ante aventuras absolutamente insospechadas que uno podía encontrarse en la vida (o no) y que expandía tu experiencia e imaginación por todo ese uso del lenguaje.

Hay libros que están en Tusquets que han representado un momento muy importante en mi vida como lector: Los testamentos traicionados de Milán Kundera. Hay pocos tipos de novelas: las que te hacen seguir una voz que parece que te están llevando al territorio del sueño; las que te hacen seguir una voz que te hacen ver con otros ojos la histori; (y) las que te hacen ver con otros ojos el milagro que es el lenguaje. Y ese libro y otros ensayos de Milán Kundera a mí me han cambiado la vida.

Busquen varias joyas que hizo Seix Barral (Carlos Barral en su editorial), autores muy extraños que todo mundo se disputaba cuando había grandes editores literarios: Agota Kristof, Tabucchi… busquen las editoriales en la que estaban estos autores aunque se encuentren dispersos y traten de conseguir todo lo disponible en español que estos autores produjeron, y si no hay en nuestro idioma, aprendan francés, italiano o inglés para disfrutarlos plenamente, porque es delicioso leerlos en sus idiomas originales.

Una recomendación que yo le haría a los lectores es: cada vez que abran un libro extranjero y vean en la página de créditos que fue traducido por Aurora Bernárdez, aunque el tema no les interese, léanlo por la prosa excepcional que siempre consigue la traductora; cuando ella traduce a Calvino, cuando ella traduce a Paul Auster, a muchos de los grandes narradores europeos del siglo XIX y XX, te das cuenta que el idioma español, está sonriendo, se está desplazando con una gracia inigualable. A esto aspiramos todos los grandes creadores, pero Aurora Bernárdez lo hacía por nosotros en las traducciones y eso no es usual. Aurora, a quien hubiera sido maravilloso conocer y a quien llegamos solamente por su uso bello, gracioso y magistral del lenguaje, nos llevaba a otro territorio. La historia es fabulosa pero las palabras que ella eligió, el orden y la combinación química que están provocando cada una de ellas en mi persona son una experiencia realmente única.

La buena literatura siempre nos va a transformar en gran media, pero no nos daremos cuenta en el momento; a veces funciona como una bomba en efecto retardado, a veces leemos un libro que creemos que no provocó nada sustancial en nuestro organismo, que fue una experiencia sabrosa pero inocua. Y no, nos vamos a dar cuenta algunos años después que esa anécdota nos va a servir para explicar un momento difícil de nuestra vida, que nos va a brindar las palabras necesarias, porque la literatura se queda siempre en el alma de uno y va ampliando nuestra manera de entender el mundo y ese misterio que llamamos la vida humana.

“Hay pocos tipos de novelas: las que te hacen seguir una voz que parece que te están llevando al territorio del sueño; las que te hacen seguir una voz que te hacen ver con otros ojos la historia; (y) las que te hacen ver con otros ojos el milagro que es el lenguaje”

RM: Yo no puedo dejar de aludir al escritor, porque eres un escritor exitoso… ¿cómo elegiste los temas de tus novelas Los minutos negros, No me manden flores y Catorce colmillos?

MS: Nadie elige ser mordido por un tiburón, ni ser tragado por una ballena. Nadie puede elegir que una novela se obsesione contigo o que tú te obsesiones con escribirla. Para mí, escribir una novela significa vivir en un estado particular de concentración durante muchos meses o incluso algunos años, y (escribir una novela) equivale a iluminar una enorme caverna con una lámpara muy pequeña -que es la frase que estoy escribiendo-; tú tienes que descubrir esa caverna palabra por palabra y regresarte si no descubriste la palabra exacta. Hasta que no terminas de descubrir qué forma tiene esa caverna por dentro, la ballena no te va a permitir salir. En eso consiste para mí escribir una novela. Durante algunos días de tu vida brincas de júbilo en la playa, diciendo: “¡por fin, terminé la novela, la terminé!”.

Y en ese momento suele ocurrir la paradoja del novelista: llega una segunda ballena y te traga, y vas a estar ahí dentro de otros siete u ocho años (que es lo que me pasó a mí con Los minutos negros y No me manden flores). De alguna manera, con Catorce colmillos, una vez que ya me había zafado de esta novela (No me manden flores) que son dos o tres novelas juntas y fue la más extensa que he escrito, que me exigió más años de mi vida, más investigación y más trabajo de depuración con el lenguaje.

Me di cuenta que aunque ya me había liberado de esa ballena había una especie de anguila eléctrica que estaba amarrada a mi talón que yo estaba arrastrando; esa anguila es Catorce colmillos: es una novela policiaca con personajes fantásticos, inventados para salirme de estas novelas policiacas norteamericanas y europeas en las cuales el detective siempre es alguien de entre cuarenta y cincuenta años, completamente desencantado de la vida y de la justicia y que cuenta cómo fracasó en su intento por provocar un cierto equilibro en el mundo o en la ciudad en que vive. Me propuse que fuera -en esta ocasión- un joven que está descubriendo el mundo y encontrara la novela policiaca, entonces inventé a Pierre Le Noir, que tiene el primer caso de su vida, de hecho, él era un archivista y alguien lo necesita para que vaya a apoyar a sus demás colegas; lo mandan llamar a una escena del crimen y ahí empieza su carrera como detective, más exitosa que la de muchos de sus colegas.

RM: Un detective: un crítico literario…

MS: Bueno, a mí me parecen intercambiables, para mí tienen mucho en común, pero en el caso de este muchacho, una vez que acepté que debía tenía dieciocho años y no los cuarenta que yo quería que tuviera al principio, todo empezó a fluir de un modo libérrimo para mí. Me dije: bueno, me está tocando ese momento del cual yo había oído hablar, que pensé que era solamente una leyenda, y es que un personaje tome tan intensamente las riendas de un relato, así que me dediqué a seguir a Le Noir y a su grupo de compinches y me convocaron hacia los surrealistas, que es el grupo que más he admirado en la vida.

Un sueño recurrente que he tenido es tener un pretexto para estudiar más a fondo el surrealismo y el dadaísmo, y a ese grupo de artistas que se desarrolla al lado de ellos: Giacometti, Picasso, las musas, los años locos -según yo- eran la juventud del mundo contemporáneo tal y como ahora lo conocemos, pues para reflejar a esa juventud yo inventé a otro joven, y este joven hizo un montón de travesuras: de entrada, me obligó a saltar -mientras yo lo estaba siguiendo- a la frontera entre el realismo y la literatura fantástica porque este joven quería interrogar no a seres vivos sino a seres de ultratumba, y me tuve que hacer de los medios para ponerme a sus órdenes, así que, a diferencia de otras novelas policiacas en que sus personajes están vivos, el ochenta por ciento de los protagonistas de Catorce colmillos y de las dos novelas que estoy escribiendo ahora es un conjunto de seres de ultratumba; seres que en su gran mayoría están muertos y son fantasmas, son monstruos, son magos, son médiums, son hipnotistas y tienen algo absolutamente inusual que contarle al lector.

RM: Con esta recomendación literaria de Martín Solares, nos despedimos

MS: Mejor, yo recomendaría La Ilíada a todos: ¿quieren cruzar una frontera muy importante en sus vidas como lectores, si no lo han hecho aún? Abran la Ilíada en cualquiera de sus traducciones. No se preocupen porque sea la gran traducción, porque no la hay, todas tienen deficiencias, todas tienen logros; hay una muy barata en Océano que a mí me gusta mucho, que es la que yo he releído seis o siete veces en mi vida, es la de Luis Segala; palabras más, palabras menos, dice más o menos así: “Canta oh, diosa, / la cólera del hijo de Peleo, / cólera funesta que trajo muchos males a teucros y aqueos”.

Ahí tienes música, ahí cuentas una historia, tienes una invocación a la magia y esa invocación a la magia es tan generosa que dice: ok, tú me llamaste aquí, yo te voy a contar nueve días de la Guerra de Troya en las que se ven todo el universo humano y también el universo divino, en que los dioses van a presenciar esa batalla como si presenciaran un partido de fútbol y, de repente, se van a disfrazar de humanos para intervenir y los humanos van a descubrir que están frente a los dioses y querrán conquistarlos, seducirlos, atraerlos o refutarlos. A mí me parece que es una batalla terrenal en donde todo el universo está implicado.

Es como si el Antiguo y el Nuevo Testamento se fundieran en un partido de fútbol e invitaran al universo musulmán.

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa