Tengo razones, o productos chinos que prometen resultados semejantes, para evitar hablar con poetas, sobre todo con los que alcanzan la cumbre de su consagrado copete. Pero hay excepciones, anomalías que uno encuentra satisfactorias.

Hace tiempo que conozco a Eduardo Padilla (Vancouver.1976), nos frecuentamos poco, casi siempre en un café. Hablamos de libros, de autores, de que el chocolate o el café están pasables ¿De qué otra cosa pueden hablar dos enfermos mentales? No lo sé. Hará unos días que le pedí una entrevista. Aceptó. Me dio alegría su complacencia. Luego vino el desastre, la serpeante duda: ¿Qué le voy a preguntar?

Mi optimismo se fue haciendo flácido, como un plátano bajo el sol. Hice una lista de probables preguntas. Ya sólo sería cosa de seleccionarlas, de discriminarlas, teniendo en cuenta su grado de enredo. Acabé por tacharlas todas y decidí escribirle a Lalo, fingiendo que lo entrevistaba. Ahora leo lo que salió de este pequeño juego. Parece más una conversación. Supongo que las entrevistas, al igual que la poesía y el ensayo, dejan entrar a todo tipo de orate.

“(Con ‘Wang, vector’) Ahí estaba el tono y la atmósfera. El prototipo de un juego; un mapa rudimentario. Me cambió la vida. Aplacé mi suicidio. Incluso conseguí tener una novia, cosa que antes me era imposible. Ese poemita grotesco me salvó”

Pedro Mena: Hay preguntas, que por su recurrencia, terminan tipificadas como retóricas. Quien echa mano de ellas generalmente es acusado de haragán, por no haber estudiado la obra o vida de su entrevistado antes de la cita, o también se le suele calificar de tonto, por desaprovechar la oportunidad “que le da la vida” de escrutar al personaje delante de él. Pese a las anteriores advertencias, me gustaría abrir esta charla con un par de esas preguntas ¿A qué edad comenzaste a escribir poesía? ¿Qué detonó o motivó manufacturar versos?

Eduardo Padilla: Comencé a los 27. De niño tenía la idea que quería ser novelista porque veía las fotos de Stephen King en las solapas de sus libros, posando en su casota junto a la costa, y pensaba que era una garantía que yo sería su vecino. Hasta le decía a mi madre que íbamos a vivir en una playa lluviosa y que ya no se preocupara tanto por el banco, yo iba a solucionarlo todo.

Cuando salí de la prepa pensé que me esperaba una vida de escribir cuentos. Porque de niño era yo muy estudioso y diligente, pero la adolescencia me hizo haragán. Entonces lo mío eran los cuentos, pensaba.

Lo intenté durante años y no logré terminar uno solo. No era por falta de energía; más bien me aburría yo de mis argumentos, o del personaje, o del estilo. A la tercera página quería saltar a otro lado, dar un volantazo. Y no lograba entender cómo hacerlo.

A los 26, más o menos, tomé un taller de poesía con León Plascencia Ñol. Estaba ya un poco desesperado. Contemplando renunciar. Tal vez lo mío era ver tele y tomar todos los días. Pero antes de darme por vencido, qué diablos, León es un master, ¿no? Ahí está la oportunidad…. y aunque no sé nada de poesía, bueno, varios de mis favoritos escriben poemas… Poe, Blake, Baudelaire… Burroughs es más poeta que novelista, ¿cierto? Etc. Me di varias razones y lo que pasó fue que, al segundo intento, salió un texto muy bueno. Wang, vector. Ahí estaba, por fin, lo que yo había querido hacer desde el inicio. Ahí estaba el tono y la atmósfera. El prototipo de un juego; un mapa rudimentario. Me cambió la vida. Aplacé mi suicidio. Incluso conseguí tener una novia, cosa que antes me era imposible. Ese poemita grotesco me salvó.

PM: Cada vez que leo tus respuestas a las preguntas que te hacen en entrevistas me asalta una risa monocorde, como de perro asmático. En alguna ocasión definiste la poesía como: “Género literario que paga menos que la Narrativa.” Y luego agregaste lo siguiente: “Es una definición estúpida, pero a mí me parece que todas las definiciones de poesía son necias y estúpidas. Por lo menos la mía es estúpida por volición propia”. Ahora te pregunto ¿Has cambiado de opinión al respecto?

EP: No. Sigo pensando lo mismo. Creo se pueden escribir buenos ensayos sobre el tema, incluso libros enteros. Pero yo no lo puedo hacer; sólo puedo jugar a ello, sabes, jugar a que defino. Luis Eduardo García lo hace todo el tiempo, ¿lo has observado? Se le ha hecho una manía. Además, hay gente que se dedica a ello de manera profesional. Tenemos críticos y tenemos taxidermistas. Eso es bueno. Yo pienso en ello, lo admito, le dedico reflexión. Pero qué voy a saber yo.

Soy más animalito que entendedor. El zorro se come a la gallina sin necesidad de teoría. Ya te digo, con el tiempo, aprendí a odiar la escuela

Lo de la risa que dices, me recuerda al perro de las caricaturas de mi infancia, el de la risa seca y ahogada. Me sale igualito. También me acuerdo de un texto de Beckett donde ensaya sobre los distintos tipos de humor y carcajada. Algo así decía… el humor que le interesaba, frío y desolado, ya ni siquiera alcanza a salir del cuerpo. Ya ni siquiera hace ruido. Un humor como de espíritu santo. En fin.

PM: Muttley (Patán, mejor conocido acá en México como Pulgoso), se llamaba el perro a quien creo nos referimos. Suscribo lo de odiar a la escuela, y esto incluye la que se hace fuera de las aulas, como aquella que va dando certificados, con estruendosos adjetivos y bombos, de “ya eres esto o aquello”. Además, creo que hay otra forma de escuela, quizá menos maquillada pero no menos escandalosa: la de los talleres de escritura, o la de los nombrados, con mayor pirotecnia, laboratorios literarios. He conocido a una buena cantidad de autores que se arroban cuando refieren haber estado en el taller o laboratorio de tal o cual ¿Se hace escuela en el taller? ¿Quiénes serían, siguiendo esta figura, los listos y los burros? ¿Qué tan conveniente resulta ser discípulo?

EP: Ya sabes, la gente presume lo que cree que tiene y lo que pretende coger más tarde. Hasta en las colonias de lepra hay concursos de belleza.

Se hace escuela en el taller, es una de esas cosas malas que pasan. Muchos ni siquiera intentan evitarlo, lo persiguen activamente. Quieren poner su marca en la vaca. Yo doy un taller e intento, conscientemente, no hacer escuela. Pero es demasiado trabajo. Habría que romper cinturas todo el tiempo. No tengo los recursos, la inventiva, para cambiar el juego en cada sesión. Así que uno cae en hábitos e inclinaciones y más temprano que tarde, bang, estás haciendo escuela.

Los listos son los que cobran lo justo, para que el cliente regrese. Los burros escriben poesía

Eso de ser discípulo, a veces no entiendo su motivación. ¿Entiendes tú a Pedro? A Cristo le sigo el juego, ¿pero a Pedro y los demás barbones? Peor aun, ser discípulo de algún poeta… ve tú a saber en qué acaba eso. Lo ético es hacer como los monjes zen y decirle al aspirante que se largue. No hay nada útil que aprender. Ser honesto. Si después de eso el necio quiere seguir neceando, dale, pero que pague por adelantado.

PM: He leído a poetas que se te parecen, pero no creo que tú seas el ventrílocuo que les mueve las quijadas y las manos de esos dummies. A fuerza de querer ser extraños, raros, pasan al redil de lo común. Asombrados, ante la fuerza de las imágenes que imprimes en tus poemas, las imitan, a veces las copian impunemente. Pero creo que se les va de las manos la respiración, el tono y el ritmo, lo que no es poca cosa porque creo que ahí va una parte importante de la conciencia del lenguaje del que se echa mano ¿Estoy sobrevalorando esos detalles de tus poemas?

EP: Bueno, pero eso ya no es mi culpa. Digo, si algún mono me quiere robar, qué puedo hacer. No tengo abogado como los Turtles, que le quitaron 100 mil dólares a De la Soul sólo por samplearlos. Además, quiero ser optimista. Qué bueno que me estén robando. Soy la bruja de Hansel y Gretel: vengan a comerse mi dulce de cajeta, yo aquí los engordo. Seguro habrán palurdos que sólo entiendan de estilo y pasen a imitar la superficie de los textos. Pero también es seguro que habrán personas creativas y buenos lectores; gente que luego haga su propia síntesis y lleve técnicas e ideas a otro cuadrante.

Ser lector es ser amigo de una larga fila de muertos. Pero la imaginación del muerto vive en la página. Tal vez, yo cuando muera, me haga de amigos en la fila.

Tono, ritmo, respiración— claro, todo eso importa. Una buena parte de la vida se me está yendo en calibrar esas cosas. Pero también me gusta el significado y el sentido. A veces parece que no… hay algunos textos, o fragmentos, donde parece que no estoy diciendo nada, y sólo hago imagen y sonido. Pero no. A veces con claridad, a veces de forma desordenada y horrenda, pero siempre digo algo.

PM: Procuro llevar una relación cautelosa con el significado y sentido de los textos, no importa el autor del que vengan. Diría que es una especie de tara con la que vivo, pero de la que me sería muy difícil dar una descripción. Permíteme dar un giro algo brusco, no soy experto en esto de entrevistar, y cerrar con dos preguntas más ¿Qué tal te sientes escribiendo ensayo? y, ¿cómo va tu proyecto editorial 3 pies?

EP: Bien. Me gusta escribir ensayo. No sé si lo hago bien… creo que me salen aún más anárquicos que los poemas. Probablemente por eso comencé a escribir ensayo— supuse que podría hacer lo que quisiera. Son zonas muy desreguladas, el ensayo y la poesía, dejan entrar a todo tipo de orate. La novela, la mayoría de ellas me aburren, y el cuento, creo que soy demasiado movedizo para escribirlos. Lo curioso es que lo que más leo son cuentos. Tal vez si llego a viejo pueda escribir un par.

¿3 pies? Bien, también. A mi me asombra que exista. Soy catastróficamente desordenado, en cuanto a lo práctico. Debería comprar una agenda. No me explico entonces, como he logrado… 3 años de 3 pies. Claro, los colaboradores, el programador. Los compas del taller. El jardín es de ellos, yo sólo abro y cierro la puerta. 

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